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BANDA DE PUEBLO

Banda de pueblo

 

José de la Cuadra

 

Eran nueve, en total: ocho hombres y un muchacho de catorce años. El muchacho se llamaba Cornelio Piedrahita y era hijo de Ramón Piedrahita, que golpeaba el bombo y sonaba los platos; Manuel Mendoza, soplaba el cornetín; José Mancay, el requinto; Segundo Alancay, el barítono; Esteban Pacheco, el bajo; Redentor Miranda, el trombón; Severo Mariscal, sacudía los palos sobre el cuero templado del redoblante; y, Nazario Moncada Vera chiflaba el zarzo.
Cornelio Piedrahita no soplaba aparato alguno de viento, ni hacía estrépito musical ninguno; pero, en cambio, era quien llevaba la botella de mallorca, que los hombres se pasaban de boca en boca, como una pipa de paz, con recia asuididad, en todas las oportunidades posibles. Además, aunque contra su voluntad, el muchacho había de ayudar a conducir el armatoste instrumental del padre, cuando a éste, cada día con más frecuencia, lo vencían los accesos de su tos hética. Era, así, imprescindible, y formaba parte principalísima de la banda.
Por cierto que los músicos utilizaban al muchacho para los más variados menesteres; y, como él era de natural amable y servicial, cuando no lo atacaba el mal humor… prestábase de buena gana a los mandados.
La única cosa que le disgustaba en realidad, era alzarse a cuestas el bombo. Del resto, dábale lo mismo ir a entregar, hurtándose a los perros bravos y a los ojos avizores, una carta amorosa de Pacheco, que era el tenorio lírico de la banda, y a cualquier chola guapetona; o adelantarse, casi corriendo, cuadras y cuadras, al grupo, para anunciar como heraldo la llegada, o, en fin, aventurarse por las mangas yerbosas en busca de un ternero, un chivo, un chancho o cualquier otro “animal de carne”, al que hundía un largo cuchillo que punzaba el corazón, si no era que le seccionaba la yugular para satisfacer los nueve estómagos hambrientos, en las ocasiones, no muy raras, en que los “frejoles se veían lejos”.
Cuando andaban por las zonas áridas de cerca al mar, Cornelio Piedrahita, tenía que hacer mayor uso de sus habilidades de forzado abigeo.
-Estos cholos de Chanduy son unoh fregaoh -decía Nazario Moncada Vera, contando y recontando las monedillas de níquel-. Tre’sucreh, hermo’sacao.
Severo Mariscal, que era tan alegre como los golpecillos de su tambor cuando tocaba diana, oponía , esperanzado:
Pero, en Sant’Elena noh ponemoh la botah. ¡Eso eh gente abierta! ¡Ya verán! Yo hey estao otras veces, en la banda der finao Merquíade Santa Cru.
-¿Er peruano?
-Boliviano era. Le decían peruano, de inssulto. Er se calentaba.
-¡Ah!…
Redentor Miranda inquiría, angustiado:
-Bueno, ¿y la comida? De aquí a Snt’Elenaaa hay trecho.
Nazario Moncada Vera permanecía silencioso, pensativo. Resolvía después:
-Me creo de que debemo’ir a lo’sitioh: Engggunga, Enguyina, Er Manatial, L’Azucar…despuéh tumbamo pa Sant’Elena.
-Como sea.
Segundo Alancay no se satisfacía:
-¿Y l’agua? ¿Quiersde l’agua?
-En Manatial vendeh.
-¿Y la plata? ¿quiersde la plata?
Todo él era dificultades; lo contrario de su hermano José, para quien ni los obstáculos verdaderos le parecían reparo.
Manuel Mendoza, sentencioso, sabio de vieja ciencia montubia, decía la última palabra:
-Pah la seh, lo que hay eh la dandiya… sssandiyah no fartan en estoh lao…
Redentor Miranda insistía:
-Pero, seh no máh no eh lo que siente uno….. ¿Onde hayamoh er tumbe?
Redentor Miranda se parecía, en la facha, a su trombón. Era explicable su ansiedad.
Pero, estaba ahí Manuel Mendoza, oportuno:
-¿Y loh chivo? ¿Onde me dejah loh chivo? No hay plata pa mercarloh… ¡Bueno!… ¿Y ónde me dejan a “Tejón Macho”? ¿Onde me lo dejan?
Con esto de “Tejon macho” se refería a Cornelio Piedrahita, que tenía ese apodo desde antaño, cuando era un chiquitín y vivía aún en su pueblo natal de Dos Esteros.
El muchacho sólo les permitía a Mendoza, que era su padrino, y a Moncada Vera, que lo llamaran por el mote. A los demás les contestaba cualquier chabacanada.
Ramón Piedrahita miraba a su hijo amorosamente con sus ojos profundos, brillosos, afiebrados.
-¡Me lo están dañando ar chumbote! -decía—. ¡Ya quieren que se robe otro chivo! ¡Tan enviceándomelo!
Suspiraba y añadía:
-Cuando me muera y naiden me lo vea, va’a parar a la cárcel…
Manuel Mendoza intervenía enérgico:
-¿Y nosotroh? ¿Onde noh deja’a nosotroh? ¿Y yo? ¿Onde me dejah’a mi?
Arrugaba el entrecejo al agregar:
-A voh, compadre, l’enfermedad t’está volvviendo pendejo. ¡Y no hay derecho! ¡No hay derecho, compadre!

Contando al muchacho, eran siete de la costa y dos de la sierra. Se habían ido juntando al azar, al azar de los caminos; y, ahora, los unía prietamente un lazo fuerte de solidaridad, que no subía a la boca en las palabras mal pronunciadas, en los giros errados del lenguaje, en la sintaxis ingenua de su ignorancia campesina; pero que, mucho mejor, se significaba a cada momento en los gestos, en los actos.
Fueron primero, tres: Nazario Moncada Vera, Esteban Pacheco y Severo Mariscal. Un saxo, un bajo y un redoblante.
Hacían unas tocatas infames. A las personas entendidas ocurríaseles de escucharlos, que se habían desatado en la tierra los ruidos espantosos del infierno o un abierta tempestad de mar de altura.
-Pero, la gente bailaba; ¿verdá, Pacheco? -¡Claro!
-¡Y dábamoh sereno!
-Noh contrataban por noche. Mi’acuerdo quuue don Pepe Soto, er mentao “Zambo jáyaro” noh paso treinta sucreh una veh pa que le tocáramos en una tambarria q’hizo onde lah Martine… ¿Conociste voh, Mendoza, a lah Martine?
-¿Y meno? ¿Me creeh de que soy gringo? ¿NNNoh eran lah’entenada de Goyo Silva, que le decían lah “Yegua meladah”?
-Lah mesmah.
-¡Ah!… Corrieron gayo lah doh… La mayooor izque vive con un fraile en la provincia… la otra izque se murió de mal…
-Sí… Esa eh la qu’interesaba “Zambooo jáyaro”… Camila… No la aprovechó… Una moza que bía dejao por eya “Zambo jáyaro” l’hizo er daño en pañolón bordao que le mandó a vender con un turco senciyero, de’esos que andan en canoa… El turco arcagüetió la cosa…
-Aha…
Eran así los recuerdos de la época, ya lejana, de los tres.
-Despuéh te noh’apegaste voh, Mendoza.
>> -¿Cómo “apegaste”? ¡Rogao ni sannnto que juí!
-Hum…
-¡Claro!
Reían.
-¡Claro!
Reían anchamente las bromas.
-A redentor Miranda lo cogimo pa una fiesttta de San Andreh, Boca’e Caña.
-Mejor dicho, en el estero de Zapán.
-Como a lagarto.
Tornaban a reír.
-Voh, Piedrahita, te noh’untaste en Daule,,, pa una fiesta de mi Señor de loh Milagro. Vo’habíah bajado de Dos Estero buscando trabajo.
-Sí… Jué ese año de loh dos’inviernoh quuue s’encontraron… Ese año se murió la mamá de m’hijo… Quedé solo y la garré grima ar pueblo…
Se ponía triste con la memoria dolorosa.
Añadía:
-Er día que me venía a Daule jué que me frregaron… ¡Porque a mí lo que m´hicieron eh daño, como a Camila Martine, la “Yegua melada”!… Yo no me jalaba con mi primo Tomáh Macía, y ese día, cuando m’iba a embarcar, me yamó y me dijo: “Oiga, sujeto; dejémono de vaina y vamo dentrando en amistá”. “Bueno, sujeto” le dije yo (porque así noh tratamo con ér, de “sujeto”.), y noh dimo lah mano… En seguida m’invitó unoh tragoh onde er chino Pedro… Y en la mayorca me amoló… Desde entonces no se me arrancan la toseh… Y ve que m’hey curao ¡Porque ya me hey curao!
Manuel Mendoza cortaba el discurso:
-Ya te lo hey dicho, compadre. Pa voh toddavía hay remedio porque tu mar no’stá pasao. Onde puedah’irte a Santo Domingo de loh Colorao, loh indio te curan.
-Este verano voy.
Así era siempre… El próximo verano se iba Ramón Piedrahita a curarse de su tos en las montañas de los Colorados… El próximo verano… Pero, no partía nunca… No fue nunca allá… A otra parte se fue…
-Con loh’Alancayeh noh completamo en Babahhoyo pa una fiesta de mi señora de lah Mercede…
-¡Ahá!

