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COLECCIONO

Colecciono recuerdos

 

                        los despojos

                                  que encuentro

                         en los caminos que recorro.

                                                         Los descubro y

                            contemplo en las palmas de mis manos

                                                extasiada sus colores y

                                          formas caprichosas.

II

  Tienen siglos de experiencia,

y  parecen no decir nada;

                       sus secretos los resguardan en gruesas envolturas,

                            indiferentes a la gente, y no a las palabras.

III

                               Retrotraen los secretos de la vida y los

que nos oculta la muerte;

las primaveras y

los otoños que han sobrevivido.

                                                       IV

                                   Resisten tempestades y temblores

                                         existen en los reinos de arriba y muy abajo,

caen, o emergen, para ser visibles

                y hablar de sí mismas

                     y contar del universo

                            V

          Con un grito largo y silencioso,

                     que es el lenguaje de los constructores,

           van  marcando el paso de todos

                 por la ruta  del tiempo

                         hacia la inmortalidad

                          de la muerte.

 

 

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REENCUENTRO

Tejido Shipibo

 

 

El guía que piloteaba el barco iba con los ojos adormilados, debido al resplandor del sol, y a la aparente monotonía del viaje. Le había pedido que me llevara a atravesar el lago, quería conocer sus extremos, para realizar una visita a ese camuflado cementerio, donde las traidoras anguilas y las hambrientas pirañas se alimentaban de los ingenuos.

Llegamos hasta una bifurcación del lago; al frente se veía un triángulo rocoso desde donde se podía apreciar una pequeña población. Me cautivaron las chozas rústicas de los nativos, elevadas sobre troncos y las inmensas tortugas que estaban ahí, y se movían perezosas.

Los nativos provocaron en mí el deseo de conocerlos, de apreciar de cerca la simetría de los bordados de las faldas de sus mujeres, y admirar la precisión de los artistas prolijos que diseñaban sus demás tejidos y artesanías.

En cuanto se enteraron de mi deseo de llegar hasta el cuello de la laguna, se asombraron. Una de las mujeres le dijo algo en su dialecto al viejo de rasgos achatados y mirada pícara, que había llegado con una vara sobre los hombros de la cual colgaban algunas pirañas; el viejo, en esa misma lengua, le respondió a la mujer y todos se rieron.

Decidí continuar mi recorrido. La espuma que batían las olas que se formaban a nuestro paso parecía una crema pastelera que cubría el naranja verdoso de la capa de hojas que se mecía a la deriva; hojas que la selva arrojaba para que el viento se encargara de sus destinos.

Al virar y alejarnos del triángulo comenzamos a deslizarnos a mayor velocidad. El guía me explicó que se debía a que navegábamos con la corriente a favor; que las aguas entraban débiles por uno de los extremos a través de una angosta garganta, formando lo que se creía y se llamaba lago. Y el agua salía por el otro extremo, con la fuerza de un huracán, y haciendo remolinos se fusionaba con las del Amazonas.

Navegamos hasta llegar a una curva donde los árboles de ambas orillas del lago se rozaban entre sí, amenazando con desplomarse sobre nosotros. Ese roce de los árboles producía un silbido agudo, que el guía me afirmó era el canto de los ahogados.

El hombre no quiso seguir avanzando más, resolvió que debíamos regresar, que era muy peligroso continuar porque estábamos cerca de la salida al Amazonas; pero se tuvo que enfrentar con mi furia.

Él supo de antemano lo que yo quería hacer; había decidido visitar los extremos del lago y él ya me había cobrado por ese viaje; hacía mucho tiempo que venía soñando con ese recorrido, momento en el que intentaría descifrar un misterio.

El argumento del guía de que internarnos sería peligroso no me importaba, que nos arriesgábamos a ser arrastrados hasta el río Amazonas y que la embarcación no era fuerte como para contrarrestar la atracción de la corriente, ese era su problema: le aclaré que él debió advertirme, desde un principio, de la situación. Él conocía mis intenciones: yo pude haber contratado a otro.

Haciendo caso omiso de su advertencia lo obligué a continuar con el recorrido. Contra su voluntad apagó el motor, para deslizarnos solo con la fuerza de las aguas, o con los remos.

