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Archive for 30 marzo 2016

TRADICIÓN

 

tradición africana

 

 

La bandeja con agua tibia, y perfumada, está sobre la mesa. La esponja flota sobre el agua. Cierro los ojos y sumerjo en ella mis manos, al fondo descansan un momento, se las ve deformadas.

Dejo caer sobre la nuca el velo blanco que cubría mis cabellos, ingenua yo al pensar que ese gesto apaciguaría el calor que siento. Estuve, como siempre, entre rejas, sin culpa, sin haber pecado. Digo estuve porque acabo de despojarme de la rejilla que cubría mi rostro.

Mantengo los ojos cerrados y me quito el caparazón, la túnica que me encadena. Respiro, mientras sueño con los lugares donde las mujeres pueden mirarse, tocarse, sin sentir vergüenza o rencor.

Tomo la esponja empapada con agua y la dejo recorrer mi cuerpo. Quito el sudor de mi rostro, detrás de la nuca, voy bajando, recorro mis pechos sin casi sentirlos ni rozarlos, escondo la esponja dentro de una de mis axilas y luego limpio la otra. Juego un momento con sus vellos, para quitarles el sudor que acumularon, los enjuago una y otra vez con el agua aromatizada.

No espero más y me obligo a abrir las piernas, mis manos buscan, pero no termino de decidirme; finalmente me agacho para enjuagar los pies. Sé que de nada servirá abandonarme un momento, evadirlo, tan sólo será un atraso más, como de costumbre.

Él toca la puerta del baño, señal de que está impaciente y debo apurarme. Empapo nuevamente la esponja con el agua y esta vez como autómata la meto entre las piernas ya abiertas. Comienza el temblor; siento que llega el antiguo, el eterno dolor, el rencor y la humillación.

Justo, hoy, se me ocurre recordar aquel evento, fue el día de mi cumpleaños. Siendo aún una niña, mi madre me sostuvo firmemente, especialmente mis brazos, mientras mi abuela, con el peso de su cuerpo mantuvo mis piernas abiertas y me obligó a estar quieta. Y con unas tijeras, que hacía poco mi hermana había afilado, la experta tomó uno de mis labios, lo estiró y cortó. El grito de dolor que lancé no me impidió presentir el siguiente corte, y los otros que eliminaron todo lo externo de mi sexo.

Grité, convulsioné y la sangre bañó las manos de la experta la que se extendió a lo largo de mis piernas, tiñendo de rojo el piso de tierra en donde me acostaron.

Mi hermana mayor, quien ya había olvidado lo angustiante y doloroso de esta rutina, también aceptaba la tradición y ayudó a tapar con sus manos mi boca, para ahogar los gritos que lanzaba cuando me cosían y cerraban ese orificio.

Ahora, recuerdo, vagamente, la forma que tuvo mi vagina. La esponja cada día me recuerda que ahí hubo algo. Por eso, tiemblo cuando los golpes de la puerta se hacen más seguidos.

Pero, no me queda más que salir. Cubro mi cuerpo con la túnica, esta vez nupcial, salgo del baño y me encamino hasta la cama para enfrentarme nuevamente con mi destino.

 

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MISTER PRESIDENT

 

Happy Birthday Mister President

 

Los viernes cuando baja el calor y la luz del sol comienzo a inquietarme, el tic que me domina cuando estoy nervioso, que me obliga a dar saltitos con todo el cuerpo, una y otra vez, en el mismo lugar, temo que vaya a delatar mi impaciencia.

Siempre espero que los minutos del día corran y, por fin libre de la agobiante semana de trabajo, poder salir huyendo hasta llegar a lo más profundo de mi obsesión; el bar; ahí me reúno con mis compañeros de trabajo.

Este es un bar nada espectacular, es una tradición frecuentarlo porque queda cerca del trabajo. Sus cinco mesas redondas, de madera dura y de olores familiares, abarcan casi todo el ambiente. Sus sillas desgastadas, por el mal uso, están muchas de ellas sueltas, destartaladas.

Como de costumbre, y desde mi mesa, observo todo el local. Sus paredes tan viejas como la pintura que las cubre, y que hace meses comenzó a descascararse, son testigos de muchas de mis alegrías, mis tristezas, y lo más importante: de mi secreto; las siento solidarias siempre conmigo.

Cada vez que estoy en este bar me llaman la atención los ojos de la mujer del afiche, que de lejos como enamorándome me observan; me hacen olvidar por segundos a la Monroe. Son esos posters amarillentos, con las puntas rotas y pegados con cinta adhesiva, los que ocupan un momento mis pensamientos.

