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Archive for 28 agosto 2011


¿El castillo blanco trata, realmente, de la historia de un Maestro turco del siglo XVII que se fuga de Turquía para hacerse pasar en Venecia por el joven artista-científico, a quién mantuvo muchos años como su esclavo, mientras aquél se queda en ese país desempeñando su rol de Maestro? Imposible hacer una negación contundentemente, ni afirmarlo, en mi caso, categóricamente.

En El castillo blanco, Pamuk juega con sus lectores; lo deja en el centro mismo de un laberinto borgiano. En el mejor de los casos el lector siente que Pamuk lo abandona, solo, en medio de las calles vacías de Estambul, sin guía, ni idioma capaz de ayudarlo a llegar a un lugar, cuya dirección desconoce. Una segunda lectura a la novela es imprescindible para que el inocente lector termine de confundirse.

Si los personajes de El castillo blanco pasan mucho tiempo de sus vidas preguntándose quién es quién, ¿por qué yo soy yo?, el lector, a su vez, se cuestiona: ¿quién o quiénes son los narradores de la historia? Le surge la duda sobre cuántos personajes fueron los que pasaron por la experiencia de ser llevados a Turquía como esclavos. ¿Le pasó sólo al joven artista, o también al Maestro cuando se fugaba para hacerse pasar por el otro, y lo regresan como esclavo? O, ¿a ambos? Duda que nace a raíz de la afirmación que hace el mismo joven, mientras aguardaba a los piratas. Dice: “aquel joven no era yo”. Sospecha que ocasiona, también, su actitud ante el asalto. Escúchenlo decir: “Mientras aguardábamos a los barcos turcos, en medio del mar en calma, bajé a mi camarote, puse en orden mis cosas como si esperara no a los enemigos que habrían de alterar mi vida entera sino a unos amigos que vinieran de visita…”. ¿Quién podría decir una cosa parecida ante un ataque de esa magnitud? Sólo alguien familiarizado a la situación. Alguien que conocía el modo de ser de esos asaltantes, alguien que podía calcular el máximo riesgo al que se estaba enfrentando.

Además, el libro que narraba la vida del que iba a suplantar ya estaba escrito: “… abrí mi pequeño baúl y hojeé absorto mis libros. Se me humedecieron los ojos mientras pasaba las páginas de un tomo por el que había pagado un alto precio en Florencia; podía oír los gritos que llegaban del exterior, los ruidos de pisadas inquietas, el alboroto; tenía presente que poco después me separarían del libro que tenía en las manos, pero no quería pensar en nada de eso sino concentrarme en lo que estaba escrito en sus páginas. Era como si entre los razonamientos, las frases, y las ecuaciones del libro se encontrara todo mi pasado y yo no quisiera perderlo; mientras leía las líneas que se me venían al azar a los ojos, susurrándolas, casi como si rezara, me habría gustado grabarme el libro entero en la mente para que así, cuando llegaran, pudiera recordar todos los colores de mi pasado como si evocara las palabras amadas de un libro memorizado con placer y no pensar en ellos y en lo que me harían sufrir”, pag. 17.

Y, cuando se lee: “la historia de aquel muchacho cuya vida se vio interrumpida continuará algún día a partir de donde se detuvo”, se nota que en la novela esa historia quedó interrumpida, entre paréntesis, y sólo en ese preciso momento se la está retomando. Vuelve, entonces, a entrar en escena este personaje que esclavizado también compartió la vida con el Maestro. En el último capítulo se narra, según mi criterio, la historia de este joven artista que olvidamos mientras nos narraban las anécdotas entre el otro esclavo y el Maestro. Luego el Maestro aclara que a este Joven, por codicia, lo vendió después de torturarlo pidiéndole que le contara su vida para suplantarlo. El último capítulo trata de ese Él que conoce el secreto.