El camino se estrechó un poco más, estrangulado por la selva. El roce de las hojas de los árboles en esa selva tupida dejaba escuchar claramente el sonido de una caída de agua, parecido al que hace una fuerte lluvia.

Seguimos avanzando sin alejarnos de la orilla. El guía continuaba insistiendo en que de avanzar más seríamos expulsados, irremediablemente, al temible Amazonas, y que la embarcación no resistiría. Yo trataba de no escuchar sus palabras, pero la embarcación comenzó a bambolearse, la garganta prometía tragarnos. Y para retener la nave el guía tomó uno de los remos que había en el barco y lo incrustó en la orilla más cercana; eso sirvió como freno.

Luego, sacó el ancla y la lanzó contra la tupida selva; éste abrazó un árbol y quedamos suspendidos; éramos una hoja más a la deriva.

El guía comenzó a gritar pidiendo ayuda, con la esperanza de que los que vivían cerca nos escucharan; pero no se veía nada, ni a nadir. El tiempo pasaba sin piedad y el odio que proyectaba la mirada del hombre eran dardos contra mí.

Al decaer la tarde se completó el panorama desolador. El cielo rojizo se dejaba ver débil a través de la enmarañada selva, los sapos en su reino croaban, las bestias salvajes se hacían oír, comunicándonos que estaban hambrientas.

Como presagio de mal agüero la rama de un árbol viejo pasó rozando la embarcación; el guía refunfuñaba en voz baja.

Yo percibí el frío de su miedo cuando, escondido en un montículo, divisamos el brillo de un objeto ovalado. Yo intenté atraparlo con el otro remo que estaba por ahí, pero el guía me lo arrebató. Al oído me susurró que ese bulto podría ser un lagarto y me ericé. De todas maneras tomé la caña de pescar, e intenté llegar hasta el bulto y lo toqué varias veces buscando su reacción; no era un lagarto.

Decidida, liberé el objeto de la maleza y lo atrapé. Una idea fugaz se me cruzó por cabeza; pensé en un tesoro, en una estatua perdida de los templos de la selva, imaginé un jarrón valioso, a Aladino y su lámpara maravillosa.

El bulto llegó hasta mí con la sonrisa congelada; había pasado mucho tiempo metido en el agua.

Reconocí, a través de ese par de orificios que me observaban, mi propia mirada y mi propio terror buscando una salida en el laberinto inmenso de las aguas de ese lago. Cuando el guía observó incrédulo mi hallazgo, le transmití la imagen del remolino, de cómo mis pies, suponiéndose en tierra, se hundieron en ese pozo; de cómo agotada de luchar acepté con resignación mi fin.

 

 

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LA CURVA

 

 Capilla abierta en el camino

 

La capilla abierta, escondida entre dos ficus, dejaba escapar el olor a jazmín de los arreglos del recinto. Algunos cirios se quemaban ahí adentro, las luces de sus llamas bailaban ondulantes; pero no lograban iluminar a la rata que afuera relamía las gotas de sangre del piso, que de rato en rato, se escapaban por las rendijas de un carro.

Lo dejaron junto a la capilla, a unos metros de ahí. Aún seguía solitaria la carretera donde él había tomado, tantas veces indiferente, esa curva en busca de sus clientes. Si le preguntaron alguna vez, si se fijó en la capilla que estaba después de esa vuelta, su respuesta debió haber sido negativa.

Presionado en el asiento de su viejo Volkswagen, fragmentada su columna y sus piernas, “El Cretino” agonizó lentamente como una más de sus víctimas. Su Mercedes Benz y el BMW descansaban en el garaje de su casa; cuando trabajaba, no debía impresionar, decía.

Aquel día, se subió al apuro a su vehículo y se internó en la carretera solitaria, y como un lobo fue en busca de su presa. Ella lo había citado, y le esperaba en ese paraje, a un costado de la capilla.

“El Cretino”, con poder para obtener del banco lo que pedía, con sólo su palabra, exigía garantías y elevados intereses a sus víctimas. Como prestamista, intimidaba, presionaba por todas las líneas del círculo, atemorizaba dejando libre sólo al insomnio y la desesperación.

