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Mirando al sur, de Violeta Block

Mirando al sur, de Violeta Block

 

El viento en sus giros canta

El agua al andar murmura

La piedra inmóvil se calla

Octavio Paz

 

 

Rodeada por la brisa de la noche Fiorella dejaba que la frescura y la música que interpretaba se abrazaran con fuerza a ella, dejaba que resbalaran libremente por todo su cuerpo hasta impregnarse completamente con su alma. La melodía, así como la brisa que parecía le llegaban desde los más lejanos espejismos del desierto, ascendían y descendían por los laberintos de arena del desierto, para crecer al ritmo de la interpretación que iba sacando de su violín.

Yo, mientras tanto, permanecía sentada a su lado; eso me permitía percibir la violencia del vaivén del ir y venir de esa honda sensación. Era como si ella dejara escapar a propósito esa fuerza, salir de lo más profundo de su alma para que se dirigiera hacia el mar y luego regresara fortificado, para que con toda su potencia fuera a desembocar en el otro laberinto que era su vida.

Parecía como si en ese preciso momento Fiorella se negara a pensar, o a sentir, nada más que no fuera lo que estaba viviendo; o sea, aquella sensación creada por ella misma con su violín. Así, de esa manera, era cómo yo la recordaba; escondida entre velos, envuelta en ecos del desierto y melodías sacadas a su violín.

Aunque comúnmente se relacione a la lluvia, como a la oscuridad, con el amor, hoy, a pesar de que te hablaré de ese sentimiento, esos elementos no tendrán en esta historia un rol preponderante. Los mencionaré tan solo como meros puntos de referencia porque la historia de su vida comenzó, según me dijo, en una noche de esas sin mayores complicaciones salvo por aquellos ingredientes: mucha lluvia y oscuridad. El primero se empecinaba en inundar la ciudad y dejar en media calle, como ahogados, o trofeos de su fuerza, a la mayor cantidad de autos. Y el otro que, con su semblante tenebroso, insistía, con éxito, en presentar como más peligroso, de lo acostumbrado, al barrio donde ella había nacido.

Así, en medio de estos elementos naturales que metamorfosean las cosas, o falsean la verdad de una realidad, comenzó la vida de Fiorella. Y seguramente se habrá notado, por evidente, mis temores a repetir lo que ella me ha contado.

Intentaré esbozarla a mi manera, y si para conocerla mejor te hacen falta un poco más luz y color, los hilos y los matices deberás agregarlos tú, ya que todo cabe en este lienzo aparentemente limitado de este cuadro, el cual permite mirar a través de él las situaciones que yo te iré contando; hasta te permitirá recordar algún caso, que por ahí ya conoces. Y si te lo propones, podrás visualizarla con su violín, y escuchar los ritmos alegres de la música que suele interpretar. Sentir la sonoridad contagiosa de su risa, o podrás también dejarte embrujar por el ambiente del desierto donde te la presentaré, completa, íntima y desafiante.

 

Empezaré adelantándote algo, a ninguna otra persona había conocido en mi vida como a ella, una mañana de un día revestido de tanto brillo y exagerada luz. La claridad era tal que me obligaba a mantener mis manos levantadas como viseras, para proteger mis ojos y poder mantenerlos abiertos.

Ella ya estaba acomodada en el carro arenero, que nos llevaría a hacer un recorrido por el desierto, luciendo como una jovencita, y por su sombrero amplio, sus gafas que le cubrían casi toda la cara, muy excéntrica. Mi atención pasó muy pronto de su atuendo a su carácter festivo, pues se comportaba como si en el planeta no existiera nada capaz de alterarla.

Era medio día cuando apiadándose de mí sacó de su bolso un sombrero parecido al que portaba y me lo prestó, para que me protegiera el rostro de las inclemencias del sol. Estábamos viajando a través del desierto, en pleno sol, en un carro arenero completamente descubierto. Apenas había comenzado la travesía, cuando la velocidad con la que rodábamos, como el viento que soplaba, levantaban nubes de arena que golpeaban, o lijaban, nuestros rostros.

Ella, precavida, conocedora del desierto, iba cubierta casi toda. Lo que la  mostraba con una personalidad contradictoria, porque por una parte se la veía disfrutando de la aventura del viaje y por otra, su lenguaje corporal, su atuendo, decía que no; mínimo, que le disgustaba el sol. De regreso en el hotel, a pesar de sus protestas, le compré un sombrero nuevo para devolverle el que me había prestado, aquel que me había arrebatado el viento, para ofrendarlo a las dunas.

Hasta ese momento, ni remotamente sospechaba que el hecho de conocer a Fiorella, de alguna manera, iba a cambiar no solo mi forma de ser sino también la manera de ver la vida, o toda mi percepción sobre el rol que debía asumir en la sociedad.

Déjame adelantarte una de las anécdotas que me contó en su, prácticamente, monólogo, aquella noche cuando después de regresarnos al hotel, luego del paseo por el desierto, nos sentamos a charlar. Ella me dijo:

<<Después de todo este tiempo que ha pasado ya no recuerdo muy bien de la emoción, ni del nerviosismo, que había dominado mi casa previo al ruido que hicieron mis padres al cargar o arrastrar las maletas, antes de desaparecer algunos años de mi vida. Era media noche cuando me abrazaron más prolongado y fuerte que nunca, lo que me hizo experimentar la rara sensación de que no querían desprenderse de mí>>.

Supe por Fiorella que no había pasado mucho tiempo cuando se enteró lo que ya sospechaba. Que al momento de solicitar la visa a Estados Unidos sus padres no corrieron el riesgo de pedir una para ella, por temor a que se la negasen; Fiorella se debió  quedar en casa de su abuela, hasta que sus padres arreglaran sus papeles y pudieran pedirla.

Fue gracias a su risa, que destacaba en nuestro pequeño grupo de viajeros, que comencé a notar su personalidad, ya que todo, hasta lo más mínimo, ponía a funcionar esa explosión de sonidos. Escuchábamos complacidos sus carcajadas, ella nos hacía saber que esos instantes los estaba viviendo al máximo de felicidad: tenía su risa a la mano; lo mínimo lo sacarla a la superficie.

Algo que provocó una de sus largas carcajadas fue escuchar decir al chofer “que nos aseguraba muy bien al carro arenero, con cinturones fuertes y gruesos, para que en caso de accidente no saliéramos volando. O en caso de volcarnos pudieran encontraran nuestros cuerpos juntos en ese mar de arena.”

Otra de sus carcajadas las lanzó cuando descubrió la mentira de unos jóvenes alemanes que, haciéndose los bromistas, nos dijeron que eran italianos; pero no esperaban que ella les hablara en ese idioma, y los “alemanes” no sabían ni saludar en italiano.

Durante nuestro largo paseo por el desierto y al descubrir una zona llena dunas, cerros de arena, bastante agradable a la vista, nos detuvimos y nos bajamos del carro para tomarnos unas fotos. Fiorella lucía como una verdadera beduina. Me pidió que le sacara una foto enfocando como paisaje la rara belleza del desierto. Al pasarme su máquina fotográfica pude fijarme, fugazmente, en una de sus manos. Me llamó la atención porque tenía los dedos pequeños, que lucían delicados, con la piel sensible, y estaban como pelándose. Además, tenía las cutículas todas destruidas. Se notaba que sus uñas estaban a punto de acabarse, de tanto haber sido mordidas. Casi no tenía uñas, detalle que delataba a una chica ansiosa, y se lo comenté. Recibí en el rostro, como respuesta, su carcajada al viento, fuerte, libre, la cual retumbó como eco. Luego, se volteó y me dio la espalda. Y como conservaba aún conmigo su máquina fotográfica aproveché para tomarle una foto en la posición en la que se encontraba, o sea, dándome la espalda; observando la base de una duna. Así que, le tomé la foto en esa posición, para que se llevara de recuerdo una foto espontánea, no posada. Algo inusual, porque la fotografía le permitiría enterarse de cómo lucía detrás, cómo era la forma su espalda y su posadera.