Los hermanos Alancay habían bajado desde la provincia de Bolívar, y tenían una historia un poco distinta de las de sus otros compañeros…
Los hermanos Alancay eran oriundos de Guaranda, y, cuando muchachos, habían trabajado en los latifundios, al servicio de los gamonales de la provincia de Bolívar. Creyendo mejorar escaparon a Los Ríos y buscaron contrato en una hacienda donde se exploraba madera.
Era la época del concertaje desenmascarado y de la prisión por deudas.
Los Alancay, sin saber como, se encontraron conque, tras un año de labor ruda y continuada, no guardaban nada ahorrado, apenas si habían comido, estaban casi desnudos, y para remate, tenían con el patron una cuenta de cien sucres cada uno.
Acobardados, huyeron de nuevo, rumbo a sus tierras natales. Esperaban que les iría menos mal que en la llanura, a pesar de todo. Les fue igual, si no peor.
Entrampados, fugaron por tercera vez, encaminándose a Riobamba.
Felizmente para ellos, ardía el país en una guerra intestina, y necesitaban gente fresca en los cuarteles.
Se metieron de soldados. El jefe del cuerpo los defendió cuando la autoridad civil, a nombre de los patronos acreedores, los reclamó.
Zafaron así. La esclavitud militar los libró de la esclavitud bajo el régimen feudal de los terratenientes; y, el látigo soportando encima de la cureña del cañón, a rítmicos golpes compasados por los tambores, en la cuadra de la tropa… los libró del látigo sufrido con más los tormentos de la barra o del cepo Vargas en las bodegas o en los galpones de las haciendas y sin más música que el respirar jadeante del capataz…
Hicieron la campaña.
Sacaron heridas leves y un gran cansancio, un cansancio tan grande, tan grande, que sentían que ya nada les importaba mayor cosa y que la vida misma no valía la pena.
Esto lo sentían oscuramente, sin alcanzar a interpretarlo; a semejanza de esos dolores opacos, profundos, radiados que se sienten en lo hondo del vientre y de los cuales uno no acierta a indicar el sitio preciso.
Transcurrió mucho tiempo para que se recobraran; pero, en plenitud, jamás se recobraron.
En la paz cuartelera aprendieron música por notas. Llegaron a tocar bastante bien, en cualquier instrumento de soplo, las partituras más difíciles, con poco repaso. Las composiciones sencillas las ponían a primera vista.
Los ingresaron en la banda de la unidad.
Entonces, ser de la banda era casi un privilegio, y los soldados se disputaban porque los admitieran al aprendizaje de la música.
Los Alancay se consiguieron sus barraganas entre las cholas que frecuentaban los alrededores del cuartel. Junto con las demás guarichas, sus mujeres seguían al batallón cuando, en cambio de guarnición, era destacado de una plaza a otra.
Los dos hermanos se consideraban ya casi venturosos; yendo de acá para allá, conociendo pueblos distintos y viendo caras nuevas.
El rancho era pasable; tenían hembras para el folgar, dinero al bolsillo, ropa de abrigo, y el trabajo era soportable y les agradaba hacerlo. ¿Qué más?
Pero, de su tranquilidad los desplazó bruscamente la noticia de otra revolución.
El ambiente cuartelero no los había militarizado, y guardaban vivo y perenne, el recuerdo de la anterior campaña. Por eso, al saber la orden de movilización de su unidad, desertaron.
A prevención, lleváronse dos instrumentos, los que más a mano toparon: un requinto y un barítono; pero, como en pago, abandonaron sus guarichas al antojo de los compañeros.
Erraron meses y meses por las montañas, perdidos a veces, miserables, hambrientos, pero satisfechos de estarlo antes que arrostrar las penurias y los peligros de la campaña contra los montoneros, que hacían una destrozadora guerra de guerrillas.
En los aldeúcas de indios, en los sitios de peones, tocaban el requinto y el barítono, acompañándose como podían. Después recogían las moneditas.
Eran casi mendigos.
Un día, en Babahoyo, toparon con la banda popular que ya por entonces dirigía Nazario Moncada Vera.
Les propuso éste que ingresaran en ella, y los Alancay gustosísimos aceptaron.
Aun cuando los hermanos Alancay eran los que más sabían de música y dirigían y enseñaban a los demás, la jefatura la conservó siempre, aun por encima del viejo Mendoza, Nazario Moncada Vera.
Este se decía nacido en las proximidades de Cone y pretendía ser de una familia de bravos yaguacheños que siguieron al general Montero en todas sus aventuras, completándole las hazañas. Aseguraba que, en un solo combate, pelearon con el partido del general nada menos que siete Moncadas, formando parte de su famosa caballería.
-Yo no hey arcanzao esoh tiempoh… A mí mmme tocó la mala, cuando jué la de perder, en la cerrada de Yaguachi… Ahí m’hirieron en un brazo… Una bala me pasó atocando…
En efecto. Nazario Moncada Vera era casi inválido de un brazo a cuya circunstancia atrubuía sus dificultades con el instrumento.
-Anteh tocaba máh mejor. Yo hey sido músiiico de línea, como loh’Alancayen…
Contaba que en la acción de Yahuachi, ya herido, hubo de ocultarse, huyendo del enemigo, debajo del altar de San Jacinto, en la iglesia parroquial, y que, en su escondrijo, permaneció dos dias sin poder salir.
-Noh cazaban como a zorroh… Onde noh garrrraban, noh remataban a culata limpia… ¡Eso era coco!… Ahí, voh Mendoza, que te la dah de macho, te bierah cagao loh calzoneh…
Parecían tener sus “picos pendientes” con Mendoza, porque frecuentemente se echaban chinitas.
El viejo decía:
-¡No me la caracoleeh! ¡Tíramela en paro, que yo l’aguanto!
Reían y no ocurría nada.
De Moncada Vera se referían en voz baja historia poco edificantes.
-Comevaca ha sido.
-En la cárcel de Guayaquil estuvo.
-Pero jué por político.
-¿Y en Galápago? ¿Por qé estuvo en Galápagggoh?
-¡Por comevaca puh!
-No…
-Auto motivado tiene…
-¿Y cómo no lo garra la Rurar?
-¿No saben? Lo defendió un abogao gayazo….. Cuando le cayó auto motivado, lo hizo pasar por muerto y presentó er papel de la dejunción como que había muerto en Baba… No se yama Nazario… Felmín se yama… Y ér dice ahora que Fermín era su hermano y que eh finao… ¡Pero, loh que sabemoh sabemoh!…
-¡Ah!…
Sea como fuere, Nazario Moncada Vera hablaba mucho de su pasado. Mas, es lo cierto que a menudo se contradecía.
Mostrábase orgulloso de su origen, y este lado flaco que lo explotaba el viejo Mendoza.
-Todo Yaguacheño, amigo, lo que eh, eh laaadrón…
-¡Mentira!
-¿Y er dicho? ¿Onde me deja’her dicho? ¿¿¿Qué dice er dicho? “Anda a robar a la boca’e Yaguachi…” ¿Dice o no dice?
-¡No me lah resqueh’en contra, Mendoza!…..
En otras ocasiones se gloriaba de sus paisanos ribereños, que antaño fueron temidos piratas de río.
-¡Esoh eran hombreh, caray!
Nazario Moncada Vera sabía tantop de monte como el propio Mendoza y más que los otros compañeros.
Poseía, sin duda, el don de los caminos, y resultaba un guía infalible. Era, en una sola pieza, brújula, plano topográfico y carta de rutas. De Quevedo a Balao y de Boliche a Ballenita, no había fundo rústico, o poblado, por chico que fuera, donde careciera de relaciones y no conociera, por lo menos, a alguno de sus antecesores. En todas partes tenía amigos, compadres o “cuñados”.
He aquí una escena.
Llegaba de noche la banda a una casuca pajiza, “aflojada en media sabana como cabayuno d’engorde”.
Ladraban los perros.
Arriba apagaban el candil, y la casa quedaba cautelosamente a oscuras.
Moncada Vera gritaba: -¡Amigo!
Silencio.
-¡Amigo!
Silencio.
Al fin, aburrido, decía:
-No seah flojoh… ¡Soy yo, Moncada Vera, con la banda’e música.
Arriba notábase un movomiento apenas perceptible, alguien se para petaba tras la ventana abierta. Veíanse, en la oscuridad rebrillar el filo del “raboncito” o el cañón de la “garabina”.
Y después de unos instantes, una voz jubilosa daba la bienvenida:
-¡Adioh, compadre Nazario!
-¿Noh me conocían?
-Con la ascurana, no, compadre. Dispense… ¡Y como hay tanto mañoso! Suba, compadre, con loh caballeroh…
Sucedía que, al cabo de los años, Nazario Moncada Vera había hallado a su compadre Remanso Noboa, con quien, de seguro, habrían estado mucho tiempo juntos en alguna parte, y con quien harían, mano a mano, memorias de las pellejerías que, juntos también, le habrían hecho a alguna mujer o algún hombre…
-¡Vea como son lah cosah!
Podría ser otra la escena.
Estaba la banda en una aldea enfiestada. Nazario Moncada Vera necesitaba un caballo “pa’un menester urgente”.
Pasaba un joven jinete.
-¡Oiga, amigo!
El jinete se revolvía.
-¿Qué se l’ofrece?
-¿No eh’usté de loh Reinoso de la Bocana?<<
-No; soy de loh’Arteaga de Río Perdido. -¡Ah! …¿Hijo’e Terencio?
-No; de Belisario.
-¡Ah! …¿De mi cuñao Belih…? ¡ahi’stá llla pinta!
Después de poco, Nazario Moncada Vera, trepando en el caballo del desmontado jinete, iría a despachar su asunto, dejándolo al otro a pie y satisfecho de servir al “cuñado” de su padre.
Estas condiciones de Nazario Moncada Vera obraban, sin duda, para mantenerlo a perpetuidad en la jefatura de la banda.
casi no se separaban los músicos
En ocasiones, alguno de ellos quedábase cortos dias en su casa, de tenerla, con los suyos, o, si no, en la de algún amigo o pariente.
Los que escondían por ahí su “cualquier cosa”, eran quienes mayor tiempo disfrutaban de vacaciones.
En especial, Severo Mariscal.
Nazario Moncada Vera le decía, cuando el del tambor le comunicaba su intención de “tomarse una largona”.
-¡Ya va’empreñaralguna mujer, amigo! ¡Usttté’eh-a-lafija!
Y era así, infallable.
A los nueve meses de la licencia había en el monte un nuevo Mariscal.
Severo se gloriaba:
-¡Pa mi no hay mujer machorra!
La verdad es que tampoco había, para él, mujer despreciable: de los doce años para arriba, sin límite de edad…
– Lo que hay que ser eh dentrador -repetíaaa.
Cuando tratábase de una chicuela, se justificaba diciendo:
-La carne tierna p’al diete flojo.
Cuando ocurría lo contrario, decía:
No crea amigo: gayina vie, echa güen cardo.
O también:
-Eh er güeso que da gusto a la chicha… Se burlaba de Esteban Pacheco, cuyos amores eran casi todos platónicos.
Lo aconsejaba:
-¡Dentra Pacheco! A la mujer que dentraleee.
Reía:
-A mí no se mepasan ni las comadreh…
> Pacheco argüía tímido:
-Te vah’a fregar.
-Yo me limpio con la vaina de loh castigohhh.
Al oir estas discusiones, Manuel Mendoza terciaba, según costumbre, inclinándose siempre a favor de Severo Mariscal, en contra de Esteban Pacheco.
-¡Déjalo Severo! -decía-. A Pacheco no le agrada mah bajo que su estrumento.
Y reía con su risita aguda, que era -según expresión de Redentor Miranda “calentadora”…
En la temporada seca, la banda iba generalmente completa.
-P’al invierno, bueno que gorreen… Pero p’al verano hay que ajuntarse decía Nazario Moncada Vera.
-Cierto. Eh en que verano cai toda la fieeestería…
Apenas se les escapaba alguna fiesta de pueblo, por apartado que estuviera de las vías de comunicación más transitadas; y, no sólo en la provincia del Guayas, sino en la de los Rios y aún en la parte sur de la de Manabí, en las zonas que colindan con las del Guayas.
Sobre todo, eran infaltables en las más importantes: Santa Ana, de Samborondón; San Lorenzo, de Vinces; San Jacinto, de Yaguachi; Santa Lucía; la Virgen de las Mercedes, de Babahoyo; el Señor de los Milagros y Santa Clara, de Daule, San Pedro y San Pablo, de Sabana Grande de Guayaquil; San Antonio, de Balao; la Navidad, del Milagro…
El año anterior a la muerte de Ramón Piedrahita, fueron por primera vez, a Guayaquil, para celebrar la Semana Santa en la barriada porteña de la iglesia de La Victoria. Les fue bien y pensaban volver al año siguiente.
La banda era número de importancia en los programas pueblerinos. En los anuncios que, suscrito por el prioste o encargado, aparecían en los diarios guayaquileños invitando &quor;a los devotos, turistas y público en general a contribuir con su presencia a la solemnidad de la fiesta”; se decía, al pie de los datos sobre lidia de gallos, carrusel de caballitos, circo, carrera de ensacados, etc., que amenizaría los actos “el famoso grupo artístico musical que dirige el conocido maestro Nazario Moncada Vera, con sus reputados profesores, poniendo las mejores piezas de su numeroso y selecto repertorio, tanto nacional como extranjero”.
Era, en verdad, nutrido el repertorio.
No había pasillo que la banda no tocara; desde el remoto Suicida hasta Ausencia, pasando por Gotas de ajenjo, Alma en los labios, Ojos verdes, Vaso de lágrimas, Mujer lojana, etc., es decir, por toda la abundancia flora de esas composiciones populares.
En materia de valses, la banda prefería Loca de amor, Sobre las olas, Sufrir y más sufrir, Idolatría y otras semejantes.
No figuraban en la lista de piezas más tangos que Julián y Muchacha de circo; pero, los Alancay habían cambiado de tal modo los compases, que ya de tango sólo les restaba el nombre y podían ser bailados como el más atrafagado y saltarín de los pasillos.
También se tocaba sanjuanes andinos, en especial uno que comenzaba:

San Juanito, nito,
de Pulí, pulí…
¡Sácate los ojos!
¡Dámelos a mí!

Zambas, rumbas, marineras, chilenas, boleros, de todo había en el repertorio; pero, con estas piezas ocurría, poco más o menos, lo que con los tangos.
Para las serenatas, los músicos escogían canciones, de esas viejas canciones cuyo origen se ha perdido en la no escrita historia de los campos, y en las que, si bien algunas fueron traídas de Cuba o Yucatán en el pasado siglo, remontan su origen, en la mayoría a la época colonial y calentaron de amor la sangre criolla de las bisabuelas…
Para acompañar los entierros de los montubios pudientes, dedicaban una suerte de pasodoble tristón, en el que introducían, alterando contextura, trozos de sanjuanes, de bambucos, y aún de jotas aragonesas.
Cuando “alzaban a Santo” en la misa mayor de las aldeas enfiestadas, la banda entraba por una machicha brasileña que los Alancay aprendieron en el cuartel y enseñaron luego a sus compañeros.
Había también machicha en la ceremonia del descendimiento del ángel, para la pascua de Resurrección; el ángel -representado siempre por la más guapa chica del pueblo- bajaba, atada de una soga encintada a la espalda, desde la ventana más alta del campanario, sobre el petril de la iglesia… Callados los sones de la música, anunciaba a las pávidas gentes que Dios, aunque pareciera mentira, estaba vivo y más robusto que nunca después de su crucifixión y entierro… Los cohetes y las palomitas de colores -debido a la munificencia de los chinos acatolicados- expresaban luego el júbilo de los circunstantes por la extraordinaria noticia… Y, de nuevo la machicha brasileña…
Finalmente la banda sabía el himno nacional ecuatoriano y una arrancada rapidísima, a paso de polka, con intermedios de ataque.
Nazario Moncada Vera decía que esta arrancada, que él calificaba de marcha guerrera, fue la última que tocaron las fuerzas militares revolucionarias en la rota de Yaguachi…
La banda utilizaba todas las vías posibles para trasladarse de un punto a otro.
Ora viajaban los músicos en lanchas o vapores fluviales, en segunda clase, sobre las rumas de sacos de cacao para exportación o junto al ganado que se llevaba a los camales; ora, en piraguas ligeras, que navegaban en flotillas apretadas ora, en canoa de montaña, a punto de palanca contra corriente, o a golpe de remo, a favor , en las bajadas; ora, por fin alguna vez, en las balsas enormes que se deslizan, por el río al capricho de las mareas, conduciendo frutas, desde las lejanas cabeceras, para los mercados ciudadadnos.
Cuando incursionaban en las poblaciones de junto al mar, viajaban en balandras; y, cierta ocasión que los contrataron para una fiesta en Santa Rosa, en la provincia de El Oro, se embarcaron a bordo de un caletero.
Pero, por lo general, marchaban a pie por los caminos reales o por los senderuelos de las haciendas; y, muchas veces, abriendo trochas en la montaña cerrada.
Cuando la noche o la lluvia se les venía encima, buscaban un refugio cualquiera; bien se apelotonaban bajo un árbol frondoso, bien bajo un galpón o cobertizo; bien en alguna choza abandonada, de esas que suelen hacer los desmonteros de arroz para el pajareo y la cosecha, y los madereros para el corte.
Eso no ocurriía con frecuencia: casi siempre Nazario Moncada Vera arreglaba el itinerario de tal modo que hiciera noche en algún pueblo o hacienda, o, siquiera, en la casa de alguna persona acomodada que les prestara hospedaje gratuito.
Precisamente, alojados en una de estas mansiones rurales – en la de los Pita Santos, de boca de Pula- se encontraban la tarde en que murió Ramón Piedrahita.
Este acontecimiento doloroso cerró una etapa de la historia sencilla de la banda, y abrió otra nueva.
Lo anterior a ese acaecido pertenece al pasado; el presente sigue desde entonces… y seguirá… manso, sereno e igual…
Las cartas amorosas de Pacheco…Las conquistas de Severo Mariscal y los hijos consecuentes… La ciencia montubia de Mendoza… Las dificultades de Segundo Alancay… El hambre insaciable de Redentor Miranda.. Lo mismo… Exactamente, lo mismo…
Continuará de aventura la banda por los caminos del monte, irán los músicos en busca de fiestas poblanas para alegrar con su alharaca instrumental, de entierros que acompañar, de serenatas que ofrecer, de ángeles que ver descender, no del cielo, pero de la ventana más alta de los campanarios rurales… Irán en busca de todo eso; más, irán también, con eso, en busca del pan cuotidiano… que los hombres hermanos se empeñan en que no dé la tierra generosa para todos… sino para unos cuantos…
Cuentan el tiempo los músicos por el triste acaecido de la fuga del compañero tísico que sonaba el bombo roncador y los platillos rechinantes…
-Eso jué anteh de que se muriera Ramón Pieedrahita…
-No; jué despuéh…Ya lo’bía reemplazado &&Quot;Tejón Macho”… M’acuerdo porque en Jujan no pudimoh tocar el himno nacional… “Tejón Macho” no lo bía prendido todavía…
-De verah…
Era el atardecer.
Los últimos rayos del sol -&que había jalao de firme, amigo”- jugueteaban cabrilleos en las ondas blancosucias del riachuelo.
Redentor Miranda dijo, aludiendo a los reflejos luminosos en el agua:
-¡Parecen bocachicos nadando con la barrigga p’encima!
Manuel Mendoza fue a replicar, pero se contuvo.
-Hasta la gana de hablar se le quita a unoo con esta vaina -murmuró.
Iba el grupo, silencioso, por el sendero estrecho que seguía la curva de la ribera, hermanando rutas para el trajinar de los vecinos. A lo lejos al fin el camino- distinguíase el rojo techo de tejas de una casa de hacienda, cobijada a la sombra de una frutaleda, sobre cuyos árboles las palmas de coco, atacadas de gusano, desvencijaban sus estípetes podridos, negruscos, ruinosos…
-Bay! Esa eh la posesión de loh Pirah Santtoh.
-La mesma.
-¿Arcansaremo a yegar?
Humm…
Hablaban bajito, bajito… Susurraban las palabras…
-Er tísico tiene oido de comadreja.
Esteban Pacheco preguntó, ingenuamente:
-¿Tísico dice? ¿Pero eh que Piedrahita ta”fectao? ¿No decían que era daño?
Nazario Moncada Vera lo miró.
-¡No sea pendejo amigo! -replicó-. Los’ojoo si’han hecho para ver… ¿Usté ve o no ve?
Ramón Piedrahita no podía más.
Iba casi en guando, conducido por Severo Mariscal y Redentor Miranda.
Delante marchaba su hijo, lloroso, con el bombo a cuestas… Pero, ahora iba el muchacho casi contento de llevarlo… Pensaba, vagamente, que debería haberlo llevado siempre… Y quería, acaso, que pesara más, mucho más…
A cada paso se revolvía:
-¡Papá! ¿Cómo se siente papà? ¿Se siente mejorado papá? ¡Papá!
Ramón Piedrahita no respondía. Hubiera,si, deseado responder. Se le advertía en el gesto de la faz lívida, demacrada, mascarilla de cadáver… un desesperado esfuerzo por hablar… Pero, no hablaba… Hacía una hora que no hablaba ya…
Manuel Mendoza reprendía al muchacho:
-¡Ve que mi ahijao! ¡Se fija que mi compaadre está debilitao y le hace conversación! ¡Deje que se recupere!
Los demás sonreían a hurtadilla, lúgubremente.
