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Archive for 24 marzo 2013

CUERPOS Y LETRAS

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El grito silencioso, qué título para su novela señor Kenzaburo. El grito silencioso  lo leí, cuando aún quedaba en mis recuerdos, los sabores de Una cuestión personal. Déjeme decirle: los temas y la forma cómo usted los trabajó, me acercaron a su país. Me mostraron un mundo lejano, diferente, y al mismo tiempo no ajeno al mío. Su forma de narrar me permitió permanecer zambullida dentro de las historias y, ahí dentro,  intentaba a veces calcular cuánto pesaba el ingrediente real dentro de la ficción.

Al leer Una cuestión personal y El grito silencioso, me encontré con dos parejas viviendo la coincidencia de enfrentar conflictos a causa, básicamente, del nacimiento de un hijo especial, un niño “anormal”. Y con el deseo de viajar al África, un sueño perenne; una frustración compartida por ambos padres de esos niños “grilletes”. Estas coincidencias germinaron en mí el deseo de inmiscuirme en su vida. Y usted señor Kenzaburo me comprende, cuando me escucha decirle: la literatura nunca podrá cancelarle la deuda contraída.

Y a los que le gustaría conocer algo sobre las obras mencionadas, recuerden: En Una cuestión personal, como en El grito silencioso, está presente el alcoholismo como un personaje más. Este personaje influye en el actuar de los demás y muestra sus facetas: dulce, débil, fuerte y propulsor de violencia, según los motivos que influyan, o impulsen. A ingerirlo. La cantidad bebida va a determinar muchas de las reacciones, y reflexiones de los dichos personajes. Y por medio de la borrachera los padres tratarán de evadir sus responsabilidades con el niño nacido “anormal. Quien llegó al hogar y a enfrentar al mundo, como lo afirma el narrador, tan herido como quedó nuestro poeta Apollinaire, durante la guerra. Los demás personajes se valdrán del poder del alcohol para envalentonarse, ser capaces de enfrentar a sus demonios, para atraer y acercar a sus fantasmas.

En ambas obras se hace evidente el rol del lenguaje, el cual se manifiesta dentro de su propia peculiaridad. Cómo se expresan los cuerpos y los medios que utiliza para poner en evidencia sus conflictos existenciales, sus secretos; son letras impresas, son las huellas de los diseños dejados por el lenguaje, los cuales se suman a aquello delatado por los gritos. A pesar de haber sido lanzados en silencio éstos hablan y expresan lo que deben decir. Los gritos más agudos los escuché desde el hospital, provenían de las voces de los niños “especiales”, me llegaban desde ese lugar donde habían quedado abandonados. Y los demás gritos, eran de los espíritus; de los fantasmas y demonios, quienes cohabitaban con los vivos, en la selva y en los bosques. El otro grito agudo, el cual logró marearme, provenía de un cuerpo colgado de una cuerda. Cuerpo de alguien quien con la cabeza pintada de rojo y  un pepino incrustado en el ano se rebelaba para, por fin, revelar y expresar lo que más le había afectado de vivo.

En “El grito silencioso” es la voz del silencio el que narra la historia de ese cuerpo-cadáver expuesto en dichas condiciones. Este cuerpo se había visto afectado por una acción de cuando estaba vivo, pero la determinación de darle solución también afectó de por vida a sus seres más cercanos. Ese cuerpo inerte es quien traduce y expone su texto.  Los pocos espectadores que lo vieron se quedaron sin voz ante lo evidente.  El cuerpo colgado que se deja mirar como cuadro, y cuya muerte va exponer sus deseos más profundos, sus conflictos, deja en total libertad a los espectadores, y a los lectores, la interpretación de su narración.

