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DÉJAME SER

   dejame-ser

Déjame ser tu sueño,

            la luz que te alumbra y se desvanece

al atardecer,

el pájaro que construye un nido,

aquella que se pierde en la palabra.

 

Déjame ser tu amor,

el cometa de colores de Hosseini,

la voz del viento detrás de la montaña,

el dinosaurio que despierta Monteroso.

 

Déjame ser,

la casa y el mundo tagoriano,

la palabra suspendida en la lectura,

y el suspiro que se escapa de Sofía.

 

        Déjame ser,  tu sueño lorquiano,

la rosa que perfuma tu mañana,

la sábana en tu lecho de esperanzas.

Déjame ser tu ensueño,

en una noche iluminada de poesía.

 

 

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TU VOZ

tu-voz

         Tu voz está hecha de ecos de sirenas,

             me atrae como a un navegante

      que se olvida de sí mismo,

que a pesar de aferrarse a las amarras,

                            como en los días de Ulises,

cae a tus pies desvanecido.

Esperanzas guardo de crear

una nueva vida con tu imagen,

pertenecer a tu mundo

de sones y colores,

               y sentir que, por fin,

          redimes mi cuerpo

          de las cenizas del olvido.

 

 

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RAMONA

Camino a casa

 

Un día encontré debajo de la puerta de mi casa una esquela con saludos de una pareja amigos de mi ex, Ramón, a quienes no veía desde hacía mucho tiempo. Habían llegado del extranjero y me invitaban a compartir un almuerzo con ellos. Revisé el número telefónico del hotel en el que se hospedaban y traté de contactarlos. Eran pasadas las diez  de la noche cuando los llamé; la recepcionista me indicó que ellos no se encontraban y que no habían regresado al hotel desde la mañana, temprano, que habían salido.

Al día siguiente intenté nuevamente comunicarme con ellos y la recepcionista del hotel me repitió las palabras de la noche anterior, ellos no estaban; pero habían dejado indicado que si yo llamaba que me dijeran que me invitaban a almorzar.

Antes de pasar por el hotel a visitarlos, aproveché la mañana para recorrer almacenes, tratando de encontrar un regalo para la pareja, finalmente caí en lo de siempre; me decidí por los libros.

Llegué al hotel a la hora en que me habían citado, un conserje me hizo pasar y esperar a la pareja bajo la sombra de un parasol, al lado de la piscina. Mientras me servían el aperitivo dejé el paquete con los libros a un costado de la mesa, y mi atención se dirigió a la piscina. Me fijé en la sombra que estaba sumergida al fondo, en su ritmo delicado de pez humano que apenas movía la superficie del agua, y en el ovillo de colores que refractaba la luz; el cual se veía como un nudo enmarañado de brillos rojos, azules, amarillos y morados, que perseguían los bordes de la piscina.

Distrajo mi atención y mi mirada a ese fenómeno óptico la llegada de la pareja. Estaban irreconocibles, diferentes a la imagen que guardaba de ellos; él había perdido casi todo el cabello y ambos habían ganado varios kilos.

Me sorprendió saber que sería la única invitada a ese almuerzo, los abrazos que les di no disimularon mi extrañeza, y recordé que Ramón, de quien llevaba separada varios años, me los había presentado; él era el amigo de ellos, no yo. Y para romper el hielo de ese raro encuentro entregué a la mujer el paquete con los libros, le dije que había vuelto a caer en la rutina, que no sabía obsequiar otra cosa.

Se sentaron junto a mí, pero casi de inmediato sonó el celular de él. Luego de excusarse, para contestarlo, se alejó de la mesa sosteniendo en la mano uno de los libros que yo acababa de entregárselos, se acercó hasta el borde de la piscina, y se puso a hablar dándome la espalda.

Mientras yo observaba al hombre, su mujer no dejaba de hablarme. Advertí, sin querer, el aleteo de sus pestañas y capté los golpecitos que con sus uñas daba sobre la mesa: sin disimular intentaba evitar que siguiera observando a su marido.

