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Archive for 29 enero 2012

Si tuviese que escribir un cuento sobre La angustia lo llamaría La de las mil caras, porque ese título refleja, a mi ver, el modus operandi de La Angustia. En español, La Angustia lleva nombre de mujer. García Lorca en Bernarda Alba bautiza a una de las hijas con ese nombre. Angustia es un personaje que prácticamente no dice nada; pero, cuando lo hace es para señalar de alguna manera un tipo de peligro, que pudiese atentar contra la vida. La angustia para actuar se diversifica, se manifiesta de variadas formas; se arma de una serie de señales y advertencias con el fin de llamar la atención y provocar, así, un estado de turbación. Las señales las emite para que actúen como cualquier luz roja de un semáforo,  reclamando el estado de alerta  del sujeto. Esa luz roja se presenta para indicarle que debe ponerse en posición y prepararse para defenderse del inminente peligro que se le avecina.

Lacan, en su seminario 10, nos dice que la angustia es un color.  Asegura también que es un afecto y que está en relación con el significante. Y, no debe pasar desapercibido el hecho de que diga que la angustia siempre conserva la estructura del fantasma. Freud, por su lado, asegura que la angustia es una señal que se produce en el límite del yo cuando éste se ve amenazado por algo que no debe aparecer. Lacan, a su vez, reconfirma que la característica principal de la angustia es la amenaza. Y que a pesar de todos los rodeos que da, y de su lenguaje diverso, ésta es la señal que no engaña. La angustia se comporta, entonces, como un asistente personal; como un semáforo inteligente que mantiene encendida la luz roja para prevenirnos de un peligro contra la vida.

En el Horla de Maupassant, cuento mencionado por Lacan, en su seminario 10, que trata justamente sobre la angustia, podemos apreciar algunas de sus manifestaciones. En este cuento, el narrador pone en evidencia la existencia de una otra realidad. La presencia de una dimensión desconocida, hasta ese momento, por el personaje. Éste comienza a experimentar que esa nueva dimensión, cada vez más seguido, se le cruza en su vida. En el cuento se destaca la turbación que experimenta el personaje cuando entabla contacto y relación con un Otro que pertenece a esa nueva realidad, quien camuflado en la sombra, o como un reflejo suyo, vive a su lado. En El Horla se nos permite contemplar y ser testigos de la forma cómo este personaje se percibe, observa, e introduce la mirada a su infierno personal. Permite al lector observar la forma cómo este personaje se relaciona con los que habitan su mundo interior. Además, se permite al lector conocer aquello que esconden las profundidades de sus abismos internos, sus fisuras,  sus fantasmas y, en definitiva, aquello que lo atemoriza.

El personaje cuenta lo que le pasa, dice: “Tengo continuamente la angustia sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de un peligro, de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima. Presentimiento de un mal que germina en la carne y en la sangre”.

El personaje se siente solo, a pesar de vivir en compañía de otros. Está confuso, teme contantemente el ataque y la persecución de monstruos. Alucina, se  llena de temores: al vacío, a las pesadillas, y a la mirada constante del Otro; a todo lo extraño que experimenta. Suele dudar de su cordura. El personaje es quien determina y nombre a su mal.; lo llama EL Horla: algo que no está dentro; aquello que pertenece a eso de afuera. Pero, a este su mal a pesar de sentirlo y considerarlo ajeno; lo de afuera, lo siente su amo. Un amo, porque puede dominarlo; es alguien superior que tiene el poder y la capacidad de hacerlo su esclavo. El Horla, no es completamente inmaterial. Es un monstruo, sí; pero, también, puede alimentarse y conservar la forma de un ser humano, hasta puede tomar su identidad; parecerse a él.

Cuando reflexiona sobre lo que le pasa está seguro que está enloqueciendo; pero, a veces, considera la posibilidad de que se trate de un hechizo, porque no puede ver su reflejo en el espejo, al que teme desde el momento que apareció en su vida El Horla. Comienza a experimentar su mal, a temer lo desconocido, a vivir esta situación extraña, a raíz de haber divisado un barco cerca de su casa. Embarcación que llegaba del Brasil y traía pasajeros de ese país; hecho que coincidió con uno de sus sueños. La víspera había soñado que en un país lejano se había desatado una ola de locura.