Hacían los Alancay la retaguardia del grupo. Cambiaban frases entre sí y con Mendoza, cuando éste se les acercaba para satisfacer su ración de charla inevitable.
-A mí nidien me convenció nunca jamás de qque el Piedrahita estaba amaliado. ¡Picado del pulmón estaba!
-Yo ni me apegaba, por eso. De lejitos….
Mendoza terciaba magistralmente:
-Ustedeh como no son d’estoh laoh, no sabeen esta cosa de loh maleh que li hacen ar critiano… Puede que mi compadre tenga picao el pulmón, no digo que no; pero, ha de ser que Tomah Macía, que jué er que lo jodió, le metió arguna poliya en la mayorca… ¿No li han oído cómo cuenta?
Los Alancay otorgaban, respetuosos: -¡Así ha de ser, don Mendoza! Cuando usteed lo afirma…
-¡Vaya que lo firmo!
Nazario Moncada Vera iba de un lado para otro.
-¡Apúrense! ¡Noh va’garrar la noche! ¡Esse hombre necesita tranquilidá!
Se acercó a los que conducían a Piedrahita:
-Háganle, mah mejor, siya’e mano. Arrecuééstenlo un rato en er suelo pa que se acondicionen y el enfermo se entone.
Miranda y Mariscal depositaron sobre una cama de yerba el cuerpo casi exánime de Piedrahita.
Todos lo rodearon.
Tenía ya el pobre la respiración estertorosa de la agonía. Cuando abría los ojos, buscando ansiosamente al hijo, se le clavaba, la mirada vidriosa de las pupilas medio paralizadas… Tosía, aún… Era la suya una tos seca, que parecía salir sólo de la garganta; una tos chiquilla, apenas perceptible… absolutamente semejante al arrullar de la paloma de Castilla en los nidales altos.
Nazario Moncada Vera llamó aparte a Mariscal y a Miranda.
-De que repose un rato -ordenó, li hacen lla siya e mano…Pero, andenle, con cuidado… Cuando tuesa, revuervan la cara pa que no leh sarpique la baba…
-¡Ah!…
-No eh que yo sea asquiento; pero, la enfeermedá eh la enfermedá… El hombre que va morir, suerta toda la avería que tiene adentro…
-¡Ah!…
Ramón Piedrahita se había agravado de un momento a otro. Hasta el día anterior, aún se valía de sus piernas. Fatigábase, pero avanzaba.
Habían procurado dejarlo en varias partes, más él quería seguir, seguir…
Decía:
-Déjenme yegar onde Melasio Vega. Ese hommbre me sana.
Melasio Vega era un curandero famoso, cuya vivienda estaba a cuatro horas a caballo, justamente, de la casa de los Pita Santos, adonde ahora se aproximaba el grupo.
Ramón Piedrahita ya no pensaba en los indios brujos de Santo Domingo de los Colorados. Se contentaba conque lo “medicinara” Melasio Vega…
-¡Milagro hace! Jué er que sarvó a Tiburccio Benavide, que’staba pior que yo…
-¡Ahá!…
Los compañeros no se atrevieron a negarle a Piedrahita la satisfacción de su empeño. Y siguieron adelante.
Comentaban:
-No avanza.
-Onde loh’Arriaga se noh queda.
-Pasa. Onde loh Duarte, tarveh.
-No; máh lejo…
¿Onde?
-Onde loh Calderoneh…
-No; onde loh Pita Santoh no máh…
Esto lo dijo Nazario Moncada Vera y adivinó.
-Máh mejor que sea ayí, a lo meon si está mi compadre Rumuardo…
-Quién sabe está en lah lomah con er ganaddito…
-No; al’hijo grande manda. Er se queda reeposando. Ya’stá viejo mi compadre Rumuardo.
-Ahá…
Y ahora estaban ahí, en las inmediaciones de la hacienda de los Pita Santos, con el moribundo.
-¡Ni qui’hubiera apostao conmigo pa’hacermme ganar! -repetía Nazario Moncada Vera.
Después de un rato, ordenó:
-¡Cárguenlo!
Y en la oreja de los conductores, musitó, recalcando el consejo de antes:
-Cuando tuesa, viren la cara pa que no loss’atoque er babeo.
Lentamente -“como proseción en la plaza’e pueblo chico”-, adelantó el uno hasta la casa de los Pita Santos, en cuyo portal hizo alto.
Nazario Moncada Vera gritó:
-¡Compadre Rumuardo!
Rumualdo Pita Santos se asomó a la azoteilla que se abría en un ala del edificio.
-¡Vaya compadre! -exclamó en tono alegre-.. Feliceh los’ojo que lo ven, compadre!
En seguida, inquirió:
-¿Y qué milagro eh por aquí en mi modesta posesión?
Moncada Vera respondió, muequeando un guiño triste:
-Por aquí, compadre, andamo con er socio PPiedrahita que si’ha puesto un poco adolecente… Y venimoh pa que noh de usté una posadita hasta mañana…
-¡Como no compadre! Ya sabe usté que estéé eh su casa.
–¿Onde noh’arreglamo, compadre?
-Arriba no hay lugar, porque tenemoh posannteh; unoh parienteh de su comadre, que han venido a’hacerse ver con Melasio Vega… Pero abajo, en la bodega, pueden acomodarse.
-Onde se sea.
-Dentre, pueh, compadre, con la compañía; que yo vi’hacerle preparar un tente-en-pié p’al cansancio que tren…seguro…
-¡Graciah, compadre!
Ramón Piedrahita fue colocado en unos gangochos, sucios, de cáscaras de arroz y de café, sobre el suelo de tablas de la bodega. Una vieja montura sirvió para almohada. Encima del cuerpo le echaron un poncho.
La mujer de Rumualdo Pita Santos -ña Juanita, una cincuentona robusta y guapota-. bajó a apersonarse del enfermo.
Cornelio Piedrahita quedóse a la cabecera de su padre; pero; los músicos no entraron en la bodega, sino que se encaminaron a la orilla del río, y en el elevado barrancal se fueron sentando, uno al lado del otro, enmudecidos, junto a los enmudecidos instrumentos.
Por un instante, las miradas de todos convergieron en el gordo bombo que Cornelio Piedrahita dejara abandonado en el portal.
En lo íntimo se formularon pregunta semejante:
-¿Quién lo tocará despueh?
Pero, no se respondieron.
Transcurrieron así muchos minutos, una hora quizás. Las sombras se habían venido ya cielo abajo, sobre la tierra ennegrecida, sobre las aguas ennegrecidas…
En la bodega estaban ahora, además de ña Juanita sus hijas: tres chinas de carnes del color y la dureza de los manglares rojizos… No obstante la amargura que los embargaba, al contemplarlas. Esteban Pacheco resolvió escribirles, aún cuando fuera a las tres, una carta de amor, y Severo Mariscal creyó que había en ellas campo abonado para el florecimiento de nuevos mariscales…
Mas, las muchachas ni los saludaron, siquiera.
Penetraron, de prisa, en la bodega, para acompañar a su madre y ayudar al enfermo a bien morir.
Era en esto que había bajado, porque se escuchaban sus voces que rezaban los auxilios…
Decían:
-¡Gloriosísimo San Miguel, príncipe de la milicia celestial, ruega por él! ¡Santo Angel de su guardia; glorioso San José, abogado de los que están agonizando, rogac por él!
Después rezaron letanías. La madre invocaba; las hijas coreaban…
-San Abel… Coro de los justos… San Abrraham… Santos Patriarcas y Profetas… San Silvestre… Santos Mártires… San Agustín… Santos Pontífices y Confesores… San Benito… Santos Monges y Ermitaños… San Juan… Santa María Magdalena… Santas Vírgenes y Viudas…
-!Rogac por él!… ¡Rogac por él!…Rogac por él…
Más tarde, recomendaban su alma:
-¡Sal en nombre de los Angeles y Arcángelees; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Queribines y Serafines!…
Esto fue lo último. Cesaron las voces.
Los músicos se estremecieron.
Apareció en el umbral de la puerta de la bodega, la figura de ña Juanita.
-¡Ya’cabó! -dijo.
Prendido a su falda, Cornelio Piedrahita, ahora más pequeño, vuelto más niño ahora, sollozaba…