El esbozo hecho a la selva en Los pasos perdidos, por Alejo Carpentier, siguiendo las rutas de su música, lo volví a gozar en los sones de las danzas tradicionales en El grito silencioso. Su obra me recordó señor Kensaburo que soy hecha de selva y bosques, por eso, no puedo privarme el decirle que disfruté de su trabajo, y eso, a pesar de los momentos de terror ante la verdad expuesta por su narrador, y ante la evidencia de cómo podemos ser los seres humanos. Disfruté de los momentos cuando su narrador y personajes me adentraron en los misterios y costumbres de la gente de los bosques y la selva de su país: Cuando me mantuvieron de miedo al filo del abismo; pero, maximizando mis ganas de poder ser algún día la primera en recoger el agua del lago, el día que comienza el año.

EL GRITO SILENCIOSO

Kenzaburo Oé

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María Joaquina en la vida y en la muerte”, es obra de Jorge Dávila Vázquez. Jorge es mi amigo virtual de FB; tan virtual que los dos aún no hemos podido encontrarnos, para “reconocernos”; a pesar de sus viajes a Guayaquil para asistir a algunos eventos a donde yo también voy. No hace mucho le di un “toque”, con el fin de contarle que me había recibido como regalado “su” “María Joaquina en la vida y en la muerte”; cuya lectura había disfrutado. Me limité a eso, no le dije que unos días antes me había llevado su novela a las oficinas de Rentas internas para, mientras esperase mi turno del trámite de actualización del RUC, terminara de leerla. Aquel día en la sala de espera me había encontrado con mi amiga Pacífica Valdez quien se había acercado a saludarme, y había aprovechado para preguntarme sobre el libro que tenía en las manos; le había llamado la atención el hecho de verme concentrada en la lectura, sin importunarme por el bullicio. Le mostré el libro y, apenas leyó el título, me preguntó: << ¿De qué se trata?>> Temerosa más de no ser capaz de poderle responder con claridad, reflexionar con precisión ante la presión, y menos, tal vez, por el miedo a explayarme, como suelen hacer los presentadores de libros, que nos cuentan todo y nos quitan las ganas ya de comprar el texto, me limité a responderle: <<Tienes que leerlo>>. Pero apenas hube terminado de pronunciar la última palabra comencé a sentir su aguijón en mi vientre. La respuesta vertida a Pacífica me había dejado  frustrada conmigo misma, y con una pepa del ají peruano adherido en lo más profundo de mi encía. Que sea ésta, entonces, querida Pacífica, mi oportunidad de resarcirte; de responderte como te mereces, tanto tú como el libro.

En “María Joaquina en la vida y en la muerte”, querida Pacífica, se narra la relación amorosa entre el dictador De Santis y su joven sobrina María Joaquina. Cuando ella regresa de sus estudios de Europa, atrae la atención y el interés sexual de su tío. Todo el conflicto originado por la dictadura, y su dictador, llega a su máximo nivel de crisis, cuando éste intenta casarse con su joven sobrina, y la Iglesia Católica no se lo permite. El envenenamiento de Monseñor Tandayama, y la muerte de Alfonso Valbuena, amante de María Joaquina, se suman al ambiente de incertidumbre del ambiente de la novela.

Esta narración es un viaje en el tiempo. El ambiente en el que transcurre la novela está lleno de contrastesse puede percibir el lujo y derroche en el que viven los cercanos al dictador, y la paupérrima situación por la que atraviesa el pueblo. María Joaquina aprovecha la  influencia que tiene con su tío para llevar una  vida llena de lujo; palaciega. Logra que se construya un teatro a su gusto, al estilo europeo.

“María Joaquina en la vida y en la muerte”, podría tratarse de la historia de un dictador de cualquier país latinoamericano. En el dictador De Santis se resume y conjugan todos los rasgos de los dictadores. Están los reflejos de “Yo El Supremo”, de Roa Bastos, de “El señor Presidente”, de Miguel Ángel Asturias, y las de Trujillo, de “La Fiesta del Chivo”, de Vargas Llosa. Los expertos afirman, querida amiga, en base a los indicios presentes en la novela: nombres de pueblos ecuatorianos, como: Zapotal, El Palmar, y detalles de eventos políticos y sociales sucedidos en la región, que “María Joaquina en la vida y en la muerte” trata eventos de la vida del dictador Ignacio de Veintimilla (periodo que pertenece a la vida republicana del Ecuador, entre 1876-1883) y se inspira en la relación incestuosa de este dictador con su sobrina Marieta de Veintimilla.