Si analizamos ese detalle nos daremos cuenta que la nave y sus pasajeros lucen, para el protagonista, extranjeros, o exóticos; y sin proponérselo son tomados, por él,  como una agresión contra el orden establecido a su vida, y a su propiedad. Este hecho fractura y desestabiliza la normalidad que había regido hasta ese momento la rutina diaria de su vida; situación a la que estaba conforme y habituado. Al encontrarse frente a un hecho completamente nuevo y desconocido le surge el miedo, y le provoca temor. Todo se agrava cuando la sensación de inseguridad le comienza a asechar cada vez más seguido, provocada por la aparición constante de la imagen “invasora”. También, al descubrir que ese temor, esa sensación de inseguridad no le abandona y que, por el contrario, ha llegado para quedarse a habitarlo por dentro y vivir en su casa. Su angustia se maximiza cuando se da cuenta que ese desconocido es capaz de hacerle perder la razón; de desquiciarlo. Y se da cuenta que destruirlo, acabar con El Horla, lleva implícito destruirse así mismo.

Este mismo rostro de la angustia lo vemos reflejado en otro cuento, en El Hombre de arena, o de la arena, de E.T.A. Hoffmann. El narrador, omnisciente, comienza contando un trauma de su niñez, ocasionado a raíz de un mito. Cuando escuchó decir: “El hombre de arena” -¡Ah mi pequeño Nataniel! -me contestó-, ¿no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre. Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos”. Esta imagen se le grabó de forma terrible. Por las noches cuando escuchaba ruido de pasos en las escaleras temblaba de ansiedad, y de horror. Este trauma le perduró toda la vida y repercutió en su forma de comportarse y mirar el mundo.

En este texto de Hoffmann también se encuentra lo cotidiano, lo conocido, enfrentado con lo desconocido, e imprevisible. El miedo, o terror, en Nataniel, se le presenta cuando lo familiar, su vida cotidiana, es invadida por otra realidad; en este caso el del mito, o la ficción. Se suma a todo esto el hecho de que las cosas naturales, como son los sonidos de los pasos de la escalera, su explicación lo buscó en el campo de lo sobrenatural, y le atribuyó interpretaciones fantásticas.

La literatura se aprovecha del terror humano, se nutre de los miedos y de las fantasías, se sirve de la imaginación del lector y le hace jugar un rol preponderante. Al aproximarlo al terror, al miedo de un personaje de ficción, lo acerca y le muestra aquello que le podría suceder si experimentase en su interior una situación parecida. La literatura sabe que el nivel, o la dosis de angustia que experimenta y puede soportar un personaje de ficción refleja siempre la capacidad  de aguante de todo ser humano.

En el estudio introductorio que Freud hace de este cuento de Hoffmann, El hombre de la arena, manifiesta que lo “ordinario, o común, se torna siniestro cuando lo elemental se hace extraño”. Lacan, por su parte, en su seminario 10, sobre La Angustia, precisa que ésta no es sin objeto; lo llama (objeto a). Afirma que “la relación entre miedo, horror y angustia está encadenada con este objeto significante, en la cadena estructural que cada sujeto establece con su deseo”. Por eso, no creo que exista para la literatura un lado más atrayente de La Angustia que la relación que mantiene con el amor, el deseo, y el erotismo.  Que la angustia esté erotizada, que tenga una relación con el amor y eros; que está del lado del goce y del deseo, es el poder magnético más atrayente que tiene la angustia, para la ficción.

Nataniel, personaje de El hombre de arena, luego de su trauma de la niñez pasa a narrar su obsesión por la belleza de Olimpia. A pesar de estar comprometido con Clara se enamora de la belleza de Olimpia. Ella se convertirá en su objeto de culto y veneración. Y será demasiado tarde cuando descubra que ella es un robot; que su belleza y perfección sólo es producto de una creación artificial. Esa fascinación por la belleza de Olimpia, su deseo por ella lo llevará, finalmente, a la locura y a la muerte.