.¡Papá! …¡Papá!…
Nada más.
Los músicos guardaron su silencio.
Y transcurrieron nuevos minutos. Parecía como si todas las gentes hubieran perdido la noción del tiempo.
Y, de improviso, sucedió lo no esperado.
Uno de los hombres -después se supo que fue Alancay, el del barítono-, sopló en el instrumento. El instrumento contestó con un alarido tristón.
Los demás músicos imitaron inconscientemente a su compañero… Se quejaron con sus gritos peculiares al saxo, el trombón, el bajo, el cornetín…
Y, a poco, sonaba pleno, aullante, formidable de melancolía, un sanjuan serraniego… Mezclábanse en él trozos de la marcha fúnebre que acompañaba los entierros de los montubios acaudalados y trozos de pasillos dolientes…
Lloraban los hombres por el amigo muerto, lloraban su partida; pero, lo hacían, sinceros, brutalmente sinceros, por boca de sus instrumentos, en las notas clamorosas…
Mas, algo faltaba que restaba concierto vibrante a la música: la armonía acompañadora del bombo, el sacudir reclinante de los platos.
Faltaban.
Pero de pronto, advirtieron los músicos que no faltaba ya.
Se miraron.
¿Quién hacía romper su calma al instrumento enlutado?
-¡Ah!…
Cornelio Piedrahita golpeaba rítmicamente la mano de madera contra el cuero tenso…
-¡Ah!…