El hombre intercalaba su conversación: dialogaba algunas veces con la sombra, que de rato en rato emergía de la piscina, que hacía poco yo había estado observando y, otras, con ese otro alguien a través del celular. Cuando terminó de hablar se acercó hasta la mesa donde yo acompañaba a su mujer y se excusó. De inmediato abandonó el hotel sin dar ninguna explicación.

Después del almuerzo, que finalmente lo compartimos las dos mujeres, me despedí para dirigirme a mi casa. Salí algo confundida por la situación, convencida de que algo se traían entre manos esa pareja.

Me dirigí a mi casa, pero para llegar a ella se tiene que atravesar un largo camino desolado que queda en pleno campo. Después de mi separación de Ramón me alejé también de la ciudad, busqué un lugar tranquilo, apacible donde vivir y dedicar mi tiempo a la escritura. Y cuando di con uno ideal, armé mi biblioteca, me llené de hojas, lápices y plumas. Pero en vano trasnochaba con las tasas repletas de café, los ojos fijos en el papel y la pluma pendiente de unas cuantas palabras coherentes; sin embargo, sólo lograba pequeñas anécdotas, líneas sin valor alguno; y a pesar de toda esa experiencia, literariamente improductiva, era feliz.

Salí de la ciudad y apenas me adentré en el camino desolado, divisé a unos metros a un grupo de personas merodeando por los alrededores, y a unos cuantos uniformados rodeando a un hombre tirado en el suelo. Pasé con dificultad bordeándolos, por un lado del camino, y aceleré lo más que pude para alejarme de ese lugar; no quería entorpecer el paso de la ambulancia que se la escuchaba llegar y estaba cerca.

Ya dentro de mi casa decidí olvidar ese día lleno de situaciones absurdas, incomprensibles, y me propuse ponerme a descansar; pero no pude. No pasó mucho tiempo que me había recostado en la cama para intentar leer a Cortázar cuando el timbre del teléfono, y de mi casa, me sacó de la concentración. Era la policía que llamaba a mi puerta para pedirme que, por favor, me acercara a la morgue para identificar un cuerpo que sospechaban era el de Ramón.

Me quedé petrificada, al escucharlos, sin cerrar la puerta corrí a lavarme la cara tratando de escapar de lo que suponía era un sueño, una pesadilla; pero fue inútil, no soñaba; dos policías estaban en mi casa. Ellos mismos se ofrecieron conducirme y acompañarme a la morgue.

Cuando llegamos, los policías me escoltaron hasta la sala de la morgue donde se encontraba el cuerpo que tenía que identificar. Recorrimos un pasadizo sombrío, que me pareció me llevaba hacia un patíbulo. Los agentes caminaban silenciosos expeliendo de sus cuerpos el olor de las docenas de cigarrillos que habían fumado en todo el día. Y yo caminaba como una sonámbula sin poder dilucidar qué había pasado con Ramón.

Cuando llegamos a una habitación, me hicieron pasar y acercar hasta una camilla, donde cubierto con una sábana estaba un cadáver. La sala estaba congelada, pero yo no notaba la diferencia que tenía con la temperatura de mi cuerpo. Mi corazón se inquietó mucho más, como bárbaro daba golpes dentro de mi pecho. Cuando dirigí la mirada al cadáver, mis vísceras se removieron porque reconocí en ese cuerpo acostado a mi ex; a Ramón.

Confirmé a los policías la identidad del muerto y ellos de inmediato me dijeron que Ramón había sido asesinado y que yo debía presentarme a sus oficinas para contestarles algunas preguntas y  hacer mi declaración. Estuve de acuerdo y les seguí.

Recién en la comisaría se me confirmó que era sospechosa de ese asesinato, se me acusaba de haber contratado a unos sicarios para asesinar a Ramón, pues yo era la única beneficiaria de su póliza de vida. Ramón, a pesar de nuestra separación, y de vivir con otra, nunca cambió el nombre de la beneficiaria de su póliza de novecientos mil dólares.

Me dijeron, además, que habían encontrado en poder de Ramón un libro con huellas digitales mías. Cuando me lo mostraron resultó ser uno de los libros que había acabado de comprar esa mañana para regalárselo a la pareja, amiga de Ramón, a la que había ido a buscar a ese hotel para almorzar.

