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NADA Segunda Mirada

 

“Nada”, aparentemente, trata sobre Andrea la protagonista y narradora de esta novela; sin embargo la historia no gira alrededor de ella. Román, su tío, es quien está ligado a todos los personajes y su vida se encuentra anuda a las mujeres de la historia y a su hermano.

Los ojos escrutadores de Andrea que observan todos lo que pasa en casa de su abuela serán los que guiarán e invitarán al lector a detenerse a observar los pequeños detalles del cuerpo de los personajes y a descubrir la fijación magnética que las manos ejercen en ella. En muchos pasajes de “Nada” el lector descubre a Andrea detenida en las manos de aquellos con quienes se relaciona. Gracias a esa habilidad observadora Andrea será capaz de adentrarnos en la vida de Román un hombre atractivo, irónico, seductor y calificado de “hombre malo” por las mujeres, afectadas por su magnetismo.

Román, músico famoso en el pasado, dejará huellas imborrables en las mujeres de dos generaciones: en su juventud la madre de Ena, amiga íntima de Andrea, se sintió muy atraída por él; y así con esa misma pasión atraerá a Ena. Y a través de lo que la narradora dice, en entre líneas, también intentó seducir con su música, habilidad para ejecutar la pieza musical y cigarrillos, a la misma sobrina.

Un rol importante en esta novela juega el dios azteca Xochipilli, de quién Román hizo una estatuílla y le escribió una pieza musical que, por el mismo Román se sabe, interpretarla le traía mala suerte. Este dios Xochipilli, de las flores y de las almas, tiene un lugar preponderante en el afecto y la habitación de Román. Y como a todo dios adorado, Román quiere rendirle pleitesía y ofrecerle sacrificios: así fuera su hermano o su sobrina.

En “Nada” cada personaje vive sacrificando; renuncia a algo material o espiritual. Sabemos que la madre de Ena sacrificó por Román lo que más amaba y lo que la hacía singularmente bella. Y lo vemos en Angustias, la hermana de Román, tía de Andrea, que sacrifica el amor por temor al qué dirán. Además, la relación que mantienen Gloria, la esposa de Juan,  y Román está impregnada de sacrificio, violencia y sensualidad; al lector le resulta difícil comprender qué goce o placer siente este personaje al provocar que Gloria, la mujer que desea, viva con su esposo en continuas discordias y peleas conociendo de antemano que luego vendrán los ataques físicos de Juan contra ella.

Gloria también, al final, renuncia a Román y a Juan; y con ese auto sacrificio se devela como la “verdadera” diosa Xochipilli. Y así uno a uno descubrirá la manera cómo se sacrifica en esa casa donde reina Xochipilli; no se librará ni la casa donde viven que irá entregando, poco a poco, los muebles que conservó de otros tiempos. Hasta la abuela dejará de comer su pedazo de pan, para dárselos unas veces al hijo de Gloria y otras a su nieta Andrea.

 

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NADA   

      

Primera mirada

 

Carmen Laforet escribió su novela NADA en 1944, cuando España vivía su posguerra civil.

La autora, con solo veintitrés años, nos sorprende con esta historia. Crea una narradora observadora; todo lo que sucede en ese momento de su vida le afecta y le llama la atención: nos narra con detalle no solo las situaciones que vive y viven los demás que la acompañan en esa circunstancia; sino también el rol que desempeñan los espacios, el tiempo y las palabras.

Los eventos que vive y viven los demás son calificados como “nada”; para ella no sucede nunca nada. Se entiende que después de todo lo vivido; la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, que está por finalizar, y el quedarse huérfana, cualquier otro evento le resultará tan insignificante que no merece otro calificativo que “nada”.

Andrea es el personaje que narra la historia de NADA. Cuenta, en primera persona, su estadía en Barcelona en el seno de su familia materna; un grupo de gente bastante particular y extraña que, de alguna manera, tiene lazos con el arte: la música y la pintura.

Ella debe compartir momentos con esos entes que le resultan extraños, a pesar de haberlos ya conocido: su madre solía llevarla a visitarlos cuando era niña.

Andrea también nos contará su paso por otro mundo, completamente diferente que es el universitario, donde conocerá a jóvenes con diversas realidades e intereses. Se sentirá unida con algunos de ellos por el arte y la palabra; con los más íntimos por el “nada” que se dará cuando vayan a la playa y estén en el mar.

Junto a su abuela, sus tíos Román, Juan y Angustias, se le sumarán Gloria la esposa de Juan, Antonia, la empleada y los animales domésticos de la casa: un gato, un perro y un loro; esto en lo que respecta  a su círculo familiar, todos ayudarán a dar cuerpo a la NADA de la historia.