Un chillido de felicidad dejó escapar la rata advirtiendo a sus compañeros del banquete; con sones casi imperceptibles le respondieron las cucarachas que se habían apoderado de las sobras de los bocadillos que “El Cretino” tenía en el Volkswagen.

 

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EN LA CUMBRE

 

SACRIFICIO HUMANO

 

…Con cada roca que escalaba avanzaba un peldaño más y me acercaba a la cumbre. La montaña era menos alta de lo que aparentaba y mucho más agreste de lo que supuse. Lejos quedaba la habitación repleta de aparatos y aquel que me había ordenado que contara del uno al diez.

Por fin me sentía libre, pero al observar el valle parcelado, sus figuras geométricas de diferentes tonos, me sentí disminuido, indefenso.

Sin proponérmelo, percibí el roce de telas almidonadas y los rostros camuflados de los fantasmas blancos que rodeaban mi camilla. Sus voces, en tonos bajos, me llegaban con las ráfagas del viento. Me aletargué y quedé casi hipnotizado, volátil. Con alivio logré pensar que todo era producto de mi imaginación y continué escalando.

De improviso aparecieron unos jóvenes, y me encontré frente a ellos, quienes llevaban cintos en sus cabezas y arrastraban a un hombre aparentemente drogado que no oponía resistencia. Nuestro encuentro era inevitable. Repararon en mí, porque estaba obstaculizando el camino; me quedé un momento estático, sin respirar. Los jóvenes arrojaron a un lado su carga y levantaron sus manos contra mí, con desafiantes cuchillos.

Por instinto, retrocedí para huir y evitar el ataque; pero al hacerlo perdí el equilibrio y caí; comencé a rodar por aquella roca. A lo lejos se escuchaba ordenar más oxígeno, más sangre. El golpe de un rayo de luz, sobre mí me encegueció y molestó; alguien había levantado mis párpados y observaba detenidamente mis ojos.

Al rodar fui a caer dentro de una cueva, la cual camufló mi cuerpo. Desde donde estaba escuchaba el grito de guerra de los jóvenes que me buscaban. Yo rogaba para que mi corazón dejara de latir, para que no diera golpes, y no delatara mi presencia.

Desde ese lugar podía vigilarlos. Los jóvenes cansados de buscarme, y no dar conmigo, se alejaron de la cueva. Recogieron el cuerpo que habían dejado tirado y continuaron arrastrándolo hasta acostarlo sobre una piedra ceremonial. El líder del grupo comenzó a abrir el pecho de la víctima y con un par de estacas separó el esternón y las costillas. Luego, recogía la sangre que chorreaba de ese cuerpo y la volvía a verter sobre él.

Yo pude ver el corazón de ese hombre fuera de su cuerpo, el cual aún latía solitario, como impulsado por algún mecanismo. Los jóvenes, cuando dieron al hombre por muerto, lo abandonaron en ese mismo lugar; y se alejaron desafiantes.

Dejé pasar un tiempo y sabiéndome fuera de peligro me acerqué a observar a la víctima. Miré su rostro, el color de sus cabellos, su nariz, la boca, y hasta los ojos, eran una reproducción exacta de los míos. No encontraba respuesta a lo que estaba sucediendo; me sentía mareado, con nauseas.

Sin querer, y sin darme cuenta del cómo, me volví a encontrar en la sala con los encapuchados. Extendí mi brazo extenuado y sentí la suave textura de la piel de una mujer que tomaba mi mano y la sostenía suavemente. Yo aproveché para sujetar con fuerza esas manos, con la esperanza de aferrarme a la vida y salir de la pesadilla que estaba viviendo. Escuché el lamento de la mujer, como un eco monótono, repetía:

<< me la está triturando, me la está triturando>>.

A partir de ese incidente me vi regresando a la montaña, hasta donde estaba el hombre. Trataba de sacarlo de ese altillo, donde lo habían sacrificado, y llevarlo a mi escondite; con la esperanza de poder resucitarlo, curar sus heridas. Aspiré una bocanada de aire para multiplicar mis fuerzas y poder arrastrarlo hasta el interior de la cueva.