Supe, de inmediato, que estaba en apuros. Ramón y yo no estábamos realmente divorciados, solo separados; y yo era la única beneficiaria de su póliza de vida, de casi un millón de dólares. Contesté a los policías todas las preguntas que me hicieron respecto a mis movimientos de esa mañana, de mi relación con aquella pareja a quién había obsequiado el libro, pasé la prueba del polígrafo; pero, aún así, se me prohibió abandonar el país.

Volví a casa abrumada, con miles de preguntas en la cabeza; no sabía explicarme quién me odiaba tanto como para involucrarme en ese asesinato, o quién odiaba a Ramón de esa manera. Por qué la policía creía que yo había contratado sicarios para matar a Ramón,  por qué me creía capaz de contratar a asesinos profesionales cuando mi ex y yo ya estábamos separados y llevábamos una buena relación: los dos, con el tiempo, habíamos olvidado esa famosa póliza de vida que yo terminé pagando.

Pero eso no era todo; durante mi ausencia alguien había deslizado por debajo de la puerta una nueva esquela. La recogí, e impaciente, me puse a leerla. Ésta decía: “Querida Ramona”. Me estremecí al reconocer ese apelativo tan personal; Ramón era el único que lo había usado durante nuestros años felices. Volví la mirada a la esquela para continuar con la lectura:

“Querida Ramona:

Te extrañará que te llame Ramona, pero no tengo otro apelativo para ti…”.

Pero cuando intenté seguir leyendo, lo que yo ya había escrito para la esquela, con el fin de continuar con este cuento, no pude…, un corte de energía había borrado toda la continuación del texto.

 

 

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COLECCIONO

Colecciono recuerdos

 

                        los despojos

                                  que encuentro

                         en los caminos que recorro.

                                                         Los descubro y

                            contemplo en las palmas de mis manos

                                                extasiada sus colores y

                                          formas caprichosas.

II

  Tienen siglos de experiencia,

y  parecen no decir nada;

                       sus secretos los resguardan en gruesas envolturas,

                            indiferentes a la gente, y no a las palabras.

III

                               Retrotraen los secretos de la vida y los

que nos oculta la muerte;

las primaveras y

los otoños que han sobrevivido.

                                                       IV

                                   Resisten tempestades y temblores

                                         existen en los reinos de arriba y muy abajo,

caen, o emergen, para ser visibles

                y hablar de sí mismas

                     y contar del universo

                            V

          Con un grito largo y silencioso,

                     que es el lenguaje de los constructores,

           van  marcando el paso de todos

                 por la ruta  del tiempo

                         hacia la inmortalidad

                          de la muerte.

 

 

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REENCUENTRO

Tejido Shipibo

 

 

El guía que piloteaba el barco iba con los ojos adormilados, debido al resplandor del sol, y a la aparente monotonía del viaje. Le había pedido que me llevara a atravesar el lago, quería conocer sus extremos, para realizar una visita a ese camuflado cementerio, donde las traidoras anguilas y las hambrientas pirañas se alimentaban de los ingenuos.

Llegamos hasta una bifurcación del lago; al frente se veía un triángulo rocoso desde donde se podía apreciar una pequeña población. Me cautivaron las chozas rústicas de los nativos, elevadas sobre troncos y las inmensas tortugas que estaban ahí, y se movían perezosas.

Los nativos provocaron en mí el deseo de conocerlos, de apreciar de cerca la simetría de los bordados de las faldas de sus mujeres, y admirar la precisión de los artistas prolijos que diseñaban sus demás tejidos y artesanías.

En cuanto se enteraron de mi deseo de llegar hasta el cuello de la laguna, se asombraron. Una de las mujeres le dijo algo en su dialecto al viejo de rasgos achatados y mirada pícara, que había llegado con una vara sobre los hombros de la cual colgaban algunas pirañas; el viejo, en esa misma lengua, le respondió a la mujer y todos se rieron.

