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Archive for the ‘CUENTOS’ Category

 

Pablo Palacio

 

– Le digo que fue usted; no sea sinvergüenza.

– Pero… ¡Señora!… perdone: no se de lo que se trata.

-¡Ah! Cínico… devuélvame enseguida lo que ha cogido.

El hombre sintió  un crujido en el armatoste de su buen juicio y se quedó viendo la cara de la rabiosa con ojos desencajados.

– ¿Fue usted quien estuvo sentado junto a mí en el Teatro?

– … Sí, señora; así me parece…

– Entonces, ¿qué hizo de mi saquito de joyas?

– Pero, ¿qué saquito de joyas?

– ¡Oh! Esto es demasiado. Y ¡claro!, no podía ser de otra manera. ¡A lo que hemos llegado! Usted se va conmigo, jovencito, y no diga nada porque no quiero hacerle tomar un chasco. ¡Se ha de creer que sea yo quien sienta vergüenza antes que él!

En la comedia moderna, el automóvil es un personaje interesantísimo; así es que se acercó un automóvil.

– A la Policía.

Anonadamiento. “¿Estoy yo loco o está ella loca? ¿Sueño o no sueño? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Soy ladrón o no soy ladrón? ¿Existo o no existo?” Alto grado de estupidez.

– ¡Pero, señora!

– ¡Vuelve usted con lo mismo! No me va a ser posible entenderme con usted. Ya se lo he dicho. Lo que tiene que hacer es devolverme lo que ha cogido y no venirme con lamentaciones. Nada de esto hubiera pasado si usted me habría devuelto eso enseguida. ¿A qué vienen sus fingimientos?

– Se lo juro, señora: no sé qué es lo que usted me reclama.

– ¡Cállese! ¡Cállese! Me va a hacer encolerizar.

Tengo convencimiento de que fue usted y por eso hago lo que hago. Y no sé bien por qué procedo así. A pesar de la monstruosidad que acaba de cometer, me ha simpatizado; si no, estuviera ya en la Policía y vergonzosamente. Pero por algo noto que es una persona decente y estoy segura de que no sufrirá el bochorno de las investigaciones.

Policía.

– Vea, joven, por Dios, devuélvame el saquito. Son joyas valiosísimas y es lo único que tengo. Figúrese usted lo que me va a decir mi Mario cuando venga. ¡Ah! Y todo por la ausencia de él… Lo que me va a decir cuando venga. Vea, joven, compadézcame…

– Bueno, diablos, ¿qué es lo que le pasa? Le he dicho que no tengo nada suyo. ¿Entiendee usted?: No ten-go na-da su-yo. Ya estamos en la Policía.  Siga, señora.

– No, no baje; no se moleste. Yo no quiero hacerle quedar mal. Caramba, caramba. Calle usted. No, no; esto no puede ser. Yo sé que usted se compadecerá de mí. Adolfo, siga a casa.

– ¡Maldición!

Y estupidez definitiva: “¿La mato o no la mato? ¿Estoy loco o está loca? ¿Qué hora es? ¿A dónde voy? ¿Hay un amigo tras la noche o un enemigo? ¿Quién es esta mujer? ¿He robado o no he robado?”

– No intente arrojarse… Se estrellaría. Vaya más ligero, Adolfo; más ligero.

Y como el viaje fuera largo, el hombre tuvo miedo.

Brillaban dos ojos de gata.

Naturalmente, empezó a llover fuerte.

– No recele de nada. ¿Cree usted peligrosa a una mujer sola, en la noche? Oh, que niño… No nos lo comeremos a usted. Pero, hable. ¿Por qué no habla? ¿Se le ha secado la boca?

Silencio empedernido. Desfile, ante la imaginación, de todos los gestos, actitudes y aptitudes de lo absurdo.

–  Ya hemos llegado. Tenga la bondad de bajar, joven. No: por acá. No tenga ningún recelo. Fíjese usted en el peligro que le ofrece una mujer sola. Entre. Caramba, el susto que me ha dado. Yo creí no volver a ver más aquello, que es lo único que tengo. Ay, pero hace un frío terrible. Entre, siéntese (Silencio). Ahora lo que necesito son las joyas. Hágame el favor, joven.

– Pero, señora, ¿qué es lo que le pasa? Se lo he repetido hasta la saciedad: yo no tengo sus joyas.

– Bueno, primeramente dígame por qué me dice señora…

– …Porque así lo parece.

Y la señora rió.

– Caramba, caramba… Perdóneme usted que sea tan molestosa; pero ya comprenderá…mi situación es de las más difíciles… Ya sabe usted que mi marido está ausente, y puede caerme de sorpresa después de dos, tres, cuatro días… ¿Y qué le diré yo de esas joyas? Cómo él es un poco celoso, quien sabe que cosas va a figurarse… ¡Ah, no, Dios mío, si cuando yo pienso en lo que él puede pensar de mí, soy capaz de enterrarme viva…! Perdóneme; yo sé que estoy obrando muy indiscretamente, pero es que ahora no puedo hacer nada bien… Permítame que le exija su abrigo…

La señora buscó inútilmente en todos los bolsillos y lo colocó sobre una silla.

– ¡Oh! Pero no vuelva a ponérselo. Aguarde usted Caramba; pero que frías tiene las manos. ¿Quiere tomar una copita? ¿Ron? ¿Cognac? ¿Whisky?…

– No bebo nada, señora.

– Uff, que seriedad… Es de ver al chiquillo. ¿Me perdona un momento? Yo misma voy a traer, porque no quiero despertar a los criados, y ya veremos si rehusa. De paso traeré también un pequeño utensilio para que arreglemos lo de las joyas.

Por fuerza, había dejado de llover.

Miradas rápidas y alocadas. Una ventana baja fue el milagro. Puesto que no había peligro que se rompiera la osamenta, por allí debía salvarse el hombre – y también el cuentista -, para luego, azorado, hundirse en el camino.

Al ruido de la ventana, es evidente que la señora debió regresar a la sala: y al no encontrar a la víctima salir a ver presurosamente, hostil, rabiosa, dada a los mil diablos.

Se mesaría los cabellos. Echaría en el lago quieto de la noche, atado al final de su larga mirada exploradora, ese volumen:

– ¡Zoquete!

Una honda golpeará el estupor del hombre.

 

Fuente: http://www.solocrecer.com

 

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Pablo Palacio

 