…Arriba, Romualdo Pita Santos, desentendido del muerto, se preocupaba exclusivamente del temé-en-pie.
Hablándole a un peón le decía:
-Búsqueme, Pintado, unah gayinah gordah. Hay que hacer un aguao. Eh lo máh mejor paun velorio… Despuéh va’comprarme café pa destilar, onde er guaco Lópeh… ¡Ah, mayorca! Un trago nunca está demah.
Cuando oyó la música que sonaba en el barranco, exclamó:
-Han garrao estoh gayoh la moda de la sierrra… ¡Bueno!… Que aiga música… Pero, baile no aguanto… Cuando se baila a un muerto, se malea la casa…
Dirigiéndose a una mujer que animaba el fuego del fogón con un enorme abanico, exigió confirmación:
-¿Verdá, comadre Inacita, usté que eh tan sabedora d’eso?
La interpelada contestó, convencida:
-Así eh, don Pita.
…Abajo, las mujeres musitaban rezos junto al comedor.
La música cesó.
Las últimas notas las dieron unas lechuzas que tenían su nido en el alero del edificio.
Al oir los chirridos de los animaluchos, el viejo Manuel Mendoza comentó:
-Esah son lah que han cortao la mortaja paa mi compadre Piedrahita…
¡Desgraciadah!…
Como los pajarracos continuaran en sus lúgubres gritos, mientras revoloteaban sobre la casa, agregó:
-Y sigue er vortejeo… Leh ha sobrao telaa pa otra, mortaja, se ve… Santigüensen, amigoh, no sea que noh atoque a arguno de nosotroh…¡Mardita sea!
Todos, incluso Nazario Moncada Vera, se persignaron, contritos…

 

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LA SALVAJE

La salvaje

 

Joaquín Gallegos Lara
¡La salvaje!
Viviña tenía ganas de conocerla. Se burlaba de todas las historias sin creerlas. Esta le daba el atractivo del incitante sexual. La salvaje raptaba a los hombres. Se los llevaba al monte. A tenerlos de maridos.
¡Los otros cuentos eran nada! El descabezao. La gallina e cien pollos. ¡El ventarrón del diablo! ¡Bah!
No temía a los muertos. En cuanto a los vivos los habíaprobado. Cuando peleo con Toribio al machete. Por un pañuelo de Chaba. Le rompió las costillas i delante de todos que gritaban:
¡Cójanlo! ¡Cójanlo!
Lamio la negra hoja cubierta de coágulos.
Su ociosidad lo hacía vaguear. Acostumbraba irse a dormir al monte. I se iba a Guerta Mardita. Sin importarle una guaba la penaciòn del moreno que estaba allí enterrado con la mujer i los hijos, a los quemato. Los que la cruzaban de noche decía que se oían salir gemidos de bajo de la tierra. Viviña oie únicamente el silbido del machete del viento tumbando ramas viejas i matas de plátano secas. Las congas haciendo huecos en los palos podridos. I la noche caminando.
Oía tanto de la salvaje. Muchos guapos le confesaron:
-Sijuese mas alentao… Palabra que me iba pa dentro a buscala…
La describían conuna mezcla de temor i de procacidad:
-¡Es guena caracho! Izque le relampaguean los ojos piorque ar tigre. ¡Tiene unos pechotes! I es peludísima. Pero er crestiano varón que cae en su mano no vuerve mas nunca pa lo poblao. I e imposible seguisla er rastro: tiene los pies viraos ar revés…
Viviña se reía por dentro y contestaba:
-Ajà.
I un día se marchó al monte. Compro unas chancletasserranas de cabuya. Se ciñó el crucerito. I camino p`arriba por las huertas interminables. Atravesó sabanas i bujuqueros. Rodeó las últimas haciendas. Hizo tres jornadas comiendo frutas, ardillas i conejos; bebiendo agua arenosa de los ríos.
Dormía enhorquetado en los arboles altos. Buscando los que no son vidriosos para no ir a derrumbarse en medio sueño. La obsesión de la salvaje lo seguía.
De dianerviosamente la buscaba tras todos los brusqueros. O metida en el hueco del tronco de los gigantescos higuerones. De noche soñó dos veces con ella. Velluda i lasciva.
Con su carne prieta que imaginaba igual a la leña rojiza de los figueroas.
Tan vivamente soñó que al desperta- poniendo un poco en ello en su burla de siempre- se acarició solitario.
-Bara que se me ha parao. ¿Qué haría la sarvaje trancada con este pedacito?
Con furia. Como en el tiempo en que se metía debajo de la escalera a aguaitar bajo las faldas de sus hermanas.
Cuando era muchacho.
El árbol se estremeció. Cuando Viviña se sintió marear
-“Ar fin casi es lo mesmo que er sapo de ellas…”- una lechuza graznó. Follaje arriba su cabeza.
A cuarto día cruzó un río, Rioverde, – pensó. Era un canalón de verano. De invierno se llenaba. Ahora estaba medio de agua lamosa. Cubierto de una capa de baba pestilente.
Del otro lado estaba la montaña. Bejuco. ¡Qué arbolazos! I el silencio negro debajo.
Viviña había estado allí sacando madera. Pero no solo.
¡Ahora le pareció un brusquero enorme i cerrado! Donde no le daban muchas ganas de penetrar.
-¡Ahí tarbès ta la salvaje!
Se quedó en la orilla de Rìoverde.
Todasu vida se acordaría de la tarde que paso allí. Sentado en un tronco caído. En una playita.
El silencio le daba miedo.
La quietud del brusquero gigante tras la cual había quien sabe qué…
Toda la gente tan lejos. El agua verde acostada con los brazos abiertos. Se aclimataba el prodigio… o enloquecía.
¿Con quién hablar?
De noche oyó rugir al tigre. La bestia la olía. Viviña lo olio también. Averraco. A perro sarnoso. A meao podrido.
En casa ajena no se hace bulla. I allí se estuvo. Quedito.
Sin palabras. Con la lengua seca i la boca salada.
El matapalo de muchos troncos era espeso y rumoroso.
Quizás eso lo salvo. El tigre se contentó con un mono. Un mono alto, alto que estaba agazapado más bajo de Viviña.
Un mono igual a un negro. De barbas temblorosas. I que del miedo gemía…

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EL GUARAGUAO

El Guaraguao

 

Joaquín Gallegos Lara

 

Era una especie de hombre. Huraño, solo: con una escopeta de cargar por la boca un guaraguao.