Decidí continuar mi recorrido. La espuma que batían las olas que se formaban a nuestro paso parecía una crema pastelera que cubría el naranja verdoso de la capa de hojas que se mecía a la deriva; hojas que la selva arrojaba para que el viento se encargara de sus destinos.

Al virar y alejarnos del triángulo comenzamos a deslizarnos a mayor velocidad. El guía me explicó que se debía a que navegábamos con la corriente a favor; que las aguas entraban débiles por uno de los extremos a través de una angosta garganta, formando lo que se creía y se llamaba lago. Y el agua salía por el otro extremo, con la fuerza de un huracán, y haciendo remolinos se fusionaba con las del Amazonas.

Navegamos hasta llegar a una curva donde los árboles de ambas orillas del lago se rozaban entre sí, amenazando con desplomarse sobre nosotros. Ese roce de los árboles producía un silbido agudo, que el guía me afirmó era el canto de los ahogados.

El hombre no quiso seguir avanzando más, resolvió que debíamos regresar, que era muy peligroso continuar porque estábamos cerca de la salida al Amazonas; pero se tuvo que enfrentar con mi furia.

Él supo de antemano lo que yo quería hacer; había decidido visitar los extremos del lago y él ya me había cobrado por ese viaje; hacía mucho tiempo que venía soñando con ese recorrido, momento en el que intentaría descifrar un misterio.

El argumento del guía de que internarnos sería peligroso no me importaba, que nos arriesgábamos a ser arrastrados hasta el río Amazonas y que la embarcación no era fuerte como para contrarrestar la atracción de la corriente, ese era su problema: le aclaré que él debió advertirme, desde un principio, de la situación. Él conocía mis intenciones: yo pude haber contratado a otro.

Haciendo caso omiso de su advertencia lo obligué a continuar con el recorrido. Contra su voluntad apagó el motor, para deslizarnos solo con la fuerza de las aguas, o con los remos.

El camino se estrechó un poco más, estrangulado por la selva. El roce de las hojas de los árboles en esa selva tupida dejaba escuchar claramente el sonido de una caída de agua, parecido al que hace una fuerte lluvia.

Seguimos avanzando sin alejarnos de la orilla. El guía continuaba insistiendo en que de avanzar más seríamos expulsados, irremediablemente, al temible Amazonas, y que la embarcación no resistiría. Yo trataba de no escuchar sus palabras, pero la embarcación comenzó a bambolearse, la garganta prometía tragarnos. Y para retener la nave el guía tomó uno de los remos que había en el barco y lo incrustó en la orilla más cercana; eso sirvió como freno.

Luego, sacó el ancla y la lanzó contra la tupida selva; éste abrazó un árbol y quedamos suspendidos; éramos una hoja más a la deriva.

El guía comenzó a gritar pidiendo ayuda, con la esperanza de que los que vivían cerca nos escucharan; pero no se veía nada, ni a nadir. El tiempo pasaba sin piedad y el odio que proyectaba la mirada del hombre eran dardos contra mí.

Al decaer la tarde se completó el panorama desolador. El cielo rojizo se dejaba ver débil a través de la enmarañada selva, los sapos en su reino croaban, las bestias salvajes se hacían oír, comunicándonos que estaban hambrientas.

Como presagio de mal agüero la rama de un árbol viejo pasó rozando la embarcación; el guía refunfuñaba en voz baja.

Yo percibí el frío de su miedo cuando, escondido en un montículo, divisamos el brillo de un objeto ovalado. Yo intenté atraparlo con el otro remo que estaba por ahí, pero el guía me lo arrebató. Al oído me susurró que ese bulto podría ser un lagarto y me ericé. De todas maneras tomé la caña de pescar, e intenté llegar hasta el bulto y lo toqué varias veces buscando su reacción; no era un lagarto.

Decidida, liberé el objeto de la maleza y lo atrapé. Una idea fugaz se me cruzó por cabeza; pensé en un tesoro, en una estatua perdida de los templos de la selva, imaginé un jarrón valioso, a Aladino y su lámpara maravillosa.

El bulto llegó hasta mí con la sonrisa congelada; había pasado mucho tiempo metido en el agua.