Junto a este cubo mío, el otro, sólo un delgado tabique de por medio. En ese cubo vivía mi amigo y éste era el más dulce amigo.
Todos los días nos decíamos.
–¿Cómo has amanecido? Buenos días.
–Hola, buenos días. ¿Cómo has amanecido?
Y nos dábamos palmaditas en las espaldas y sacábamos a los ojos nuestra alegría de camaradas que son dulces amigos.
Nos hemos comunicado nuestros grandes planes y el hambre a los dos juntos nos ha devorado. El mismo ojo agudo, la misma oreja fina.
Luego, ya entrada la noche como una vez amanecido:
–Hasta mañana, Bernardo. Pásalo bien.
–Sueña con los angelitos, Andrés; hasta mañana.
¿Por qué, entonces, ahora, Bernardo, dulce amigo mío, en vez de hacer la despedida de costumbre, has tenido la indiscreción de comunicarme tu próxima muerte y tu deseo de no ser interrumpido?
–Sí, Andrés, adiós. Voy a coger una pulmonía.
Adiós, Bernardo. Ya sabes que yo lo siento inmensamente.
Y has tomado sitio en tu pequeño cubo, asegurando tu soledad por dentro, estirándote de espaldas esperando.
Yo he pasado toda la noche en vela, la oreja pegada al tabique arrodillado de este otro lado de tu lecho.
Primero todo era tranquillo como en el más tranquilo sueño.
Después tosías, ¡cómo tosías, amigo Bernardo! Cúju, cúju. Cúju, cúju. Cúju, cúju.
Ahora te agitas, ahora cruje el lecho. Te levantas, ¿te levantas, amigo Bernardo?…
Agua, agua. Te pasa el agua a grandes golpes por la garganta, como la fuga atropellada de una represa a través de un tubo demasiado estrecho.
Luego te tranquilizas. Ya estás bien así.
Una hora, otra hora.
Me vence el sueño y caigo dormido por un minuto, sólo por un minuto, que yo he pasado toda la noche en vela.
Ahora viene el sobresalto.
Estás muriéndote, Bernardo. Oigo tus quejidos bajitos pero desgarradores. Tus gemidos… Tus gemidos y tus gemidos, ay, ¿hasta cuándo?
Nosotros éramos los más dulces amigos ¡y yo de aquí no puedo moverme para auxiliarte o por lo menos para verte ahí cerca!
Bernardo, me has ayudado a matar el tiempo. ¿Qué hubiera sido de mí solo en las horas calladas? Bernardo, me siguen como la sombra tus ojos azules, en medio de lo negro, sin pestañear, dulces, cordero degollado.
Ya aparece, al lado del gemido, un ronquido como de fuelle que quiere aire.
“Ay… ggoro-gorr”… “Ay… ggoro-gorr”
Después ya no hay gemido. Sólo ese ansioso tirar del aire desesperadamente, cada vez más fuerte y más fuerte, llenando todo el cubo con el sonoro escándalo que levantas por no dejarlo. Lo odias y lo amas.
¿Lo amas, Bernardo?
“Ggoro-gorr… Ggoro gorr”
Se hincha el fuelle de tu garganta, ya no hablarás otra vez conmigo.
Ya el ronquido se debilita. Cada vez más bajo, más bajo, más bajo… Ya sólo es un aliento. Ya no es ni un aliento. Ya es nada.
Silencio.
¡Bernardo! ¡Bernardo!
Golpeo el tabique…
Silencio.
¡Bernardo, el cuello era demasiado estrecho y vas a poner cara de ahorcado!
¡Quítatelo!
Silencio.
……….
¡Ay, ya ha muerto mi amigo Bernardo, mi más dulce amigo!

 

Fuente: http://la-balandra.com.ar

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NOCHE

 

Levanto mis brazos y de puntillas logro llegar a la repisa que está al lado de mi cama; mis manos vagan, luchan contra las nubes y sombras que todo lo hacen noche.

Por fin la encuentro, me apodero de la lata, comienzo a palparla, doy con la tapa y la abro. Su interior está lleno de hilos y ovillos; recuerdo que una vez tuvieron colores. Las yemas de mis dedos rozan el interior, y sus contornos, investigando sus rincones.

Sé que debería estar ahí, en algún lado, en el cartón en el que lo prendí la última vez que cosí este mismo botón de mi bata. Me provoca voltear su contenido sobre la cama, pero la experiencia me enseñó que así complicaba las cosas.

Tomo uno a uno los canutos y los reviso. La niebla que cubre mis ojos, y que siento como si me llegara desde algún lugar del fondo de mi cerebro, lo oscurece todo; me impide divisar sus formas, y al tantearlos descubro que no la esconden; los dejo de lado.

Cuando atrapo uno de los ovillos de lana me viene el recuerdo de su color turquesa, con filos dorados: suave y esponjoso. Lo tomo entre las manos y presiono suavemente con precaución, un hincón me alerta y me hace saber que la encontré. Comienza un suave pero insistente dolor en el lugar del pinchazo, mis dedos me confirman que quedó prendida en mi palma. De un solo jalón la quito y el brusco, e inconsciente movimiento que hago, para facilitar el desprendimiento y así evitar el dolor, hace que la aguja escape de mis manos.

Sospecho que fue a caer sobre la cama, no escuché el sonido de su contacto con el piso. La gota de sangre que corre sobre mi palma la siento espesa y caliente; la imagino granate resbalándose hasta caer sobre las sábanas rosadas que la camuflarán.

Con mi pañuelo presiono la herida para evitar que siga sangrando. Me pongo a imaginar, a adivinar, me pregunto dónde pudo haber caído la aguja. Comienzo a rozar, a dar golpes sobre las sábanas, para tratar de encontrarla; mientras hago todo eso, mi bata se entreabre por la falta de un botón.

 

 

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LOS DOBERMANN DE CELINE

 

Abrí la quejumbrosa puerta de mi casa y me alejé casi corriendo; llevaba prisa y una cesta llena de viandas. Cubría mi cuerpo con un paraguas tratando de protegerme de la incesante garúa que estaba cayendo.

En cuanto llegué al carro, comencé a buscar a tientas en los bolsillos de mi pantalón la llave del jeep, debía dirigirme a la cabaña de Pascal. Supuse que él ya estaría esperándome impaciente, probablemente contrariado con la llovizna que no se mostraba generosa con nuestros planes de salir a pescar.

Llegué antes de las tres de la mañana; puntual; pero me sorprendió el no encontrar a mi amigo en la embarcación gritándome su habitual: << ¡vamos, vamos!, ¡apúrate!…>>

Encendí un cigarrillo y, mientras lo fumaba, aproveché para dar algunas vueltas por la casa hasta que decidí encaminarme hasta el pequeño muelle desde donde partíamos de pesca. La casa, cabaña, que Pascal había heredado de sus padres estaba escondida, a propósito, dentro de un bosque agreste al lado de un tranquilo y rico río, el cual estaba provisto de un muelle que habíamos construido los dos.

La cabaña continuaba como en sus viejos tiempos llena de jardines, pero ahora algo descuidados y desordenados; las plantas y árboles proliferaban voluntariosos; la vegetación se expandía hasta las inmediaciones del río, y los cañaverales, que antes bordeaban solo sus orillas, ahora nos cerraban el paso: muy cerca de la orilla se habían formado islotes; templos de sapos y culebras.

Sorprendido por la impuntualidad de Pascal me puse a silbar, para llamar su atención; como respuesta escuché los ladridos y quejas que desde la cocina me lanzaba la pareja de “dobermann” de mi amigo. Curioso me acerqué a la casa y para mi sorpresa encontré la puerta de la cocina abierta. Entré y descubrí a los perros; Rómulo y Remo, encadenados a una de las patas de la mesa.

Estuve en la cocina haciendo ruido para que mis amigos supieran que estaba adentro. Descubrí, también, que sobre la mesa había tres tazas con café, a medio beber. Toqué una de ellas y sentí su tibieza; significaba que mis amigos ya se habían despertado y que no hacía mucho se habían servido café y habían recibido visita. Me senté paciente a esperarlos, tomé una de las galletas del plato y mientras la comía me puse a reflexionar sobre dónde podría estar la pareja.

Pascal vivía normalmente en la ciudad, pero pasaba los fines de semana con Céline en la cabaña; llevaban juntos ya algunos años. El hecho de que ella y yo hubiéramos estado enamorados en la adolescencia no afectó jamás nuestra amistad; sin embargo mantenía con ella una distancia prudente.

Intrigado por el silencio de mi amigo, me dirigí hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones y continué hasta el piso superior. Mientras subía los escalones los llamaba por sus nombres; los perros eran los únicos que me respondían. Al fondo del ancho corredor me sorprendió descubrir el reflejo de una imagen, fijé mi mirada en esa figura disfrazada de pescador y percibí un hálito acechador el cual se había movido como una estrella fugaz; alguien se había ocultado para no ser reflejado en el espejo.

No estaba seguro de si lo que había percibido era real, pero ante esa situación, o ilusión óptica, comencé a sentir como si mis órganos internos fueran de espinas y se erizaran para clavarse en mis carnes y las perforaran. Mi cuerpo quedó inmóvil y mis piernas pesadas no lograban dar ni un solo paso más.