Desde mi silla puedo divisar en un rincón a la vieja rocola, grande, que me incita con sus labios sedientos de dinero. Y cuando inserto mis monedas, éstas corren a través de su garganta y como diosa de sirenas comienza a encantarme, y no soy como ése a quien sujetaron a su mástil, ni me vendan los ojos; yo caigo en las redes de la música.

Mis amigos empiezan a llenar con sus risas el salón, entre cerveza y cerveza intercambiamos chistes, conversamos. Abrazados todos, juntamos nuestras voces a la de Julio Jaramillo y lloramos contentos. La voz y la letra de sus canciones nos sacuden, hacen aflorar la sensibilidad que teníamos escondida, amordazada, y que cuando se ha ingerido licor aprovecha, sale para apoderarse de nosotros.

Descubrimos nuestra amistad, nos susurramos sentimientos compartidos y nos hacemos juramentos, convencidos de que la rivalidad, que nos ha dominado los demás días de semana en el trabajo, no existe. Como no existe aquella apática indeferencia, cuando sin siquiera proponernos, nos enteramos de algún infortunio en casa del compañero.

Con ellos me quedo hasta la madrugada del sábado. Esto lo respetan mi mujer como mis hijos, pero con el fin de hacer mi regreso a casa un suceso, que la borrachera sea olvidada pronto, paso a esa hora por el ya despierto mercado, y compro pan recién horneado, carnes, frutas y legumbres, y con las fundas a cuestas, silbando siempre, regreso a casa.

Antes de llegar al bar, y empezar a beber, me digo y repito mil veces que debo, al regresar, evitar el parque que está a unas cuadras de mi casa. Ahí escondido me espera en la madrugada el “loco de la luna”. Muchas veces, cuando creo haberlo evitado, él me paraliza con sus chiflidos obligándome a esperarlo hasta que se acerque a mí. Algunas veces, indiferente a sus gritos, he seguido caminando, pero él ha corrido hasta mí y ha halado las fundas con mis compras, tratando de hacerme caer.

En cada ocasión insiste que lo acompañe un momento y que nos sentemos a charlar. Si me niego el muy necio se coloca a mi lado, camina junto a mí, me critica el estado en que me encuentro y burlándose de mi caminar, imita grotescamente mis pasos. Así llegamos a su lugar preferido, el árbol. Éste abarca casi todo el parque, y sus ramas alegradas por la brisa del amanecer refrescan el lugar.

Luego, el loco comienza con su habitual tema, con la cantaleta de la luna; que ella no es más que un conducto, que sólo es una ventana del cielo. Y en cada ocasión insiste en lo mismo. Levantando la voz llama por su nombre a todos los dioses del Olimpo. Seguro está de ser escuchado a través de ese conducto. Yo, siempre le hago callar porque me avergüenzan las burlas de los vecinos. El loco es invisible y al único que permite verlo es a mí. Por eso, los vecinos, viéndome borracho, aparentemente solo, me gritan de todo: <<estúpido, loco, imbécil,  lárgate a tu casa, déjanos dormir>>.

Pero el loco ignorando a los vecinos, digan lo que digan, sigue junto a mí. Halándome del brazo me lleva hasta el fondo del parque, hasta el escondite donde guarda la escalera y una varilla. Con dificultad cargamos la escalera y la apoyamos sobre el árbol. Él logra que me desembarace de las fundas con las compras, me saque los zapatos, y de inmediato me obliga a escalar, siempre con la vara en la mano bien sujeta, esa escalera.

El loco, siempre adelante,  a la cabeza, va decidido y me ayuda a subir. Al llegar a la primera rama se hace más fácil continuar escalando y de rama en rama vamos dominando al árbol. Luego, con la vara tratamos de tocar la luna, llegar hasta el brillante conducto. Yo, dirijo mis ojos hacia arriba y con los brazos en alto intento una y otra vez, vanamente, llegar al orificio de la luna que parecía estar frente a mi propia nariz; tan sólo unos centímetros, me dice el loco, y lo lograremos.

Los dos estamos concentrados llevando a cabo nuestra labor, cuando el acostumbrado grito de una mujer nos distrae. Es la mía quien ha llegado a rescatarme de las garras del loco, está acompaña como siempre de mi hija, quien trepa al árbol con una habilidad increíble, me sujeta fuertemente y me obliga a descender.

