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Archive for 30 septiembre 2011

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER


Qué sencillo resulta entrar en la novela El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, con qué facilidad se permanece en su ritmo; pero, eso no pasa al terminar la lectura. Cuando llega el punto final de la novela se presenta al lector el verdadero dilema; su consciencia le indica que ha caído en la trampa, que ha caído junto a Laverde y que, tal como le pasó a Yammara, ha terminado herido, con una cicatriz profunda, marcado de por vida; de alguna manera queda, él también, impotente. Con una cicatriz que le recordará el pasado de Laverde y el de Colombia. Le hará tomar conciencia de que ciertos acercamientos pueden causar daños irreparables, heridas profundas, y doloras. Le advertirá lo peligroso que es el estar en contacto con alguien que tiene un pasado oscuro relacionado con la droga y la mafia. Y que estos acercamientos te pueden dejar en total soledad.

Durante la lectura no es difícil hacer el símil entre los hipopótamos y Pablo Escobar y su familia. El primer hipopótamo luego de escaparse del zoológico, que fue del narcotraficante, va dejando en su paso destrucción y pánico, pero es abatido y cae estrepitosamente. Eso mismo le pasó a Escobar que fue abatido, en el techo de una casa, y al caer produjo un estruendo más o menso parecido. Sabemos que lograron escapar, escabullirse en la espesura de la selva, uno gigante, y otro junto a su hijo. El hipopótamo representa el poder, la fuerza, y la resistencia del narcotráfico y de su cabecilla, de ese entonces, Pablo Escobar. Este animal, también, resulta ser un punto de partida para comenzar la novela.

No puedo dejar de manifestar que en la novela El ruido de las cosas al caer, encontré ciertos detalles que me fastidiaron, me  incomodaron a tal punto que no cesaba de preguntarme, ¿qué simbología estaba camuflada en la personalidad de Elaine, qué o a quienes representaba este personaje? En ningún momento la novela me permitió interpretar la personalidad de Elaine, descifrar a la “Elaine Pritts”, norteamericana testigo de las actividades ilícitas de su marido que no había manifestado ni una sola palabra al respecto. ¿Recuerdan qué dijo Elena cuando se enteró de los vuelos con cargas de marihuana que estaba realizando su marido, Ricardo Laverde? No lo podrán recordar porque no dijo ni una sola palabra. ¿Recuerdan cómo reacciona cuando él le pidió tener un hijo? Ella le dijo que eso no era posible porque con lo que ganaba no era suficiente. Ante esa respuesta Ricardo le cuenta sobre el negocio en el que se encontraba, y le plantea que sólo tendrían el hijo si ella estaba de acuerdo. Ni en ese momento dice nada. A Elena no se la escucha decir una sola palabra, pero termina embarazada, esperando a Maya. No se necesita ser feminista para extrañarse de este comportamiento. Igual, Elena, no opina nada cuando él le compre el carro, la casa, o cuando se entera que soborna a quien sea para agilizar su trabajo.

En ese aspecto Elaine, o Elena, nunca mantuvo un diálogo serio con su esposo Ricardo Laverde, apenas mostró una preocupación; hizo esbozos de pequeñas dudas, recelos, sobre los riesgos de sus vuelos nocturnos. Lo que sorprende más es que Elena, norteamericana, dos años mayor a su marido, ya tenía la edad suficiente como para darse cuenta de lo peligroso del trabajo ilícito de su marido, de los riesgos que estaba corriendo al involucrarse con la droga. Nadie ignora sobre cuánto y cuál es la relación del negocio de la droga con la mafia. Hasta ahora me pregunto si el autor de la novela, o el narrador, tenían alguna intención específica al mostrarnos a una mujer norteamericana pasiva, frente a un marido “macho” que comunica “sus asuntos” a su esposa sólo cuando él considera que llegó el momento de hacerlo.