 

Un guaraguao de roja cresta, pico férreo, cuello aguarico, grandes uñas y plumaje negro. Del porte de un pavo chico.

 

Un guaraguao es, naturalmente, un capitán de gallinazos. Es el que huele de más lejos la podredumbre de las bestias muertas para dirigir el enjambre.

 

Pero este guaraguao iba volando alrededor o posado en el cañón de te escopeta de nuestra especie de hombre.

 

Cazaban garzas. El hombre las tiraba y el guaraguao volaba y desde media poza las traía en las garras como un gerifalte.

 

Iban solamente a comprar pólvora y municiones a los pueblos. Y a vender las plumas conseguidas. Allá le decían “Chancho-rengo”.

 

—Ej er diablo er muy pícaro pero siace er Chancho-rengo…

 

Cuando reunía siquiera dos libras de plumas se las iba a vender a los chinos dueños de pulperías.

 

Ellos le daban quince o veinte sucres por lo que valía lo menos cien.

 

Chancho—rengo lo sabía. Pero le daba pereza disputar. Además no necesitaba mucho para su vida. Vestía andrajos. Vagaba en el monte.

 

Era un negro de finas facciones y labios sonrientes que hablaban poco.

 

Suponíase que había venido de Esmeraldas. Al preguntarle sobre el guaraguao decía:

 

—Lo recogí de puro fregao… Luei criao donde chiquito, er nombre ej Arfonso.

 

—¿Por qué Arfonso?

 

—Porque así me nació ponesle.

 

Una vez trajo al pueblo cuatro libras de plumas en vez de dos. Los chinos le dieron cincuenta sucres.

 

Los Sánchez lo vieron entrar con tanta pluma que supusieron que sacaría lo menos doscientos.

 

Los Sánchez eran dos hermanos. Medio peones de Un rico, medio sus esbirros y “guardaespaldas”.

 

Y cuando gastados ya diez de los cincuenta sucres, Chancho-rengo se iba a su monte, lo acecharon.

 

Era oscuro. Con la escopeta al hombro y en ella parado el guaraguao, caminaba.

 

No tuvo tiempo de defenderse. Ni de gritar. Los machetes cayeron sobre él de todos lados. Saltó por un lado la escopeta y con ella el guaraguao.

 

Los asesinos se agacharon sobre el caído. Reían suavemente. Cogieron el fajo de billetes que creían copioso.

 

De pronto. Serafín, el mayor de los hermanos, chilló:

 

— ¡Ayayay! ¡Ñaño, me ha picao una lechuza! Pedro, el otro, sintió el aleteo casi en la cara. Algo alado estaba allí. En la sombra. Algo que defendía al muerto.

 

Tuvieron miedo. Huyeron.

 

Toda la noche estuvo Chancho-rengo arrojado en la hojarasca. No estaba muerto: se moría.

 

Nada iguala la crueldad de lo ciego y el machete meneado ciegamente le dejó un mechoncillo de hilachas de vida.

 

El frío de la madrugada. Una cosa pesaba en su pecho. Movió casi no podía la mano. Tocó algo áspero y entreabrió los ojos.

 

El alba floreaba de violetas los huecos del follaje que hacía encima un techo.

 

Le parecía un cuarto. El cuarto de un velorio. Con raras cortinas azules y negras.

 

Lo que tenía en el pecho era el guaraguao.

 

—Aja eres vos, ¿Arfonso? No… No… me comas… un… hijo… no… muesde… ar…padre… loj…otros…

 

El día acabó de llegar. Cantaron los gallos de monte. Un vuelo de chocotas muy bajo: muchísimas. Otro de chiques, más alto.

 

Una banda de micos de rama en rama cruzó chillando.

 

Un gallinazo pasó arribísima.

 

Debía haber visto.

 

Empezó a trazar amplios círculos en su vuelo. Apareció otro y comenzó la ronda negra.

 

Vinieron más. Como moscas. Cerraron los círculos. Cayeron en loopings.

 

Iniciaron la bajada de la hoja seca. Estaban alegres y lo tenían seguro.

 

¿Se retardarían cazando nubes?

 

Uno se posó tímido en la hierba, a poca distancia.

 

El hombre es temible aún después de muerto.

 

Grave como un obispo, tendió su cabeza morada. Y vio al guaraguao.

 

Lo tomaría por un avanzado. Se halló más seguro y adelantóse. Vinieron más y se aproximaron aleteando. Bullicio de los preparativos del banquete.

 

Y pasó algo extraño.

 

El guaraguao como gallo en su gallinero atacó, espoleó, atropello. Resentidos se separaron, volando a medias, todos los gallinazos. A cierta distancia parecieron conferenciar: ¡qué egoísta! ¡Lo quería para él sólo!

 

Encendía la mañana. Todos los intentos fueron rechazados. Un chorro verde de loros pasó metiendo bulla. Los gallinazos volaron cobardemente más lejos.

 

Al medio día la sangre del cadáver estaba cubierta de moscas y apestaba.

 

Las heridas, la boca, los ojos, amoratados.

 

El olor incitaba el apetito de los viudos. Vino otro guaraguao. Alfonso, el de Chancho—rengo, lo esperó, cuadrándose. Sin ring. Sin cancha. No eran ni boxeadores ni gallos. Encarnizadamente pelearon.

 

Alfonso perdió el ojo derecho pero mató a su enemigo de un espolazo en el cráneo. Y prosiguió espantando a sus congéneres.

 

Volvió la noche a sentarse sobre la sabana.

 

Fue así como…Ocho días más tarde encontraron el cadáver de Chancho—rengo. Podrido y con un guaraguao terriblemente flaco —hueso y pluma— muerto a su lado.

 

Estaba comido de gusanos y dé hormigas no tenía la huella de un solo picotazo.

