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Archive for 17 mayo 2016

RUTINA

ARLEQUINES BAILANDO

 

Gabriela abre su bolso, no se contenta con auscultar su interior, sino que esperanzada mete la mano y rebusca adentro una y otra vez. El monedero liviano y sin sonido le confirma su sospecha; está vacío: no le queda más que ir en busca de la virgen.

Se para sobre el reclinatorio y así logra llegar hasta la corona y de ahí saca un bulto pequeño: desanuda las puntas del pañuelo y encuentra las diez monedas de un dólar que siempre separa para las emergencias. Saca dos y deja las otras escondidas ahí mismo y se aleja recomendando a la virgen que siga protegiendo su tesoro.

Sus tres hijas están ya en el colegio, les ha preparado el desayuno con el último dólar que quedaba para los gastos del mes y aún faltaban ocho para que éste se termine. Tomaron un café apenas oscuro, pero lo suficientemente caliente como para abrigarse, y un pedazo de pan para que pudieran resistir la jornada de clases.

Luego, Gabriela se dirige a la caja del Seguro Social donde su madre junto con otros jubilados hace huelga de hambre para presionar al gobierno y a los diputados a que suban sus pensiones. Su madre y los demás viejos la reciben contentos como si ella fuera hija de todos.

Gabriela se alarma con los círculos oscuros que descubre alrededor de los ojos de su madre y de su color amarillo que no le presagia nada bueno. Su madre, como los demás viejos, prefiere morir en la huelga: luchando, para no dejar como herencia esas pensiones miserables a los jubilados del futuro.

Gabriela coloca el sorbete en la boca de su madre para ayudarla a ingerir algo de líquido, mientras la escucha decir que los mareos le han regresado, los dolores de sus piernas son más fuertes, y que le molestan mucho cuando por alguna, inexplicable, descarga eléctrica son impulsados y se mueven a su voluntad.

Ella no podía dejar de mirar lo gris del ambiente, de la sala donde estaban reunidos todos los jubilados; y de vez en cuando ayudaba a beber a algunos otros viejos que estaban solos; quienes la miraban, unos con sus grandes ojos negros, endurecidos y pesadas mandíbulas, y otros que apenas movían los labios, con manos temblorosas, rostros amarillos, flacos y mirada ausente, intentando servir para algo.

Después del abrazo a su madre y las recomendaciones de llamar por ayuda si tuviera una emergencia, se despide hasta más tarde.

De regreso a casa, Gabriela camina un par de cuadras hasta llegar al paradero del bus. Espera que pase uno que la lleve directo a casa, de lo contrario tendría que hacer trasbordo en una hora difícil.

Al llegar a su casa comienza nuevamente con su rutina de cambiarse sus ropas de calle y ponerse las de diario. Toma el rastrillo, sale al patio a recoger las hojas secas que la noche y el viento robaron al árbol de mango y dejaron tiradas, como olvidadas. Las coloca dentro de una funda negra de basura para que queden ahogadas y enterradas; le sirvan después como abono  para el jardín.

Con la manguera riega las macetas con los brotes de tomates y pimientos que cada día luchan defendiéndose de las hormigas que devoran sus hojas. Con agua y un poco de detergente baldea el piso y el sh-sh-sh de la escoba molesta a Cleo, la gata de los vecinos, que se cree en su casa y la mira molesta.

Pasa luego al interior para comenzar su batalla contra el polvo y los trastos sucios. Antes de empezar, sus ojos se posan sobre el cuadro de los arlequines, que hasta hacía poco miraba con curiosidad y miedo. Cuando una de sus hijas colgó ese cuadro, a ella le pareció tan real que mucho tiempo temió que estos arlequines abandonaran el cuadro y la asustaran.

Sin embargo, llegó el día en que pudo enfrentarse a esos rostros blancos, maquillados, con cuerpos eternizados en una misma posición, con los pies en puntillas y los brazos listos para la danza imitando a unas bailarinas.  Y cuando se acostumbró a mirarlos sin miedo esos minutos se convirtieron en importantes. Se permitía no sólo imitar sus gestos, sino también soñar con una vida llena de aventuras. Con ellos aprendió a desvincularse de su realidad y de sus problemas: los arlequines existían, no sólo como proyecciones de su pensamiento, sino que la acompañaban con sus rostros expresivos llenos de vigor. Subyugada dentro de ese mundo, y sin que ella se diera cuenta, todos los días la casa comenzó a quedar brillando.

