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Archive for 12 julio 2012

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Nombrar a Dolores Veintimilla es hablar de una de las mujeres más importantes del Ecuador tanto a nivel de su historia literaria como desde el punto de las luchas de las reivindicaciones sociales. Dolores Veintimilla de Galindo no sólo es la representante de la poesía del romanticismo del país sino también es el baluarte de todas aquellas mujeres dedicadas a la empresa de luchar por los más desprotegidos. Su nombre está ligado a la poesía ecuatoriana, a la lucha social, al coraje y la decisión.

La voz de Dolores Veintimilla de Galindo se deja oír primero a través de su poesía en una época en la que los hombres, prácticamente, eran los únicos quienes tenían la exclusividad en esta forma de expresión. Mirando el panorama político y social del Ecuador, 1830, nos damos cuenta de que Dolores Veintimilla nace en una época llena de conflictos internos en la nación. Su vida trascurre durante ese ambiente político de rivalidades el cual se complica más cuando el Ecuador debe enfrentar una crisis internacional con un país vecino,  que reclama parte de su territorio como pago a su deuda ocasionada en la lucha emancipadora.

Dolores Veintimilla nace en Quito cuando la República apenas mostraba visos de querer consolidarse. En 1830 las leyes aún no estaban totalmente establecidas ni delimitadas; casi todas éstas eran las que habían regido en la Colonia. El Ecuador no contaba aún con todas las leyes para gobernar una nación libre e independiente. Mucho menos se habían dado cambios en lo referente a la condición de la mujer, quien seguía dependiendo del esposo a un rango parecido al de un hijo menor. El clero por su parte, que había tenido gran poder e importancia en la época de la Colonia, rechazaba los cambios que disminuían esa ventaja y le costaba aceptar todo aquello que le perjudicaba; se aferraba, en esta nueva forma de gobierno,  a mecanismos que le ayudaran a afianzarse con el poder.

Dolores Veintimilla a sus diecisiete años  se casa con Sixto Galindo, doctor colombiano. Y como poetisa hace gala de una voz rebelde y de actitudes propias adelantadas a su época. Dice y manifiesta con voz clara y precisa lo que la sociedad de entonces no estaba preparada para ver ni oír. Su poesía irrumpe sobre ese monopolio masculino, sólo los intelectuales de avanzada que comprenden su trabajo le darán la bienvenida y su respaldo. A nivel literario su poesía pertenece al romanticismo, en su vertiente de realización. Dolores Veintimilla de Galindo es considerada en la literatura ecuatoriana representante de ese periodo, y ese reconocimiento lo es a nivel mundial.

El romanticismo, movimiento ideológico primero, pasó a la literatura como una escuela y se afianzó en la primera época del siglo XIX. Como ideología cambió el pensamiento y la actitud del pensador. Para estos románticos, el sentimiento y la pasión son los codificadores de la vida en la que la pasión predomina sobre la razón.

Los principios estéticos de dicha escuela son:

*Búsqueda y afianzamiento de la libertad del ser humano, como expresión universal e individual. 

* Supremacía de la pasión sobre la razón.

* Autonomía de la imaginación.

*Afianzamiento de la sensibilidad.

*Rechazo a toda regla.

*Exaltación al individualismo.

El romanticismo se aleja de toda norma fija que coartaba el libre desarrollo de la imaginación.  La exaltación del Yo resulta ser la única fuente de sentir y de pensar dentro de la creación estética. Dieron supremacía a la sensibilidad y valoraban el apasionamiento, como bueno en sí mismo. Consideraban que un estado de exaltación o dolor era el único medio en el cual podía vivir verdaderamente el ser humano.

La familia Galindo Veintimilla dejó Quito para ir en busca de mejores oportunidades laborales para el doctor y se estableció un corto tiempo en Guayaquil. Pero cuando al médico no le llegaron esas oportunidades se dirigieron a Cuenca y terminaron estableciéndose en dicha ciudad, donde Sixto Galindo dejó a su esposa e hijo y partió a Centro América; siempre en busca de mejores oportunidades para él. Este hecho deja huellas imborrables, trascendentales, en Dolores, tanto en su poesía como en su vida personal.

Otro hecho memorable en la poesía de Dolores es el profundo amor que sentía por su esposo Sixto Galindo. Si bien es cierto la pareja se había casado enamorada, las dudas sobre ese sentimiento  y la fidelidad de su esposo le habían comenzado a surgir a Dolores mucho antes de que su esposo hubiera partido a Centro América. Dudas que habían llegado para quedarse y cohabitar con ella. La pena que ha sentido Dolores Veintimilla frente a dichas sospechas quedó plasmada en sus obras, especialmente en Quejas.

Mucho se debe a Dolores la costumbre de la realización de estos eventos culturales. Ella es pionera de las reuniones para tertulias literarias en el Ecuador. En su pequeño apartamento cuencano comenzó a organizar las reuniones de los chocolates de los jueves, con el mero pretexto para las charlas literarias que llevaba a cabo con sus amigos escritores. Por su parte, la sociedad cuencana no acostumbrada a ver este estilo de vida independiente en una mujer, mucho más con un esposo ausente, como era el caso de Dolores Veintimilla, la juzga y comienza a emitir sus juicios de valores que afectaron anímicamente a la poetisa.

Este malestar que provocaba la conducta de Dolores, su comportamiento desenvuelto frente al otro género, sus tertulias literarias a las que asistían sólo escritores varones y más que todo el hecho de que ella misma se atreviera a escribir, a decir cosas como los varones, provocó que la sociedad cuencana conservadora la mantuviera en la mira de la desconfianza y el recelo. Esta situación de malestar en su contra coincidió con un momento y un hecho importante en la vida del derecho y la justicia ecuatoriana.