 

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Estaba sola y llevaba algunas horas parada en el portal de mi casa, contemplando cómo se precipitaba el agua del cielo, calculando la fuerza de la tempestad que obligaba a los árboles a inclinarse sumisos y reverentes.

De rato en rato alzaba la cabeza, y la mirada al cielo, intentando descubrir en ese firmamento copado de nubes preñadas, una estrella fugaz, un platillo volador, cualquier cosa que me sacara de esa rutina tediosa; pero esa era una noche oscura que no colaboraba con mis deseos de adolescente. Sólo los rayos, los truenos y los relámpagos eran mis únicos compañeros en esa noche y en este lugar en el que me había recluido para leer a Poe, como una verdadera ermitaña.

La tempestad, orquestada por la caída del agua de la lluvia, la soledad y el viento me envolvían en una arrulladora sensación de libertad cuando, de repente, un gato negro saltó del techo acompañado de una brisa insistente que pasó rasgando, o acariciando mi rostro. En su recorrido me roció el cuerpo con la sensación de un líquido: delicado y suave unas veces y  muchas otras su fuerza me causaban escalofríos. Los relámpagos, compadecidos de mí, de rato en rato iluminaban el ambiente para facilitar mi tarea de limpiarme la ropa y de continuar como investigadora en noches de tormentas, luego de empaparme con los cuentos de Poe.

Seguía parada en el mismo lugar, cuando creí escuchar, a lo lejos, y entre ráfagas de truenos y relámpagos, que alguien me gritaba: << ¡Pobre loca!, ¡pobre loca!, ¡démosle algo que contar!>>

Me encontraba, así, tratando de captar bien lo que creía que alguien me gritaba, y ensimismada contemplaba al mismo tiempo el firmamento, cuando de repente descubrí los pies de un ente que flotaban a unos centímetros del suelo donde estaban los míos. Lo vi avanzando a gran velocidad. Sostenía en sus manos un farol de fuego y se acercaba con furia a estrellarse contra mí. Mi primera reacción fue arrojarme al suelo para evitar que nuestros cuerpos se encontraran y el golpe que sospeché recibiría con el impacto.

Al despertar, el día había transcurrido y cesado también la tormenta. Me encontraba en el suelo, tirada ahí con el aspecto de una sobreviviente del desierto: tenía los labios resecos y partidos tenía los cabellos erizados: el rayo que cayó a un lado, dejó su firma en uno de los libros de cuentos, chamuscados, de Poe y su fugaz paso en el travesaño del portal de mi casa.

 

 

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PLEGARIA A BAUDELAIRE

 

Odio es lo que me surge por la

impotencia y la rutina

que la poesía me descubre ciertos días

me mata y muero lentamente herida con este

pensamiento

de no haber alcanzado todavía,

y no alcanzarlo nunca,

los versos que a Baudelaire asediaban y

él maldecía.

Palidezco ante ese desdén de la poesía

crucificada me siento cuando le imploro

al que es maldito poeta en la poesía

que suelte algunos de esos versos

que él no necesita.

El bendito entre todos los poetas simbolistas

no sabe que es vivir

con la dolorosa angustia al carecer

de  los versos que a manos llenas él

concebía.

Rocíame con tu ingenio es mi estribillo

dirige mi mano como amigo y

llévame a escribir los versos

cuyo desdén me inquieta y desconsuela.

Apiádate de mi espíritu devorado por el dolor

y los pesares

Consuélate, le ruego, de la forma cómo

quedo aniquilada,

bajo la luna en noches estrelladas,

cuando confidentes ellas me susurran al oído

los versos de amor que no prefiero

porque no son los malditos que persigo.

                                                 

 

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NOCHE

 

Levanto mis brazos y de puntillas logro llegar a la repisa que está al lado de mi cama; mis manos vagan, luchan contra las nubes y sombras que todo lo hacen noche.

Por fin la encuentro, me apodero de la lata, comienzo a palparla, doy con la tapa y la abro. Su interior está lleno de hilos y ovillos; recuerdo que una vez tuvieron colores. Las yemas de mis dedos rozan el interior, y sus contornos, investigando sus rincones.

Sé que debería estar ahí, en algún lado, en el cartón en el que lo prendí la última vez que cosí este mismo botón de mi bata. Me provoca voltear su contenido sobre la cama, pero la experiencia me enseñó que así complicaba las cosas.