La caverna se veía clara y libre de peligro. Sus bordes habían sido pulidos minuciosamente para que nadie se lastimara. Tuve la convicción de haber descubierto un lugar especial, un santuario. Al interior, a un costado, había un columpio, parecido a los que tienen los parques para los niños. El asiento era de piedra la cual estaba sostenida por dos gruesas cadenas. Me senté sobre la piedra sosteniendo sobre mis muslos, como autómata, el cuerpo del hombre sacrificado. Con nuestro peso activé algún mecanismo, y éste comenzó a levantarnos. Me sostuve fuerte a las cadenas, para no caernos.

El columpio nos llevó hasta la cumbre de la montaña, la cual terminaba en un balcón. Comencé a gritar; golpeaba las paredes para llamar la atención de alguien. Un olor a crisantemos invadía el lugar, lo que me trajo recuerdos de los aromas de las coronas que adornaban  las tumbas en los cementerios.

Dejé la carga a un lado, bajé del columpio, y me encaminé al final del balcón; una suave brisa marina llegó hasta mí.

Yo, abría y cerraba los ojos para asegurarme de que no estaba sufriendo una nueva alucinación.

Sorprendentemente, en ese lugar, desde cualquier ángulo del balcón se podía apreciar todas las regiones del Ecuador. Al mar lo tenía enfrente con sus extensos arenales plateados, sus rocas y palmeras. Al Oriente, la selva repleta de árboles, de animales; de tigrillos estaban al alcance de mis manos. Podía apreciar, también, al Tungurahua, la Cordillera con sus velos blancos y faldas marrones.

Deseé repasar una y otra vez estas imágenes, pero la luz del foco de la lámpara, que alguien había colocado sobre mi rostro, me encegueció y lo impidió.

Con la poca fuerza que había adquirido, intenté arrancarme la máscara y tirar el tubo que habían introducido en mi garganta.

Cuando recordé al cuerpo que había dejado al lado del columpio me acerqué a él y traté de cargarlo para llevarlo hasta el balcón, para que él también pudiera apreciar todo ese panorama, pero… ya fue tarde.

 

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RUTINA

ARLEQUINES BAILANDO

 

Gabriela abre su bolso, no se contenta con auscultar su interior, sino que esperanzada mete la mano y rebusca adentro una y otra vez. El monedero liviano y sin sonido le confirma su sospecha; está vacío: no le queda más que ir en busca de la virgen.

Se para sobre el reclinatorio y así logra llegar hasta la corona y de ahí saca un bulto pequeño: desanuda las puntas del pañuelo y encuentra las diez monedas de un dólar que siempre separa para las emergencias. Saca dos y deja las otras escondidas ahí mismo y se aleja recomendando a la virgen que siga protegiendo su tesoro.

Sus tres hijas están ya en el colegio, les ha preparado el desayuno con el último dólar que quedaba para los gastos del mes y aún faltaban ocho para que éste se termine. Tomaron un café apenas oscuro, pero lo suficientemente caliente como para abrigarse, y un pedazo de pan para que pudieran resistir la jornada de clases.

Luego, Gabriela se dirige a la caja del Seguro Social donde su madre junto con otros jubilados hace huelga de hambre para presionar al gobierno y a los diputados a que suban sus pensiones. Su madre y los demás viejos la reciben contentos como si ella fuera hija de todos.

Gabriela se alarma con los círculos oscuros que descubre alrededor de los ojos de su madre y de su color amarillo que no le presagia nada bueno. Su madre, como los demás viejos, prefiere morir en la huelga: luchando, para no dejar como herencia esas pensiones miserables a los jubilados del futuro.

Gabriela coloca el sorbete en la boca de su madre para ayudarla a ingerir algo de líquido, mientras la escucha decir que los mareos le han regresado, los dolores de sus piernas son más fuertes, y que le molestan mucho cuando por alguna, inexplicable, descarga eléctrica son impulsados y se mueven a su voluntad.

Ella no podía dejar de mirar lo gris del ambiente, de la sala donde estaban reunidos todos los jubilados; y de vez en cuando ayudaba a beber a algunos otros viejos que estaban solos; quienes la miraban, unos con sus grandes ojos negros, endurecidos y pesadas mandíbulas, y otros que apenas movían los labios, con manos temblorosas, rostros amarillos, flacos y mirada ausente, intentando servir para algo.