Aún estábamos al borde de la piscina del hotel cuando continuó contándome sobre ella: “En Estados Unidos no había un solo día en que mis padres no pensaran en mí. No recuerdo ni una sola semana que no me llamaran, o me enviaran dinero. Recibía tanto que pude satisfacer fácilmente todos mis caprichos: tener ropa bonita, ir seguido al cine con mis nuevas amigas, comer en restaurantes, instalar cable en mi habitación, internet y un celular súper chévere”.

Y me aclaró, también, que lo más importante fue el hecho de que casi todo su dinero lo utilizó en libros, o en ahorrar, a espaldas de su abuela, porque soñaba con viajar para reunirse con sus padres y conocer a su hermanito “gringo”: <<Siempre fui, a pesar de todas las complicaciones que tuve en mi vida, una excelente estudiante; por eso pude continuar mis estudios en una universidad americana>>- me aclaró.

Conocí a Fiorella en este su primer viaje de regreso a su país. Había llegado al Ecuador después de diez años de ausencia y por suerte para mí estaba aprovechando sus vacaciones escapándose a Perú para conocer, un poco, la ciudad de una de sus compañeras de la universidad.

Yo estaba coincidiendo con ella en ese viaje por Ica; estaba visitando por curiosidad el desierto. Quería confirmar la teoría que había escuchado decir sobre los cánticos que emanaban de sus arenales, del desierto de colores: me habían dicho que eran sonidos y colores sobrenaturales.

Había llegado, también,  impulsada por todos esos cuentos fantásticos que había escuchado narrar sobre la belleza magnética de su desierto y porque me encanta observar hipnotizada esos ríos de arena, canten o no sus dunas, de colores ocres o canelas. Estábamos al sur de Lima. Éramos las únicas mujeres pasajeras en ese carro tubular, arenero, que nos estaba llevando de paseo por el desierto. Pronto nos dimos cuenta de que a las dos nos embrujaba ese territorio arenoso; experimentábamos la misma sensación de euforia en nuestros cuerpos al subir o bajar por las dunas. Descubrimos que nos impresionaba el misterio que se escondía detrás de esos cerros movedizos. Ambas queríamos investigarlos e intuíamos que la única forma de saber exactamente lo que había detrás de ellos,  a sus espaldas, era recorriéndolos. Solo lograríamos saber si caeríamos o no al vacío, debido a la inercia de la velocidad que llevaba el carro al atravesar ese mar de arena, escalando la cima de cada cerro movedizo e ir viviendo la experiencia de su descenso.

Compartíamos el gusto por esa sensación de desolación que produce el estar en medio del desierto, alucinar al imaginarse estar perdido, de haberse quedado solo en esa inmensidad que era un verdadero laberinto borgiano. El viento, a su paso iba arrasando voluntarioso con la faz de su superficie y transformaba su relieve ondulante en algo diferente en cada segundo.

Las dos teníamos la angustiosa necesidad de demostrar a los hombres del grupo que no sentíamos ningún miedo, aunque eso significaba que debíamos ser las primeras en acomodarnos sobre las tablas de esquiar y deslizarnos por las faldas de esas dunas, sin prestar atención al fracaso de los otros turistas que nos habían antecedido.

Fue así que nos deslizábamos aferradas a nuestras tablas, sosteniéndonos firmes el mayor tiempo posible. Pero ambas terminábamos cayendo peligrosamente en medio de un cerro suave de arena, y terminábamos rodando, tragando arena, hasta llegar a los pies de cualquier duna envueltas con los gránulos del desierto.

Poco a poco iba conociendo, escuchando su risa mientras respiraba esos olores a mar que permanecían cautivos ahí en el desierto; escondidos a través de los siglos; disfrutando de los sones que producía el viento al maniobrar sus ágiles pinceladas para ondular su perfil.

En ese viaje había perdido el sombrero que Fiorella me había prestado cuando una ráfaga de viento ladrón fue capaz de arrebatármelo. Según el guía, a veces, solo era una broma del desierto pues devolvía lo que nos arrebataba; sorpresivamente dejaba todo en la cima de alguna duna.

Me fijé que Fiorella también disfrutaba del hecho de estar en medio de ese desierto color canela, de los ventiscos que hacían crujir las piedras macizas escondidas debajo de esos gránulos de arena y que disfrutaba, como yo, de los cánticos de las dunas que se producían a raíz de las avalanchas. Yo también había llegado a Ica atraída por todo eso que sucedía en el desierto, hipnotizada por los ronroneos que surgen de las profundidades de la arena; aquellos sonidos similares a los que suelen utilizar, para sus mantras, los monjes tibetanos, que se dice ellos copiaron de las Dunas.

Fiorella soltaba su risa al viento. Se la escuchaba unas veces alegre, otras temerosa; la mayor parte del tiempo lanzaba gritos de guerra, cuando sentía que se le paraba su corazón, o se le acababa su aliento, durante el recorrido de subir y bajar montañas. Sí, es verdad. Era una simpática coincidencia el que estuviéramos alojadas, también, en el mismo hotel; en el Paracas. Y que llegáramos casi juntas al regresar del paseo a instalarnos al borde de la piscina, para regodearnos con la frescura de la noche.

Otra coincidencia era que yo era una mujer interesada en la música, tanto como para entusiasmarme cuando Fiorella me dijo que debíamos acompañar nuestra tertulia con música y se encaminó a su habitación en busca de su violín. Dejó pendiente nuestra conversación sobre su preocupación por todas aquellas personas, que como sus padres, tuvieron que emigrar dejando a sus hijos solos, o al cuidado de otras personas. Así me enteré que había estudiado sociología para poder hacer algo por ellos. Entre sus planes estaba el pasar una temporada en Cuenca para realizar unos estudios sobre esos niños producto de la migración.

Estábamos recostadas al borde de la piscina conversando, para ser sincera, yo estaba escuchando el monólogo de Fiorella, que para mí tenía su encanto pues no me gusta hablar y prefiero escuchar; influenciada, tal vez, por haber oído decir continuamente a mi abuela que por algo Dios nos dio dos oídos pero una sola boca.

Fiorella protegía su rostro, mientras conversábamos en la piscina, con el sombrero que había llevado puesto esa mañana en el paseo por el desierto, como si no notara que hacía rato ya había comenzado a caer la noche. Y cubría su cuerpo, en traje de baño, con un pañuelo, a pesar de no haberse sumergido ni una sola vez en la piscina.

Me volví a fijar, sin querer, en sus dedos de sus manos y de sus pies, heridos. Sus uñas sin cutículas, detalle que se hacía más evidente cuando sostenía su copa con jugo de frutas. Eso me llevó a hacerle el mismo comentario que le había hecho en la mañana: ¿<<ansiosita>>?, le pregunté, <<¡te comes las uñas!>>le dije. Ella, como respuesta, me volvió a regalar la sinfonía de su carcajada.

Me dejó con su risa aún resonando como eco cuando se levantó y comenzó a alejarse de mí para dirigirse a su habitación en busca de su violín. Hizo el intentó, apenas, de virar la cabeza hacia mí al escuchar mi voz cuando le pregunté: <<¿por qué se te dañan tanto las uñas de tus pies? Me había dado cuenta de que la piel de los dedos de sus pies también estaban destruidos.>> Pero ella no se volteó a mirarme ni hizo comentario alguno. Se comportó como si la pregunta no iba dirigida a nadie. ¡Era cierto! La cutícula de los dedos de sus manos, como de sus pies, estaban desprendidas y sus dedos tenían heridas, rosadas, como si la sangre estuviera en la superficie; a punto de brotar.

