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Archive for 27 noviembre 2016

TU CUERPO

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Tu cuerpo

                               imaginado se ha roto,

                           proyecta en el vacío

                 formas ensombrecidas,

               de lo que hoy ya no es;  

                         pero ayer, tal vez lo fueron.

                                    Se ha roto

                                            a pesar de haber sido

                                   esbozo de mis sueños,

                         creado por mi locura de palabras,

                y articulado con música

                                                   de poesía.

 

 

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SOY

soy

                                               un alma que flota en la mañana,

                              un espejismo que el viento aleja

                             del volcán de su propia rutina,

                      y arrastra hacia la nave donde perviven sus sueños.

                     Soy

                    un alma que se eleva de entre la vida cotidiana,

                    una mano que arranca a otros las palabras,

                                       para escribir sus propias creaciones.

 

 

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LA PRÓRROGA

La prórroga

 

 

Wera pasó esa noche intranquila, con pesadillas. Víspera de su viaje soñó con unos hombres enmascarados que se le acercaban hasta sus narices, se quitaban sus máscaras en cámara lenta, una y otra, vez burlándose de ella. Solo el despertar los esfumó y, sin embargo, no puso fin a su ahogo. Lo primero que hizo fue tomar el teléfono y tratar de cancelar la reservación de su vuelo; temió que esa pesadilla fuera premonitoria; pero, en ese momento crucial se impuso su profesionalismo y más bien, tomó su máquina fotográfica y salió en busca del avión que la llevaría a su destino.

Wera era fotógrafa profesional. Ya había recorrido gran parte del mundo escudriñando lugares, captando imágenes para sus exposiciones. Pero, aún le quedaba algo pendiente; soñaba con fotografiar la selva amazónica peruana; que ejercía en ella un poder magnético. Consciente de esa atracción rechazaba la idea de regresar; aún le quedaban rezagos del trágico vuelo anterior, cuyas consecuencias persistían en su interior y ni los mejores psicólogos habían logrado aún estabilizarla.

Después de reflexionarlo, y decidida a romper con sus temores, a superar la angustia de los recuerdos del pasado, optó por subirse a ese avión. Al fin y al cabo, “retornaré a casa”, se dijo a sí misma; buscando aliviarse. Terminó de convencerse cuando imaginó las fotografías de la vegetación amazónica, su gente, y sus animales salvajes exhibiéndose en las paredes de la galería. La admiración que se ganaría de sus amigos por su valentía, al haber retornado a ese lugar que tanta angustia le causaba. Además, Wera quería regresar a ver cómo estaba la casa de sus padres, lugar donde había pasado sus vacaciones, y que llevaba abandonada ya algunos años.

Dentro del avión se acomodó para leer y así evitar quedarse dormida, no quería caer en la pesadilla que la perseguía. En vano intentaba escapar de los destellos de los recuerdos que guardaba en su inconsciente de ese trágico vuelo; cada vez que volaba recordaba o soñaba lo mismo, y en esta ocasión temía que fuera peor: estaba yendo por la misma ruta que tomó con sus padres aquel día.

Los pasajeros en el avión iban animados y conversaban entre ellos; Sofía, su compañera de asiento, no era la excepción; en cuanto se sentó le comenzó a hablar; le comentó que en el hospital, situado a las afueras de la ciudad a dónde iban, dos enfermeras más se habían suicidado. Todos aún recordaban a la anterior enfermera que se había ahorcado dos años antes, le dijo. La nota de suicidio que dejó, en la que declaraba que lo hacía por un amor imposible, produjo comentarios. Todos en el pueblo, le dijo Sofía, se preguntaban qué había detrás de esas muertes que involucraban al médico alemán, al director del hospital, a quien todos llamaban “Herrdoktor.”

 

Cuando el vuelo llegó a su fin, y mientras Wera descendía del avión, una ráfaga de calor húmedo y un olor familiar le dio la bienvenida; lo que le animó a tomar fotografías. Ya instalada en su hotel salió de inmediato a pasear por las calles para sacar fotos de la ciudad, de los nativos: fotografió a las mujeres de faldas negras con adornos de figuras geométricas bordadas con hilos multicolores, quienes cubrían sus pechos con sus collares de dientes de animales, piedras y semillas. También, a las que llevaban a sus niños a la espalda y le ofrecían sus flechas y arcos; a los hombres que exigían un dólar por cada fotografía, y pacientes esperaban, unos metros delante de sus mujeres, que les entregara el dinero.

Los días siguientes Wera se dedicó a buscar el lugar ideal, y preciso, para la foto que usaría para la publicidad de la exposición; tenía listo su equipo y conocía la zona. Se internaría en la selva, pero antes tomó fotos al río Ucayali que daba la bienvenida a la ciudad, con sus casas en alto sobre grandes troncos, para que pudieran danzar con las inundaciones; y a los niños que nadaban en esas aguas poco cristalinas junto a las pirañas.