Si bien es cierto, El ruido de las cosas al caer, no está escrito para juzgar a nadie, no deja de sorprender, al menos a mí, la forma cómo se esboza a la mujer en esta novela. A través de Elena vemos a una mujer oriunda de un país que ya estaba pasando la era de los hippies, que había vivido lo de Woodstock, que sabía de la lucha de Nixon y de Kennedy con los traficantes de droga y pasó el asesinato de Kennedy y que no nos deja escuchar su voz. Llega a Colombia con el Cuerpo de Paz a brindar ayuda, descubre ella misma lo que están haciendo sus compañeros, y su marido, y no reacciona. Al contrario, se beneficia tranquilamente de lo que le proveía un dinero mal habido. No mide las consecuencias, no mira más allá. Sus buenas intenciones de brindar ayuda, de colaborar con el progreso de los pueblos de Colombia, solo terminan siendo una forma de entretenimiento durante las largas ausencias de su marido. Hasta tanto la droga y la mafia se afianzaban en el país que le abrió las puertas y en el futuro que heredaría a su hija. Elena también nos muestra que se puede matar de muchas maneras. Que una muerte también se la puede construir en base a la ausencia y la mentira.

Según Fernando Sabater ser un “ciudadano pleno significa participar tanto en la dirección de la propia vida como en la definición de algunos de sus parámetros generales, significa tener consciencia de que se actúa en y para el mundo compartido con otros”. Y eso no se ve en Elaine, no se la ve tomando las riendas de su vida. Sabemos cómo reacciona cuando se entera que atraparon a su marido: la norteamericana abandona la casa, sale con las maletas llenas de dinero, y nunca va a visitar a su marido preso. Y para acallar las preguntas de su hija, apenas de cinco años, se inventa la muerte del padre.

El ruino de las cosas al caer es una novela que también habla del miedo, un tener miedo a la soledad. La soledad que se ve reflejada en la vida de los personajes. Elena termina en total soledad, refugiada en la bebida, arrojada a la inmensidad del territorio colombiano para servir de abono, tal vez, a las plantaciones de coca, o marihuana.

La novela habla de la soledad que vive Antonio Laverde durante sus vuelos y durante los veinte años que pasó en prisión; sin recibir la visita de sus seres queridos, por cuyo bienestar, de alguna manera, se metió en el camino de la adquisición del dinero rápido. Le sirvió de móvil para aceptar, sin miedo, dicha actividad ilícita. Es también la soledad de Maya, hija de Laverde, quién regresa a la casa de sus padres, vive sola: intenta retener a un impotente en su lecho, pero ella más impotente que él, acepta que no lo logra, y lo deja partir. También está la soledad de Antonio Yammara quién obsesionado por el pasado oscuro de otro, descuida su presente y deja vivir en la soledad a su esposa Aura, y a su hija Leticia. Y debe enfrentar un futuro incierto.

Pero, ¿quién resulta ser Laverde, realmente? Me arriesgo a decir, un poco su gente y mucho el país; Colombia. Demasiado nos dice el hecho de que Laverde, después de 20 años de silencio de su esposa, norteamericana, de su distanciamiento e indiferencia, aún quiera estar con ella, que intente reconstruir su hogar, que reconozca que la sigue amando. Y cuando Elena acepta revisar las cosas con él, al menos escucharlo, no logra ni siquiera llegar a la cita.

Laverde es una persona que no ha sido siempre la misma. Las sombras de su vida pasada atraen, como un imán, a un joven abogado que no se comporta típicamente como tal; los abogados son suspicaces, se rigen por aquello de: todo lo que digas será usado en tu contra. Pero este joven profesor-abogado se comportaba más bien como un periodista, como un escritor, averiguaba, se arriesgaba, quiere llegar hasta los límites, no tiene miedo ni calcula que puede caer al vacío.

Lo que también incomoda en El ruido de las cosas al caer es el narrador omnisciente. Aquel narrador que lo sabe todo, que conoce demasiado; hasta los pensamientos de los personajes. Molesta porque es ambiguo, a veces inverosímil pues no nos dice cuánto pertenece a la historia que averigua y cuánto a su imaginación. Unas cartas, unos papeles escritos, unas cuantas confidencias de una hija que prácticamente apenas conoció a su padre  no dan credibilidad suficiente, la confianza, como para aceptar que ese narrador sepa hasta lo que pensaba el personaje. Sólo se termina tolerándolo  cuando se cae en cuenta, o se lo determina, como la memoria colectiva del país. Cuando se lo toma como un personaje conocedor de todos los detalles porque es la memoria de Colombia.