Cuando retornó con su violín, Fiorella se quedó en silencio, parada a un costado del sillón, donde habíamos permanecido toda la tarde, y se alistó a acomodar el instrumento a su cuello. Posiblemente emocionada con la idea de tocarlo no se fijó que se le había caído al piso el pañuelo con el que cubría su cuerpo. Comencé a observar su cuerpo, sin querer, y reaccioné sin darme cuenta; me sorprendió ver su cuerpo en traje de baño. La luz que salía del tumbado del hotel resaltaba no solo sus curvas sino también ciertos detalles en su cuerpo que creí en la obligación de hacérselo notar. Entre sus curvas, bien proporcionadas, se dejaban ver, especialmente  en sus piernas, unas marcas, huellas lilas, brillantes, como si algún malvado la hubiera marcado o flagelado.    Observé con detenimiento sus piernas y caí en cuenta de que en sus brazos también mostraban las mismas marcas. Le llamé la atención disgustada: <<¿Qué te pasó Fiorella? ¿Por qué no te cuidaste? ¿Por qué no hidrataste tu cuerpo para evitar esas marcas; no tener esas estrías?>> la increpé.

Esta vez no escuché su carcajada y ni siquiera perfiló una sonrisa. Recogió pensativa el pañuelo que se le había caído y volvió a cubrir su cuerpo. Me entregó unas partituras para que las mantuviera a la altura que ella me había señalado; se colocó bien el violín y comenzó a tocarlo. Terminó algunas piezas ¿cuáles? sinceramente no sabría decirlo; yo solo había percibido su emoción aunque no había atendido su repertorio. Demasiados pensamientos habían llegado hasta mí en ese momento. No la había escuchado ni había atendido su música, pero la había sentido vibrar con lo que estaba interpretando, percibí cómo la melodía salía y entraba a su interior cada vez con más potencia. La imagen de su cuerpo joven, hermoso de formas, pero marcado de esa manera, me había transportado hacia la ficción. Imaginé a mi heroína siendo golpeada: Cómo había sido atacada por demonios, monstruos, que tenían fuerzas ultra poderosas y que se alimentaban de piel humana. Visualicé la lucha constante, tenaz, de mi heroína defendiendo su órgano, no sólo la parte exterior, la que se veía, sino también aquella que recubría toda la superficie de sus órganos, de esos malvados invasores que la atacaban sin compasión.

<<¡Es lupus!>> -me gritó a la cara Fiorella, sin terminar la pieza que estaba tocando. Dejó el violín a un costado y me aclaró: <<tengo… ¡esquizofrenia inmunológica! “La de las mil caras”. Y, ahí sí, al terminar la frase me obsequió su carcajada. Para mí, lupus o como se llamara el problema que ella tenía me daba igual, porque no lograba captar sus repercusiones. Sospechaba que se trataba de alguna enfermedad, pero nada más. Porque cuando a uno no le toca es, generalmente, indiferente a cualquier mal. Fiorella me aclaró que su enfermedad estaba controlada, pero la foto-sensibilidad, así como la hipersensibilidad a los rayos ultravioletas, era lo que le causaban el mayor problema. Todos los rayos que emanaba el astro motivaban, o nutrían, a su invasor. ¡Qué contradicción! pues el sol es fuente de vida; pero a ella el exceso de defensas, la estaban matando. Me atreví a recriminarla su actitud de la mañana. Le increpé su actuación de ese día en el desierto. Hice que se diera cuenta de lo irresponsable que había sido, con ella misma, al exponerse a tanto sol;  al pasear en pleno sol y calor que se expuso. No imaginan la respuesta que me dio. Para mí, viajar en el desierto, o deslizarme por las dunas, significó un desafío; una aventura que me llenó de orgullo porque a mis casi setenta años me atrevía a vencer uno de mis miedos y al hacerlo me hizo sentir joven nuevamente. Sabía que deslizándome sobre la tabla, desde esa considerable altura, lo máximo que me podía pasar era tentar a la suerte y salir con un raspón o una fractura. Pero para Fiorella ese paseo significó todo: provocó a la enfermedad y le hacía una llamada a la muerte. Y aún sabiendo eso no se acobardó. Recuerdo que Fiorella me respondió: <<No quiero que la enfermedad me imponga siempre sus reglas. Creo que tengo derecho a hacer realidad algunos de mis sueños ¿no?>>. Entonces, le pedí que, por favor, me volviera a mostrar sus piernas y sus brazos. Y ¡sí!, mi imaginación había exagerado un poco la imagen. Creo que llevada por la idea, preconcebida, de que un cuerpo joven, era perfecto. Fiorella tenía rasguños. Esas pocas huellas eran de triunfo, de batallas ganadas a favor de la vida pues, las altas dosis de corticoides le dejaban marcas en las que las cremas no tenían ningún rol. Y la enfermedad sensibilizaba su piel y la ponía frágil y delicada. La gran simuladora, la gran impostora, la de las mil caras, llaman a esta enfermedad por lo polifacética que es a la hora de manifestarse.

Después, durante la noche bromeamos un rato más sobre esos nombres. Le dije a Fiorella que el lupus tenía muy buen gusto al haberla escogido para manifestarse. Y ella me aclaró que estos dos eventos: el viaje de sus padres en su niñez, como su enfermedad, eran las experiencias que habían marcado su vida. Reconoció que el dolor de la ausencia de ellos se vio recompensado en el momento en que pudieron enfrentarse con su enfermedad. Fiorella estaba consciente de que en el Ecuador, posiblemente, no hubieran sabido, o podido salvarla; el Lupus era una enfermedad que requería de muchos cuidados.

Supe que la risa de Fiorella no era una máscara; era el resultado de la alegría de poder vivir con la mayor normalidad posible. Aún recuerdo su figura frágil, la forma cómo me había abrazado después de que tomamos desayuno, antes de despedirnos. Ella partía con su amiga a visitar  el lago de Huacachina y yo para a la cama a llenarme de fuerzas, para tener que gastar en mi recorrido por la tarde por los viñedos de Ica, iba a observar, si tenía suerte, cómo destilaban  pisco.

 

 

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LA PRÓRROGA

La prórroga

 

 

Wera pasó esa noche intranquila, con pesadillas. Víspera de su viaje soñó con unos hombres enmascarados que se le acercaban hasta sus narices, se quitaban sus máscaras en cámara lenta, una y otra, vez burlándose de ella. Solo el despertar los esfumó y, sin embargo, no puso fin a su ahogo. Lo primero que hizo fue tomar el teléfono y tratar de cancelar la reservación de su vuelo; temió que esa pesadilla fuera premonitoria; pero, en ese momento crucial se impuso su profesionalismo y más bien, tomó su máquina fotográfica y salió en busca del avión que la llevaría a su destino.

Wera era fotógrafa profesional. Ya había recorrido gran parte del mundo escudriñando lugares, captando imágenes para sus exposiciones. Pero, aún le quedaba algo pendiente; soñaba con fotografiar la selva amazónica peruana; que ejercía en ella un poder magnético. Consciente de esa atracción rechazaba la idea de regresar; aún le quedaban rezagos del trágico vuelo anterior, cuyas consecuencias persistían en su interior y ni los mejores psicólogos habían logrado aún estabilizarla.

Después de reflexionarlo, y decidida a romper con sus temores, a superar la angustia de los recuerdos del pasado, optó por subirse a ese avión. Al fin y al cabo, “retornaré a casa”, se dijo a sí misma; buscando aliviarse. Terminó de convencerse cuando imaginó las fotografías de la vegetación amazónica, su gente, y sus animales salvajes exhibiéndose en las paredes de la galería. La admiración que se ganaría de sus amigos por su valentía, al haber retornado a ese lugar que tanta angustia le causaba. Además, Wera quería regresar a ver cómo estaba la casa de sus padres, lugar donde había pasado sus vacaciones, y que llevaba abandonada ya algunos años.