Después del abrazo a su madre y las recomendaciones de llamar por ayuda si tuviera una emergencia, se despide hasta más tarde.

De regreso a casa, Gabriela camina un par de cuadras hasta llegar al paradero del bus. Espera que pase uno que la lleve directo a casa, de lo contrario tendría que hacer trasbordo en una hora difícil.

Al llegar a su casa comienza nuevamente con su rutina de cambiarse sus ropas de calle y ponerse las de diario. Toma el rastrillo, sale al patio a recoger las hojas secas que la noche y el viento robaron al árbol de mango y dejaron tiradas, como olvidadas. Las coloca dentro de una funda negra de basura para que queden ahogadas y enterradas; le sirvan después como abono  para el jardín.

Con la manguera riega las macetas con los brotes de tomates y pimientos que cada día luchan defendiéndose de las hormigas que devoran sus hojas. Con agua y un poco de detergente baldea el piso y el sh-sh-sh de la escoba molesta a Cleo, la gata de los vecinos, que se cree en su casa y la mira molesta.

Pasa luego al interior para comenzar su batalla contra el polvo y los trastos sucios. Antes de empezar, sus ojos se posan sobre el cuadro de los arlequines, que hasta hacía poco miraba con curiosidad y miedo. Cuando una de sus hijas colgó ese cuadro, a ella le pareció tan real que mucho tiempo temió que estos arlequines abandonaran el cuadro y la asustaran.

Sin embargo, llegó el día en que pudo enfrentarse a esos rostros blancos, maquillados, con cuerpos eternizados en una misma posición, con los pies en puntillas y los brazos listos para la danza imitando a unas bailarinas.  Y cuando se acostumbró a mirarlos sin miedo esos minutos se convirtieron en importantes. Se permitía no sólo imitar sus gestos, sino también soñar con una vida llena de aventuras. Con ellos aprendió a desvincularse de su realidad y de sus problemas: los arlequines existían, no sólo como proyecciones de su pensamiento, sino que la acompañaban con sus rostros expresivos llenos de vigor. Subyugada dentro de ese mundo, y sin que ella se diera cuenta, todos los días la casa comenzó a quedar brillando.

 

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EN EL TREN

Oración en la habitación

 

 

Entré en el compartimiento del tren que me llevaría de París a Frankfurt y me acomodé en el único lugar disponible, tres hombres taciturnos, de piel grisácea y ojos color del oro, eran mis únicos compañeros de viaje. Hablaban entre sí en voz baja, como si se confesaran. Por el murmullo de sus voces, repleta de sones y vaivenes lejanos de mil y una noches, deduje que usaban algún lenguaje remoto desconocido por mí. Sus ropas occidentales intentaban, sin lograrlo, camuflar sus verdaderas raíces, sus orígenes lejanos de alfombras y Aladinos.

Saqué de mi bolso un libro, se notaba con claridad que era una traducción al español, les enviaba un mensaje, les aseguraba que sus confidencias estarían a salvo conmigo. Antes de concentrarme en la lectura, solté mis cabellos que llevaba asegurados con una vincha; estos cayeron sobre mi espalda. Moví continuamente la cabeza para relajar mi cuello y mis hombros. Las hebras se deslizaron suaves al ritmo del vaivén que realizaba. Sentí los labios resecos y con el lápiz labial los lubriqué.

Al principio no caí en cuenta de la mirada inquisidora de esos tres pares de ojos pálidos. Tres rostros, que percibí como desde un velo gris, clavaban sobre mí los faros de sus linternas. Me observaban a tal punto que me hicieron sentir incómoda, como si hubiera cometido una imprudencia o quebrado una regla de convivencia en las cabinas de pasajeros de tren. Ahora existiría no sólo la frontera de los signos desconocidos, remotos de nuestras culturas, sino también, el ser ellos hombres y yo mujer.