Me mantuve un momento congelado, como si aquel corredor fuera un cementerio, sin embargo, finalmente, con gran esfuerzo pude comenzar a moverme; llegué hasta la habitación matrimonial, y llamé a mis amigos. Entre gemidos y susurros me llegó un: “entra, entra”, distorsionado por el sonido que producen las cañas al rozarse entre ellas; ruido que se filtraba hasta la habitación por una ventana abierta. De inmediato me aseguré del pomo y entreabrí la puerta. Antes de introducir la cabeza volví a pronunciar los nombres de Pascal y Céline, pero desde el interior amarillo grisáceo de la penumbra percibí nuevos gemidos. Cerré la puerta y me alisté a descender presuroso: temí haber cometido una imprudencia; un delito contra la intimidad de mis amigos.

Al descender me enfrenté nuevamente con el mismo corredor. El espejo una vez más reflejó el cuerpo íntegro del fantasma que también descendía por las escaleras. Sentí la incertidumbre de ser acechado desde el fondo ilusorio de ese marco, y enfrenté a ese alguien con valentía.

Vi, o creí ver, que se escondía de mí apadrinado por la oscuridad, y el espejo.  En cuanto se descuidó intenté apoderarme de su rostro también desfigurado por el terror. Pude captar sus manos cubiertas con colores rojos vivos, granates y renegridos. Como un alucinado me arrojé cuantas veces pude contra él. Hasta que se escuchó el golpe de mi cuerpo contra el espejo cuando éste se rompía.

Entonces, mis manos enloquecidas comenzaron a buscar al fondo del marco, ya vacío, el cuello de ese ser para estrangularlo. Escudriñé todos los rincones del espejo tratando de apoderarme de él. Y al no lograrlo, aún con mis manos ensangrentadas, olvidándome de mis heridas, regresé a la habitación. Esta vez abrí la puerta de par en par y entré. Detrás de la cama encontré a mis amigos tirados en el suelo, con los ojos medio abiertos: los dos habían recibido puntapiés en todo el cuerpo y puñaladas mortales.

La ventana me mostró que afuera ya clareaba más, pero que la garúa continuaba. Y con el fin de reanimar a mis amigos comencé, como un enloquecido, a sacudir sus cuerpos; fue así cómo sus coágulos se mezclaron con los míos. Pascal y Céline agonizaban y estábamos aislados, en esa lejanía no iba a encontrar ayuda inmediata. Por eso, antes del fin, debían aclararme lo sucedido; darme el nombre del agresor o los agresores, por eso insistí; seguí forzándolos a hablar.

En la cama, en cuanto tosió Céline, Pascal comenzó a moverse. Y a mí me empezó a invadir un vahído premonitorio; mareado, antes del desvanecimiento, me apoyé en la cama, y conciencié mi efímera existencia. En cuanto Celine tosió una vez más Pascal estiró los brazos y se levantó. Fue ahí cuando conocí el verdadero terror, vergüenza y humillación ante lo evidente: sólo cuando Céline despertó completamente, yo dejé de existir.

 

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Mirando al sur, de Violeta Block

Mirando al sur, de Violeta Block

 

El viento en sus giros canta

El agua al andar murmura

La piedra inmóvil se calla

Octavio Paz

 

 

Rodeada por la brisa de la noche Fiorella dejaba que la frescura y la música que interpretaba se abrazaran con fuerza a ella, dejaba que resbalaran libremente por todo su cuerpo hasta impregnarse completamente con su alma. La melodía, así como la brisa que parecía le llegaban desde los más lejanos espejismos del desierto, ascendían y descendían por los laberintos de arena del desierto, para crecer al ritmo de la interpretación que iba sacando de su violín.

Yo, mientras tanto, permanecía sentada a su lado; eso me permitía percibir la violencia del vaivén del ir y venir de esa honda sensación. Era como si ella dejara escapar a propósito esa fuerza, salir de lo más profundo de su alma para que se dirigiera hacia el mar y luego regresara fortificado, para que con toda su potencia fuera a desembocar en el otro laberinto que era su vida.

Parecía como si en ese preciso momento Fiorella se negara a pensar, o a sentir, nada más que no fuera lo que estaba viviendo; o sea, aquella sensación creada por ella misma con su violín. Así, de esa manera, era cómo yo la recordaba; escondida entre velos, envuelta en ecos del desierto y melodías sacadas a su violín.

Aunque comúnmente se relacione a la lluvia, como a la oscuridad, con el amor, hoy, a pesar de que te hablaré de ese sentimiento, esos elementos no tendrán en esta historia un rol preponderante. Los mencionaré tan solo como meros puntos de referencia porque la historia de su vida comenzó, según me dijo, en una noche de esas sin mayores complicaciones salvo por aquellos ingredientes: mucha lluvia y oscuridad. El primero se empecinaba en inundar la ciudad y dejar en media calle, como ahogados, o trofeos de su fuerza, a la mayor cantidad de autos. Y el otro que, con su semblante tenebroso, insistía, con éxito, en presentar como más peligroso, de lo acostumbrado, al barrio donde ella había nacido.

Así, en medio de estos elementos naturales que metamorfosean las cosas, o falsean la verdad de una realidad, comenzó la vida de Fiorella. Y seguramente se habrá notado, por evidente, mis temores a repetir lo que ella me ha contado.

Intentaré esbozarla a mi manera, y si para conocerla mejor te hacen falta un poco más luz y color, los hilos y los matices deberás agregarlos tú, ya que todo cabe en este lienzo aparentemente limitado de este cuadro, el cual permite mirar a través de él las situaciones que yo te iré contando; hasta te permitirá recordar algún caso, que por ahí ya conoces. Y si te lo propones, podrás visualizarla con su violín, y escuchar los ritmos alegres de la música que suele interpretar. Sentir la sonoridad contagiosa de su risa, o podrás también dejarte embrujar por el ambiente del desierto donde te la presentaré, completa, íntima y desafiante.

 

Empezaré adelantándote algo, a ninguna otra persona había conocido en mi vida como a ella, una mañana de un día revestido de tanto brillo y exagerada luz. La claridad era tal que me obligaba a mantener mis manos levantadas como viseras, para proteger mis ojos y poder mantenerlos abiertos.

Ella ya estaba acomodada en el carro arenero, que nos llevaría a hacer un recorrido por el desierto, luciendo como una jovencita, y por su sombrero amplio, sus gafas que le cubrían casi toda la cara, muy excéntrica. Mi atención pasó muy pronto de su atuendo a su carácter festivo, pues se comportaba como si en el planeta no existiera nada capaz de alterarla.

Era medio día cuando apiadándose de mí sacó de su bolso un sombrero parecido al que portaba y me lo prestó, para que me protegiera el rostro de las inclemencias del sol. Estábamos viajando a través del desierto, en pleno sol, en un carro arenero completamente descubierto. Apenas había comenzado la travesía, cuando la velocidad con la que rodábamos, como el viento que soplaba, levantaban nubes de arena que golpeaban, o lijaban, nuestros rostros.

Ella, precavida, conocedora del desierto, iba cubierta casi toda. Lo que la  mostraba con una personalidad contradictoria, porque por una parte se la veía disfrutando de la aventura del viaje y por otra, su lenguaje corporal, su atuendo, decía que no; mínimo, que le disgustaba el sol. De regreso en el hotel, a pesar de sus protestas, le compré un sombrero nuevo para devolverle el que me había prestado, aquel que me había arrebatado el viento, para ofrendarlo a las dunas.

Hasta ese momento, ni remotamente sospechaba que el hecho de conocer a Fiorella, de alguna manera, iba a cambiar no solo mi forma de ser sino también la manera de ver la vida, o toda mi percepción sobre el rol que debía asumir en la sociedad.