Todo en esta novela es sugerente, desde la portada, el título y lo narrado. Todos, a su manera, cuentan la historia de El ruido de las cosas al caer. La portada muestra la figura de un hombre, sin rostro, con la cara cerca de una planicie roja, por lo general las mesas de billar las tienen verde, sosteniéndose en las piernas para no caer sobre ella. Está en un billar, lugar misterioso, típicamente masculino, donde los jugadores arriesgan, apuestan. El jugador dirigirá el taco contra la bola para que vaya a caer en el hoyo previsto. A su paso, esa bola,  arrastrará a otras más. Su caída en el hoyo producirá un ruido, un sonido. Sonido que tiene un rol protagónico en la novela, lo encontramos en toda la narración.

Tampoco falta ni la lluvia que cae y moja a Yammara y a la hija de Laverde. La droga, como la lluvia, tiene ese efecto, empapa e involucra a todos. La lluvia humedece sus ropas, y para librarse de ellas deben desnudarse. A al sacarse la vestimenta sucia, mojada, ella mostrará su soledad, y él su cuerpo lastimado, marcado por las huellas de la herida y la impotencia.

No creo que la intención de la novela, En el ruido de las cosas al caer sea el juzgar, o intentar que el lector juzgue a alguno de los personajes. Creo que más bien sirve para recordarnos el dicho que dice: guerra avisada no mata gente. Para que recordemos que en ese mundo de las drogas, de la mafia, existe un súper poder que decide quien vive y quién no; que sí existe la Ley de la narcopolítica. Y, si deja abierta la hipótesis de por qué mataron a Laverde es para hacernos reflexionar ese por qué. Como antecedente se nos dice que Laverde quiere rectificar, que esta vez no lo quiere “embarrar”, que pretende hacer las cosas bien. Que sus vuelos no son secretos, ni lleva carga ilícita. Que trabaja con una institución, que va acompañado de un equipo de profesionales a fotografiar el territorio Colombiano, fotos que luego sirven para educar a los niños. Es fácil imaginar a quiénes incomoda eso. Más si conocemos sus habilidades, sus destrezas. Porque sabemos que él podía diseñar planos de memoria. También sabemos que por naturaleza tenía un radar metido dentro de él, que su buen sentido de la orientación le podía llevar a cualquier lugar. Y aquí uno se pregunta, ¿a quién, o a quienes, incomodaría que Laverde supiera tanto de sus secretos, y no esté de su lado? A quiénes perjudica el hecho de que él pudiese localizarlos desde las alturas?, quienes se sentirían amenazados sabiendo que él los podía localizar con facilidad desde uno de sus vuelos? Encontrar la respuesta no creo resulte muy complicado.

Luego de la lectura de El ruido de las cosas al caer, el imaginario del lector queda bombardeado de preguntas, imaginando cómo hubiese sido la amistad entre Antonio y Ricardo si no se hubiera dado el asesinato. Deja pensando en la realidad colombiana, en el narcotráfico y en la narco política que aún hacen supurar sangre, pus a ese país, rostro que vemos clonado, en mayor o menor intensidad, en toda Latinoamérica. Eso sí, es necesario remarcarlo con mayúsculas, también deja satisfecho porque te permite descubrir la salud plena y el bienestar la literatura latinoamericana.

En hora buena por el premio otorgado al autor, que lleguen muchos más.

PUNTOS QUE SE PUEDEN COMETAR EN GRUPOS DE LECTURA:

COMENTAR:

Sobre la cicatriz del rostro del padre de Laverde, ocasionada por estar muy acerca del peligro, y la cicatriz de Antonio por acercarse demasiado a otro peligro; Laverde, quien tiene un pasado con la droga.

ACCIÓN Y REACCIÓN DE NUESTRAS ACCIONES: El billar. Repercusiones de nuestras acciones en uno y en los demás.

ANALIZAR SOBRE LA OBJETIVIDAD:

Ante una situación cualquiera, ante una decisión a tomar, la razón identifica primero los peligros, nos previene. Recordar que ciertas de nuestras convicciones, aun estando bien documentadas, pueden revelarse, antes o después, equivocadas. Por ejemplo los cálculos de Laverde sobre la legalización de la marihuana. Laverde no duda, tiene una certeza. No hay verdad absoluta. Laverde renuncia a la objetividad de la verdad. Se deja seducir por el brillo de la riqueza que le promete un bienestar, la posibilidad de disolver rápido lo que es en ese momento; un hombre pobre. Piensa, posiblemente, que el riesgo justifica lo que logrará en ese momento: poder y riqueza casi de inmediato.