Suspiré aliviada cuando esos ojos inquisidores se apartaron de mí. Experimenté, por un segundo, la sensación de paz, luego se volvieron a dirigir entre sí una expresiva mirada. Y cuando ésta retornó, penetrante a mí, la sostuve; el reto duró unos segundos; no me dejé intimidar.

A partir de ese momento el viaje continuó en un ambiente de Antártica. Los hombres apenas continuaron susurrándose y rara vez volvieron a mirarme. Permanecieron como perdidos en el laberinto de sus pensamientos, rememoraban, talvez me equivoque, sus anhelos, o el temor que sentían al percibirse en ese tren que los alejaban de sus jarrones mágicos y sus mujeres con velos.

Mientras yo trataba, inútilmente, de diferenciar en mi libro a los Valois, de los Médicis y los Guisas, llegamos a nuestro destino. Mentalmente me despedí de aquellos compañeros con quienes las circunstancias me habían unido unas horas en el mismo destino.

Tomé un taxi y me dirigí al hotel en donde tenía reservada una habitación. Recuerdo aún el susto que contuve cuando en la recepción me encontré con los tres compañeros que acababa de dejar en la estación. Recordando que habíamos pasado juntos algunas horas en ese compartimiento del tren, les regalé una generosa sonrisa como saludo.

Percibí su sorpresa. Ante mi familiaridad se desconcertaron. Me respondieron casi indiferentes con un vago gesto con la cabeza. Volví a sentir el filo de la mirada que se enviaban entre ellos. Luego, se encaminaron al ascensor y para sorpresa mía un par más de esos mismos rostros afilados, casi idénticos, se les acercaron. Juntos continuaron caminando, hablando con ese mismo murmullo de sones que comenzaba a serme familiar, y se perdieron de mi vista.

Luego de establecerme en el hotel salí a recorrer los alrededores de la ciudad. Al regresar noté que la puerta de mi habitación estaba semiabierta, la abrí. Me sorprendí descubrir dentro de ella docenas de cuerpos hincados sobre sus rodillas, con sus torsos inclinados hasta el suelo, creo, no estoy segura, con las manos extendidas.

Me alejé temblorosa, de pánico, consciente de haber profanado una habitación que no era la mía. Mis prejuicios sobre fanatismo religioso, de ciertos grupos, me hicieron temer lo peor. Había visto aquellos hombres meditando. Supuse que practicaban algún rito especial pues no descubrí entre ellos ni una sola mujer. Esa noche aseguré todas las cerraduras, hasta la silla, la mesa, y la misma cama, coloqué contra la puerta de mi habitación; permanecí pendiente de los pasos que se daban en el corredor.

Pasé toda la semana dominando la paranoia, para poder salir a visitar la ciudad. Pero no lograba tranquilizarme, yo, constantemente, volvía a encontrarme con los hombres del tren.

Siempre me imaginaba en peligro inminente, ojos acechándome, huellas y pasos detrás mío. Susurros.

Un día no soporté la presión de encontrar rostros de los que no podía definir sus diferencias y dejé la ciudad; estaba consciente de que mi falta de mundo me estaba limitando…

 

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LA VIDA SEGUIRÁ

 

Apenas escucha el primer batir de las alas y el kikirikí del gallo, Martha salta fuera de la cama. Conserva aún los ojos cerrados y su boca repleta de bostezos. Con pereza arrastra los pies, y sus zapatillas la llevan como autómata al patio en busca del baño. Una bandeja y un balde lleno de agua le sirven para su aseo; sólo después de ello logra despertarse completamente.

En la cocina la esperan los carbones que acomodó en el fogón la noche anterior. Pronto, y al primer intento de prenderlos, éstos emanan brillos rojos y amarillos. Se entusiasman al recibir los primeros plátanos verdes que ella hace girar una y otra vez hasta dorarlos. Listos, y luego de triturarlos arma el bolón, que emana su fragancia. Ese aroma, junto con los que desprenden los chicharrones y el café despiertan a su compañero.

Son las seis de la mañana y él se levanta malhumorado y sin ganas. Cuenta con sólo media hora para llegar hasta la esquina, por donde pasará el bus de la compañía que lo llevará hasta la fábrica donde labora.