Las caras de indiferencia que ponen las dos mujeres expresan que conocen de memoria la historia del loco. Ellas se encargan de dejar la escalera y la vara en su escondite habitual. Me ayudan a atravesar el resto del parque y las fundas en poder de las mujeres pierden su peso, y bailando a mi ritmo llegamos todos a casa.

Mis otros hijos ya despiertos, olvidándose de lo borracho que estoy, comienzan a sacar los comestibles. Felices llenan la casa con sus risas, pero… mi mujer, con los ojos fijos en las compras me lanza un grito, esta vez me dice: <<¡Falta la sal!>>.

Es lo último que recuerdo porque de inmediato caigo en un sueño profundo y creo que sonrío. Se diría que la risa no contenida se me escapa de dormido. Siento que por fin ese momento esperado está llegando. Todo un ritual completo, desarrollado, cumplido minuciosamente para arribar a la culminación, a mi recompensa especial. Ese ritual me lleva al mundo de la Monroe, quien con sus sexys y carnosos labios deja escapar su voz y canta sólo para mí: <<Happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday, mister president, happy birthday to you>>.

 

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MARÍA

María en la estación del tren

A-Preciado Juan

 

Llegó con tiempo a la estación, y mientras se fijaba en los horarios de los trenes se le acercó un joven y le pidió veinte francos; según él, necesitaba completar su tique para Marsella. Ella lo miró furiosa, no sólo porque veinte francos equivalían en su país una buena cantidad de dinero, sino también por la desfachatez del muchacho.

El joven lucía más como un artista de Montmartre que como un indigente. Ella lo observó de pies a cabeza, él llevaba sobre sus hombros una mochila a medio cerrar, que dejaba ver su paleta con colores de arco iris, pinceles con restos de pintura y algunos lienzos. Sus manos y sus uñas tenían vestigios de los colores con los que había trabajado.

Se veía fuerte y sano, ella no encontraba justificación alguna para darle ese dinero. Cuando sus ojos se encontraron, él sostuvo su mirada e insistía en su petición. A ella, su rostro, reflejado al fondo de sus pupilas, le trajo a la memoria María, del Túnel, de Sábato.

Pensar en esa historia le hizo sospechar que el encuentro con aquel joven no había sido casual, que por alguna misteriosa razón del destino, él la había escogido entre esa multitud de viajeros.

Intuyó en ese encuentro algo fatal y tuvo miedo; aún así sostuvo su mirada y se negó a darle los veinte francos.

Supuso que él era Pablo, y creyó oír apagada y distante su voz diciendo: <<¡ María, te necesito!, ¡aún no sé para qué!>>.

Le vino el recuerdo del rostro de Pablo, primero apoyado sobre los vidrios de la ventana, y luego, con los ojos fijos en un árbol y con una rama diseñando en la tierra los rasgos de la única mujer que le interesaba conocer; los de María.

Trató de adivinar en la mirada de ese joven, de la misma manera como lo hacen las gitanas en las líneas de las manos, su pasado, y no pudo; pero sí logró recordar lo que había leído: lo que le había sucedido a María en Buenos Aires, en aquella ocasión cuando conoció a Pablo.

Aquel día ella asistió a una exposición y se dedicó a observar en un cuadro, pintado por él, el rincón y la ventana desde dónde sobresalía una mujer; detalles ignorados por los demás. Y eso atrajo y obsesionó a Pablo.

Ella lo imaginó disfrazado de lluvia, frente a la casa de María, detrás del árbol, como una sombra al acecho, pendiente de la luz de la habitación que vigilaba.

Finalmente, introduciéndose en su habitación, halando los cabellos de María, sosteniendo su cabeza, y dándole puñaladas en el pecho y en el vientre; acabando con ella; con la única mujer que lo había comprendido. Y con ese mismo cuchillo destrozando con rabia todos sus lienzos.

Mientras sostenía la mirada del muchacho ella había dudado en abrir la cartera y darle el dinero solo librarse de él, quién seguía a su lado insistiendo en el dinero. Por fin, ella decidió y sacó los veinte francos y se las dio. Él, después de que tomó el dinero se encaminó a la ventanilla y compró su tique.

Luego, ella se dirigió al andén en espera de su tren que ya llegaba. Casi de inmediato cayó en cuenta de su presencia, el joven se le había acercado nuevamente, y esa proximidad le hizo imaginar una vez más la suerte de María.