ENSEÑANZA: Qué hay de malo en lo “bueno”: la muerte de Laverde. La disolución de las familias. La soledad, el miedo. Qué hay de bueno en lo malo: la enseñanza que nos deja la experiencia ajena: somos, en gran medida, el fruto de nuestras obras.

PLACER: el placer de volar, el placer del éxito. El goce es anti temporal, inmuniza contra las recompensas o castigos del porvenir. Laverde intenta ayudar, con su actividad ilícita, lo que echa a  perder: el amor, y su propia vida.

RECORDAR A SPINOZA: las leyes de la mafia son las leyes de la selva: eres de la manada o mueres.

LITERATURA: rol de los libros: Principito, poesía.

LA RELACIÓN SEXUAL ENTRE YAMMARA Y MAYA. ¿Intenta la nueva generación levantar a un muerto, ¿Colombia o Latinoamérica se ven reflejadas en esa relación? Maya hace todo para activar el miembro muerto de Yammara. Con sus maniobras logra que él se invente, que se valga de su ingenio, de la viveza criolla, y termine usando los dedos.

LA RELACIÓN DE ANTONIO YAMMARA CON AURA Y SU HIJA: ¿no es extraño que Antonio se siente menos atraído por Aura que por Ricardo Laverde?

¿QUÉ MÁS NOS ENSEÑÓ LA NOVELA?

Que los hijos de los traficantes tienen su propio concepto acerca de los abogados. Me gustaría saber quiénes son los menos corruptos para ellos. A Maya y su madre las defendieron con el dinero obtenido del mismo narcotráfico. Y es más, Maya se pudo quedar con el carro y con la casa comprada con dinero mal habido y todavía se queja.

PUNTOS QUE DEBEN ACLARAR EN LA NOVELA

Primero:

El narrador dice (pag 80) que Elaine muere en un vuelo tomado desde Miami a dónde había ido a visitar a su madre enferma. Pero, luego el narrador cuenta que Elaine era huérfana; su madre había muerto en el parto.

Otros, pequeños, puntos:

El narrador afirma que Gloria, la madre de Laverde, es quien trabaja en los quehaceres de su casa, que nadie la veía trabajar, pero que en forma misteriosa mantenía todo en orden. Unas páginas, más adelante, afirma que en casa de los Laverde, “familia venida a menos”, trabaja una mujer de piel morena.

Además, llama la atención la forma de hablar del piloto, o copiloto, en la cinta con la grabación de la caja negra. Se le escucha decir: gracias por “haber volado” con nosotros. Usa el verbo en pasado. No dice gracias por volar con nosotros, gracias por preferirnos. Utiliza un verbo en pasado “haber volado” cuando estaban aún en las alturas, y tenían que afrontar lo más riesgoso en un vuelo como es el aterrizaje, eso sólo demuestra que sí; que los pilotos estaban cansados. No sabían ni lo que estaban diciendo.

Pero, ¿por qué hacer notar esto? Me parece que es sólo por precaución. Para prevenir. Porque la novela El ruido de las cosas al caer podría toparse con un lector como Elaine Fritts. Ella, en una carta a sus abuelos se queja de que “su señor”, papá Laverde, le regaló un libro que ya llevaba 37 ediciones sin corregir una “e” invertida en su portada, o tapa. Ese error es un detalle importante para Elena. Por esa “e” invertida SÍ levanta la voz, escuchamos su queja.

 

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Me vi observando a esos dos personajes que se parecían y que, en algunos momentos, hablaban y gesticulaban igual. Ella recostada sobre un diván dialogaba con su psicoanalista con quién, como ya lo señalé, se parecía mucho. Yo, la palabra, desde una distancia prudente observaba a esos  dos que, sin alterarse por el parecido que tenían, hablaban atentos a mi presencia. Lo que hace más extraño a este sueño es el hecho de que podía escuchar lo que vertían, pese a que estaba consciente de que en los sueños sólo son posibles las imágenes. La escena se reflejaba sobre un espejo, lo que creaba la ilusión de que eran mucho más parecidos de lo que realmente eran. Estaban en una sala y la participación de ambos incluía la complicidad de un cambio de roles, en el que el psicoanálisis era el que más tiempo pasaba en el diván; un juego en el que terminé, finalmente, participando. El consultorio estaba lleno de libros; pero, en el centro, ocupando un lugar privilegiado descansaba una computadora lista, esperando su momento, para participar.