Dentro del avión se acomodó para leer y así evitar quedarse dormida, no quería caer en la pesadilla que la perseguía. En vano intentaba escapar de los destellos de los recuerdos que guardaba en su inconsciente de ese trágico vuelo; cada vez que volaba recordaba o soñaba lo mismo, y en esta ocasión temía que fuera peor: estaba yendo por la misma ruta que tomó con sus padres aquel día.

Los pasajeros en el avión iban animados y conversaban entre ellos; Sofía, su compañera de asiento, no era la excepción; en cuanto se sentó le comenzó a hablar; le comentó que en el hospital, situado a las afueras de la ciudad a dónde iban, dos enfermeras más se habían suicidado. Todos aún recordaban a la anterior enfermera que se había ahorcado dos años antes, le dijo. La nota de suicidio que dejó, en la que declaraba que lo hacía por un amor imposible, produjo comentarios. Todos en el pueblo, le dijo Sofía, se preguntaban qué había detrás de esas muertes que involucraban al médico alemán, al director del hospital, a quien todos llamaban “Herrdoktor.”

 

Cuando el vuelo llegó a su fin, y mientras Wera descendía del avión, una ráfaga de calor húmedo y un olor familiar le dio la bienvenida; lo que le animó a tomar fotografías. Ya instalada en su hotel salió de inmediato a pasear por las calles para sacar fotos de la ciudad, de los nativos: fotografió a las mujeres de faldas negras con adornos de figuras geométricas bordadas con hilos multicolores, quienes cubrían sus pechos con sus collares de dientes de animales, piedras y semillas. También, a las que llevaban a sus niños a la espalda y le ofrecían sus flechas y arcos; a los hombres que exigían un dólar por cada fotografía, y pacientes esperaban, unos metros delante de sus mujeres, que les entregara el dinero.

Los días siguientes Wera se dedicó a buscar el lugar ideal, y preciso, para la foto que usaría para la publicidad de la exposición; tenía listo su equipo y conocía la zona. Se internaría en la selva, pero antes tomó fotos al río Ucayali que daba la bienvenida a la ciudad, con sus casas en alto sobre grandes troncos, para que pudieran danzar con las inundaciones; y a los niños que nadaban en esas aguas poco cristalinas junto a las pirañas.

Poco a poco se fue internando en la selva, y cuando el taxi ya no pudo avanzar más ella continuó a pie. Cuando llegó a la casa, que una vez compartió con sus padres, la embargó la tristeza, se apoderó de ella la soledad, el dolor y finalmente la resignación. Por fuera lucía como una casa abandonada, apolillada. Por dentro, las sábanas con las que cubrieron las pocas cosas que tenían, para subsistir en esa zona, se habían deteriorado, estaban curtidas y percudidas; apenas las tocaba se desasían. No obstante, su osadía de haber atravesado esa selva llena de recuerdos y de los miedos de antaño, le llenaba de orgullo; sabía que estaba enfrentando su pasado y reconciliándose con él y con la selva.

Al día siguiente, aprovechando que quedaba cerca, visitó su cueva preferida. Fotografió a las lechuzas que aún vivían ahí, a los murciélagos que la seguían invadiendo, y a las esculturas de arcilla y piedra que una vez esculpió con su padre. Las estatuas aún estaban intactas, un poco más oscuras y llenas de moho; pero fijas en el mismo sitio donde las habían dejado: a la entrada, como guardianes de la cueva.

De regreso a la ciudad se enteró que aún seguía actual la noticia de los suicidios de las enfermeras. Wera también se contagió de la curiosidad por conocer más sobre ese caso, y se encaminó al hospital. Se sorprendió de haberse olvidado lo bonito que era, lo recóndito que estaba, y del lago de enfrente que servía de puerto para los botes y de pista para los hidroaviones.

Se acordaba, y había tomado nota, de todos los comentarios que había escuchado y leído sobre el caso; las cientos de historias que se entretejían sobre ese doctor y el suicidio de las enfermeras. Sabía que el hospital estaba manejado por una fundación: los jefes eran alemanes y el resto, los demás médicos, enfermeros, y auxiliares, eran nativos de la selva; muchos de ellos trilingües; su lengua nativa, el shipibo, español e inglés.

Con la cámara lista Wera acechó durante ese día el hospital y fotografió a todo aquel que entraba o salía. Quería retratar el rostro de quien se comentaba era el causante de más de tres suicidios ahí. Recordó las historias que le habían contado, que algunos pacientes desaparecían de las salas de operación para ser sometidos a experimentos, que esterilizaban a las mujeres sin su consentimiento y que los suicidios no eran tales, sino que las enfermeras descubrían quién era “Herrdoktor”, lo que ocultaba, su pasado; su verdadera identidad.

 

El mismo día que llegó Wera, y estuvo sacando sus fotografías a los nativos que se le cruzaban, y a la misma ciudad, un helicóptero había sobrevolado la granja de Sofía. Del cielo habían caído volantes que fueron recogidos por los niños de su familia. Todos llevaban el mismo mensaje: “NECESITO ATERRIZAR”. Todos ya estaba familiarizados con a esa solicitud: con señas le mostraron al aviador el lugar de siempre.

Mientras el aparato descendía, ráfagas de viento y polvo azotaba los rostros de los presentes. De la nave descendió Antonio, el aviador, quien era hijo de un notable abogado que se hizo muy allegado a la familia de Sofía. Desde que supo que el padre de Sofía era fanático del ajedrez, acostumbró a visitarlos para jugar con él. Hacía una temporada que estaba visitando esa ciudad, por uno o dos días, llegaba para ayudar a su padre en los asuntos referentes a uno de sus clientes importante; eso les dijo. Llegaba en su avioneta que acuatizaba en el lago, al lado del hospital, luego tomaba su helicóptero y se dirigía hacia el centro de la ciudad. Pero, tuvo mala experiencia cuando dejó su aparato en un espacio libre que encontró, era una cancha de fútbol; por eso, prefería la seguridad que le proporcionaba la granja de Sofía.

Wera, después de un par de meses de fotografiar todo lo que pudo y complacida con los resultados, pero agotada del trabajo, y luego de utilizar los últimos tres rollos que tenía, cayó en cuenta de que le quedaba en su último día la tarde libre. Recordó la invitación que le hizo Sofía de visitarla, lo amable que fue al invitarla a conocer la granja de su padre, para que admirara los peces ornamentales que nadaban en las acercas de la casa, y los gallos de pelea que criaban; que según Sofía eran de postal; así decidió aprovechar el tiempo que le quedaba.

Al llegar Wera a la granja, y tocar el portón, un muchacho robusto le abrió y la acompañó hasta el interior de la casa. Ahí se encontraba también Antonio, Sofía se lo presentó. Al escuchar voces que se acercaban a la sala, Antonio dirigió la mirada hacia donde provenían y se unió a los dos hombres que salían de la habitación contigua; quienes siguieron conversando y se encaminaron, de inmediato, en dirección a la puerta de salida; Sofía se les unió.

Wera supuso que uno de ellos era el padre de Sofía, por el parecido; porque el otro hombre era muy diferente a ellos. Era alto, y demasiado blanco, tenía la nariz aguileña y mirada enigmática. Cuando este personaje descubrió a Wera se interesó en ella; observó, desde lejos, pero con detenimiento, y en forma intimidante, la cámara fotográfica que colgaba de su cuello. Wera, al sospechar la identidad del personaje, tomó su cámara fotográfica y buscó en vano en sus bolsillos, y en su bolso, un rollo nuevo. La frustración se apoderó de ella cuando no lo encontró. Sin pensarlo dos veces se acercó al grupo, pero ellos ya se habían subido al helicóptero.