En su novela Pamuk se divierte un poco más al hacer del tiempo algo relativo. Menciona que los personajes se parecen entre sí a tal punto de ser considerados por los demás como hermanos gemelos; pero, aclara que hay seis años de diferencia entre ambos. Son tan parecidos que pudo darse la simbiosis hasta llegar a intercambiar roles, personalidad e identidad; pero, nadie puede negar que seis años marcan diferencias, así sean mínimas.

En todo caso, calcular, sospechar e intuir sobre cuántos, y quiénes fueron los personajes esclavizados y quiénes convivieron con el Maestro verdadero, y con el falso, que torturaban física y psicológicamente a sus esclavos, es lo que hace interesante a la obra. Especulando, o intuyendo, que hay algo más detrás de esa simple historia de cambio de roles e identidades, es por lo que resulta interesante el libro. Sólo así, el lector querrá determinar la identidad de quién habla, o escribe, el párrafo que está leyendo. Todos estos detalles que involucran al lector, y lo convierten en detective, contribuyen a hacer, finalmente, fascinante este trabajo de Pamuk.

El castillo blanco abre un mundo de posibilidades para analizarla: desde la identidad, hasta la relación amo/esclavo, pasando por lo sádico/ masoquista.  Recurrir a la psicología y la filosofía, como referencia, puede ayudar.  Y si razonamos en las profesiones que desempeña el Maestro, la de astrólogo y médico, nos daremos cuenta que están relacionadas directamente con Dios. Tanto la astrología como la medicina intentan descifrar la mentalidad de Dios, y cuál es el mecanismo de su creación. El Maestro se comporta como un dios mitológico; algunas veces como héroe, otras como tirano, y muchas como sabio.

Todo, en El castillo blanco, se presenta como un juego de laberintos entrecruzados. La forma cómo están presentes las voces narrativas, así como el tiempo y el rol de la mirada en el espejo llevan a especular que el autor lo que está presentando, realmente, es el alter yo del personaje; que tanto el esclavo como el Maestro son una misma persona, pero, en diferentes momentos de sus vidas. Pero, estas son sólo especulaciones.  Esa dualidad entre Maestro-esclavo se percibe como una de las maniobras para dejar al lector preguntándose si esos personajes surgen de una sola persona, o si realmente son varios. Intentos, como ya dije, por querer dejar al lector tan confundido como lo están los mismos personajes; detalles que marcan el carácter psicológico de la novela.

Porque los dos personajes están en la búsqueda de la respuesta de quién es quién, quién es el esclavo y quién es el amo, quién aprende de quién; ambos desempeñaron dichos roles. Muchos ven aquí la relación oriente y occidente, eso, a pesar de que el mismo Pamuk, al final de la novela, se encarga de aclarar que no hay tal intención. Pero, no se puede negar que aquí también se produce la misma simbiosis que se da entre los personajes. Esos dos mundos se han aproximado tanto que ya existen zonas que han llegado a integrarse. ¿Quién puede negar que la literatura de Pamuk no responde a esa realidad?

En El castillo blanco, el libro y la escritura tienen un rol preponderante. Los personajes se pasan escribiendo, leyendo y contándose historias. Este hecho y los edredones que fabrica el padrastro del maestro nos evocan épocas de magos y Mil y una noches. Además, hay una generosa referencia literaria. En toda la novela se menciona a diferentes autores y  grandes obras, tanto de oriente y occidente; obras escritas por cristianos o musulmanes. Y cuando menciona la anécdota de uno de sus compañeros de celda, manco, que terminará escribiendo una historia de caballería lleva a pensar de inmediato en El Quijote, tanto como en Cervantes; la anécdota de su vida inspiró el asalto al barco. La introducción de Faruk, personaje que escribe el prólogo, son recursos inspirados en El Quijote, de Cervantes. Y aquí, como en El Quijote, leemos documentos traducidos del árabe. En El castillo blanco, nos presenta una traducción del árabe antiguo del siglo XVII al moderno.