Desperté invadida de la dosis de angustia “normal” que se siente luego de un sueño extraño.  Situación bizarra que me hizo comprender que el sueño estaba relacionado con la tarea del trabajo que tenía pendiente. Había planificado presentar un texto sobre la Literatura del Siglo XXI, pero la NEL difundía como próximo tema: El Pragmatismo en el siglo XXI y el del Psicoanálisis. Pero, gracias a este sueño puedo dar respuesta a esta exigencia, me ayudó a comprender que tanto el psicoanálisis como la literatura tienen puntos en común, lazos que lo unen que les permite compartir la misma experiencia con ciertos semblantes; con las máscaras que, en el quehacer profesional, se les ponen en frente. Hay entre ellos caminos que se cruzan, situaciones que tienen que desembrollar a veces con las mismas palabras.

Tanto la literatura como el psicoanálisis encontrarán en este siglo XXI la forma cómo dar respuestas a sus nuevas exigencias, se adaptarán a la realidad que les tocará vivir; se ingeniarán para sobrevivir como lo han hecho hasta ahora, e irán incorporando en su escritura, en caso de la literatura, o en su intervención en el caso del psicoanálisis, lo que la realidad del momento les proporciona como recurso. Pero en ambos campos la computadora, el universo tecnológico, ocupará un lugar especial; estará en posición lista, a la mano, para apoyarlos en la práctica. La experiencia vivida demuestra que los adelantos tecnológicos trasforman, modifican a los antecesores de una realidad; pero no lo eliminan. Por lo tanto, las nuevas tecnologías, el internet, seguirá siendo la herramienta que provea información y la intercomunicación necesaria en el quehacer profesional.

La literatura hará del Blog un género literario y a través de éste desplegará un nuevo lenguaje. Seguirán surgiendo los Duchamps de la literatura, los trasgresores; innovadores que se atreverán a experimental con técnicas nuevas;  escritores, por ejemplo, con el perfil de César Aria. Y en el psicoanálisis, creo, se seguirá cuestionando cuáles y qué estrategias se requieren para una pragmática que se ajuste mejor para comprender la problemática de ese sujeto que es producto de esa nueva realidad. Y eso, debido a que estas profesiones responden a las exigencias de un determinado ser humano que surge del contexto histórico.

En el caso de la literatura no habrá un tema fijo, seguirá sin existir un tema general. La literatura se ingeniará y, como siempre, logrará mantener un diálogo con su tiempo; esto, valiéndose de su propio código de lenguaje. Ese lenguaje será capaz de reflejar la identidad propia, así como de indicar la singularidad de los demás. El contexto del momento se entrecruzará con los principios literarios universales, con los eternos, que ya lograron traspasar las fronteras del tiempo y que son recurrentes en la historia de la literatura.

 

Al revisar el trabajo de Juan Fernando Pérez descubrimos que señala una cita de Nietzsche, “ invocada por Agamben, según la cual hay dos formas de ser contemporáneo: una, la fascinación con los brillos de la época y la otra caracterizada por ser “aquel que no coincide perfectamente con él [con su tiempo] ni se adapta a sus pretensiones, y es por ello, en este sentido, no actual; pero, justamente por ello, justamente a través de esta diferencia y de este anacronismo, él es capaz más que los demás de percibir y entender su tiempo.” Esta cita justifica lo vertido, anteriormente

El tema, El Pragmatismo en el siglo XXI y el del Psicoanálisis,  es presentado en los trabajos de dos profesionales: Pascal Pernot, de Francia, y Juan Fernando Pérez, de Colombia. Luego de la lectura de estos trabajos se puede concluir que ambos muestran la misma preocupación: La Pragmática psicoanalítica; pero; posan su mirada al mismo tópico desde diferentes ángulos.