Antonio, antes de perderse en la nave, sacó la cabeza y extendiendo sus brazos les hizo un adiós. Wera, se sintió decepcionada al ver cómo se alejaba la nave con sus tripulantes se. Mientras el helicóptero ascendía los que estaban en tierra se protegían del viento y del polvo. Y cuando entraron a la casa Sofía le confirmó a Wera la identidad del visitante: era “Herrdoktor”. Y le contó que su padre ese día había amanecido algo adolorido, enfermo, y Antonio fue en busca del doctor alemán; debía a su padre muchos favores.

Un poco antes, Sofía, observando el cielo, en dirección por donde se alejaba el helicóptero, comentó que le parecía rara la ruta que había tomado Antonio. Ella se había dado cuenta que cuando él se dirigía hacia el lago, para ir al hospital, se iba por el este, y cuando se dirigía al pueblo tomaba el sur. Por eso, ella no entendía hacia qué dirección se dirigían en ese momento al haber tomado la ruta del norte.

Wera sabía que la experiencia que acababa de vivir no quedaría como una simple anécdota. Este personaje, del “Herrdoktor”, le atraía; demasiado llamaba su atención el misterio que envolvía su vida; ella también era alemana.

Ya en el avión que le regresaba a Lima, desde dónde iba a tomar su vuelo al extranjero, se consternó cuando leyendo el periódico se enteró que “Herrdoktor” no había acudido, ese día, 10 de febrero de 1975,  a testificar en el juicio en el caso de los suicidios; y que nadie conocía sobre su paradero. Eso le motivó aún más a querer investigar el caso por su cuenta. Tenía grabado en la memoria el rostro del “doktor”; sabía, además, a dónde dirigirse.

 

En Alemania, la exposición estaba por inaugurarse y todo se mostraba como un gran éxito. Sin embargo, a pesar de sus ocupaciones profesionales, Wera no había olvidado a “Herrdoktor”. Se había comunicado con unos investigadores privados que rastreaban a los nazis fugitivos, escondidos en Sudamérica. Ella quería descartar esta posibilidad antes de definir el caso de las enfermeras como un problema sentimental.

La cita con uno de los investigadores privados se concretó para ese día a las 18h00, al atardecer; empezarían revisando y comparando fotografías. Wera salió con tiempo de su casa hacia la dirección que le habían dado. Manejaba distraída por la ancha avenida, apreciando el manto blanco y ondulado que había formado la nieve. Y, de repente, se encontró con un camión que circulaba en contravía y a gran velocidad. Las luces de sus faros la enceguecieron, e instintivamente giró el timón tratando de esquivar el impacto. Desesperada presionó el freno hasta el fondo. Escuchó su chirriar y el claxon del otro carro.

Se aferró fieramente al timón de su vehículo y cerró los ojos. Se turbó al percibir que ella se duplicaba: veía una Wera asustada, abrazada al timón, y a la otra etérea que volaba. Pudo, además, visualizar el momento en que años atrás su avión, que le llevaba a la selva amazónica, comenzó a corcovear. Las subidas y caídas al vacío arrojaban algunas bandejas al suelo, pero los pasajeros, impasibles, no se movían de sus puestos; estaban acostumbrados a estas sorpresas; en esa zona, y en esa temporada en la selva amazónica, eran normales los vuelos movidos y las tormentas.

Wera sintió cómo el avión continuaba vibrando en la oscuridad cuando atravesó esa larga nube negra y la tempestad llena de rayos y relámpagos. Sintió y vio, otra vez, la mano de su padre tomando la suya para reconfortarla. Revivió el momento cuando el rayo partió su avión y ella fue a caer sobre la copa de un árbol, y luego cuando bajaba, para reencontrarse con sus padres.

Pero se fijó que permanecía abrazada al timón y que de sus ojos cerrados escapaban lágrimas de dolor. Finalmente, escuchó un sonido fuerte; como el que hacía un huevo al caer sobre una piedra, o el de un perro callejero, hambriento, cuando mastica los huesos que encuentra.

Wera no pudo evitarlo. Su auto impactó estrepitosamente y se incrustó en ese camión sin chofer. Un adormecimiento grato invadió todo su cuerpo. Estallaron luces y destellos que la envolvieron en ondas multicolores. Una fuerza extraña la levantó y la llevó a gran velocidad. Se vio etérea, fusionadas ya las dos Weras. Y como un solo ser  las dos alejándose del accidente hasta arribar a un lugar con antesalas, pasillos y múltiples puertas, justo en el preciso momento para responder:<< PRESENTE>>; cuando alguien, con una lista en la mano, preguntaba  por Wera.

 

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RAMONA

Camino a casa

 

Un día encontré debajo de la puerta de mi casa una esquela con saludos de una pareja amigos de mi ex, Ramón, a quienes no veía desde hacía mucho tiempo. Habían llegado del extranjero y me invitaban a compartir un almuerzo con ellos. Revisé el número telefónico del hotel en el que se hospedaban y traté de contactarlos. Eran pasadas las diez  de la noche cuando los llamé; la recepcionista me indicó que ellos no se encontraban y que no habían regresado al hotel desde la mañana, temprano, que habían salido.

Al día siguiente intenté nuevamente comunicarme con ellos y la recepcionista del hotel me repitió las palabras de la noche anterior, ellos no estaban; pero habían dejado indicado que si yo llamaba que me dijeran que me invitaban a almorzar.

Antes de pasar por el hotel a visitarlos, aproveché la mañana para recorrer almacenes, tratando de encontrar un regalo para la pareja, finalmente caí en lo de siempre; me decidí por los libros.

Llegué al hotel a la hora en que me habían citado, un conserje me hizo pasar y esperar a la pareja bajo la sombra de un parasol, al lado de la piscina. Mientras me servían el aperitivo dejé el paquete con los libros a un costado de la mesa, y mi atención se dirigió a la piscina. Me fijé en la sombra que estaba sumergida al fondo, en su ritmo delicado de pez humano que apenas movía la superficie del agua, y en el ovillo de colores que refractaba la luz; el cual se veía como un nudo enmarañado de brillos rojos, azules, amarillos y morados, que perseguían los bordes de la piscina.

Distrajo mi atención y mi mirada a ese fenómeno óptico la llegada de la pareja. Estaban irreconocibles, diferentes a la imagen que guardaba de ellos; él había perdido casi todo el cabello y ambos habían ganado varios kilos.

Me sorprendió saber que sería la única invitada a ese almuerzo, los abrazos que les di no disimularon mi extrañeza, y recordé que Ramón, de quien llevaba separada varios años, me los había presentado; él era el amigo de ellos, no yo. Y para romper el hielo de ese raro encuentro entregué a la mujer el paquete con los libros, le dije que había vuelto a caer en la rutina, que no sabía obsequiar otra cosa.

Se sentaron junto a mí, pero casi de inmediato sonó el celular de él. Luego de excusarse, para contestarlo, se alejó de la mesa sosteniendo en la mano uno de los libros que yo acababa de entregárselos, se acercó hasta el borde de la piscina, y se puso a hablar dándome la espalda.

Mientras yo observaba al hombre, su mujer no dejaba de hablarme. Advertí, sin querer, el aleteo de sus pestañas y capté los golpecitos que con sus uñas daba sobre la mesa: sin disimular intentaba evitar que siguiera observando a su marido.

El hombre intercalaba su conversación: dialogaba algunas veces con la sombra, que de rato en rato emergía de la piscina, que hacía poco yo había estado observando y, otras, con ese otro alguien a través del celular. Cuando terminó de hablar se acercó hasta la mesa donde yo acompañaba a su mujer y se excusó. De inmediato abandonó el hotel sin dar ninguna explicación.