Déjame adelantarte una de las anécdotas que me contó en su, prácticamente, monólogo, aquella noche cuando después de regresarnos al hotel, luego del paseo por el desierto, nos sentamos a charlar. Ella me dijo:

<<Después de todo este tiempo que ha pasado ya no recuerdo muy bien de la emoción, ni del nerviosismo, que había dominado mi casa previo al ruido que hicieron mis padres al cargar o arrastrar las maletas, antes de desaparecer algunos años de mi vida. Era media noche cuando me abrazaron más prolongado y fuerte que nunca, lo que me hizo experimentar la rara sensación de que no querían desprenderse de mí>>.

Supe por Fiorella que no había pasado mucho tiempo cuando se enteró lo que ya sospechaba. Que al momento de solicitar la visa a Estados Unidos sus padres no corrieron el riesgo de pedir una para ella, por temor a que se la negasen; Fiorella se debió  quedar en casa de su abuela, hasta que sus padres arreglaran sus papeles y pudieran pedirla.

Fue gracias a su risa, que destacaba en nuestro pequeño grupo de viajeros, que comencé a notar su personalidad, ya que todo, hasta lo más mínimo, ponía a funcionar esa explosión de sonidos. Escuchábamos complacidos sus carcajadas, ella nos hacía saber que esos instantes los estaba viviendo al máximo de felicidad: tenía su risa a la mano; lo mínimo lo sacarla a la superficie.

Algo que provocó una de sus largas carcajadas fue escuchar decir al chofer “que nos aseguraba muy bien al carro arenero, con cinturones fuertes y gruesos, para que en caso de accidente no saliéramos volando. O en caso de volcarnos pudieran encontraran nuestros cuerpos juntos en ese mar de arena.”

Otra de sus carcajadas las lanzó cuando descubrió la mentira de unos jóvenes alemanes que, haciéndose los bromistas, nos dijeron que eran italianos; pero no esperaban que ella les hablara en ese idioma, y los “alemanes” no sabían ni saludar en italiano.

Durante nuestro largo paseo por el desierto y al descubrir una zona llena dunas, cerros de arena, bastante agradable a la vista, nos detuvimos y nos bajamos del carro para tomarnos unas fotos. Fiorella lucía como una verdadera beduina. Me pidió que le sacara una foto enfocando como paisaje la rara belleza del desierto. Al pasarme su máquina fotográfica pude fijarme, fugazmente, en una de sus manos. Me llamó la atención porque tenía los dedos pequeños, que lucían delicados, con la piel sensible, y estaban como pelándose. Además, tenía las cutículas todas destruidas. Se notaba que sus uñas estaban a punto de acabarse, de tanto haber sido mordidas. Casi no tenía uñas, detalle que delataba a una chica ansiosa, y se lo comenté. Recibí en el rostro, como respuesta, su carcajada al viento, fuerte, libre, la cual retumbó como eco. Luego, se volteó y me dio la espalda. Y como conservaba aún conmigo su máquina fotográfica aproveché para tomarle una foto en la posición en la que se encontraba, o sea, dándome la espalda; observando la base de una duna. Así que, le tomé la foto en esa posición, para que se llevara de recuerdo una foto espontánea, no posada. Algo inusual, porque la fotografía le permitiría enterarse de cómo lucía detrás, cómo era la forma su espalda y su posadera.

Aún estábamos al borde de la piscina del hotel cuando continuó contándome sobre ella: “En Estados Unidos no había un solo día en que mis padres no pensaran en mí. No recuerdo ni una sola semana que no me llamaran, o me enviaran dinero. Recibía tanto que pude satisfacer fácilmente todos mis caprichos: tener ropa bonita, ir seguido al cine con mis nuevas amigas, comer en restaurantes, instalar cable en mi habitación, internet y un celular súper chévere”.

Y me aclaró, también, que lo más importante fue el hecho de que casi todo su dinero lo utilizó en libros, o en ahorrar, a espaldas de su abuela, porque soñaba con viajar para reunirse con sus padres y conocer a su hermanito “gringo”: <<Siempre fui, a pesar de todas las complicaciones que tuve en mi vida, una excelente estudiante; por eso pude continuar mis estudios en una universidad americana>>- me aclaró.

Conocí a Fiorella en este su primer viaje de regreso a su país. Había llegado al Ecuador después de diez años de ausencia y por suerte para mí estaba aprovechando sus vacaciones escapándose a Perú para conocer, un poco, la ciudad de una de sus compañeras de la universidad.

Yo estaba coincidiendo con ella en ese viaje por Ica; estaba visitando por curiosidad el desierto. Quería confirmar la teoría que había escuchado decir sobre los cánticos que emanaban de sus arenales, del desierto de colores: me habían dicho que eran sonidos y colores sobrenaturales.

Había llegado, también,  impulsada por todos esos cuentos fantásticos que había escuchado narrar sobre la belleza magnética de su desierto y porque me encanta observar hipnotizada esos ríos de arena, canten o no sus dunas, de colores ocres o canelas. Estábamos al sur de Lima. Éramos las únicas mujeres pasajeras en ese carro tubular, arenero, que nos estaba llevando de paseo por el desierto. Pronto nos dimos cuenta de que a las dos nos embrujaba ese territorio arenoso; experimentábamos la misma sensación de euforia en nuestros cuerpos al subir o bajar por las dunas. Descubrimos que nos impresionaba el misterio que se escondía detrás de esos cerros movedizos. Ambas queríamos investigarlos e intuíamos que la única forma de saber exactamente lo que había detrás de ellos,  a sus espaldas, era recorriéndolos. Solo lograríamos saber si caeríamos o no al vacío, debido a la inercia de la velocidad que llevaba el carro al atravesar ese mar de arena, escalando la cima de cada cerro movedizo e ir viviendo la experiencia de su descenso.

Compartíamos el gusto por esa sensación de desolación que produce el estar en medio del desierto, alucinar al imaginarse estar perdido, de haberse quedado solo en esa inmensidad que era un verdadero laberinto borgiano. El viento, a su paso iba arrasando voluntarioso con la faz de su superficie y transformaba su relieve ondulante en algo diferente en cada segundo.

Las dos teníamos la angustiosa necesidad de demostrar a los hombres del grupo que no sentíamos ningún miedo, aunque eso significaba que debíamos ser las primeras en acomodarnos sobre las tablas de esquiar y deslizarnos por las faldas de esas dunas, sin prestar atención al fracaso de los otros turistas que nos habían antecedido.

Fue así que nos deslizábamos aferradas a nuestras tablas, sosteniéndonos firmes el mayor tiempo posible. Pero ambas terminábamos cayendo peligrosamente en medio de un cerro suave de arena, y terminábamos rodando, tragando arena, hasta llegar a los pies de cualquier duna envueltas con los gránulos del desierto.

Poco a poco iba conociendo, escuchando su risa mientras respiraba esos olores a mar que permanecían cautivos ahí en el desierto; escondidos a través de los siglos; disfrutando de los sones que producía el viento al maniobrar sus ágiles pinceladas para ondular su perfil.

En ese viaje había perdido el sombrero que Fiorella me había prestado cuando una ráfaga de viento ladrón fue capaz de arrebatármelo. Según el guía, a veces, solo era una broma del desierto pues devolvía lo que nos arrebataba; sorpresivamente dejaba todo en la cima de alguna duna.

Me fijé que Fiorella también disfrutaba del hecho de estar en medio de ese desierto color canela, de los ventiscos que hacían crujir las piedras macizas escondidas debajo de esos gránulos de arena y que disfrutaba, como yo, de los cánticos de las dunas que se producían a raíz de las avalanchas. Yo también había llegado a Ica atraída por todo eso que sucedía en el desierto, hipnotizada por los ronroneos que surgen de las profundidades de la arena; aquellos sonidos similares a los que suelen utilizar, para sus mantras, los monjes tibetanos, que se dice ellos copiaron de las Dunas.