Titulé a este trabajo Esbozando a La Angustia a pesar de saber que la empresa era un imposible; eso, debido a las diferentes máscaras que la angustia utiliza, y por la coyuntura peculiar que lo caracteriza. La Angustia encierra, como bien nos enseña Lacan, una extraña ambigüedad; porque cuando aparece lo hace enmascarada. Y una de sus peculiares dimensiones es la falta de puntos de referencia para poder situarla.

La angustia va  a la deriva, se presenta como quiere, y en el momento que se le ocurre. Cuenta con tantas máscaras, rostros, perfiles; deja tantas huellas que es imposible asirla para poder conocerla de frente. Da tantos rodeos que imposibilita la capacidad de reconocerla y precisar un perfil para comunicarse con ella. La literatura, en todo caso, sirve para enseñar que lo que constituye a la angustia es un cierto vacío que, Lacan dice, no tiene nada que ver con el contenido positivo ni negativo de la demanda. La angustia es un vacío y un lugar que desorienta porque deja ver ciertos rasgos de lo primitivo que existe en nuestro ser. Expone el hecho de que se existe como un cuerpo, y como tal, muy complejo. Que este cuerpo se ve afectado en su interrelación perenne con otros cuerpos y con el mundo exterior.

 

Jornada de Carteles 2012

 

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REMINISCENCIAS QUIROMÁNTICAS

Alejandra Pizarnik

 

dos manos de flores pendientes resumen la

burda escultura de exóticas formas que

brillan vendiendo a las brujas el

augusto signo de vida por muerte

leyendo en las líneas las miles de

veces que vences o gimes o lloras o ríes o

emprendes camino a un paso fijo que

lucha en la noche repeliendo los

viles ataúdes que esgrime el fracaso.

 

LAS O DE UNA MANO DELATAN AL CUERPO

 

Dos miradas, dos cuerpos, se encontraron uno frente al otro;  ambos, atesorando sus saberes. Uno, en las palmas de sus manos, y el otro como todo sabio vidente. El recuerdo de ese encuentro no está preciso; pero, logra mantenerse vivo a través del tiempo. Hoy, vino y se instaló como toda reminiscencia. Sacudiendo sus alas desplegó al viento sus humores, sus imágenes y lo que queda de aquello.

Platón fue quien nos enseñó que el alma no olvida, y que la reminiscencia está anudada al conocimiento. Recordar es, entonces, volver a conocer; a  reconocer las cosas y sus circunstancias. Es volver a gozar de las imágenes y del recuerdo; al actualizar el pasado se lo  vuelve a vivir. Se revive el momento.

Esas palmas abiertas, presentes en la poesía como dos manos de flores, despejadas de velo, se dejan leer. Sus signos como huellas diseñadas para delatar, no ocultan los sucesos de una vida. Sólo hace falta uno quien pudiese descifrarlo. Los trayectos de las líneas arman la escultura y muestran lo sagrado de la ruta recorrida. Pero, “Augusto” podría significar, al margen de lo sagrado;  lo cómico. Estar relacionado con lo ridículo; como resultan ser, a veces, las situaciones. Pero, sin duda, esos signos nos delatan; tanto, como a nuestros deseos, los goces, las risas, los sueños frustrados, los entierros vividos, y todos los fracasos enfrentados por quien los muestra.

Si en Teorema, película de Pasolini, uno de los personajes mantiene el puño cerrado, para que la mano se niegue, no dé a leer, o a descifrar; en Reminiscencia Quiromántica la generosidad se desborda, es ilimitada. La mano permanece abierta. Hace derroche de brillo; proyecta luz propia para apoyar a quien quisiera mirarla, o rebuscar más allá, en los vacíos delineados, o, sobre los bordes de dicha escultura burda; imperfecta.

Reminiscencia Quiromántica da vida a la dualidad voz y mirada. Saca a la luz al conocimiento innato, que conserva el alma; versus la intuición y sapiencia de un Otro llamado bruja. Resulta ser el encuentro, para un diálogo, de dos cuerpos y dos almas dentro un tiempo y un espacio que deja rastro.