Después del almuerzo, que finalmente lo compartimos las dos mujeres, me despedí para dirigirme a mi casa. Salí algo confundida por la situación, convencida de que algo se traían entre manos esa pareja.

Me dirigí a mi casa, pero para llegar a ella se tiene que atravesar un largo camino desolado que queda en pleno campo. Después de mi separación de Ramón me alejé también de la ciudad, busqué un lugar tranquilo, apacible donde vivir y dedicar mi tiempo a la escritura. Y cuando di con uno ideal, armé mi biblioteca, me llené de hojas, lápices y plumas. Pero en vano trasnochaba con las tasas repletas de café, los ojos fijos en el papel y la pluma pendiente de unas cuantas palabras coherentes; sin embargo, sólo lograba pequeñas anécdotas, líneas sin valor alguno; y a pesar de toda esa experiencia, literariamente improductiva, era feliz.

Salí de la ciudad y apenas me adentré en el camino desolado, divisé a unos metros a un grupo de personas merodeando por los alrededores, y a unos cuantos uniformados rodeando a un hombre tirado en el suelo. Pasé con dificultad bordeándolos, por un lado del camino, y aceleré lo más que pude para alejarme de ese lugar; no quería entorpecer el paso de la ambulancia que se la escuchaba llegar y estaba cerca.

Ya dentro de mi casa decidí olvidar ese día lleno de situaciones absurdas, incomprensibles, y me propuse ponerme a descansar; pero no pude. No pasó mucho tiempo que me había recostado en la cama para intentar leer a Cortázar cuando el timbre del teléfono, y de mi casa, me sacó de la concentración. Era la policía que llamaba a mi puerta para pedirme que, por favor, me acercara a la morgue para identificar un cuerpo que sospechaban era el de Ramón.

Me quedé petrificada, al escucharlos, sin cerrar la puerta corrí a lavarme la cara tratando de escapar de lo que suponía era un sueño, una pesadilla; pero fue inútil, no soñaba; dos policías estaban en mi casa. Ellos mismos se ofrecieron conducirme y acompañarme a la morgue.

Cuando llegamos, los policías me escoltaron hasta la sala de la morgue donde se encontraba el cuerpo que tenía que identificar. Recorrimos un pasadizo sombrío, que me pareció me llevaba hacia un patíbulo. Los agentes caminaban silenciosos expeliendo de sus cuerpos el olor de las docenas de cigarrillos que habían fumado en todo el día. Y yo caminaba como una sonámbula sin poder dilucidar qué había pasado con Ramón.

Cuando llegamos a una habitación, me hicieron pasar y acercar hasta una camilla, donde cubierto con una sábana estaba un cadáver. La sala estaba congelada, pero yo no notaba la diferencia que tenía con la temperatura de mi cuerpo. Mi corazón se inquietó mucho más, como bárbaro daba golpes dentro de mi pecho. Cuando dirigí la mirada al cadáver, mis vísceras se removieron porque reconocí en ese cuerpo acostado a mi ex; a Ramón.

Confirmé a los policías la identidad del muerto y ellos de inmediato me dijeron que Ramón había sido asesinado y que yo debía presentarme a sus oficinas para contestarles algunas preguntas y  hacer mi declaración. Estuve de acuerdo y les seguí.

Recién en la comisaría se me confirmó que era sospechosa de ese asesinato, se me acusaba de haber contratado a unos sicarios para asesinar a Ramón, pues yo era la única beneficiaria de su póliza de vida. Ramón, a pesar de nuestra separación, y de vivir con otra, nunca cambió el nombre de la beneficiaria de su póliza de novecientos mil dólares.

Me dijeron, además, que habían encontrado en poder de Ramón un libro con huellas digitales mías. Cuando me lo mostraron resultó ser uno de los libros que había acabado de comprar esa mañana para regalárselo a la pareja, amiga de Ramón, a la que había ido a buscar a ese hotel para almorzar.

Supe, de inmediato, que estaba en apuros. Ramón y yo no estábamos realmente divorciados, solo separados; y yo era la única beneficiaria de su póliza de vida, de casi un millón de dólares. Contesté a los policías todas las preguntas que me hicieron respecto a mis movimientos de esa mañana, de mi relación con aquella pareja a quién había obsequiado el libro, pasé la prueba del polígrafo; pero, aún así, se me prohibió abandonar el país.

Volví a casa abrumada, con miles de preguntas en la cabeza; no sabía explicarme quién me odiaba tanto como para involucrarme en ese asesinato, o quién odiaba a Ramón de esa manera. Por qué la policía creía que yo había contratado sicarios para matar a Ramón,  por qué me creía capaz de contratar a asesinos profesionales cuando mi ex y yo ya estábamos separados y llevábamos una buena relación: los dos, con el tiempo, habíamos olvidado esa famosa póliza de vida que yo terminé pagando.

Pero eso no era todo; durante mi ausencia alguien había deslizado por debajo de la puerta una nueva esquela. La recogí, e impaciente, me puse a leerla. Ésta decía: “Querida Ramona”. Me estremecí al reconocer ese apelativo tan personal; Ramón era el único que lo había usado durante nuestros años felices. Volví la mirada a la esquela para continuar con la lectura:

“Querida Ramona:

Te extrañará que te llame Ramona, pero no tengo otro apelativo para ti…”.

Pero cuando intenté seguir leyendo, lo que yo ya había escrito para la esquela, con el fin de continuar con este cuento, no pude…, un corte de energía había borrado toda la continuación del texto.

 

 

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REENCUENTRO

Tejido Shipibo

 

 

El guía que piloteaba el barco iba con los ojos adormilados, debido al resplandor del sol, y a la aparente monotonía del viaje. Le había pedido que me llevara a atravesar el lago, quería conocer sus extremos, para realizar una visita a ese camuflado cementerio, donde las traidoras anguilas y las hambrientas pirañas se alimentaban de los ingenuos.

Llegamos hasta una bifurcación del lago; al frente se veía un triángulo rocoso desde donde se podía apreciar una pequeña población. Me cautivaron las chozas rústicas de los nativos, elevadas sobre troncos y las inmensas tortugas que estaban ahí, y se movían perezosas.

Los nativos provocaron en mí el deseo de conocerlos, de apreciar de cerca la simetría de los bordados de las faldas de sus mujeres, y admirar la precisión de los artistas prolijos que diseñaban sus demás tejidos y artesanías.

En cuanto se enteraron de mi deseo de llegar hasta el cuello de la laguna, se asombraron. Una de las mujeres le dijo algo en su dialecto al viejo de rasgos achatados y mirada pícara, que había llegado con una vara sobre los hombros de la cual colgaban algunas pirañas; el viejo, en esa misma lengua, le respondió a la mujer y todos se rieron.

Decidí continuar mi recorrido. La espuma que batían las olas que se formaban a nuestro paso parecía una crema pastelera que cubría el naranja verdoso de la capa de hojas que se mecía a la deriva; hojas que la selva arrojaba para que el viento se encargara de sus destinos.

Al virar y alejarnos del triángulo comenzamos a deslizarnos a mayor velocidad. El guía me explicó que se debía a que navegábamos con la corriente a favor; que las aguas entraban débiles por uno de los extremos a través de una angosta garganta, formando lo que se creía y se llamaba lago. Y el agua salía por el otro extremo, con la fuerza de un huracán, y haciendo remolinos se fusionaba con las del Amazonas.

Navegamos hasta llegar a una curva donde los árboles de ambas orillas del lago se rozaban entre sí, amenazando con desplomarse sobre nosotros. Ese roce de los árboles producía un silbido agudo, que el guía me afirmó era el canto de los ahogados.