Fiorella soltaba su risa al viento. Se la escuchaba unas veces alegre, otras temerosa; la mayor parte del tiempo lanzaba gritos de guerra, cuando sentía que se le paraba su corazón, o se le acababa su aliento, durante el recorrido de subir y bajar montañas. Sí, es verdad. Era una simpática coincidencia el que estuviéramos alojadas, también, en el mismo hotel; en el Paracas. Y que llegáramos casi juntas al regresar del paseo a instalarnos al borde de la piscina, para regodearnos con la frescura de la noche.

Otra coincidencia era que yo era una mujer interesada en la música, tanto como para entusiasmarme cuando Fiorella me dijo que debíamos acompañar nuestra tertulia con música y se encaminó a su habitación en busca de su violín. Dejó pendiente nuestra conversación sobre su preocupación por todas aquellas personas, que como sus padres, tuvieron que emigrar dejando a sus hijos solos, o al cuidado de otras personas. Así me enteré que había estudiado sociología para poder hacer algo por ellos. Entre sus planes estaba el pasar una temporada en Cuenca para realizar unos estudios sobre esos niños producto de la migración.

Estábamos recostadas al borde de la piscina conversando, para ser sincera, yo estaba escuchando el monólogo de Fiorella, que para mí tenía su encanto pues no me gusta hablar y prefiero escuchar; influenciada, tal vez, por haber oído decir continuamente a mi abuela que por algo Dios nos dio dos oídos pero una sola boca.

Fiorella protegía su rostro, mientras conversábamos en la piscina, con el sombrero que había llevado puesto esa mañana en el paseo por el desierto, como si no notara que hacía rato ya había comenzado a caer la noche. Y cubría su cuerpo, en traje de baño, con un pañuelo, a pesar de no haberse sumergido ni una sola vez en la piscina.

Me volví a fijar, sin querer, en sus dedos de sus manos y de sus pies, heridos. Sus uñas sin cutículas, detalle que se hacía más evidente cuando sostenía su copa con jugo de frutas. Eso me llevó a hacerle el mismo comentario que le había hecho en la mañana: ¿<<ansiosita>>?, le pregunté, <<¡te comes las uñas!>>le dije. Ella, como respuesta, me volvió a regalar la sinfonía de su carcajada.

Me dejó con su risa aún resonando como eco cuando se levantó y comenzó a alejarse de mí para dirigirse a su habitación en busca de su violín. Hizo el intentó, apenas, de virar la cabeza hacia mí al escuchar mi voz cuando le pregunté: <<¿por qué se te dañan tanto las uñas de tus pies? Me había dado cuenta de que la piel de los dedos de sus pies también estaban destruidos.>> Pero ella no se volteó a mirarme ni hizo comentario alguno. Se comportó como si la pregunta no iba dirigida a nadie. ¡Era cierto! La cutícula de los dedos de sus manos, como de sus pies, estaban desprendidas y sus dedos tenían heridas, rosadas, como si la sangre estuviera en la superficie; a punto de brotar.

Cuando retornó con su violín, Fiorella se quedó en silencio, parada a un costado del sillón, donde habíamos permanecido toda la tarde, y se alistó a acomodar el instrumento a su cuello. Posiblemente emocionada con la idea de tocarlo no se fijó que se le había caído al piso el pañuelo con el que cubría su cuerpo. Comencé a observar su cuerpo, sin querer, y reaccioné sin darme cuenta; me sorprendió ver su cuerpo en traje de baño. La luz que salía del tumbado del hotel resaltaba no solo sus curvas sino también ciertos detalles en su cuerpo que creí en la obligación de hacérselo notar. Entre sus curvas, bien proporcionadas, se dejaban ver, especialmente  en sus piernas, unas marcas, huellas lilas, brillantes, como si algún malvado la hubiera marcado o flagelado.    Observé con detenimiento sus piernas y caí en cuenta de que en sus brazos también mostraban las mismas marcas. Le llamé la atención disgustada: <<¿Qué te pasó Fiorella? ¿Por qué no te cuidaste? ¿Por qué no hidrataste tu cuerpo para evitar esas marcas; no tener esas estrías?>> la increpé.

Esta vez no escuché su carcajada y ni siquiera perfiló una sonrisa. Recogió pensativa el pañuelo que se le había caído y volvió a cubrir su cuerpo. Me entregó unas partituras para que las mantuviera a la altura que ella me había señalado; se colocó bien el violín y comenzó a tocarlo. Terminó algunas piezas ¿cuáles? sinceramente no sabría decirlo; yo solo había percibido su emoción aunque no había atendido su repertorio. Demasiados pensamientos habían llegado hasta mí en ese momento. No la había escuchado ni había atendido su música, pero la había sentido vibrar con lo que estaba interpretando, percibí cómo la melodía salía y entraba a su interior cada vez con más potencia. La imagen de su cuerpo joven, hermoso de formas, pero marcado de esa manera, me había transportado hacia la ficción. Imaginé a mi heroína siendo golpeada: Cómo había sido atacada por demonios, monstruos, que tenían fuerzas ultra poderosas y que se alimentaban de piel humana. Visualicé la lucha constante, tenaz, de mi heroína defendiendo su órgano, no sólo la parte exterior, la que se veía, sino también aquella que recubría toda la superficie de sus órganos, de esos malvados invasores que la atacaban sin compasión.

<<¡Es lupus!>> -me gritó a la cara Fiorella, sin terminar la pieza que estaba tocando. Dejó el violín a un costado y me aclaró: <<tengo… ¡esquizofrenia inmunológica! “La de las mil caras”. Y, ahí sí, al terminar la frase me obsequió su carcajada. Para mí, lupus o como se llamara el problema que ella tenía me daba igual, porque no lograba captar sus repercusiones. Sospechaba que se trataba de alguna enfermedad, pero nada más. Porque cuando a uno no le toca es, generalmente, indiferente a cualquier mal. Fiorella me aclaró que su enfermedad estaba controlada, pero la foto-sensibilidad, así como la hipersensibilidad a los rayos ultravioletas, era lo que le causaban el mayor problema. Todos los rayos que emanaba el astro motivaban, o nutrían, a su invasor. ¡Qué contradicción! pues el sol es fuente de vida; pero a ella el exceso de defensas, la estaban matando. Me atreví a recriminarla su actitud de la mañana. Le increpé su actuación de ese día en el desierto. Hice que se diera cuenta de lo irresponsable que había sido, con ella misma, al exponerse a tanto sol;  al pasear en pleno sol y calor que se expuso. No imaginan la respuesta que me dio. Para mí, viajar en el desierto, o deslizarme por las dunas, significó un desafío; una aventura que me llenó de orgullo porque a mis casi setenta años me atrevía a vencer uno de mis miedos y al hacerlo me hizo sentir joven nuevamente. Sabía que deslizándome sobre la tabla, desde esa considerable altura, lo máximo que me podía pasar era tentar a la suerte y salir con un raspón o una fractura. Pero para Fiorella ese paseo significó todo: provocó a la enfermedad y le hacía una llamada a la muerte. Y aún sabiendo eso no se acobardó. Recuerdo que Fiorella me respondió: <<No quiero que la enfermedad me imponga siempre sus reglas. Creo que tengo derecho a hacer realidad algunos de mis sueños ¿no?>>. Entonces, le pedí que, por favor, me volviera a mostrar sus piernas y sus brazos. Y ¡sí!, mi imaginación había exagerado un poco la imagen. Creo que llevada por la idea, preconcebida, de que un cuerpo joven, era perfecto. Fiorella tenía rasguños. Esas pocas huellas eran de triunfo, de batallas ganadas a favor de la vida pues, las altas dosis de corticoides le dejaban marcas en las que las cremas no tenían ningún rol. Y la enfermedad sensibilizaba su piel y la ponía frágil y delicada. La gran simuladora, la gran impostora, la de las mil caras, llaman a esta enfermedad por lo polifacética que es a la hora de manifestarse.