Del trabajo de Juan Fernando Pérez se adquiere la idea de que la orientación lacaniana se fundamenta en el pragmatismo. Esta afirmación conlleva la pregunta de: qué significa eso realmente. Cuál es su naturaleza, y qué lo compone. La salida que nos presenta Pérez incluye dos fórmulas: de “saber hacer” (savoir faire) y de “saber arreglárselas” (savoir y faire). Y las dos expresiones están en relación al síntoma.

Según Fernando Pérez, ese “saber hacer”, está fundamentado en la técnica. Eso significa que en el “saber hacer” ya está presente, previamente, un conocimiento, un accionar teniendo en cuenta de antemano un saber sobre la cosa. Pero, por el contrario, en el “saber arreglárselas” hay ausencia de toda idea conceptual. Porque ese “saber arreglárselas” implica, para el sujeto, la ausencia de todo concepto del hacer.  El “saber arreglárselas” se construye despojando a la técnica de su creencia pre establecida de que la solución de la dificultad nace del simple hecho de respetar el procedimiento y la dogmática en que se apoya. El “saber arreglársela” implica una suerte de saber ingeniarse el cómo actuar. Un estar en  disposición de ir hacia lo que es posible y no sólo a lo que es necesario.

Por su parte, Pascal Pernot considera que se hace necesario el tener que inventar una pragmática de los entornos de lo real que esté apoyada en lalengua, y en el semblante. Nos recuerda que Jakobson, Lévi-Strauss y, a su  modo, Lacan inventan lo simbólico y los nuevos usos que dan al significante, y que surgen gracias a la primacía que éste tiene sobre el significado.

Pascal Pernot, a mi parecer, afirma que lo simbólico es el que introduce la ficción del lenguaje y éste se articula según la metonimia y la metáfora. Y debido a que Lacan considera la inclusión del goce en el hecho de hablar lleva implícito el confrontarlo a un límite; lo que quiere decir: que un real en el saber permanece inaccesible. Este hecho implica la necesidad que tiene el profesional de inventarse una pragmática de los rodeos de ese real. Esta pragmática debe tomar su apoyo no sobre el lenguaje, sino sobre lalangue, no sobre el significante, sino sobre el semblante. O sea, sobre la singularidad.

 

Se recomienda que al momento de hablar de “formación” se debe entrecomillar la palabra, porque de lo contrario “formación” estaría evocando la idea de certeza. Llevaría a considerar un saber casi de inmediato, tanto de lo textual como del “saber hacer”. Incluiría la idea de la presencia de un saber constituido de antemano, externo al sujeto. Concepto erróneo y alejado completamente del quehacer psicoanalítico. Porque la “formación” en el profesional  psicoanalista se refiere a un saber en el que el rol central lo tiene el saber inconsciente. Un saber del inconsciente que debe surgir en la propia experiencia psicoanalítica, que se forma, siempre, en base a la experiencia; teniendo en cuenta que lo que lleva a actuar es algo que surge a partir de lo que no funciona, algo que no cuadra, algo que está embrollado y embrollando un síntoma.

De todo lo aprendido se concluye que lo que anuda al psicoanálisis con la literatura es en definitiva la palabra. La palabra que, a su vez,  está unida a la realidad del ser humano. Lo humano tiene que ver con el orden de lo simbólico; ese simbólico que es posible encontrarlo a partir  de la cultura. La cultura es la que crea las condiciones, provee todos los elementos que dependen de ese orden simbólico. El ser humano como “animal simbólico”, está inmerso en una cultura, inmerso en el habla y en el lenguaje. Y el habla y el lenguaje corresponden íntegramente a planos del orden simbólico. Al mismo tiempo, debemos considerar que todo el sistema simbólico se regula en y por el lenguaje. Esta simbiosis lleva a considerar al lenguaje como la estructura esencial mínima y necesaria de la condición humana que hará posible la literatura así como al psicoanálisis. Y la palabra, como en el sueño, estará a la expectativa en el actuar de estos dos quehaceres profesionales.

 

BIBLIOGRAFÍA

Orden simbólico inconsistente y clínica creacionista del nombre, Pascal Pernot

El pragmatismo en el siglo XXI y el del psicoanálisis, Juan Fernando Pérez

Lenguaje y habla para el Psicoanálisis, José Eduardo Tappan Merino

La Causa de la “Formación” Analítica, Araceli Fuentes

 

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