Tiburcio Lucero, un indígena, fue acusado de parricidio y condenado a muerte. El país pasaba un momento de inestabilidad con sus leyes, la pena de muerte no estaba aún ratificada para ser aplicada en la República; la legislación aún no había establecido si ese código penal iba a seguir rigiendo o no en el país. Dolores Veintimilla, como toda la sociedad cuencana, asistió a la ejecución y fue testigo de los últimos minutos de Tiburcio Lucero quien al ver  su familia al lado del patíbulo, donde iba a ser ajusticiado, intentó arrojarse a sus brazos. La muerte de Tiburcio Lucero, y esta anécdota, marcaron la vida de la poetisa y al mismo tiempo señalaron el comienzo de su fin. Afectada por lo que había visto y con el trauma de aquella experiencia, enarboló la bandera de la defensa contra la pena de muerte. Desde ese momento la poetisa se dedicó a luchar por la abolición de dicha pena, sin tener en cuenta que todo el clero, y también la sociedad católica cuencana, influenciada por sus sacerdotes, estaban a favor; y que con eso se iba a ganar su enemistad. En ese entonces el clero consideraba que todo reo debía presentarse ante Dios ya juzgado y condenado por los hombres.

Tiburcio Lucero fue ejecutado el 20 de abril de 1857 y siete días después Dolores Veintimilla de Galindo lanzó su Necrología que le hizo acreedora definitivamente a la enemistad de los religiosos cuencanos que dirigían el periódico “La escoba”. En dicha  Necrología Dolores dice:

“¿Cuan amarga se presenta la vida si se contempla al través de las sombrías impresiones que despierta una muerte como la del indígena Tiburcio Lucero, ajusticiado el día 20 del presente mes, en la Plazoleta de San Francisco de esta ciudad! La vida que de suyo es un constante dolor, la vida que de suyo es la defección continua de las más caras afecciones del corazón: la vida, en fin que es una cadena más o menos larga de infortunios, cuyos pesados eslabones son vueltos aun más pesados por las preocupaciones sociales.

¿Y qué diremos de los desgarradores pensamientos que la infeliz víctima debe tener en ese instante?…¡Imposible no derramar lágrimas tan amargas como las que en ese momento salieron de los ojos  del infortunado Lucero! Sí, las derramaste, última prueba que diste de la debilidad humana. Después valiente y magnánimo como Sócrates, apuraste a grandes tragos la copa envenenada que te ofrecieron tus paisanos y bajaste tranquilo a la tumba.

Que allí tu cuerpo descanse en paz, pobre fracción de una clase perseguida; en tanto que tu espíritu mirado por los ángeles como su igual, disfrute de la herencia divina que el padre común te tenía preparada. Ruega en ella al GRAN TODO, que pronto una generación más civilizada y humanitaria que la actual, venga a borrar del código de la patria de tus antepasados la pena de muerte.

Con este escrito la poetisa abrió la polémica entre ella y el clero. Y a través de boletines anónimos, o con diferentes seudónimos, como aquel firmado “unos colejiales”, sus enemigos comenzaron a atacarla en forma despiadada. No sólo se metieron con sus versos sino también con su vida personal. Se burlaron de su situación de mujer sola, abandonada por su esposo. Sus tertulias literarias fueron criticadas tendenciosamente. Se metieron con su estilo de vida, ejerciendo de jefe de hogar, cuando la ley no se lo permitía. Por ese GRAN TODO  vertido en su necrología fue declarada hereje. Esta situación de críticas malsanas, el ambiente hostil en general contra ella, terminó debilitándola y mermando su fuerza moral. Anímicamente se sintió humillada. Al sentirse sin fuerzas y sola frente a tan poderosos enemigos, decidió quitarse la vida y así poner fin a su martirio. Se suicido el 23 de mayo de ese año, 1857, cuando aún no cumplía los 28 años de edad.

Dejó para su madre una nota que dice:

“Mamita adorada: perdón una y mil veces; no me llore; le envié mi retrato, bendígalo: la bendición de la madre alcanza hasta la eternidad.

Cuide de mi hijo, dele un adiós al desgraciado Galindo. Me he suicidado.

Su Dolores

El padre Solano, quienes muchos aseguran no tuvo nada que hacer con los anónimos en contra de la poetisa, poco tiempo después del suicidio de Dolores Veintimilla escribió en su periódico “La Escoba” en el No. 21, lo siguiente:

“No obstante, en nuestro siglo hay una tendencia marcada a la abolición de la pena de muerte, y esto no puede provenir sino de dos cosas, o del desprecio de la religión, o del deseo de ser transtornada la sociedad con la impunidad de los crímenes. No ven, como dice Modrolle, la abolición de la pena de muerte, acaba multiplicando las muertes. El Ecuador ha comenzado a experimentar esta verdad en la persona de la desgraciada Maria Dolores Veintimilla. Esta mujer, con tufos de ilustrada, había hecho la apología de la abolición de la pena de muerte; y por una inconsecuencia del espíritu humano, como he dicho antes, se atribuyó un poder que había negado a la sociedad: se suicidó con veneno, porque no pudo sostener su cuestión contra los que la habían atacado.

Por haberse suicidado, Dolores no recibió de la iglesia católica el permiso para ser enterrada en el cementerio como los demás, y sus restos fueron a dar cerca de la quebrada donde estaban los de quien fuera su defendido, Tiburcio Lucero. Recién después de muchos años, a su regreso de Centro América, su esposo cumplió con ciertos trámites y pudo llevar sus restos al cementerio.

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