 

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EN EL TREN

Oración en la habitación

 

 

Entré en el compartimiento del tren que me llevaría de París a Frankfurt y me acomodé en el único lugar disponible, tres hombres taciturnos, de piel grisácea y ojos color del oro, eran mis únicos compañeros de viaje. Hablaban entre sí en voz baja, como si se confesaran. Por el murmullo de sus voces, repleta de sones y vaivenes lejanos de mil y una noches, deduje que usaban algún lenguaje remoto desconocido por mí. Sus ropas occidentales intentaban, sin lograrlo, camuflar sus verdaderas raíces, sus orígenes lejanos de alfombras y Aladinos.

Saqué de mi bolso un libro, se notaba con claridad que era una traducción al español, les enviaba un mensaje, les aseguraba que sus confidencias estarían a salvo conmigo. Antes de concentrarme en la lectura, solté mis cabellos que llevaba asegurados con una vincha; estos cayeron sobre mi espalda. Moví continuamente la cabeza para relajar mi cuello y mis hombros. Las hebras se deslizaron suaves al ritmo del vaivén que realizaba. Sentí los labios resecos y con el lápiz labial los lubriqué.

Al principio no caí en cuenta de la mirada inquisidora de esos tres pares de ojos pálidos. Tres rostros, que percibí como desde un velo gris, clavaban sobre mí los faros de sus linternas. Me observaban a tal punto que me hicieron sentir incómoda, como si hubiera cometido una imprudencia o quebrado una regla de convivencia en las cabinas de pasajeros de tren. Ahora existiría no sólo la frontera de los signos desconocidos, remotos de nuestras culturas, sino también, el ser ellos hombres y yo mujer.

Suspiré aliviada cuando esos ojos inquisidores se apartaron de mí. Experimenté, por un segundo, la sensación de paz, luego se volvieron a dirigir entre sí una expresiva mirada. Y cuando ésta retornó, penetrante a mí, la sostuve; el reto duró unos segundos; no me dejé intimidar.

A partir de ese momento el viaje continuó en un ambiente de Antártica. Los hombres apenas continuaron susurrándose y rara vez volvieron a mirarme. Permanecieron como perdidos en el laberinto de sus pensamientos, rememoraban, talvez me equivoque, sus anhelos, o el temor que sentían al percibirse en ese tren que los alejaban de sus jarrones mágicos y sus mujeres con velos.

Mientras yo trataba, inútilmente, de diferenciar en mi libro a los Valois, de los Médicis y los Guisas, llegamos a nuestro destino. Mentalmente me despedí de aquellos compañeros con quienes las circunstancias me habían unido unas horas en el mismo destino.

Tomé un taxi y me dirigí al hotel en donde tenía reservada una habitación. Recuerdo aún el susto que contuve cuando en la recepción me encontré con los tres compañeros que acababa de dejar en la estación. Recordando que habíamos pasado juntos algunas horas en ese compartimiento del tren, les regalé una generosa sonrisa como saludo.

Percibí su sorpresa. Ante mi familiaridad se desconcertaron. Me respondieron casi indiferentes con un vago gesto con la cabeza. Volví a sentir el filo de la mirada que se enviaban entre ellos. Luego, se encaminaron al ascensor y para sorpresa mía un par más de esos mismos rostros afilados, casi idénticos, se les acercaron. Juntos continuaron caminando, hablando con ese mismo murmullo de sones que comenzaba a serme familiar, y se perdieron de mi vista.

Luego de establecerme en el hotel salí a recorrer los alrededores de la ciudad. Al regresar noté que la puerta de mi habitación estaba semiabierta, la abrí. Me sorprendí descubrir dentro de ella docenas de cuerpos hincados sobre sus rodillas, con sus torsos inclinados hasta el suelo, creo, no estoy segura, con las manos extendidas.

Me alejé temblorosa, de pánico, consciente de haber profanado una habitación que no era la mía. Mis prejuicios sobre fanatismo religioso, de ciertos grupos, me hicieron temer lo peor. Había visto aquellos hombres meditando. Supuse que practicaban algún rito especial pues no descubrí entre ellos ni una sola mujer. Esa noche aseguré todas las cerraduras, hasta la silla, la mesa, y la misma cama, coloqué contra la puerta de mi habitación; permanecí pendiente de los pasos que se daban en el corredor.

Pasé toda la semana dominando la paranoia, para poder salir a visitar la ciudad. Pero no lograba tranquilizarme, yo, constantemente, volvía a encontrarme con los hombres del tren.

Siempre me imaginaba en peligro inminente, ojos acechándome, huellas y pasos detrás mío. Susurros.

Un día no soporté la presión de encontrar rostros de los que no podía definir sus diferencias y dejé la ciudad; estaba consciente de que mi falta de mundo me estaba limitando…

 

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