Entonces, ella se paró al filo del andén, y éste le recordó el borde de un acantilado, con su traicionera peligrosidad y su hipnótico encanto. Los rieles los veía como las imperfecciones rocosas de un abismo. Sintió la intensa atracción que ejercía en ella el vacío y el deseo de caer. Su corazón comenzó a latir con violencia y en sus entrañas renació una fuerza poderosa que la impulsó a actuar.

Y antes de que su coraje se agotara retrocedió unos pasos, y colocó sus manos sobre las espaldas de él y lo empujó con fuerza.

Él perdió el equilibrio. Ella vio cómo sus brazos se movían como si intentase nadar en el aire. Todo era en vano porque había penetrado dentro de una cortina de humo grisácea, tóxica, llena de resoplidos y sirenas. Había descendido más liviano que una pluma, como una sombra sin peso y fue a caer justo cuando el tren pasaba.

Pablo quedó atrapado en la venganza de María, dentro de un largo y oscuro túnel.

 

 

 

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la isla del amor

 

Luzrosario Aráujo G.

 

La pareja llegó hasta esa ciudad atraída por la fama de la belleza de sus islotes. Desde donde estaban, y con la ayuda de unos binoculares, podían divisar las más cercanas, especialmente la conocida como “La isla del amor”. Una larga y ancha franja de arena separaba al pueblo del mar. La playa estaba repleta de conchillas, caracoles, caballitos de mar y los hoyos que se notaban denunciaban la presencia de cangrejos.

Esa arena grisácea se veía aún húmeda, por haber permanecido toda la noche bañada por las olas del mar. Solo después de que el sol comenzó a aumentar su calor, empezó a entibiarse la arena, mientras el olor a sal, a mariscos, se esparcía por el ambiente.

Ellos habían visto postales que mostraban a la isla emergiendo de las profundidades del mar, imponiendo su presencia y belleza de sol a sol, y sumergiéndose luego al atardecer. Eso despertó en la pareja el deseo de conocerla y explorarla.

Confiaron en un par de jóvenes para trasladarse hasta la isla. Por veinte dólares ellos los llevarían al lugar, además de dar un paseo por los demás islotes; debían regresar a recogerlos antes del atardecer.

Los jóvenes se presentaron con una canoa típica del pueblo y la introdujeron al mar empujándola. De un salto uno se colocó a la proa, el otro a la popa, y comenzaron a remar como profesionales.

Poco a poco se fueron internando y dejaban atrás el pueblo, las aguas traslúcidas y el fondo rocoso. Frente a la inmensidad del mar se sentían insignificantes. La magia aumentó cuando se encontraron frente a una roca negra gigante, incrustada en medio de las islas que se levantaba imponente como un guardián del lugar. La cúspide estaba formada por un grupo de cañones largos, que apuntaban en varias direcciones. Las aves que la poblaban, la habían convertido en su refugio.

Al descender de la canoa en “La isla del amor”, pagaron a los jóvenes una parte, recibirían el resto al regreso. Deberían retornar a recogerlos en la tarde antes de que la marea subiera, y el mar como dueño de la isla, viniera a sumergirla. La pareja se quedó en la isla acompañada de la cabeza negra de la roca y sus cañones llenos de aves.

Los jóvenes partieron sonrientes y la pareja, por fin sola, se recostó sobre las toallas a disfrutar del momento. La isla estaba formada por un montículo de arena, el cual era golpeado, con perezosa suavidad, por sus contornos. El agua, de un verde azulado, formaba un manto espumoso que adornaba sus orillas.

Después de almorzar, lo que habían llevado, la pareja cayó en la somnolencia de la siesta cuando de repente les despertó un golpe y un remezón que les hizo sentir como si se hubieran caído de un árbol. El golpe había llegado acompañado de un rugido el cual había irrumpido en todo el ambiente.

Sobresaltados se incorporaron para tratar de descubrir de dónde provenía ese ruido, pero la isla ya había comenzado a moverse, a dar saltos y a vibrar. Sospecharon que estaban pasando un temblor e imaginaron a todos en el pueblo corriendo, alejándose de la playa, temiendo ser arrastrados por las olas, y que la gente gritaba:<< ¡temblor!, ¡temblor! ¡maremoto! ¡maremoto!>>.

La pareja sólo tuvo tiempo para abrazarse, porque una ola los arrastró, zarandeándolos les dio vueltas junto con las ropas, zapatos y restos de comestibles. Ellos solo rogaban que no fuesen arrojados contra la roca. El sintió su cuerpo herido y vio el de ella cuando rozaba los bordes ásperos de la roca. Rebotando una y otra vez cayeron dentro de una ola que los absorbió con una fuerza superior y sobrenatural; resignados dejaron de luchar.