La angustia que siente uno de los personajes frente al miedo a la muerte y al temor de contagiarse con la peste lleva a recordar, de inmediato, las obras escritas por E.T.A. Hoffmann, y El Horla de Maupassant.  La escena casi surrealista que sucede frente al  espejo, cuando uno de ellos se pone a imitar los gestos, la mirada del otro, produce también niveles de angustia en el lector. La mirada, ese lenguaje corporal que dice mucho más que las palabras, es utilizado por Pamuk para reflejar la angustia que puede provocar una mirada: la del otro. El espejo que debería ser un amigo que nos refleja, en la novela El castillo blanco se convierte, como bien decía Borges en uno de sus cuentos, en algo abominable, cuando duplica las imágenes de maestro y esclavo en forma grotesca. El estadio del espejo, es un concepto de la teoría lacaniana. Ahí se afirma que en el momento que un niño se reconoce por primera vez en el espejo, celebra su imagen con alegría, con júbilo, en éxtasis. Pero, necesita del otro para poner en marcha el fenómeno de identificación. Es la mirada del otro la que permite la <<unificación imaginaria>>. Pero en este caso al ser grotesca es perturbadora, a todo nivel de lectura.

La angustia y el miedo están presentes y latentes en toda la novela. Delata su presencia y se proyecta hasta el lector porque él es partícipe del secreto de los personajes. La lectura lo convierte en un cómplice, encubridor. El secreto que esconden los personajes, de hacerse público, les puede costar la vida. Conocer el secreto del otro maximiza la angustia que ya de por sí posee la incertidumbre por el hecho de haber perdido la dimensión y no saber quién es quién. Mucho más si alguien te dice: “¡ahora él sabía lo que yo pensaba y pensaba lo que yo sabía!

El desarraigo, la nostalgia por el hogar, son ingredientes que acompañan a la novela. Los sueños expresan los temores profundos de cada uno de los personajes. Y al mismo tiempo sirve al esclavo como estrategia para tentar al Maestro; dice: “Le conté indiscretamente un sueño que había tenido por aquellos días. Él ocupaba mi lugar e iba a mi país, se casaba con mi prometida y en la boda nadie se daba cuenta que no era yo; en cuanto a mí, en medio de la celebración, vestido de turco, me cruzaba con mi madre  y con mi satisfecha prometida que, a pesar de las lágrimas que acabaron de despertarme del sueño, me dieron la espalda y se alejaron sin percatarse de quién era yo”.

Los secretos de la mente, todo lo que guarda y encierra el inconsciente, es una de las preocupaciones de los personajes de El castillo blanco. La pregunta constante de ¿Por qué yo soy yo? sólo se entiende cuando se acepta que la novela da vueltas circulares en ese  juego oscuro de las personalidades, donde nadie es lo que parece. El doble presente, no como reflejo de uno mismo sino como sospechoso de ser el enemigo. El testigo de nuestras acciones y pensamientos que posa su mirada en uno como juez, para juzgar nuestros actos. No se puede esperar menos de Pamuk. Prefiero estar equivocada a considerar que El castillo blanco trata un tema trillado, de un simple cambio de identidades, que ya hasta los peores comedias de la televisión han explotado.

 

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MEMORIAS DE ADRIANO


Todo me pareció encantador en aquella tierra lluviosa: las franjas de bruma en el flanco de las colinas, los lagos consagrados a las ninfas aún más fantásticas que las nuestras, la melancólica raza de los ojos grises. Tenía como guía a un joven tribuno del cuerpo auxiliar británico; aquel dios rubio había aprendido el latín, balbuceaba el griego, ejercitándose tímidamente en componer poesías amorosas en esa lengua. Una fría noche otoñal fue mi intérprete ante una sibila. Sentados en la choza de humo de un carbonero celta, calentándonos las piernas metidas en gruesas bragas de áspera lana, vimos arrastrarse hasta nosotros a una vieja empapada por la lluvia, desmelenada por el viento, feroz, y furtiva como un animal de los bosques. Aquel ser se precipitó sobre los panecillos de avena que se cocían en el hogar. Mi guía consiguió persuadir a la profetisa de que examinara para mí las volutas de humo, las chispas, las frágiles arquitecturas de sarmientos de cenizas. Vio ciudades que se alzaban, multitudes jubilosas, pero también vio ciudades incendiadas, tristes hileras de vencidos que desmentían mis sueños de paz,” Pag 152