Después, durante la noche bromeamos un rato más sobre esos nombres. Le dije a Fiorella que el lupus tenía muy buen gusto al haberla escogido para manifestarse. Y ella me aclaró que estos dos eventos: el viaje de sus padres en su niñez, como su enfermedad, eran las experiencias que habían marcado su vida. Reconoció que el dolor de la ausencia de ellos se vio recompensado en el momento en que pudieron enfrentarse con su enfermedad. Fiorella estaba consciente de que en el Ecuador, posiblemente, no hubieran sabido, o podido salvarla; el Lupus era una enfermedad que requería de muchos cuidados.

Supe que la risa de Fiorella no era una máscara; era el resultado de la alegría de poder vivir con la mayor normalidad posible. Aún recuerdo su figura frágil, la forma cómo me había abrazado después de que tomamos desayuno, antes de despedirnos. Ella partía con su amiga a visitar  el lago de Huacachina y yo para a la cama a llenarme de fuerzas, para tener que gastar en mi recorrido por la tarde por los viñedos de Ica, iba a observar, si tenía suerte, cómo destilaban  pisco.

 

 

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LA PRÓRROGA

La prórroga

 

 

Wera pasó esa noche intranquila, con pesadillas. Víspera de su viaje soñó con unos hombres enmascarados que se le acercaban hasta sus narices, se quitaban sus máscaras en cámara lenta, una y otra, vez burlándose de ella. Solo el despertar los esfumó y, sin embargo, no puso fin a su ahogo. Lo primero que hizo fue tomar el teléfono y tratar de cancelar la reservación de su vuelo; temió que esa pesadilla fuera premonitoria; pero, en ese momento crucial se impuso su profesionalismo y más bien, tomó su máquina fotográfica y salió en busca del avión que la llevaría a su destino.

Wera era fotógrafa profesional. Ya había recorrido gran parte del mundo escudriñando lugares, captando imágenes para sus exposiciones. Pero, aún le quedaba algo pendiente; soñaba con fotografiar la selva amazónica peruana; que ejercía en ella un poder magnético. Consciente de esa atracción rechazaba la idea de regresar; aún le quedaban rezagos del trágico vuelo anterior, cuyas consecuencias persistían en su interior y ni los mejores psicólogos habían logrado aún estabilizarla.

Después de reflexionarlo, y decidida a romper con sus temores, a superar la angustia de los recuerdos del pasado, optó por subirse a ese avión. Al fin y al cabo, “retornaré a casa”, se dijo a sí misma; buscando aliviarse. Terminó de convencerse cuando imaginó las fotografías de la vegetación amazónica, su gente, y sus animales salvajes exhibiéndose en las paredes de la galería. La admiración que se ganaría de sus amigos por su valentía, al haber retornado a ese lugar que tanta angustia le causaba. Además, Wera quería regresar a ver cómo estaba la casa de sus padres, lugar donde había pasado sus vacaciones, y que llevaba abandonada ya algunos años.

Dentro del avión se acomodó para leer y así evitar quedarse dormida, no quería caer en la pesadilla que la perseguía. En vano intentaba escapar de los destellos de los recuerdos que guardaba en su inconsciente de ese trágico vuelo; cada vez que volaba recordaba o soñaba lo mismo, y en esta ocasión temía que fuera peor: estaba yendo por la misma ruta que tomó con sus padres aquel día.

Los pasajeros en el avión iban animados y conversaban entre ellos; Sofía, su compañera de asiento, no era la excepción; en cuanto se sentó le comenzó a hablar; le comentó que en el hospital, situado a las afueras de la ciudad a dónde iban, dos enfermeras más se habían suicidado. Todos aún recordaban a la anterior enfermera que se había ahorcado dos años antes, le dijo. La nota de suicidio que dejó, en la que declaraba que lo hacía por un amor imposible, produjo comentarios. Todos en el pueblo, le dijo Sofía, se preguntaban qué había detrás de esas muertes que involucraban al médico alemán, al director del hospital, a quien todos llamaban “Herrdoktor.”

 

Cuando el vuelo llegó a su fin, y mientras Wera descendía del avión, una ráfaga de calor húmedo y un olor familiar le dio la bienvenida; lo que le animó a tomar fotografías. Ya instalada en su hotel salió de inmediato a pasear por las calles para sacar fotos de la ciudad, de los nativos: fotografió a las mujeres de faldas negras con adornos de figuras geométricas bordadas con hilos multicolores, quienes cubrían sus pechos con sus collares de dientes de animales, piedras y semillas. También, a las que llevaban a sus niños a la espalda y le ofrecían sus flechas y arcos; a los hombres que exigían un dólar por cada fotografía, y pacientes esperaban, unos metros delante de sus mujeres, que les entregara el dinero.

Los días siguientes Wera se dedicó a buscar el lugar ideal, y preciso, para la foto que usaría para la publicidad de la exposición; tenía listo su equipo y conocía la zona. Se internaría en la selva, pero antes tomó fotos al río Ucayali que daba la bienvenida a la ciudad, con sus casas en alto sobre grandes troncos, para que pudieran danzar con las inundaciones; y a los niños que nadaban en esas aguas poco cristalinas junto a las pirañas.

Poco a poco se fue internando en la selva, y cuando el taxi ya no pudo avanzar más ella continuó a pie. Cuando llegó a la casa, que una vez compartió con sus padres, la embargó la tristeza, se apoderó de ella la soledad, el dolor y finalmente la resignación. Por fuera lucía como una casa abandonada, apolillada. Por dentro, las sábanas con las que cubrieron las pocas cosas que tenían, para subsistir en esa zona, se habían deteriorado, estaban curtidas y percudidas; apenas las tocaba se desasían. No obstante, su osadía de haber atravesado esa selva llena de recuerdos y de los miedos de antaño, le llenaba de orgullo; sabía que estaba enfrentando su pasado y reconciliándose con él y con la selva.

Al día siguiente, aprovechando que quedaba cerca, visitó su cueva preferida. Fotografió a las lechuzas que aún vivían ahí, a los murciélagos que la seguían invadiendo, y a las esculturas de arcilla y piedra que una vez esculpió con su padre. Las estatuas aún estaban intactas, un poco más oscuras y llenas de moho; pero fijas en el mismo sitio donde las habían dejado: a la entrada, como guardianes de la cueva.

De regreso a la ciudad se enteró que aún seguía actual la noticia de los suicidios de las enfermeras. Wera también se contagió de la curiosidad por conocer más sobre ese caso, y se encaminó al hospital. Se sorprendió de haberse olvidado lo bonito que era, lo recóndito que estaba, y del lago de enfrente que servía de puerto para los botes y de pista para los hidroaviones.

Se acordaba, y había tomado nota, de todos los comentarios que había escuchado y leído sobre el caso; las cientos de historias que se entretejían sobre ese doctor y el suicidio de las enfermeras. Sabía que el hospital estaba manejado por una fundación: los jefes eran alemanes y el resto, los demás médicos, enfermeros, y auxiliares, eran nativos de la selva; muchos de ellos trilingües; su lengua nativa, el shipibo, español e inglés.

Con la cámara lista Wera acechó durante ese día el hospital y fotografió a todo aquel que entraba o salía. Quería retratar el rostro de quien se comentaba era el causante de más de tres suicidios ahí. Recordó las historias que le habían contado, que algunos pacientes desaparecían de las salas de operación para ser sometidos a experimentos, que esterilizaban a las mujeres sin su consentimiento y que los suicidios no eran tales, sino que las enfermeras descubrían quién era “Herrdoktor”, lo que ocultaba, su pasado; su verdadera identidad.

 

El mismo día que llegó Wera, y estuvo sacando sus fotografías a los nativos que se le cruzaban, y a la misma ciudad, un helicóptero había sobrevolado la granja de Sofía. Del cielo habían caído volantes que fueron recogidos por los niños de su familia. Todos llevaban el mismo mensaje: “NECESITO ATERRIZAR”. Todos ya estaba familiarizados con a esa solicitud: con señas le mostraron al aviador el lugar de siempre.