El tiempo en la novela se presenta fragmentado: hay rupturas del tiempo cronológico, con el histórico. A mi parecer, éste transcurre con libertad; es un tiempo sin tiempo; se pasa del presente al pasado con naturalidad. Los vaivenes del ir y venir dentro del tiempo histórico, cronológico, y las secuencias de los hechos, y las anécdotas, trascurren dentro de un “desorden” ordenado. Querida Pacífica, como lectora, tú eres quien debe advertir cuál o cuáles eventos, o anécdotas, se concatenan; deberás definir cuales pertenecen al mismo periodo de tiempo cronológico.

Pacífica, “María Joaquina en la vida y en la muerte” me retrotrajo los recuerdos de la desolación de Pedro Páramo. En esta novela se cuentan como personajes, igual como en la novela citada, las voces que comentan, susurran, y narran los acontecimientos; los narradores se presentan como voces que llegan hasta el lector. Es a través de la escucha de conversaciones, susurros, diálogos, monólogos y  reflexiones interiores,  en voz alta, de los protagonistas, y los testigos, cuando el lector se entera de lo que pasa, o pasó, en la casa Palacio y sus alrededores. Las confesiones de las víctimas del dictador, de sus amantes, y de la servidumbre, testigo de los hechos, cuentan esta  historia. Hasta los documentos y las epístolas hablan, dicen cosas; el lector puede escucharlos; están ahí dando vueltas ronroneando, sonando como un coro dentro de una pieza musical.

Por todo lo expuesto, la novela no permite un único nudo, donde se confabulen todos los hilos de la historia; su estructura fragmentada no lo hace posible. “María Joaquina en la vida y en la muerte”, querida amiga, también echa mano del realismo mágico, visto en “Cien años de soledad”. Salterio Galíndez, tiene un rol preponderante; alrededor de ella se entreteje la fuerza que desquicia al dictador, se convierte en su conciencia, para atormentarlo. Salterio Galíndez, logra, por venganza al asesinato de su marido, robar la cordura al dictador; lo arroja al vacío; al abismo del insomnio, la angustia, y la locura.

Espero con esto, querida Pacífica, haber podido responder a tu inquietud, haber sido capaz de introducir dentro de ti el germen del deseo de leer esta novela ecuatoriana; producto de exportación.

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El mundo de Sofia - Jostein Gaarder

Recibí “Le Monde de Sophie” dentro de una bella bolsa proveniente de Francia, impregnada aún con los aromas de los perfumes que, seguramente, había cobijado su interior. Abrí el libro y, esta vez sí, me detuve a husmear sobre su autor, Jostein Gaarder, profesor de filosofía. En su interior descubro sus tres dedicatorias, sólo una de ellas tiene fecha, Nov 10-95. son palabras para Pao, empiezan con un << Te quiero mucho>>, y terminan con un <<Te adoro>>, resulta difícil descifrar quién lo firma. También está la dedicatoria de Roberto, quien comienza con un <<Queridísima Poalita>> y termina con: << no olvides que pena compartida es media pena y,  sobre todo, alegría compartida es doble alegría>>. Según uno de los científicos entrevistado por Eduard Punset, sólo seis personas separan a dos desconocidos; así que posiblemente, algún día, Roberto se enterará que leí su dedicatoria.

Cuando hice gala de mi entusiasmo por “Le Monde de Sophie”, una amiga me calló señalando que ella lo había dejado porque le había resultado demasiado infantil: <<está estructurada para niños>>, me dijo. El silencio respondió por mí. La verdad es que “El Mundo de Sofía” tiene dos rostros. Uno demasiado infantil. A veces resulta difícil asimilar y se rechaza conociendo cómo fuimos y son, más que nunca, ahora las chicas de quince años, la intromisión de tantos personajes de cuentos infantiles. Una quinceañera, lo que  intenta, en realidad,  es romper con el cordón umbilical que le une a esa etapa de la niñez, y lo que más quiere es ser tratada en todo momento como adulto: sólo años después  añorará esa etapa infantil. Y cuando uno se fija en el otro de sus rostros, caemos en cuenta de que no se puede considerar que hablar y estudiar a Hegel, Spinoza, Hume, Freud, Darwin y otros filósofos más, sea asunto o tema para niños. Uno termina cuestionándose sí habría alguna joven, víspera de su cumpleaños de quince años, dispuesta a ponerse a estudiar filosofía, y prefiera, a otras cosas, permanecer zambullida en ese mundo; sólo Sofía e Hilda.