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OLOR A CACAO

José de la Cuadra

El hombre hizo un gesto de asco. Después arrojó la buchada, sin reparar que añadía nuevas manchas al sucio mantel de la mesilla.
La muchacha se acercó, solícita, con el limpión en la mano.
¿Taba caliente?
Se revolvió el hombre, fastidiado.
El que está caliente soy yo, ¡ajo! –Replicó.
De seguida soltó a media voz una colección de palabrotas brutales.
¿Y a esta porquería la llaman cacao? ¿A esta cosa intomable?
Mirábalo la sirvienta, azorada y silenciosa. Desde adentro, de pie tras el mostrador, la patrona espectante.
Continuó el hombre:
¡Y pensar que ésta es la tierra del cacao! A tres horas de aquí ya hay huertas…
Expresó esto en un tono suave, nostálgico, casi dulce… y se quedó contemplando a la muchacha. Después, bruscamente se dirigió a ella otra vez.
Yo no vivo en Guayaquil, ¿sabe? Yo vivo allá, allá, …en las huertas…
Y agregó, absurdamente confidencial:
He venido porque tengo un hijo enfermo, ¿sabe? mordido de culebra… Lo dejé esta tarde en el hospital de ni os… Se morirá, sin duda… Es la mala pata…
La muchacha estaba ahora más cerca, calladita, calladita, jugando con los vuelos del delantal. Quería decir:
Yo soy de allá, también; de allá… de las huertas…
Habría sonreído al decir esto; pero no lo decía. Lo pensaba, sí, vagamente. Y atormentaba los flequillos de randa con los dedos nerviosos.
Gritó la patrona:
¡María! ¡Atiende al señor del reservado!
Era mentira. Sólo una señal convenida de apresurarse era; porque no había señor ni había reservado. No había sino cuatro mesitas entre estas cuatro paredes, bajo la luz angustiosa de la lámpara de keroseno. Y, al fondo, el mostrador, bajo el cual las dos mujeres dormían apelotonadas, abrigándose la una con el cuerpo de la otra. Nada más.
Se levantó el hombre para marcharse.
¿Cuánto es?
La sirvienta aproxímase más aún a él. Tal como estaba ahora, la patrona únicamente la veía de espaldas; no veía el accionar de sus manos nerviosas, lógicas.
¿Cuánto es?
Nada… nada…
¿Eh?
Sí; no es nada… no cuesta nada… Como no le gustó…
Sonreía la muchacha mansamente, miserablemente; lo mismo que, a veces, suelen mirar los perros.
Repitió musitando:
Nada…
Suplicaba casi al hablar.
El hombre rezongó, satisfecho:
Ah, bueno…
Y salió.
Fue al mostrador la muchacha.
Preguntó la patrona:
¿Té dio propina?
No; sólo dos reales de la taza…
Extrajo del bolsillo del delantal las monedas que colocó sobre el zinc del mostrador.
Ahí están.
Se lamentó la mujer:
No se puede vivir. Nadie da propina… No se puede vivir.
La muchacha no la escuchaba ya.
Iba, deprisa, a atender a un cliente recién llegado. Andaba mecánicamente. Tenía en los ojos, obsesiva, la mirada de las huertas, el paisaje cerrado de las arboledas de cacao. Y le acalambraba el corazón un ruego para que Dios no permitiera la muerte del desconocido hijo de aquel hombre entrevisto.

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UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS

Pablo Palacio

“¿Cómo echar al canasto los palpitantes

acontecimientos callejeros?”

“Esclarecer la verdad es acción moralizadora.”

EL COMERCIO de Quito

“Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía Nº 451, que hacía

el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de

apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.

“Esta mañana, el señor Comisario de la 6a ha practicado las diligencias convenientes;

pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez.

Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.

Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.”

No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.

Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción.

¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder.

Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie

se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.

Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un

hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente

que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio

de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.

Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros

que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera

idea, que era esta, de reconstrucción y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. -Esto es esencial, muy esencial.

La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método.

Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de

los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos:

la deducción y la inducción (Véase Aristóteles y Bacon).

El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido.

Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.

La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido…

(¿Cómo es? No lo recuerdo bien… En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?). Si

he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir.

Induzca, joven.

Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano,

me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.

-Bueno, ¿y cómo aplico este método maravilloso?- me pregunté.

¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los

primeros años.

Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado

nunca de mi mesa el aciago Diario- y dando vigorosos chupetones a mi encendida

y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el

ceño como todo hombre de estudio -¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!

Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.

Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de “Esta mañana, el señor Comisario de

la 6a…” fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos “Lo único que

pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.” Y yo, por una fuerza secreta de intuición que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.

Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era… No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras…

Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.

Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a quien podía darme los datos

reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:

-¡Ah!. sí… El asunto ese de un tal Ramírez… Mire que ya nos habíamos desalentado…

¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor… Como Ud. Tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció… el pobre.

Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso… algún deudo… ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame… mi más sincero…

-No, señor -dije yo indignado-, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más…

Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? “Soy un hombre que se

interesa por la justicia” ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle

más, apresuréme:

-Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas…

El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles.

Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró

al fin.

Y se portó muy culto:

-Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero… Eso sí, con cargo de devolución -me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos-.

Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.

-Y dígame usted, señor Comisario, ¿no, podría recordar alguna seña particular del

difunto, algún dato que pudiera revelar algo?

-Una seña particular… un dato… No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar.

Así más o menos de mi estatura -el Comisario era un poco alto-; grueso y de carnes flojas.

Pero; una seña particular… no… al menos que yo recuerde…

Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.

Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las

fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.

Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la

fortuna había puesto a mi alcance.

Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra.

Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo.

Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir

sus misterios.

Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.

Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a

un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.

Cogí un papel, tracé las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego,

cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos

no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable… ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.

Después… después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se

pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de

los santos.

¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!

Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba… trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué

lo mataron…

Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:

El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto

no puede llamarse de otra manera);

Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años; Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;

Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.

Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.

Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenía que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.

¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido

enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no

tener dudas, o, si no constó por descuido del reporter, el señor Comisario me lo habría

revelado, sin vacilación alguna.

¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto

nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones:

“Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira;

le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado” o “Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él,

más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí” o “Tuve unos líos con

una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos”. Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.

También era muy fácil declarar:

“Tuvimos una reyerta”.

Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los

dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el

cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado

hasta los nombres de los agresores.

Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo

evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:

Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años

de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.

Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.

Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días

antes a la ciudad, teatro del suceso.

La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya

conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.

Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos

un vacío doloroso.

Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa,

deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.

Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas…

Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al

muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba

casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquél estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.

Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.

-¡Pst! ¡Pst!

El muchacho se detuvo.

-Hola rico… ¿Qué haces por aquí a estas horas?

-Me voy a mi casa… ¿Qué quiere?

-Nada, nada… Pero no te vayas tan pronto, hermoso…

Y lo cogió del brazo.

El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.

-¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa. Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto

y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:

-¡Papá! ¡Papá!

Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una

claridad sobre la una calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.

Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con

ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.

-¿Qué quiere usted, so sucio?

Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un

largo hipo doloroso.

Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró

que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.

¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!

Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el

caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una

nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra

otra nariz!

Así:

¡Chaj!

con un gran espacio sabroso.

¡Chaj!

Y después: ¡como se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad

que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!

{

¡Como batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

¡Chaj!

¡Chaj! vertiginosamente,

¡Chaj!

en tanto que mil lucesitas, como agujas, cosían las tinieblas

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Hace una semana terminé de leer los cuentos de “Mariposas negras”, libro de Melanie Márquez  y más de uno se me ha quedado revoloteando en la cabeza. Pero es “El público manda”, el que se ha incorporado con sagacidad y persistencia en mi memoria. Y con la misma audacia de los personajes de Pirandello, “ha exigido” un espacio y mi comentario en este blog.

Este cuento corto, que me ayudó a maximizar la imaginación al exigirme descifrar su simbolismo, y los elementos fantásticos con los que su autora lo ha creado, fue elaborado a partir de imágenes que llevan al lector a reflexionar sobre lo real en la ficción: la vida del ser humano en sociedad.

El cuento presenta a un mago que es capaz de sacar de su sombrero a seres humanos, y a cazadores para que los cacen. Éstos repudian su trabajo, sin embargo, cumplen su tarea a pesar del fastidio y de lo “repulsivo” que les pueden parecer las víctimas y el olor peculiar que expelen. Son cazadores que están bajo el mando del mago cuya única tarea consiste en proporcionarles presas, para la diversión de los espectadores.

Y a pesar de que los cazadores tratan de convencer al público de ingeniarse y solicitar otra forma de diversión; ellos, el público, son como siempre los que mandan.

 

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SOLEDAD

soledad

                                         La soledad protege

                                         mi morada,

                                        de las penas e inquietudes.

                     Soledad que voy llenando

                     en la vida,

                                                 con viajes reales e inventados,

                                                con poemas escritos y soñados,

                                                 con amistades reales y virtuales,

                     con la libertad que

                                  ojalá que nunca,

                                   me niegue la palabra.

 

 

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