El hombre no quiso seguir avanzando más, resolvió que debíamos regresar, que era muy peligroso continuar porque estábamos cerca de la salida al Amazonas; pero se tuvo que enfrentar con mi furia.

Él supo de antemano lo que yo quería hacer; había decidido visitar los extremos del lago y él ya me había cobrado por ese viaje; hacía mucho tiempo que venía soñando con ese recorrido, momento en el que intentaría descifrar un misterio.

El argumento del guía de que internarnos sería peligroso no me importaba, que nos arriesgábamos a ser arrastrados hasta el río Amazonas y que la embarcación no era fuerte como para contrarrestar la atracción de la corriente, ese era su problema: le aclaré que él debió advertirme, desde un principio, de la situación. Él conocía mis intenciones: yo pude haber contratado a otro.

Haciendo caso omiso de su advertencia lo obligué a continuar con el recorrido. Contra su voluntad apagó el motor, para deslizarnos solo con la fuerza de las aguas, o con los remos.

El camino se estrechó un poco más, estrangulado por la selva. El roce de las hojas de los árboles en esa selva tupida dejaba escuchar claramente el sonido de una caída de agua, parecido al que hace una fuerte lluvia.

Seguimos avanzando sin alejarnos de la orilla. El guía continuaba insistiendo en que de avanzar más seríamos expulsados, irremediablemente, al temible Amazonas, y que la embarcación no resistiría. Yo trataba de no escuchar sus palabras, pero la embarcación comenzó a bambolearse, la garganta prometía tragarnos. Y para retener la nave el guía tomó uno de los remos que había en el barco y lo incrustó en la orilla más cercana; eso sirvió como freno.

Luego, sacó el ancla y la lanzó contra la tupida selva; éste abrazó un árbol y quedamos suspendidos; éramos una hoja más a la deriva.

El guía comenzó a gritar pidiendo ayuda, con la esperanza de que los que vivían cerca nos escucharan; pero no se veía nada, ni a nadir. El tiempo pasaba sin piedad y el odio que proyectaba la mirada del hombre eran dardos contra mí.

Al decaer la tarde se completó el panorama desolador. El cielo rojizo se dejaba ver débil a través de la enmarañada selva, los sapos en su reino croaban, las bestias salvajes se hacían oír, comunicándonos que estaban hambrientas.

Como presagio de mal agüero la rama de un árbol viejo pasó rozando la embarcación; el guía refunfuñaba en voz baja.

Yo percibí el frío de su miedo cuando, escondido en un montículo, divisamos el brillo de un objeto ovalado. Yo intenté atraparlo con el otro remo que estaba por ahí, pero el guía me lo arrebató. Al oído me susurró que ese bulto podría ser un lagarto y me ericé. De todas maneras tomé la caña de pescar, e intenté llegar hasta el bulto y lo toqué varias veces buscando su reacción; no era un lagarto.

Decidida, liberé el objeto de la maleza y lo atrapé. Una idea fugaz se me cruzó por cabeza; pensé en un tesoro, en una estatua perdida de los templos de la selva, imaginé un jarrón valioso, a Aladino y su lámpara maravillosa.

El bulto llegó hasta mí con la sonrisa congelada; había pasado mucho tiempo metido en el agua.

Reconocí, a través de ese par de orificios que me observaban, mi propia mirada y mi propio terror buscando una salida en el laberinto inmenso de las aguas de ese lago. Cuando el guía observó incrédulo mi hallazgo, le transmití la imagen del remolino, de cómo mis pies, suponiéndose en tierra, se hundieron en ese pozo; de cómo agotada de luchar acepté con resignación mi fin.

 

 

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LA CURVA

 

 Capilla abierta en el camino

 

La capilla abierta, escondida entre dos ficus, dejaba escapar el olor a jazmín de los arreglos del recinto. Algunos cirios se quemaban ahí adentro, las luces de sus llamas bailaban ondulantes; pero no lograban iluminar a la rata que afuera relamía las gotas de sangre del piso, que de rato en rato, se escapaban por las rendijas de un carro.

Lo dejaron junto a la capilla, a unos metros de ahí. Aún seguía solitaria la carretera donde él había tomado, tantas veces indiferente, esa curva en busca de sus clientes. Si le preguntaron alguna vez, si se fijó en la capilla que estaba después de esa vuelta, su respuesta debió haber sido negativa.

Presionado en el asiento de su viejo Volkswagen, fragmentada su columna y sus piernas, “El Cretino” agonizó lentamente como una más de sus víctimas. Su Mercedes Benz y el BMW descansaban en el garaje de su casa; cuando trabajaba, no debía impresionar, decía.

Aquel día, se subió al apuro a su vehículo y se internó en la carretera solitaria, y como un lobo fue en busca de su presa. Ella lo había citado, y le esperaba en ese paraje, a un costado de la capilla.

“El Cretino”, con poder para obtener del banco lo que pedía, con sólo su palabra, exigía garantías y elevados intereses a sus víctimas. Como prestamista, intimidaba, presionaba por todas las líneas del círculo, atemorizaba dejando libre sólo al insomnio y la desesperación.

Un chillido de felicidad dejó escapar la rata advirtiendo a sus compañeros del banquete; con sones casi imperceptibles le respondieron las cucarachas que se habían apoderado de las sobras de los bocadillos que “El Cretino” tenía en el Volkswagen.

 

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EN LA CUMBRE

 

SACRIFICIO HUMANO

 

…Con cada roca que escalaba avanzaba un peldaño más y me acercaba a la cumbre. La montaña era menos alta de lo que aparentaba y mucho más agreste de lo que supuse. Lejos quedaba la habitación repleta de aparatos y aquel que me había ordenado que contara del uno al diez.

Por fin me sentía libre, pero al observar el valle parcelado, sus figuras geométricas de diferentes tonos, me sentí disminuido, indefenso.

Sin proponérmelo, percibí el roce de telas almidonadas y los rostros camuflados de los fantasmas blancos que rodeaban mi camilla. Sus voces, en tonos bajos, me llegaban con las ráfagas del viento. Me aletargué y quedé casi hipnotizado, volátil. Con alivio logré pensar que todo era producto de mi imaginación y continué escalando.

De improviso aparecieron unos jóvenes, y me encontré frente a ellos, quienes llevaban cintos en sus cabezas y arrastraban a un hombre aparentemente drogado que no oponía resistencia. Nuestro encuentro era inevitable. Repararon en mí, porque estaba obstaculizando el camino; me quedé un momento estático, sin respirar. Los jóvenes arrojaron a un lado su carga y levantaron sus manos contra mí, con desafiantes cuchillos.

Por instinto, retrocedí para huir y evitar el ataque; pero al hacerlo perdí el equilibrio y caí; comencé a rodar por aquella roca. A lo lejos se escuchaba ordenar más oxígeno, más sangre. El golpe de un rayo de luz, sobre mí me encegueció y molestó; alguien había levantado mis párpados y observaba detenidamente mis ojos.

Al rodar fui a caer dentro de una cueva, la cual camufló mi cuerpo. Desde donde estaba escuchaba el grito de guerra de los jóvenes que me buscaban. Yo rogaba para que mi corazón dejara de latir, para que no diera golpes, y no delatara mi presencia.

Desde ese lugar podía vigilarlos. Los jóvenes cansados de buscarme, y no dar conmigo, se alejaron de la cueva. Recogieron el cuerpo que habían dejado tirado y continuaron arrastrándolo hasta acostarlo sobre una piedra ceremonial. El líder del grupo comenzó a abrir el pecho de la víctima y con un par de estacas separó el esternón y las costillas. Luego, recogía la sangre que chorreaba de ese cuerpo y la volvía a verter sobre él.

