
Abrí la quejumbrosa puerta de mi casa y me alejé casi corriendo; llevaba prisa y una cesta llena de viandas. Cubría mi cuerpo con un paraguas tratando de protegerme de la incesante garúa que estaba cayendo.
En cuanto llegué al carro, comencé a buscar a tientas en los bolsillos de mi pantalón la llave del jeep, debía dirigirme a la cabaña de Pascal. Supuse que él ya estaría esperándome impaciente, probablemente contrariado con la llovizna que no se mostraba generosa con nuestros planes de salir a pescar.
Llegué antes de las tres de la mañana; puntual; pero me sorprendió el no encontrar a mi amigo en la embarcación gritándome su habitual: << ¡vamos, vamos!, ¡apúrate!…>>
Encendí un cigarrillo y, mientras lo fumaba, aproveché para dar algunas vueltas por la casa hasta que decidí encaminarme hasta el pequeño muelle desde donde partíamos de pesca. La casa, cabaña, que Pascal había heredado de sus padres estaba escondida, a propósito, dentro de un bosque agreste al lado de un tranquilo y rico río, el cual estaba provisto de un muelle que habíamos construido los dos.
La cabaña continuaba como en sus viejos tiempos llena de jardines, pero ahora algo descuidados y desordenados; las plantas y árboles proliferaban voluntariosos; la vegetación se expandía hasta las inmediaciones del río, y los cañaverales, que antes bordeaban solo sus orillas, ahora nos cerraban el paso: muy cerca de la orilla se habían formado islotes; templos de sapos y culebras.
Sorprendido por la impuntualidad de Pascal me puse a silbar, para llamar su atención; como respuesta escuché los ladridos y quejas que desde la cocina me lanzaba la pareja de “dobermann” de mi amigo. Curioso me acerqué a la casa y para mi sorpresa encontré la puerta de la cocina abierta. Entré y descubrí a los perros; Rómulo y Remo, encadenados a una de las patas de la mesa.
Estuve en la cocina haciendo ruido para que mis amigos supieran que estaba adentro. Descubrí, también, que sobre la mesa había tres tazas con café, a medio beber. Toqué una de ellas y sentí su tibieza; significaba que mis amigos ya se habían despertado y que no hacía mucho se habían servido café y habían recibido visita. Me senté paciente a esperarlos, tomé una de las galletas del plato y mientras la comía me puse a reflexionar sobre dónde podría estar la pareja.
Pascal vivía normalmente en la ciudad, pero pasaba los fines de semana con Céline en la cabaña; llevaban juntos ya algunos años. El hecho de que ella y yo hubiéramos estado enamorados en la adolescencia no afectó jamás nuestra amistad; sin embargo mantenía con ella una distancia prudente.
Intrigado por el silencio de mi amigo, me dirigí hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones y continué hasta el piso superior. Mientras subía los escalones los llamaba por sus nombres; los perros eran los únicos que me respondían. Al fondo del ancho corredor me sorprendió descubrir el reflejo de una imagen, fijé mi mirada en esa figura disfrazada de pescador y percibí un hálito acechador el cual se había movido como una estrella fugaz; alguien se había ocultado para no ser reflejado en el espejo.
No estaba seguro de si lo que había percibido era real, pero ante esa situación, o ilusión óptica, comencé a sentir como si mis órganos internos fueran de espinas y se erizaran para clavarse en mis carnes y las perforaran. Mi cuerpo quedó inmóvil y mis piernas pesadas no lograban dar ni un solo paso más.
Me mantuve un momento congelado, como si aquel corredor fuera un cementerio, sin embargo, finalmente, con gran esfuerzo pude comenzar a moverme; llegué hasta la habitación matrimonial, y llamé a mis amigos. Entre gemidos y susurros me llegó un: “entra, entra”, distorsionado por el sonido que producen las cañas al rozarse entre ellas; ruido que se filtraba hasta la habitación por una ventana abierta. De inmediato me aseguré del pomo y entreabrí la puerta. Antes de introducir la cabeza volví a pronunciar los nombres de Pascal y Céline, pero desde el interior amarillo grisáceo de la penumbra percibí nuevos gemidos. Cerré la puerta y me alisté a descender presuroso: temí haber cometido una imprudencia; un delito contra la intimidad de mis amigos.
Al descender me enfrenté nuevamente con el mismo corredor. El espejo una vez más reflejó el cuerpo íntegro del fantasma que también descendía por las escaleras. Sentí la incertidumbre de ser acechado desde el fondo ilusorio de ese marco, y enfrenté a ese alguien con valentía.
Vi, o creí ver, que se escondía de mí apadrinado por la oscuridad, y el espejo. En cuanto se descuidó intenté apoderarme de su rostro también desfigurado por el terror. Pude captar sus manos cubiertas con colores rojos vivos, granates y renegridos. Como un alucinado me arrojé cuantas veces pude contra él. Hasta que se escuchó el golpe de mi cuerpo contra el espejo cuando éste se rompía.
Entonces, mis manos enloquecidas comenzaron a buscar al fondo del marco, ya vacío, el cuello de ese ser para estrangularlo. Escudriñé todos los rincones del espejo tratando de apoderarme de él. Y al no lograrlo, aún con mis manos ensangrentadas, olvidándome de mis heridas, regresé a la habitación. Esta vez abrí la puerta de par en par y entré. Detrás de la cama encontré a mis amigos tirados en el suelo, con los ojos medio abiertos: los dos habían recibido puntapiés en todo el cuerpo y puñaladas mortales.
La ventana me mostró que afuera ya clareaba más, pero que la garúa continuaba. Y con el fin de reanimar a mis amigos comencé, como un enloquecido, a sacudir sus cuerpos; fue así cómo sus coágulos se mezclaron con los míos. Pascal y Céline agonizaban y estábamos aislados, en esa lejanía no iba a encontrar ayuda inmediata. Por eso, antes del fin, debían aclararme lo sucedido; darme el nombre del agresor o los agresores, por eso insistí; seguí forzándolos a hablar.
En la cama, en cuanto tosió Céline, Pascal comenzó a moverse. Y a mí me empezó a invadir un vahído premonitorio; mareado, antes del desvanecimiento, me apoyé en la cama, y conciencié mi efímera existencia. En cuanto Celine tosió una vez más Pascal estiró los brazos y se levantó. Fue ahí cuando conocí el verdadero terror, vergüenza y humillación ante lo evidente: sólo cuando Céline despertó completamente, yo dejé de existir.
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