A mí, finalmente, no me incomodó encontrarme con personajes de los cuentos infantiles, pero comprendo bien a los que consideran que este detalle, a veces, en extremo, pudiera estar perjudicando a que la obra fuera leída y disfrutada por muchos más. A los que les pasa eso, les sugiero continuar con la lectura, les aseguro que se encontrarán con grandes sorpresas, hay mucho para la imaginación y para disfrutar. Somos testigos de un despliegue de seducción e ingenio. Se presencia aquello que es capaz de hacer un hombre mayor para atraer la atención de una jovencita de quince años. En “El Mundo de Sofía”, Alberto osa invitar a Sofía a un encuentro, a las cuatro de la mañana, en la iglesia Santa María, construcción en piedra de la época de la Edad Media. Y se escuchará la sarta de mentiras que Sofía lanzará a su madre, para poder cumplir y llegar a la cita.

A principio del 2011 me encontré con Rina, amiga lectora, quien en cuanto llegó a mi lado me dijo: << Qué suerte que te encuentro, últimamente he estado pensando en ti. De Francia me traje un libro y, por lo que me comentó la amiga que me lo regaló, sé que te va a fascinar. Yo aún no lo puedo leer, así que te lo voy a prestar>>. Me aclaró que el libro ya había pasado por algunas manos más: su amiga lo había recibido de otra amiga que a su vez lo había recibido de alguien más. Cuando me dijo que se trataba de “El Mundo de Sofía”, me dio un buen alegrón. A mi vez, yo le comenté la experiencia de mi primer contacto con esa obra a lo que Rina me aclaró, sonriendo: << no creo que te vaya a suceder eso; ésta está en francés>>.

Calculo que fue el 2005, cuando en una de esas salidas de cacería de lecturas me topé con un título sugerente: “El Mundo de Sofía”, libro recomendado. En cuanto precisé a la amiga que me lo había hecho, lo compré. Y como estaba en un Centro comercial me instale en un café a leerlo. Sus primeras páginas me atrajeron demasiado, su lenguaje sencillo, dulzón, y su comienzo para niños, que creí no me ofrecía ningún reto, pronto me hicieron sucumbir y lo cerré. Y sin ojear nada más, regresé a la librería y cuestioné, a la que me lo había vendido, si el libro, en mención, es de autoayuda, o para niños. La dependiente, no lo había leído, pero me hizo notar que “El Mundo de Sofía” lo había sacado de la sección de novelas, y me recomendó que regresara, mejor, al día siguiente y consultara con la administradora, que sí había leído el texto. Se ofreció a cambiármelo, si quería, por otro que consideraba “fabuloso”: su autora acababa de ganar un tremendo premio. Suelo desconfiar de las obras que reciben suculentos premios y a su alrededor se despliega demasiada promoción: ditirambos, diría Borges; y como no suelo rehuir a los riesgos… Apenas había terminado las primeras páginas, ya había empezado a extrañar “El Mundo de Sofía”. El arrepentimiento y la culpa me habían comenzado a embargar, pero no el coraje suficiente como para regresar a la librería y plantar reclamo, para manifestar que me sentía estafada. “El Mundo de Sofía” me lo había recomendado Ktina, tremenda lectora, y yo había desdeñado el criterio de mi amiga, e inclinado por el de una desconocida, que nada sabía de mis necesidades literarias y deseos de lectura. Durante algunos años había cargado conmigo el vacío ocasionado por ese título que había dejado escapar de mis manos, porque el día que terminé de reunir para su rescate, y fui a la librería, ya no quedaba otro ejemplar en Guayaquil. A pesar de que había intentado conseguirlo en Quito, o fuera del país,  por uno u otro motivo no lo había logrado. Y así llegue al 2011; pero para ese entonces ya creía haber sub-sanado de aquella frustración.