Poco a poco se fue internando en la selva, y cuando el taxi ya no pudo avanzar más ella continuó a pie. Cuando llegó a la casa, que una vez compartió con sus padres, la embargó la tristeza, se apoderó de ella la soledad, el dolor y finalmente la resignación. Por fuera lucía como una casa abandonada, apolillada. Por dentro, las sábanas con las que cubrieron las pocas cosas que tenían, para subsistir en esa zona, se habían deteriorado, estaban curtidas y percudidas; apenas las tocaba se desasían. No obstante, su osadía de haber atravesado esa selva llena de recuerdos y de los miedos de antaño, le llenaba de orgullo; sabía que estaba enfrentando su pasado y reconciliándose con él y con la selva.

Al día siguiente, aprovechando que quedaba cerca, visitó su cueva preferida. Fotografió a las lechuzas que aún vivían ahí, a los murciélagos que la seguían invadiendo, y a las esculturas de arcilla y piedra que una vez esculpió con su padre. Las estatuas aún estaban intactas, un poco más oscuras y llenas de moho; pero fijas en el mismo sitio donde las habían dejado: a la entrada, como guardianes de la cueva.

De regreso a la ciudad se enteró que aún seguía actual la noticia de los suicidios de las enfermeras. Wera también se contagió de la curiosidad por conocer más sobre ese caso, y se encaminó al hospital. Se sorprendió de haberse olvidado lo bonito que era, lo recóndito que estaba, y del lago de enfrente que servía de puerto para los botes y de pista para los hidroaviones.

Se acordaba, y había tomado nota, de todos los comentarios que había escuchado y leído sobre el caso; las cientos de historias que se entretejían sobre ese doctor y el suicidio de las enfermeras. Sabía que el hospital estaba manejado por una fundación: los jefes eran alemanes y el resto, los demás médicos, enfermeros, y auxiliares, eran nativos de la selva; muchos de ellos trilingües; su lengua nativa, el shipibo, español e inglés.

Con la cámara lista Wera acechó durante ese día el hospital y fotografió a todo aquel que entraba o salía. Quería retratar el rostro de quien se comentaba era el causante de más de tres suicidios ahí. Recordó las historias que le habían contado, que algunos pacientes desaparecían de las salas de operación para ser sometidos a experimentos, que esterilizaban a las mujeres sin su consentimiento y que los suicidios no eran tales, sino que las enfermeras descubrían quién era “Herrdoktor”, lo que ocultaba, su pasado; su verdadera identidad.

 

El mismo día que llegó Wera, y estuvo sacando sus fotografías a los nativos que se le cruzaban, y a la misma ciudad, un helicóptero había sobrevolado la granja de Sofía. Del cielo habían caído volantes que fueron recogidos por los niños de su familia. Todos llevaban el mismo mensaje: “NECESITO ATERRIZAR”. Todos ya estaba familiarizados con a esa solicitud: con señas le mostraron al aviador el lugar de siempre.

Mientras el aparato descendía, ráfagas de viento y polvo azotaba los rostros de los presentes. De la nave descendió Antonio, el aviador, quien era hijo de un notable abogado que se hizo muy allegado a la familia de Sofía. Desde que supo que el padre de Sofía era fanático del ajedrez, acostumbró a visitarlos para jugar con él. Hacía una temporada que estaba visitando esa ciudad, por uno o dos días, llegaba para ayudar a su padre en los asuntos referentes a uno de sus clientes importante; eso les dijo. Llegaba en su avioneta que acuatizaba en el lago, al lado del hospital, luego tomaba su helicóptero y se dirigía hacia el centro de la ciudad. Pero, tuvo mala experiencia cuando dejó su aparato en un espacio libre que encontró, era una cancha de fútbol; por eso, prefería la seguridad que le proporcionaba la granja de Sofía.

Wera, después de un par de meses de fotografiar todo lo que pudo y complacida con los resultados, pero agotada del trabajo, y luego de utilizar los últimos tres rollos que tenía, cayó en cuenta de que le quedaba en su último día la tarde libre. Recordó la invitación que le hizo Sofía de visitarla, lo amable que fue al invitarla a conocer la granja de su padre, para que admirara los peces ornamentales que nadaban en las acercas de la casa, y los gallos de pelea que criaban; que según Sofía eran de postal; así decidió aprovechar el tiempo que le quedaba.

Al llegar Wera a la granja, y tocar el portón, un muchacho robusto le abrió y la acompañó hasta el interior de la casa. Ahí se encontraba también Antonio, Sofía se lo presentó. Al escuchar voces que se acercaban a la sala, Antonio dirigió la mirada hacia donde provenían y se unió a los dos hombres que salían de la habitación contigua; quienes siguieron conversando y se encaminaron, de inmediato, en dirección a la puerta de salida; Sofía se les unió.