Yo pude ver el corazón de ese hombre fuera de su cuerpo, el cual aún latía solitario, como impulsado por algún mecanismo. Los jóvenes, cuando dieron al hombre por muerto, lo abandonaron en ese mismo lugar; y se alejaron desafiantes.

Dejé pasar un tiempo y sabiéndome fuera de peligro me acerqué a observar a la víctima. Miré su rostro, el color de sus cabellos, su nariz, la boca, y hasta los ojos, eran una reproducción exacta de los míos. No encontraba respuesta a lo que estaba sucediendo; me sentía mareado, con nauseas.

Sin querer, y sin darme cuenta del cómo, me volví a encontrar en la sala con los encapuchados. Extendí mi brazo extenuado y sentí la suave textura de la piel de una mujer que tomaba mi mano y la sostenía suavemente. Yo aproveché para sujetar con fuerza esas manos, con la esperanza de aferrarme a la vida y salir de la pesadilla que estaba viviendo. Escuché el lamento de la mujer, como un eco monótono, repetía:

<< me la está triturando, me la está triturando>>.

A partir de ese incidente me vi regresando a la montaña, hasta donde estaba el hombre. Trataba de sacarlo de ese altillo, donde lo habían sacrificado, y llevarlo a mi escondite; con la esperanza de poder resucitarlo, curar sus heridas. Aspiré una bocanada de aire para multiplicar mis fuerzas y poder arrastrarlo hasta el interior de la cueva.

La caverna se veía clara y libre de peligro. Sus bordes habían sido pulidos minuciosamente para que nadie se lastimara. Tuve la convicción de haber descubierto un lugar especial, un santuario. Al interior, a un costado, había un columpio, parecido a los que tienen los parques para los niños. El asiento era de piedra la cual estaba sostenida por dos gruesas cadenas. Me senté sobre la piedra sosteniendo sobre mis muslos, como autómata, el cuerpo del hombre sacrificado. Con nuestro peso activé algún mecanismo, y éste comenzó a levantarnos. Me sostuve fuerte a las cadenas, para no caernos.

El columpio nos llevó hasta la cumbre de la montaña, la cual terminaba en un balcón. Comencé a gritar; golpeaba las paredes para llamar la atención de alguien. Un olor a crisantemos invadía el lugar, lo que me trajo recuerdos de los aromas de las coronas que adornaban  las tumbas en los cementerios.

Dejé la carga a un lado, bajé del columpio, y me encaminé al final del balcón; una suave brisa marina llegó hasta mí.

Yo, abría y cerraba los ojos para asegurarme de que no estaba sufriendo una nueva alucinación.

Sorprendentemente, en ese lugar, desde cualquier ángulo del balcón se podía apreciar todas las regiones del Ecuador. Al mar lo tenía enfrente con sus extensos arenales plateados, sus rocas y palmeras. Al Oriente, la selva repleta de árboles, de animales; de tigrillos estaban al alcance de mis manos. Podía apreciar, también, al Tungurahua, la Cordillera con sus velos blancos y faldas marrones.

Deseé repasar una y otra vez estas imágenes, pero la luz del foco de la lámpara, que alguien había colocado sobre mi rostro, me encegueció y lo impidió.

Con la poca fuerza que había adquirido, intenté arrancarme la máscara y tirar el tubo que habían introducido en mi garganta.

Cuando recordé al cuerpo que había dejado al lado del columpio me acerqué a él y traté de cargarlo para llevarlo hasta el balcón, para que él también pudiera apreciar todo ese panorama, pero… ya fue tarde.

 

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RUTINA

ARLEQUINES BAILANDO

 

Gabriela abre su bolso, no se contenta con auscultar su interior, sino que esperanzada mete la mano y rebusca adentro una y otra vez. El monedero liviano y sin sonido le confirma su sospecha; está vacío: no le queda más que ir en busca de la virgen.

Se para sobre el reclinatorio y así logra llegar hasta la corona y de ahí saca un bulto pequeño: desanuda las puntas del pañuelo y encuentra las diez monedas de un dólar que siempre separa para las emergencias. Saca dos y deja las otras escondidas ahí mismo y se aleja recomendando a la virgen que siga protegiendo su tesoro.

Sus tres hijas están ya en el colegio, les ha preparado el desayuno con el último dólar que quedaba para los gastos del mes y aún faltaban ocho para que éste se termine. Tomaron un café apenas oscuro, pero lo suficientemente caliente como para abrigarse, y un pedazo de pan para que pudieran resistir la jornada de clases.

Luego, Gabriela se dirige a la caja del Seguro Social donde su madre junto con otros jubilados hace huelga de hambre para presionar al gobierno y a los diputados a que suban sus pensiones. Su madre y los demás viejos la reciben contentos como si ella fuera hija de todos.

Gabriela se alarma con los círculos oscuros que descubre alrededor de los ojos de su madre y de su color amarillo que no le presagia nada bueno. Su madre, como los demás viejos, prefiere morir en la huelga: luchando, para no dejar como herencia esas pensiones miserables a los jubilados del futuro.

Gabriela coloca el sorbete en la boca de su madre para ayudarla a ingerir algo de líquido, mientras la escucha decir que los mareos le han regresado, los dolores de sus piernas son más fuertes, y que le molestan mucho cuando por alguna, inexplicable, descarga eléctrica son impulsados y se mueven a su voluntad.

Ella no podía dejar de mirar lo gris del ambiente, de la sala donde estaban reunidos todos los jubilados; y de vez en cuando ayudaba a beber a algunos otros viejos que estaban solos; quienes la miraban, unos con sus grandes ojos negros, endurecidos y pesadas mandíbulas, y otros que apenas movían los labios, con manos temblorosas, rostros amarillos, flacos y mirada ausente, intentando servir para algo.

Después del abrazo a su madre y las recomendaciones de llamar por ayuda si tuviera una emergencia, se despide hasta más tarde.

De regreso a casa, Gabriela camina un par de cuadras hasta llegar al paradero del bus. Espera que pase uno que la lleve directo a casa, de lo contrario tendría que hacer trasbordo en una hora difícil.

Al llegar a su casa comienza nuevamente con su rutina de cambiarse sus ropas de calle y ponerse las de diario. Toma el rastrillo, sale al patio a recoger las hojas secas que la noche y el viento robaron al árbol de mango y dejaron tiradas, como olvidadas. Las coloca dentro de una funda negra de basura para que queden ahogadas y enterradas; le sirvan después como abono  para el jardín.

Con la manguera riega las macetas con los brotes de tomates y pimientos que cada día luchan defendiéndose de las hormigas que devoran sus hojas. Con agua y un poco de detergente baldea el piso y el sh-sh-sh de la escoba molesta a Cleo, la gata de los vecinos, que se cree en su casa y la mira molesta.

Pasa luego al interior para comenzar su batalla contra el polvo y los trastos sucios. Antes de empezar, sus ojos se posan sobre el cuadro de los arlequines, que hasta hacía poco miraba con curiosidad y miedo. Cuando una de sus hijas colgó ese cuadro, a ella le pareció tan real que mucho tiempo temió que estos arlequines abandonaran el cuadro y la asustaran.

Sin embargo, llegó el día en que pudo enfrentarse a esos rostros blancos, maquillados, con cuerpos eternizados en una misma posición, con los pies en puntillas y los brazos listos para la danza imitando a unas bailarinas.  Y cuando se acostumbró a mirarlos sin miedo esos minutos se convirtieron en importantes. Se permitía no sólo imitar sus gestos, sino también soñar con una vida llena de aventuras. Con ellos aprendió a desvincularse de su realidad y de sus problemas: los arlequines existían, no sólo como proyecciones de su pensamiento, sino que la acompañaban con sus rostros expresivos llenos de vigor. Subyugada dentro de ese mundo, y sin que ella se diera cuenta, todos los días la casa comenzó a quedar brillando.

 

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