Tomo uno a uno los canutos y los reviso. La niebla que cubre mis ojos, y que siento como si me llegara desde algún lugar del fondo de mi cerebro, lo oscurece todo; me impide divisar sus formas, y al tantearlos descubro que no la esconden; los dejo de lado.

Cuando atrapo uno de los ovillos de lana me viene el recuerdo de su color turquesa, con filos dorados: suave y esponjoso. Lo tomo entre las manos y presiono suavemente con precaución, un hincón me alerta y me hace saber que la encontré. Comienza un suave pero insistente dolor en el lugar del pinchazo, mis dedos me confirman que quedó prendida en mi palma. De un solo jalón la quito y el brusco, e inconsciente movimiento que hago, para facilitar el desprendimiento y así evitar el dolor, hace que la aguja escape de mis manos.

Sospecho que fue a caer sobre la cama, no escuché el sonido de su contacto con el piso. La gota de sangre que corre sobre mi palma la siento espesa y caliente; la imagino granate resbalándose hasta caer sobre las sábanas rosadas que la camuflarán.

Con mi pañuelo presiono la herida para evitar que siga sangrando. Me pongo a imaginar, a adivinar, me pregunto dónde pudo haber caído la aguja. Comienzo a rozar, a dar golpes sobre las sábanas, para tratar de encontrarla; mientras hago todo eso, mi bata se entreabre por la falta de un botón.

 

 

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Abrí la quejumbrosa puerta de mi casa y me alejé casi corriendo; llevaba prisa y una cesta llena de viandas. Cubría mi cuerpo con un paraguas tratando de protegerme de la incesante garúa que estaba cayendo.

En cuanto llegué al carro, comencé a buscar a tientas en los bolsillos de mi pantalón la llave del jeep, debía dirigirme a la cabaña de Pascal. Supuse que él ya estaría esperándome impaciente, probablemente contrariado con la llovizna que no se mostraba generosa con nuestros planes de salir a pescar.

Llegué antes de las tres de la mañana; puntual; pero me sorprendió el no encontrar a mi amigo en la embarcación gritándome su habitual: << ¡vamos, vamos!, ¡apúrate!…>>

Encendí un cigarrillo y, mientras lo fumaba, aproveché para dar algunas vueltas por la casa hasta que decidí encaminarme hasta el pequeño muelle desde donde partíamos de pesca. La casa, cabaña, que Pascal había heredado de sus padres estaba escondida, a propósito, dentro de un bosque agreste al lado de un tranquilo y rico río, el cual estaba provisto de un muelle que habíamos construido los dos.

La cabaña continuaba como en sus viejos tiempos llena de jardines, pero ahora algo descuidados y desordenados; las plantas y árboles proliferaban voluntariosos; la vegetación se expandía hasta las inmediaciones del río, y los cañaverales, que antes bordeaban solo sus orillas, ahora nos cerraban el paso: muy cerca de la orilla se habían formado islotes; templos de sapos y culebras.

Sorprendido por la impuntualidad de Pascal me puse a silbar, para llamar su atención; como respuesta escuché los ladridos y quejas que desde la cocina me lanzaba la pareja de “dobermann” de mi amigo. Curioso me acerqué a la casa y para mi sorpresa encontré la puerta de la cocina abierta. Entré y descubrí a los perros; Rómulo y Remo, encadenados a una de las patas de la mesa.

Estuve en la cocina haciendo ruido para que mis amigos supieran que estaba adentro. Descubrí, también, que sobre la mesa había tres tazas con café, a medio beber. Toqué una de ellas y sentí su tibieza; significaba que mis amigos ya se habían despertado y que no hacía mucho se habían servido café y habían recibido visita. Me senté paciente a esperarlos, tomé una de las galletas del plato y mientras la comía me puse a reflexionar sobre dónde podría estar la pareja.

Pascal vivía normalmente en la ciudad, pero pasaba los fines de semana con Céline en la cabaña; llevaban juntos ya algunos años. El hecho de que ella y yo hubiéramos estado enamorados en la adolescencia no afectó jamás nuestra amistad; sin embargo mantenía con ella una distancia prudente.

Intrigado por el silencio de mi amigo, me dirigí hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones y continué hasta el piso superior. Mientras subía los escalones los llamaba por sus nombres; los perros eran los únicos que me respondían. Al fondo del ancho corredor me sorprendió descubrir el reflejo de una imagen, fijé mi mirada en esa figura disfrazada de pescador y percibí un hálito acechador el cual se había movido como una estrella fugaz; alguien se había ocultado para no ser reflejado en el espejo.