Mientras el aparato descendía, ráfagas de viento y polvo azotaba los rostros de los presentes. De la nave descendió Antonio, el aviador, quien era hijo de un notable abogado que se hizo muy allegado a la familia de Sofía. Desde que supo que el padre de Sofía era fanático del ajedrez, acostumbró a visitarlos para jugar con él. Hacía una temporada que estaba visitando esa ciudad, por uno o dos días, llegaba para ayudar a su padre en los asuntos referentes a uno de sus clientes importante; eso les dijo. Llegaba en su avioneta que acuatizaba en el lago, al lado del hospital, luego tomaba su helicóptero y se dirigía hacia el centro de la ciudad. Pero, tuvo mala experiencia cuando dejó su aparato en un espacio libre que encontró, era una cancha de fútbol; por eso, prefería la seguridad que le proporcionaba la granja de Sofía.

Wera, después de un par de meses de fotografiar todo lo que pudo y complacida con los resultados, pero agotada del trabajo, y luego de utilizar los últimos tres rollos que tenía, cayó en cuenta de que le quedaba en su último día la tarde libre. Recordó la invitación que le hizo Sofía de visitarla, lo amable que fue al invitarla a conocer la granja de su padre, para que admirara los peces ornamentales que nadaban en las acercas de la casa, y los gallos de pelea que criaban; que según Sofía eran de postal; así decidió aprovechar el tiempo que le quedaba.

Al llegar Wera a la granja, y tocar el portón, un muchacho robusto le abrió y la acompañó hasta el interior de la casa. Ahí se encontraba también Antonio, Sofía se lo presentó. Al escuchar voces que se acercaban a la sala, Antonio dirigió la mirada hacia donde provenían y se unió a los dos hombres que salían de la habitación contigua; quienes siguieron conversando y se encaminaron, de inmediato, en dirección a la puerta de salida; Sofía se les unió.

Wera supuso que uno de ellos era el padre de Sofía, por el parecido; porque el otro hombre era muy diferente a ellos. Era alto, y demasiado blanco, tenía la nariz aguileña y mirada enigmática. Cuando este personaje descubrió a Wera se interesó en ella; observó, desde lejos, pero con detenimiento, y en forma intimidante, la cámara fotográfica que colgaba de su cuello. Wera, al sospechar la identidad del personaje, tomó su cámara fotográfica y buscó en vano en sus bolsillos, y en su bolso, un rollo nuevo. La frustración se apoderó de ella cuando no lo encontró. Sin pensarlo dos veces se acercó al grupo, pero ellos ya se habían subido al helicóptero.

Antonio, antes de perderse en la nave, sacó la cabeza y extendiendo sus brazos les hizo un adiós. Wera, se sintió decepcionada al ver cómo se alejaba la nave con sus tripulantes se. Mientras el helicóptero ascendía los que estaban en tierra se protegían del viento y del polvo. Y cuando entraron a la casa Sofía le confirmó a Wera la identidad del visitante: era “Herrdoktor”. Y le contó que su padre ese día había amanecido algo adolorido, enfermo, y Antonio fue en busca del doctor alemán; debía a su padre muchos favores.

Un poco antes, Sofía, observando el cielo, en dirección por donde se alejaba el helicóptero, comentó que le parecía rara la ruta que había tomado Antonio. Ella se había dado cuenta que cuando él se dirigía hacia el lago, para ir al hospital, se iba por el este, y cuando se dirigía al pueblo tomaba el sur. Por eso, ella no entendía hacia qué dirección se dirigían en ese momento al haber tomado la ruta del norte.

Wera sabía que la experiencia que acababa de vivir no quedaría como una simple anécdota. Este personaje, del “Herrdoktor”, le atraía; demasiado llamaba su atención el misterio que envolvía su vida; ella también era alemana.

Ya en el avión que le regresaba a Lima, desde dónde iba a tomar su vuelo al extranjero, se consternó cuando leyendo el periódico se enteró que “Herrdoktor” no había acudido, ese día, 10 de febrero de 1975,  a testificar en el juicio en el caso de los suicidios; y que nadie conocía sobre su paradero. Eso le motivó aún más a querer investigar el caso por su cuenta. Tenía grabado en la memoria el rostro del “doktor”; sabía, además, a dónde dirigirse.

 

En Alemania, la exposición estaba por inaugurarse y todo se mostraba como un gran éxito. Sin embargo, a pesar de sus ocupaciones profesionales, Wera no había olvidado a “Herrdoktor”. Se había comunicado con unos investigadores privados que rastreaban a los nazis fugitivos, escondidos en Sudamérica. Ella quería descartar esta posibilidad antes de definir el caso de las enfermeras como un problema sentimental.

La cita con uno de los investigadores privados se concretó para ese día a las 18h00, al atardecer; empezarían revisando y comparando fotografías. Wera salió con tiempo de su casa hacia la dirección que le habían dado. Manejaba distraída por la ancha avenida, apreciando el manto blanco y ondulado que había formado la nieve. Y, de repente, se encontró con un camión que circulaba en contravía y a gran velocidad. Las luces de sus faros la enceguecieron, e instintivamente giró el timón tratando de esquivar el impacto. Desesperada presionó el freno hasta el fondo. Escuchó su chirriar y el claxon del otro carro.

Se aferró fieramente al timón de su vehículo y cerró los ojos. Se turbó al percibir que ella se duplicaba: veía una Wera asustada, abrazada al timón, y a la otra etérea que volaba. Pudo, además, visualizar el momento en que años atrás su avión, que le llevaba a la selva amazónica, comenzó a corcovear. Las subidas y caídas al vacío arrojaban algunas bandejas al suelo, pero los pasajeros, impasibles, no se movían de sus puestos; estaban acostumbrados a estas sorpresas; en esa zona, y en esa temporada en la selva amazónica, eran normales los vuelos movidos y las tormentas.

Wera sintió cómo el avión continuaba vibrando en la oscuridad cuando atravesó esa larga nube negra y la tempestad llena de rayos y relámpagos. Sintió y vio, otra vez, la mano de su padre tomando la suya para reconfortarla. Revivió el momento cuando el rayo partió su avión y ella fue a caer sobre la copa de un árbol, y luego cuando bajaba, para reencontrarse con sus padres.

Pero se fijó que permanecía abrazada al timón y que de sus ojos cerrados escapaban lágrimas de dolor. Finalmente, escuchó un sonido fuerte; como el que hacía un huevo al caer sobre una piedra, o el de un perro callejero, hambriento, cuando mastica los huesos que encuentra.

Wera no pudo evitarlo. Su auto impactó estrepitosamente y se incrustó en ese camión sin chofer. Un adormecimiento grato invadió todo su cuerpo. Estallaron luces y destellos que la envolvieron en ondas multicolores. Una fuerza extraña la levantó y la llevó a gran velocidad. Se vio etérea, fusionadas ya las dos Weras. Y como un solo ser  las dos alejándose del accidente hasta arribar a un lugar con antesalas, pasillos y múltiples puertas, justo en el preciso momento para responder:<< PRESENTE>>; cuando alguien, con una lista en la mano, preguntaba  por Wera.

 

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RAMONA

Camino a casa

 

Un día encontré debajo de la puerta de mi casa una esquela con saludos de una pareja amigos de mi ex, Ramón, a quienes no veía desde hacía mucho tiempo. Habían llegado del extranjero y me invitaban a compartir un almuerzo con ellos. Revisé el número telefónico del hotel en el que se hospedaban y traté de contactarlos. Eran pasadas las diez  de la noche cuando los llamé; la recepcionista me indicó que ellos no se encontraban y que no habían regresado al hotel desde la mañana, temprano, que habían salido.

Al día siguiente intenté nuevamente comunicarme con ellos y la recepcionista del hotel me repitió las palabras de la noche anterior, ellos no estaban; pero habían dejado indicado que si yo llamaba que me dijeran que me invitaban a almorzar.