 

Trabajo de cartel 

 

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En su película Teorema, Pasolini nos lleva de visita a dos desiertos. Uno corresponde a la vida de los personajes, familia burguesa, y el otro, es el espacio árido, infinito, habitado por las dunas. En toda la película el desierto, como significante, sirve de punto de referencia para poder descifrar y comprender lo que sucede a cada miembro de esa familia cuando se les atraviesa, en la vida, un otro que les enfrenta con sus deseos, sus carencias, su vacío, y por ende, con la fragilidad, en su  realidad.

La imagen del desierto resulta ser el lugar hacia donde apunta y enfoca, sin tregua, la cámara; este desierto simbólico y real, existe en el interior y afuera de los personajes, sirve para recordar al espectador dónde se encuentran éstos, y hacia dónde se dirigen. El desierto está ligado íntimamente al cristianismo; nos recuerda la cuaresma; el tiempo y el lugar donde permaneció Jesús buscando soledad, la paz necesaria, para su comunicación con Dios. Jesús fue al desierto en busca de Dios, pero, también, en ese lugar se encontró con Satanás; quien consideró, al desierto, lugar propicio para tentarlo.

Sin duda, el desierto es la metáfora perfecta para Teorema. Es idóneo, porque tiene todos los elementos,  la capacidad para demostrar cuál es la impotencia, la fragilidad, y la locura a la que se puede llegar cuando se permanece en medio de esa inmensidad. El desierto, carismático, sensual, atrae; pero, expone las carencias. Al desierto se va en busca de algo, o de alguien. Es blando, se metamorfosea con el paso del viento, por eso, justamente, puede terminar convertido en una boca gigante capaz de tragar los restos, los residuos, lo que queda de uno. Replica los gritos de auxilio que nadie capta; como aquel, impotente, que lanza en la inmensidad, desnudo, revestido de ofrenda, el padre.

El huésped, que permiten que atraviese el muro, las rejas protectoras, la gran puerta y se posesiona de la casa, también toma los cuerpos de los que la habitan. A cada uno, cuando es “tocado” por ese joven, seductor, de mirada celeste, del tono del cielo, les impregna vida; pero, también les deja una dosis de frustración. Ya nadie puede vivir del mismo modo, como antes, de haberlo conocido. Sólo Pietro, el hijo, descubre para su angustia una salida diferente a la autodestrucción: aprende cómo expresarla; aprovecha su experiencia y se “salva” gracias al arte.

La presencia del huésped llena los vacios existenciales y los espacios de la casa. Todos quedan marcados por la huella de su presencia. Hasta sus ropas, las fotografías, el espacio del jardín, ante la mirada femenina, toman vida, remiten al cuerpo del joven visitante. El haber sido tocado, el contacto piel con piel; haber cedido al deseo de entregarse, ansiando también el otro cuerpo, bastará. Será suficiente para poner en evidencia el desierto interior en el que vivía cada quien: en soledad, aislado, y sin mayor comunicación. Ninguno de los personajes saldrá indemne luego del contacto con ese ser seductor, de la mirada profunda y tierna; quien representa y conoce sus más íntimos deseos. Él, es el único que sabe complacerlos y colmarlos. Por eso, luego de su partida cada quien lo buscará en los lugares más insólitos: en otros cuerpos jóvenes, en el sacrificio, ayuno, en la muerte, en la religión o en el desierto, a dónde fue Jesús en busca de Dios. Nunca sabremos quién logra hallarlo.

Esa familia, vivía vaciada de palabras: se comunicaban con el lenguaje corporal, relacionándose sólo con la mirada. Nadie compartió la relación que mantenían con el visitante, ninguno contó al otro sobre ese contacto físico, erótico, y sexual que mantenía con el huésped.  Pero, a partir del vacío, de la ausencia, todos quedan problematizados, angustiados, y eso, les impulsa a expresar sus sentimientos; al menos con los espectadores. Utilizan las palabras para revelar, para que no quepan dudas, del estado en que quedaron. Lo hacen a través de una confidencia, reflexionada. Y el espectador no sólo es el testigo ocular de las imágenes que revelan el cómo se sienten, y cómo reaccionan ante la situación de pérdida, de duelo, sino también pasa a escucharlos; desde ese momento.

 

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