Tal vez, recibir y encontrar cartas en un buzón, o que alguien se ingenie para que éstas fueran entregadas por su perro Hermes, hoy en día, en pleno 2013, ya esté lejos de ser un recurso novedoso. Para seguir el hilo y disfrutar de ese hecho uno debe hacer el esfuerzo y ubicarse en un momento antes de la invasión, boom, de la comunicación por internet. Pero,  “El Mundo de Sofía” sí produce una gran atracción el hecho de saberse testigo, y cómplice, de la relación entre una joven de quince años y su profesor de filosofía, de más de cuarenta. Cuáles son o cómo se enfrentan las diferencias generacionales dentro de las relaciones entre un hombre y una mujer de épocas tan distantes, siempre producirá un interés que llevará a indagar; estará impregnada de novedad y no le faltará su dosis de morbo; especialmente para los lectores que llegamos al capítulo de Freud, y conocemos del poder del inconsciente. Capítulo en el que Alberto, profesor de filosofía, explica a Sofía cómo, éste, actúa en nosotros. Él hace hincapié en que debemos permanecer atentos para poder descifrar lo que se escapa de ese lugar y descubrir, así, aquello que llega escondido detrás de las palabras. Para aprender a leer, en entre líneas, lo que fluye a través de la puerta semi abierta del inconsciente. Esto tiene más efecto en aquellas personas que tratamos de conocer sobre psicoanálisis y Freud. En las que buscamos descubrir que hay de verdad en los mitos, los complejos, el de Electra, por ejemplo; o nos interesamos en los seminarios de Lacan. Por otro lado, siempre resultará fascínate este tipo de relación, por su ingrediente prohibido. Uno de los primeros referentes cercanos, que tenemos de esta clase de relación, con esa diferencia de edad, entre un hombre y una mujer, nos llega de Vladimir Nobokov, con su Lolita. Lo relacioné, de inmediato, porque, fonéticamente, me suena muy parecido el nombre de Alberto al de Humbert: personaje que se obsesiona con Lolita. Si bien es cierto hay una relación de atracción sexual, entre Lolita y Humbert, y otra muy diferente, enmarcada dentro del plano intelectual, entre Sofía y Alberto, es cierto también que las dos dan cuenta de una forma de conocimiento. En ambas se involucra al cuerpo, la empatía, el saber y el plus de gozar. Entre Sofía y Alberto existe un goce que los une; goce que está en relación directa con el lenguaje; vinculado con el leer o escuchar palabras. Y no me deja de resultar intrigante, la coincidencia de haber encontrado la dedicatoria de Roberto, cuyo nombre tiene los mismos acordes musicales de los nombres de Humbert y Alberto. Además, que toda esta recopilación de cartas, escritas tan lejos de mi entorno, y que forman el texto de “El Mundo de Sophie”, me haya llegado en formato de libro: tal como le pasa a Sofía, quien regresa a casa con el regalo de Alberto bajo el brazo.

En “El Mundo de Sofía” tomamos consciencia cuánto nos une a las estrellas, con ellas compartimos muchos elementos. Esta realidad también pertenece a Sophie, Hilda,  Alberto, y abarca a la naturaleza con sus diversas manifestaciones: Al bosque con sus misterios, peligros, y magia. Su lago lleno de flores, lugar dónde la ficción toma cuerpo y se enlaza con las caras de lo real, y con la filosofía. Ese mundo da cabida a diferentes personajes quienes cambiaron nuestra forma de mirar el mundo, su alrededor, y al otro ser humano: conocerlos, saber algo más de ellos, fortifica seguridad en uno mismo y la identidad. Somos residentes pasajeros de este mundo de realidades paralelas, regido por la física y la mecánica cuántica, lugar donde se conjuga todo: los sueños, las diversas caras de lo real, y la ficción: nadie puede saber si esto que palpamos es real, o tan solo un espejismo, o una narración que se proyecta desde Noruega, o desde Copenhague. Pero sí estamos conscientes de que somos el eslabón de una cadena que seguirá avanzando.