Reconocí, a través de ese par de orificios que me observaban, mi propia mirada y mi propio terror buscando una salida en el laberinto inmenso de las aguas de ese lago. Cuando el guía observó incrédulo mi hallazgo, le transmití la imagen del remolino, de cómo mis pies, suponiéndose en tierra, se hundieron en ese pozo; de cómo agotada de luchar acepté con resignación mi fin.

 

 

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LA CURVA

 

 Capilla abierta en el camino

 

La capilla abierta, escondida entre dos ficus, dejaba escapar el olor a jazmín de los arreglos del recinto. Algunos cirios se quemaban ahí adentro, las luces de sus llamas bailaban ondulantes; pero no lograban iluminar a la rata que afuera relamía las gotas de sangre del piso, que de rato en rato, se escapaban por las rendijas de un carro.

Lo dejaron junto a la capilla, a unos metros de ahí. Aún seguía solitaria la carretera donde él había tomado, tantas veces indiferente, esa curva en busca de sus clientes. Si le preguntaron alguna vez, si se fijó en la capilla que estaba después de esa vuelta, su respuesta debió haber sido negativa.

Presionado en el asiento de su viejo Volkswagen, fragmentada su columna y sus piernas, “El Cretino” agonizó lentamente como una más de sus víctimas. Su Mercedes Benz y el BMW descansaban en el garaje de su casa; cuando trabajaba, no debía impresionar, decía.

Aquel día, se subió al apuro a su vehículo y se internó en la carretera solitaria, y como un lobo fue en busca de su presa. Ella lo había citado, y le esperaba en ese paraje, a un costado de la capilla.

“El Cretino”, con poder para obtener del banco lo que pedía, con sólo su palabra, exigía garantías y elevados intereses a sus víctimas. Como prestamista, intimidaba, presionaba por todas las líneas del círculo, atemorizaba dejando libre sólo al insomnio y la desesperación.

Un chillido de felicidad dejó escapar la rata advirtiendo a sus compañeros del banquete; con sones casi imperceptibles le respondieron las cucarachas que se habían apoderado de las sobras de los bocadillos que “El Cretino” tenía en el Volkswagen.

 

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EN LA CUMBRE

 

SACRIFICIO HUMANO

 

…Con cada roca que escalaba avanzaba un peldaño más y me acercaba a la cumbre. La montaña era menos alta de lo que aparentaba y mucho más agreste de lo que supuse. Lejos quedaba la habitación repleta de aparatos y aquel que me había ordenado que contara del uno al diez.

Por fin me sentía libre, pero al observar el valle parcelado, sus figuras geométricas de diferentes tonos, me sentí disminuido, indefenso.

Sin proponérmelo, percibí el roce de telas almidonadas y los rostros camuflados de los fantasmas blancos que rodeaban mi camilla. Sus voces, en tonos bajos, me llegaban con las ráfagas del viento. Me aletargué y quedé casi hipnotizado, volátil. Con alivio logré pensar que todo era producto de mi imaginación y continué escalando.

De improviso aparecieron unos jóvenes, y me encontré frente a ellos, quienes llevaban cintos en sus cabezas y arrastraban a un hombre aparentemente drogado que no oponía resistencia. Nuestro encuentro era inevitable. Repararon en mí, porque estaba obstaculizando el camino; me quedé un momento estático, sin respirar. Los jóvenes arrojaron a un lado su carga y levantaron sus manos contra mí, con desafiantes cuchillos.

Por instinto, retrocedí para huir y evitar el ataque; pero al hacerlo perdí el equilibrio y caí; comencé a rodar por aquella roca. A lo lejos se escuchaba ordenar más oxígeno, más sangre. El golpe de un rayo de luz, sobre mí me encegueció y molestó; alguien había levantado mis párpados y observaba detenidamente mis ojos.

Al rodar fui a caer dentro de una cueva, la cual camufló mi cuerpo. Desde donde estaba escuchaba el grito de guerra de los jóvenes que me buscaban. Yo rogaba para que mi corazón dejara de latir, para que no diera golpes, y no delatara mi presencia.