De esta forma narra Marguerite Yourcenar, por eso la recomiendo. Sin duda, sus palabras tienen el poder de la seducción, son capaces de sacar hasta la superficie emociones muy intensas, la forma poética cómo maneja la palabra,  pone a flor de piel sensaciones muchas desconocidas por el lector.

Marguerite Yourcenar es un seudónimo: lo formó agregando a su nombre Marguerite el Yourcenar que es un anagrama de su apellido Crayencour; lo usa desde 1919. Nació en Bruselas, Bélgica el 8 de diciembre de 1903, y falleció en Estados Unidos, en 1987. Fue novelista, poeta, dramaturga, traductora y profesora de Literatura comparada en Estados Unidos.

Huérfana, su madre murió en el parto, su padre la llevó a vivir en Francia, era natural de Lille, a la casa de la abuela. Su padre, aristócrata acaudalado, le proporcionó una educación esmerada. La hizo su acompañante asidua en sus largos viajes, aprovechó de ese recurso para  transmitirle su amor por el mundo y los lugares remotos. Le enseñó, además, la pasión por el saber, inyectándole amor por la lectura.  Yourcenar hablaba latín desde los diez años, y griego desde los doce. Desde siempre mostró predilección por los clásicos.

Dice: “El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros”. Pag 43

Marguerite mujer adelantada a su época, nunca negó su bisexualidad. En1937, luego de muchos años de amistad formó pareja con su mejor amiga, la traductora Grace Frick, relación que durará hasta la muerte de Grace. Yourcenar será la primera mujer elegida miembro de la Academia de Lengua francesa, en 1980; diez años antes ya formaba parte de la Academia belga.

Las citas las saqué de su novela Memorias de Adriano. En esa obra Yourcenar plasma en palabras la vida y agonía de una de las figuras más representativas del mundo, del emperador romano, Adriano. La publica en 1951, después de haberla estado trabajando por muchos años. Es una obra que le tomó casi toda una vida. Se pasó pensándola, escribiéndola, repensándola, y reescribiéndola muchas veces. Ella misma dice que para escribir ciertas noveles se necesita pasar de los cuarenta años.

Espero que mi entusiasmo por ella y por su obra les anime a conocer a esta autora y a leer Memorias de Adriano. La novela está escrita en primera persona, eso hace que entre Adriano y el lector no haya intermediarios que interfieran en la comunicación. No estará presente ni la voz de la autora, técnica que impregna complicidad, intimidad, confidencialidad a la relación Adriano –  lector. Y el hecho de que se trate de la lectura de una misiva convierte al lector en un curioso que husmea, que averigua fuera de la ley; éste lee una carta destinada a otro. El hecho de leer páginas llenas de intimidades redactadas en confianza para su sucesor, e hijo adoptivo, Marco Aurelio, maximiza la sensación de complicidad e intimidad con el lector, hasta llegar a niveles sublimes; gracia, que atribuyo al poder poético que tienen las palabras vertidas. Todas denotan meticulosidad,  exigencia, al momento de haber sido escogidas.

Además, al estar narrada en primera persona permite que el lector se introduzca directamente dentro de la cabeza de Adriano. Gracias a eso se llega a comprender cabalmente las reflexiones filosóficas, sus opiniones sobre política, los gobiernos, su criterio sobre la guerra, sobre Roma, el amor y, básicamente, sobre Grecia y el arte. De esa manera, Adriano te permite sentir y revivir lo que él mismo vivió, y sintió. Nada en la novela es superfluo ni está demás. Toda la narración es una historia coherente y llena de aventuras. Hay un equilibrio entre las acciones y las reflexiones. No está presente el ingrediente sentimentalismo ni cuando nos relata los pormenores de la muerte de Antínoo, su ser amado. Más bien la ironía muestra su rostro, en el momento justo.