Wera supuso que uno de ellos era el padre de Sofía, por el parecido; porque el otro hombre era muy diferente a ellos. Era alto, y demasiado blanco, tenía la nariz aguileña y mirada enigmática. Cuando este personaje descubrió a Wera se interesó en ella; observó, desde lejos, pero con detenimiento, y en forma intimidante, la cámara fotográfica que colgaba de su cuello. Wera, al sospechar la identidad del personaje, tomó su cámara fotográfica y buscó en vano en sus bolsillos, y en su bolso, un rollo nuevo. La frustración se apoderó de ella cuando no lo encontró. Sin pensarlo dos veces se acercó al grupo, pero ellos ya se habían subido al helicóptero.

Antonio, antes de perderse en la nave, sacó la cabeza y extendiendo sus brazos les hizo un adiós. Wera, se sintió decepcionada al ver cómo se alejaba la nave con sus tripulantes se. Mientras el helicóptero ascendía los que estaban en tierra se protegían del viento y del polvo. Y cuando entraron a la casa Sofía le confirmó a Wera la identidad del visitante: era “Herrdoktor”. Y le contó que su padre ese día había amanecido algo adolorido, enfermo, y Antonio fue en busca del doctor alemán; debía a su padre muchos favores.

Un poco antes, Sofía, observando el cielo, en dirección por donde se alejaba el helicóptero, comentó que le parecía rara la ruta que había tomado Antonio. Ella se había dado cuenta que cuando él se dirigía hacia el lago, para ir al hospital, se iba por el este, y cuando se dirigía al pueblo tomaba el sur. Por eso, ella no entendía hacia qué dirección se dirigían en ese momento al haber tomado la ruta del norte.

Wera sabía que la experiencia que acababa de vivir no quedaría como una simple anécdota. Este personaje, del “Herrdoktor”, le atraía; demasiado llamaba su atención el misterio que envolvía su vida; ella también era alemana.

Ya en el avión que le regresaba a Lima, desde dónde iba a tomar su vuelo al extranjero, se consternó cuando leyendo el periódico se enteró que “Herrdoktor” no había acudido, ese día, 10 de febrero de 1975,  a testificar en el juicio en el caso de los suicidios; y que nadie conocía sobre su paradero. Eso le motivó aún más a querer investigar el caso por su cuenta. Tenía grabado en la memoria el rostro del “doktor”; sabía, además, a dónde dirigirse.

 

En Alemania, la exposición estaba por inaugurarse y todo se mostraba como un gran éxito. Sin embargo, a pesar de sus ocupaciones profesionales, Wera no había olvidado a “Herrdoktor”. Se había comunicado con unos investigadores privados que rastreaban a los nazis fugitivos, escondidos en Sudamérica. Ella quería descartar esta posibilidad antes de definir el caso de las enfermeras como un problema sentimental.

La cita con uno de los investigadores privados se concretó para ese día a las 18h00, al atardecer; empezarían revisando y comparando fotografías. Wera salió con tiempo de su casa hacia la dirección que le habían dado. Manejaba distraída por la ancha avenida, apreciando el manto blanco y ondulado que había formado la nieve. Y, de repente, se encontró con un camión que circulaba en contravía y a gran velocidad. Las luces de sus faros la enceguecieron, e instintivamente giró el timón tratando de esquivar el impacto. Desesperada presionó el freno hasta el fondo. Escuchó su chirriar y el claxon del otro carro.

Se aferró fieramente al timón de su vehículo y cerró los ojos. Se turbó al percibir que ella se duplicaba: veía una Wera asustada, abrazada al timón, y a la otra etérea que volaba. Pudo, además, visualizar el momento en que años atrás su avión, que le llevaba a la selva amazónica, comenzó a corcovear. Las subidas y caídas al vacío arrojaban algunas bandejas al suelo, pero los pasajeros, impasibles, no se movían de sus puestos; estaban acostumbrados a estas sorpresas; en esa zona, y en esa temporada en la selva amazónica, eran normales los vuelos movidos y las tormentas.

Wera sintió cómo el avión continuaba vibrando en la oscuridad cuando atravesó esa larga nube negra y la tempestad llena de rayos y relámpagos. Sintió y vio, otra vez, la mano de su padre tomando la suya para reconfortarla. Revivió el momento cuando el rayo partió su avión y ella fue a caer sobre la copa de un árbol, y luego cuando bajaba, para reencontrarse con sus padres.

Pero se fijó que permanecía abrazada al timón y que de sus ojos cerrados escapaban lágrimas de dolor. Finalmente, escuchó un sonido fuerte; como el que hacía un huevo al caer sobre una piedra, o el de un perro callejero, hambriento, cuando mastica los huesos que encuentra.

Wera no pudo evitarlo. Su auto impactó estrepitosamente y se incrustó en ese camión sin chofer. Un adormecimiento grato invadió todo su cuerpo. Estallaron luces y destellos que la envolvieron en ondas multicolores. Una fuerza extraña la levantó y la llevó a gran velocidad. Se vio etérea, fusionadas ya las dos Weras. Y como un solo ser  las dos alejándose del accidente hasta arribar a un lugar con antesalas, pasillos y múltiples puertas, justo en el preciso momento para responder:<< PRESENTE>>; cuando alguien, con una lista en la mano, preguntaba  por Wera.

 

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