Juntos fueron a dar a un lugar extraño y resbaloso. En un principio se quedaron desubicados, pero luego se pusieron investigar el lugar para saber dónde estaban. Descubrieron que se encontraban dentro de una gruta. Notaron que a un lado de ese lugar había más luz que en el otro extremo; desde donde estaban podían escuchar, al fondo, el sonido del mar.

Se encaminaron hacia el lugar de más luz y descubrieron que las rocas formaban un laberinto que impedía la entrada del agua al interior. Ese laberinto era la antesala de la gruta y servía como hábitat a mariscos, peces y plantas marinas. Al otro lado, encontraron osamentas humanas. El lugar estaba lleno de estatuas de piedra y sal, eran figuras de hombres y animales en diferentes posiciones, esculpidas, por alguien, con maestría.

Descubrieron unos peldaños, escalones, que llevaban a una plataforma. Los escalaron y al llegar a la plataforma cayeron en cuenta que estaban arriba de la roca negra, aquella que habían visto al llegar a la isla, y que tenía forma de cabeza; ese lugar era la parte interna donde terminaban los cañones, aquellos que también habían visto a su arribo.

Sabiendo que eran tubos que daban al exterior, se pusieron a gritar pidiendo ayuda, pero detrás de cada grito las aves graznaban, sacudían las alas y las olas apagaban sus voces.

Calculando que los jóvenes estarían buscándolos se pusieron a mirar al exterior, a través de los tubos de los cañones, y pudieron descubrirlos acompañados de un grupo de marinos.

Ellos estaban dando vueltas a la roca, y a las islas, buscándolos. La pareja entusiasmada comenzó a gritar nuevamente, para que los jóvenes pudieran oírlos, pero los pájaros y las olas seguían apagando sus voces. Los jóvenes observaban detenidamente los cañones; pero no podían descubrir, al fondo, los ojos angustiados y las bocas de esos dos que se abrían pidiendo auxilio, mientras los pájaros graznaban.

 

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OJOS NEGROS DE GITANA

 

I

En cada verso la rima me traiciona,

como tus ojos negros de gitana,

que suelen consentir a sus amantes

tal diosa griega Safo

lo hizo en sus poemas.

 

II

La rima en mis versos contempla caprichosa,

el abismo de mi alma de poeta,

los mira con detenimiento,  como tus ojos negros de gitana,

buscando en sus debilidades,

cómo armar, sin que me dé cuenta,

la cárcel donde aprisionar mi escritura.

 

III

Para mí, ella es la muralla de contención hecha de palabras gemelas,

Donde los aromas del ritmo se mantienen dentro de la cerca propuesta por la métrica,

ella mantiene a los versos revestidos de deseos,

de las pompas de la rima de antaño.

 

IV

Indiferente me mantengo al hipnotismo de su voz y su mirada,

y alejada de sus guiños y hermosura, como con tus ojos de gitana,

busco colocar a cada estrofa en este siglo,

para brindarle la efímera ilusión,

que alcanzó, al fin, la libertad que se merece.

 

Guayaquil 1, marzo 2016

Estimados lectores:

Después de una larga ausencia me vuelvo a presentar ante ustedes con una nueva propuesta de escritura. Mi trabajo en el campo de la educación no me ha permitido seguir escribiendo para el Blog. La falta de tiempo me ha mantenido alejada de esta otra actividad que me entusiasma mucho.

La vida actual le exige a uno medios económicos para cubrir requerimientos que solo un trabajo remunerado se lo permite; es por eso que mi prioridad número uno fue cumplir con dicha responsabilidad. Pero ahora, este año 2016, me estoy dando una nueva oportunidad con la escritura, espero no tener que volver a tocar las puertas en busca de trabajo en ningún otro colegio, para poder cumplir a cabalidad con mi sueño de lograr dedicarme totalmente a la escritura.

La única forma de hacer posible este sueño, que se haga realidad el dedicarme solo a la escritura, es si cuento con el apoyo de todos ustedes. Para hacer factible la ayuda solicitada he publicado en Ámazon dos de mis novelas: Con licencia de ficción y La cama mágica dosLa única forma de demostrarme su apoyo a mi causa es comprando y promocionando mis novelas; espero que así sea y así seguir en contacto, a través del blog, con todos ustedes.

Espero contar con su apoyo.

Mil gracias,

Luzrosario

Para adquirir el primer libro, Con licencia de ficción:

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