Antes de pasar por el hotel a visitarlos, aproveché la mañana para recorrer almacenes, tratando de encontrar un regalo para la pareja, finalmente caí en lo de siempre; me decidí por los libros.

Llegué al hotel a la hora en que me habían citado, un conserje me hizo pasar y esperar a la pareja bajo la sombra de un parasol, al lado de la piscina. Mientras me servían el aperitivo dejé el paquete con los libros a un costado de la mesa, y mi atención se dirigió a la piscina. Me fijé en la sombra que estaba sumergida al fondo, en su ritmo delicado de pez humano que apenas movía la superficie del agua, y en el ovillo de colores que refractaba la luz; el cual se veía como un nudo enmarañado de brillos rojos, azules, amarillos y morados, que perseguían los bordes de la piscina.

Distrajo mi atención y mi mirada a ese fenómeno óptico la llegada de la pareja. Estaban irreconocibles, diferentes a la imagen que guardaba de ellos; él había perdido casi todo el cabello y ambos habían ganado varios kilos.

Me sorprendió saber que sería la única invitada a ese almuerzo, los abrazos que les di no disimularon mi extrañeza, y recordé que Ramón, de quien llevaba separada varios años, me los había presentado; él era el amigo de ellos, no yo. Y para romper el hielo de ese raro encuentro entregué a la mujer el paquete con los libros, le dije que había vuelto a caer en la rutina, que no sabía obsequiar otra cosa.

Se sentaron junto a mí, pero casi de inmediato sonó el celular de él. Luego de excusarse, para contestarlo, se alejó de la mesa sosteniendo en la mano uno de los libros que yo acababa de entregárselos, se acercó hasta el borde de la piscina, y se puso a hablar dándome la espalda.

Mientras yo observaba al hombre, su mujer no dejaba de hablarme. Advertí, sin querer, el aleteo de sus pestañas y capté los golpecitos que con sus uñas daba sobre la mesa: sin disimular intentaba evitar que siguiera observando a su marido.

El hombre intercalaba su conversación: dialogaba algunas veces con la sombra, que de rato en rato emergía de la piscina, que hacía poco yo había estado observando y, otras, con ese otro alguien a través del celular. Cuando terminó de hablar se acercó hasta la mesa donde yo acompañaba a su mujer y se excusó. De inmediato abandonó el hotel sin dar ninguna explicación.

Después del almuerzo, que finalmente lo compartimos las dos mujeres, me despedí para dirigirme a mi casa. Salí algo confundida por la situación, convencida de que algo se traían entre manos esa pareja.

Me dirigí a mi casa, pero para llegar a ella se tiene que atravesar un largo camino desolado que queda en pleno campo. Después de mi separación de Ramón me alejé también de la ciudad, busqué un lugar tranquilo, apacible donde vivir y dedicar mi tiempo a la escritura. Y cuando di con uno ideal, armé mi biblioteca, me llené de hojas, lápices y plumas. Pero en vano trasnochaba con las tasas repletas de café, los ojos fijos en el papel y la pluma pendiente de unas cuantas palabras coherentes; sin embargo, sólo lograba pequeñas anécdotas, líneas sin valor alguno; y a pesar de toda esa experiencia, literariamente improductiva, era feliz.

Salí de la ciudad y apenas me adentré en el camino desolado, divisé a unos metros a un grupo de personas merodeando por los alrededores, y a unos cuantos uniformados rodeando a un hombre tirado en el suelo. Pasé con dificultad bordeándolos, por un lado del camino, y aceleré lo más que pude para alejarme de ese lugar; no quería entorpecer el paso de la ambulancia que se la escuchaba llegar y estaba cerca.

Ya dentro de mi casa decidí olvidar ese día lleno de situaciones absurdas, incomprensibles, y me propuse ponerme a descansar; pero no pude. No pasó mucho tiempo que me había recostado en la cama para intentar leer a Cortázar cuando el timbre del teléfono, y de mi casa, me sacó de la concentración. Era la policía que llamaba a mi puerta para pedirme que, por favor, me acercara a la morgue para identificar un cuerpo que sospechaban era el de Ramón.

Me quedé petrificada, al escucharlos, sin cerrar la puerta corrí a lavarme la cara tratando de escapar de lo que suponía era un sueño, una pesadilla; pero fue inútil, no soñaba; dos policías estaban en mi casa. Ellos mismos se ofrecieron conducirme y acompañarme a la morgue.

Cuando llegamos, los policías me escoltaron hasta la sala de la morgue donde se encontraba el cuerpo que tenía que identificar. Recorrimos un pasadizo sombrío, que me pareció me llevaba hacia un patíbulo. Los agentes caminaban silenciosos expeliendo de sus cuerpos el olor de las docenas de cigarrillos que habían fumado en todo el día. Y yo caminaba como una sonámbula sin poder dilucidar qué había pasado con Ramón.

Cuando llegamos a una habitación, me hicieron pasar y acercar hasta una camilla, donde cubierto con una sábana estaba un cadáver. La sala estaba congelada, pero yo no notaba la diferencia que tenía con la temperatura de mi cuerpo. Mi corazón se inquietó mucho más, como bárbaro daba golpes dentro de mi pecho. Cuando dirigí la mirada al cadáver, mis vísceras se removieron porque reconocí en ese cuerpo acostado a mi ex; a Ramón.

Confirmé a los policías la identidad del muerto y ellos de inmediato me dijeron que Ramón había sido asesinado y que yo debía presentarme a sus oficinas para contestarles algunas preguntas y  hacer mi declaración. Estuve de acuerdo y les seguí.

Recién en la comisaría se me confirmó que era sospechosa de ese asesinato, se me acusaba de haber contratado a unos sicarios para asesinar a Ramón, pues yo era la única beneficiaria de su póliza de vida. Ramón, a pesar de nuestra separación, y de vivir con otra, nunca cambió el nombre de la beneficiaria de su póliza de novecientos mil dólares.

Me dijeron, además, que habían encontrado en poder de Ramón un libro con huellas digitales mías. Cuando me lo mostraron resultó ser uno de los libros que había acabado de comprar esa mañana para regalárselo a la pareja, amiga de Ramón, a la que había ido a buscar a ese hotel para almorzar.

Supe, de inmediato, que estaba en apuros. Ramón y yo no estábamos realmente divorciados, solo separados; y yo era la única beneficiaria de su póliza de vida, de casi un millón de dólares. Contesté a los policías todas las preguntas que me hicieron respecto a mis movimientos de esa mañana, de mi relación con aquella pareja a quién había obsequiado el libro, pasé la prueba del polígrafo; pero, aún así, se me prohibió abandonar el país.

Volví a casa abrumada, con miles de preguntas en la cabeza; no sabía explicarme quién me odiaba tanto como para involucrarme en ese asesinato, o quién odiaba a Ramón de esa manera. Por qué la policía creía que yo había contratado sicarios para matar a Ramón,  por qué me creía capaz de contratar a asesinos profesionales cuando mi ex y yo ya estábamos separados y llevábamos una buena relación: los dos, con el tiempo, habíamos olvidado esa famosa póliza de vida que yo terminé pagando.

Pero eso no era todo; durante mi ausencia alguien había deslizado por debajo de la puerta una nueva esquela. La recogí, e impaciente, me puse a leerla. Ésta decía: “Querida Ramona”. Me estremecí al reconocer ese apelativo tan personal; Ramón era el único que lo había usado durante nuestros años felices. Volví la mirada a la esquela para continuar con la lectura:

“Querida Ramona:

Te extrañará que te llame Ramona, pero no tengo otro apelativo para ti…”.

Pero cuando intenté seguir leyendo, lo que yo ya había escrito para la esquela, con el fin de continuar con este cuento, no pude…, un corte de energía había borrado toda la continuación del texto.

 

 

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La gran simuladora

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A-Preciado Juan

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A-Continuación

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