No estaba seguro de si lo que había percibido era real, pero ante esa situación, o ilusión óptica, comencé a sentir como si mis órganos internos fueran de espinas y se erizaran para clavarse en mis carnes y las perforaran. Mi cuerpo quedó inmóvil y mis piernas pesadas no lograban dar ni un solo paso más.

Me mantuve un momento congelado, como si aquel corredor fuera un cementerio, sin embargo, finalmente, con gran esfuerzo pude comenzar a moverme; llegué hasta la habitación matrimonial, y llamé a mis amigos. Entre gemidos y susurros me llegó un: “entra, entra”, distorsionado por el sonido que producen las cañas al rozarse entre ellas; ruido que se filtraba hasta la habitación por una ventana abierta. De inmediato me aseguré del pomo y entreabrí la puerta. Antes de introducir la cabeza volví a pronunciar los nombres de Pascal y Céline, pero desde el interior amarillo grisáceo de la penumbra percibí nuevos gemidos. Cerré la puerta y me alisté a descender presuroso: temí haber cometido una imprudencia; un delito contra la intimidad de mis amigos.

Al descender me enfrenté nuevamente con el mismo corredor. El espejo una vez más reflejó el cuerpo íntegro del fantasma que también descendía por las escaleras. Sentí la incertidumbre de ser acechado desde el fondo ilusorio de ese marco, y enfrenté a ese alguien con valentía.

Vi, o creí ver, que se escondía de mí apadrinado por la oscuridad, y el espejo.  En cuanto se descuidó intenté apoderarme de su rostro también desfigurado por el terror. Pude captar sus manos cubiertas con colores rojos vivos, granates y renegridos. Como un alucinado me arrojé cuantas veces pude contra él. Hasta que se escuchó el golpe de mi cuerpo contra el espejo cuando éste se rompía.

Entonces, mis manos enloquecidas comenzaron a buscar al fondo del marco, ya vacío, el cuello de ese ser para estrangularlo. Escudriñé todos los rincones del espejo tratando de apoderarme de él. Y al no lograrlo, aún con mis manos ensangrentadas, olvidándome de mis heridas, regresé a la habitación. Esta vez abrí la puerta de par en par y entré. Detrás de la cama encontré a mis amigos tirados en el suelo, con los ojos medio abiertos: los dos habían recibido puntapiés en todo el cuerpo y puñaladas mortales.

La ventana me mostró que afuera ya clareaba más, pero que la garúa continuaba. Y con el fin de reanimar a mis amigos comencé, como un enloquecido, a sacudir sus cuerpos; fue así cómo sus coágulos se mezclaron con los míos. Pascal y Céline agonizaban y estábamos aislados, en esa lejanía no iba a encontrar ayuda inmediata. Por eso, antes del fin, debían aclararme lo sucedido; darme el nombre del agresor o los agresores, por eso insistí; seguí forzándolos a hablar.

En la cama, en cuanto tosió Céline, Pascal comenzó a moverse. Y a mí me empezó a invadir un vahído premonitorio; mareado, antes del desvanecimiento, me apoyé en la cama, y conciencié mi efímera existencia. En cuanto Celine tosió una vez más Pascal estiró los brazos y se levantó. Fue ahí cuando conocí el verdadero terror, vergüenza y humillación ante lo evidente: sólo cuando Céline despertó completamente, yo dejé de existir.

 

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Hace una semana terminé de leer los cuentos de “Mariposas negras”, libro de Melanie Márquez  y más de uno se me ha quedado revoloteando en la cabeza. Pero es “El público manda”, el que se ha incorporado con sagacidad y persistencia en mi memoria. Y con la misma audacia de los personajes de Pirandello, “ha exigido” un espacio y mi comentario en este blog.

Este cuento corto, que me ayudó a maximizar la imaginación al exigirme descifrar su simbolismo, y los elementos fantásticos con los que su autora lo ha creado, fue elaborado a partir de imágenes que llevan al lector a reflexionar sobre lo real en la ficción: la vida del ser humano en sociedad.

El cuento presenta a un mago que es capaz de sacar de su sombrero a seres humanos, y a cazadores para que los cacen. Éstos repudian su trabajo, sin embargo, cumplen su tarea a pesar del fastidio y de lo “repulsivo” que les pueden parecer las víctimas y el olor peculiar que expelen. Son cazadores que están bajo el mando del mago cuya única tarea consiste en proporcionarles presas, para la diversión de los espectadores.

Y a pesar de que los cazadores tratan de convencer al público de ingeniarse y solicitar otra forma de diversión; ellos, el público, son como siempre los que mandan.

 

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