Cómo no emocionarse cuando el emperador dice:

Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que lo tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas. Pag 30

Y por más que Adriano, en su misiva, exprese que sus días están contados, porque la enfermedad se posesionó de él, que la cercanía con la muerte es evidente, cada oración que escribe, cada intimidad que revela está impregnada de poesía, de nostalgia de la experiencia vivida. El lector siente la emoción, olvida su condición de éxtimo y se siente parte de la historia, se considera único destinatario de esas confidencias. El lector se vuelca al libro como un personaje más de la novela, se introduce en sus páginas cuando logra conocer los detalles significativos de la vida en ese siglo que protagonizó Adriano.  Las anécdotas de su juventud, los recuerdos de su abuelo que ya había descifrado en las estrellas su futuro, años antes ellas ya pronosticaba su llegada al trono. Descubrir cuáles fueron sus maniobras, sus alianzas para lograr su objetivo, los esfuerzos que le demandó conservar la paz, dentro y fuera de las fronteras, convierten a la experiencia lectora de Memorias de Adriano en algo enriquecedor, experiencia capaz de dejar huellas imborrables.

No debemos olvidarnos, eso sí, que estamos ante una ficción. Este Adriano de Yourcenar no es el Adriano emperador histórico, sino un personaje creado por ella. Es el resultado de la afinidad que mantuvo con el personaje histórico, más el bagaje cultural acumulado que se sumó al ingrediente de su propia genialidad. Yourcenar, es verdad, aprovecha la oportunidad para mostrarnos, en coherencia con la habilidad y la afición de Adriano, sus dotes de poetisa. Gracias a la magia de la poesía Yourcenar presenta a Adriano sensible a las palabras y al arte. Adriano, hombre inteligente, agudo al momento de razonar; también era poeta y escribía. Tanto el Adriano sensible de la novela como el Emperador de la historia,  griegos por educación y mentalidad, sucumben ante los encantos de Antínoo, el joven dios que les hará conocer el amor.

Pero, si nos ponemos a reflexionar sobre el rol de la autora a la hora de escribir su novela nos quedará la grata sensación de que utiliza a Adriano para hacer sus propias reflexiones filosóficas. Da la impresión de que a través de Adriano, Yourcenar, exteriorizó sus propios pensamientos y sentimientos. Porque, finalmente, todo lo vertido por la pluma de Adriano refleja la pericia y el dominio de una técnica narrativa extraordinaria, y  delata la gran inteligencia del escritor. Tal como lo fuera Yourcenar.

Adriano dice, por ejemplo:

En Egipto he visto dioses y reyes colosales; los primeros sármatas tenían en las muñecas brazaletes que repiten al infinito el mismo caballo al galope, las mismas serpientes devorándose entre sí. Pero nuestro arte (quiero decir el griego) ha elegido atenerse al hombre. Sólo nosotros hemos sabido mostrar en un cuerpo inmóvil la fuerza y la agilidad latente; sólo nosotros hemos hecho una frente lisa el equivalente de un pensar profundo. Soy como nuestros escultores: lo humano me satisface, pues allí encuentro todo, hasta lo eterno. Pag 145

De Adriano, es verdad, nos queda mucho de sus recuerdos sobre su amor por Antínoo, y  su indiferencia por su esposa Sabina a quien, como él mismo dice, no se tomó la molestia de hacerle un heredero; pero, no podemos afirmar tampoco que fue indiferente a lo femenino. Leamos lo que dice:

 “…Tantas cosas han pasado desde aquellos livianos amores, que sin duda ya no reconozco su sabor; me place sobre todo negar que me hayan hecho sufrir. Y sin embargo hay una, entre aquellas amantes, que quise deliciosamente. Era a la vez más fina y más robusta, más tierna y más dura que las otras; aquel menudo torso curvo hacía pensar en un junco.  Siempre aprecié la belleza de las cabelleras, esa parte sedosa y ondulante de un cuerpo, pero la cabellera de la mayoría de las mujeres son torres, laberintos, barcas o nudos de víboras. La suya consentía en ser lo que yo amo que sean: el racimo de uvas de la vendimia, o el ala. Tendida de espaldas, apoyando en mí su pequeña cabeza orgullosa, me hablaba de sus amores con un impudor admirable. Me gustaba su furor y su desasimiento en el placer, su gusto difícil y su encarnizamiento en destrozar su alma”. Pag 75-76.

 

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Acabo de soñar que Marcel Duchamp me pintaba mientras yo, desnuda, bajaba lentamente por los escalones de la escalera de mi casa. Esa simple relación onírica, que compartimos en mi siesta, me llenó de curiosidad y provocó que al despertar pasara a escudriñar su pasado con la misma ansiedad y pasión con la que intenté reconstruirme como modelo, y musa, de ese irreverente de quien apenas sabía que se había atrevido a enviar un urinario, a una importante exposición en Nueva York.

 

Tal vez lo que esté contando no sea más que el producto de ese episodio en mi cama, que los datos que señale no estén más que en mi imaginación. Pero lo cierto es que tienen el poder y la fuerza suficiente como para hacer de él, en este momento, el personaje de mis sueños, favorito. Por otra parte, tengo la esperanza de volverme a topar con él, si no es en otro sueño, al menos en la imaginación para volverle a ser pintada o para replantearle la  pregunta: ¿Qué nos dejaste, Marcel Duchamp?

 

Cuando lo vi apoyado, fugazmente, sobre el Gran Vidrio, que sería su gran obra, pensé adelantarme a su respuesta y decirle: NADA, nada serio. Pero no lo hice porque si bien es cierto, Marcel, llegó a  mi vida primero con su urinario, al que había titulado la “Fuente” y un seudónimo que yo misma le había soplado, susurrándole, ¡pon R. por Rosario, y Mut, por lo que quieras! (los dos dólares para la inscripción para la exposición los encontró en mi monedero), tenía la sospecha que su arte escondía mucho más que una simple actitud irreverente. Pero, Marcel se adelantó, y me repreguntó ¿Te parece poco este ready-made que estás viviendo?, ¿tú en tu cama durmiendo  y yo, pintándote desnuda mientras bajas las escaleras? Por poco me despierta su respuesta, pero, felizmente, me dejó recordando esa cuerda, y ese libro, que regaló a su hermana, para que lo colgara en su ventana, con el fin de que el viento pasara las páginas,  y ella aprendiera unas tres o cuatro cosas de la vida. Sé que este ready-made que hizo, al presentarse en mi vida y en mi sueño, es mucho más valioso de los tantos que hizo con su arte. Ahora tuvo que atravesar el tiempo, viajar desde Paris y pasar por lugares extraños, desconocidos para él, para llegar hasta mi cama y pintarme desnuda mientras  yo trato de descender lentamente por las gradas de la escalera. Ready-made tan fugaz como los muchos que hizo para sus obras.

 

¿Quién eres tú, realmente, Marcel Duchamp? Repitió como sonámbulo mi pregunta. Creo haberle escuchado decirse así mismo: “Podría decir que soy un soñador, uno que intentaba atrapar el tiempo y el movimiento para su arte. Alguien que creí que el azar, las decisiones que toma el artistas, son lo más importante y lo que deberían mandar finalmente en el arte. Soy una especie de dios, de esos creados por la mano de inteligencia de los hombres. Soy Marcel Duchamp quien tiene mucho que agradecer a Bretón”.

 

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