Al adentrarnos en ese mundo de Alberto, Hilda, Sofía,  y la filosofía, nos enteramos de que a pesar de las condiciones de una época difícil, nada propicia para la mujer, sí hubo una que sobresalió y pudo, gracias a ciertas ventajas de nacimiento, desarrollar sus talentos. La religiosa, filósofa de la Edad Media, Hildegard de Bingen, se dedicó a estudiar la naturaleza, la botánica; fue escritora y dedicó mucho de su vida a la medicina, y a curar enfermos. Experimentaba visiones, inexplicables, ella será punto de inspiración y partida para crear el personaje de Hilda, quien, también, puede percibir que en su vida “real” hay intromisión del mundo de la ficción: del de Sofía y de Alberto.

Me intrigó, y lo acepto gustosa, la afirmación encontrada en una vieja concepción cristina y judía, según la cual, Dios no es solamente hombre, sino que tiene, también, un rasgo femenino: una “naturaleza maternal”,  gracias a la cual las mujeres somos creadas a imagen y semejanza de Dios. Según Alberto ese costado femenino de Dios, en griego, se nombra<< Sophia>>, y significa<< sabiduría>>.

“El Mundo de Sofía” resulta ser, también, en mucho, una reflexión sobre el acto creativo y la actividad de escribir. Está presente un análisis sobre lo que pasa con los personajes, en el momento de la narración. Ellos comentan lo qué hacen y dicen, frente a lo que realmente quieren hacer y decir. Se descubrirá cuánto son capaces de manipular al autor, y hacerle decir, sin que él se dé cuenta, los asuntos de su inconsciente.

Sofía y Alberto deciden escapar de su destino de personajes, hacen una “acting out”, como diría Lacan, y se fugan. Se rebelan para ir a vivir libres “en el mundo de los invisibles”, de los inmortales,  para actuar a su libre albedrío. Escapan para no seguir siendo “las marionetas” de Alberto, padre de Hilda, autor de la novela: huyen, de esa manera, de la ley del padre.

En la novela “El Mundo de Sofía” hay cruces, e intercambios de roles, entre personajes. El autor es, por ejemplo, manipulado por su hija Hilda y se convierte en un personaje más,  luego hace el rol de Alberto: termina explicando a su hija Hilda sobre filosofía. En esa segunda parte caemos en cuenta que habíamos  estado leyendo la narración que Alberto, padre de Hilda, había escrito y enviado a su hija Hilda, por sus quince años. Texto, hecho novela, que los personajes, a la salida de una de sus citas en un café, descubren en una librería. Alberto compa la novela, que relata la vida de Sofía,  y se lo obsequia. En Don Quijote, de Cervantes, ya gozamos de esta imagen. En la segunda parte de esa obra, se sabe de Don Quijote, comentando el éxito del libro, que narra sus aventuras.

Ahora en febrero del 2013 que formo parte de un nuevo cartel, y estoy trabajando sobre el “deseo del personaje”, retomé “El Mundo de Sofía”. Esta vez, caigo en cuenta de un detalle: en las narraciones de Borges, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, también está el reto de la experiencia ante la intromisión de objetos y elementos de las otras dimensiones. Acá, igual, en “El Mundo de Sofía”, hay objetos que se le pierden a Hilda y aparecen en la otra realidad, en la de Sofía. Por eso, no me sorprende, en nada, que estas cartas hayan viajado tanto, para llegar a mis manos. Estén en Guayaquil, que es la puerta de Las Galápagos, Islas donde Darwin pudo confirmar sus teorías. Pero, las cartas que conservo en mi poder, son robadas: le saque fotocopia al libro de Rina. Cartas robadas que me recuerdan a Lacan y su pasión por ese cuento de Poe. Estas cartas llegaron a su destino, y tienen un Destino.

 

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