La noche anterior llovió intensamente. Él se imagina y siente rabia por los diez centímetros de barro que tendrá que amasar al caminar las tres cuadras que aún no están pavimentadas. Sus botas se ensuciarán y él tendrá las mismas discusiones con el chofer del bus y con su jefe. El ingeniero no le permitirá ingresar a su sección; primero tendrá que quitarse las botas y esconderlas para evitar las burlas de los compañeros.

En el desayuno, y al primer bocado…:<< si, si… de acuerdo, le responde a Martha cuando ella le propone ir esa tarde a buscarlo al trabajo. Ambos se embarcarían en el bus, con el grupo del siguiente turno, para que al regreso se queden en el centro de la ciudad comprando los útiles escolares y las telas para los uniformes de los chicos.

Él no tiene ganas de pensar en eso, ni en la tormenta de la noche anterior, ni en los agujeros del techo que lo mantuvieron trasnochado, colocando latas y bandejas por toda la casa. Faltaba tan sólo un mes para que la compañía con la que trabajaba terminase su proyecto y entregue la fábrica y parta a otro lugar. Él ya estaba fatigado de tanto viajar, no comenta con Martha, pero está seguro de que su renuncia es un sueño también de ella.

Se despide con la fugacidad de siempre, se lleva el aroma del desayuno y deja en las mejillas de Martha el perfume del café. Se sube al bus y, lejos de lo temido, nadie repara en sus botas embarradas. Durante los kilómetros que recorren antes de llegar al trabajo, sus compañeros conversan. De rato en rato dejan escapar carcajadas mientras otros bostezan.

Martha almorzó y tuvo todo preparado para que los chicos encontraran qué servirse. Se alejó de su casa caminando sobre el barro que cubría las calles y esperó al bus. El chofer al reconocerla paró; al subirse todas las miradas se dirigieron hacia ella. Al verse así observada sintió una rara sensación, pensó que la experimentaba por ser la única mujer en ese carro lleno de hombres. Se tranquilizó al recordar que todos, de alguna manera, conocían o eran amigos de su compañero.

Recorrieron algunos kilómetros en silencio y luego el chofer lanzó las palabras como si no se dirigiera a nadie:<< el incendio había comenzado temprano, habían muchos muertos>>.

Martha lo escuchó como si lo hiciera desde las nubes, como si dicho asunto no le incumbiera. Cuando reaccionó se puso nerviosa y se intranquilizó. Le regresó la calma cuando le vino a la memoria el recuerdo de su rostro, las imágenes del día en que lo conoció, rodeado de compañeros vestidos de overoles grises, entrando a la cafetería que ella atendía.

Cuando llegaron hasta muy cerca de la fábrica, la policía no dejó que el bus siguiera avanzando. El lugar se encontraba lleno de hombres uniformados. Martha se inquietó cuando vio a lo lejos algunos rostros conocidos, todos lucían sucios y agotados, pero a él no lo divisaba en ninguno de los grupos.

Su mente le comenzó a bombardear imágenes de pesadillas, lo vio asustado, preso de angustia y desesperación.

Entonces, burló la barrera y se acercó al jefe. Percibió en sus ojos el sobresalto, pudo adivinar su impotencia, el tormento que quedaba como rezago después de haber enfrentado una tragedia. Lo escuchó como una voz lejana en el tiempo cuando le dijo: <<todos los heridos ya están hospitalizados y los fallecidos en la morgue; los familiares tendrán que dirigirse al hospital o hablar con la compañía que los ha contratado>>.

Agregó, además,  que la fábrica no era responsable de lo acaecido; era la única perjudicada. Que todo se había debido a un cortocircuito en las bodegas de enfriamiento de la cerveza, en donde fallecieron todos los trabajadores; sin excepción.

Las puertas de las bodegas de enfriamiento se abren sólo por dentro, para evitar los contrastes de temperatura. Con el cortocircuito se apagaron todas las luces, y en esa oscuridad los trabajadores se confundieron, y no encontraron la salida. El problema se originó justo cuando estaba instalando las luces de emergencia.

Cuando Martha iba a preguntar por su compañero, dos tenazas ya la habían sujetado y la obligaban a retirarse; la metieron al bus que se regresaba al pueblo.

 

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