Desde ese lugar podía vigilarlos. Los jóvenes cansados de buscarme, y no dar conmigo, se alejaron de la cueva. Recogieron el cuerpo que habían dejado tirado y continuaron arrastrándolo hasta acostarlo sobre una piedra ceremonial. El líder del grupo comenzó a abrir el pecho de la víctima y con un par de estacas separó el esternón y las costillas. Luego, recogía la sangre que chorreaba de ese cuerpo y la volvía a verter sobre él.

Yo pude ver el corazón de ese hombre fuera de su cuerpo, el cual aún latía solitario, como impulsado por algún mecanismo. Los jóvenes, cuando dieron al hombre por muerto, lo abandonaron en ese mismo lugar; y se alejaron desafiantes.

Dejé pasar un tiempo y sabiéndome fuera de peligro me acerqué a observar a la víctima. Miré su rostro, el color de sus cabellos, su nariz, la boca, y hasta los ojos, eran una reproducción exacta de los míos. No encontraba respuesta a lo que estaba sucediendo; me sentía mareado, con nauseas.

Sin querer, y sin darme cuenta del cómo, me volví a encontrar en la sala con los encapuchados. Extendí mi brazo extenuado y sentí la suave textura de la piel de una mujer que tomaba mi mano y la sostenía suavemente. Yo aproveché para sujetar con fuerza esas manos, con la esperanza de aferrarme a la vida y salir de la pesadilla que estaba viviendo. Escuché el lamento de la mujer, como un eco monótono, repetía:

<< me la está triturando, me la está triturando>>.

A partir de ese incidente me vi regresando a la montaña, hasta donde estaba el hombre. Trataba de sacarlo de ese altillo, donde lo habían sacrificado, y llevarlo a mi escondite; con la esperanza de poder resucitarlo, curar sus heridas. Aspiré una bocanada de aire para multiplicar mis fuerzas y poder arrastrarlo hasta el interior de la cueva.

La caverna se veía clara y libre de peligro. Sus bordes habían sido pulidos minuciosamente para que nadie se lastimara. Tuve la convicción de haber descubierto un lugar especial, un santuario. Al interior, a un costado, había un columpio, parecido a los que tienen los parques para los niños. El asiento era de piedra la cual estaba sostenida por dos gruesas cadenas. Me senté sobre la piedra sosteniendo sobre mis muslos, como autómata, el cuerpo del hombre sacrificado. Con nuestro peso activé algún mecanismo, y éste comenzó a levantarnos. Me sostuve fuerte a las cadenas, para no caernos.

El columpio nos llevó hasta la cumbre de la montaña, la cual terminaba en un balcón. Comencé a gritar; golpeaba las paredes para llamar la atención de alguien. Un olor a crisantemos invadía el lugar, lo que me trajo recuerdos de los aromas de las coronas que adornaban  las tumbas en los cementerios.

Dejé la carga a un lado, bajé del columpio, y me encaminé al final del balcón; una suave brisa marina llegó hasta mí.

Yo, abría y cerraba los ojos para asegurarme de que no estaba sufriendo una nueva alucinación.

Sorprendentemente, en ese lugar, desde cualquier ángulo del balcón se podía apreciar todas las regiones del Ecuador. Al mar lo tenía enfrente con sus extensos arenales plateados, sus rocas y palmeras. Al Oriente, la selva repleta de árboles, de animales; de tigrillos estaban al alcance de mis manos. Podía apreciar, también, al Tungurahua, la Cordillera con sus velos blancos y faldas marrones.

Deseé repasar una y otra vez estas imágenes, pero la luz del foco de la lámpara, que alguien había colocado sobre mi rostro, me encegueció y lo impidió.

Con la poca fuerza que había adquirido, intenté arrancarme la máscara y tirar el tubo que habían introducido en mi garganta.

Cuando recordé al cuerpo que había dejado al lado del columpio me acerqué a él y traté de cargarlo para llevarlo hasta el balcón, para que él también pudiera apreciar todo ese panorama, pero… ya fue tarde.

 

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