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Archive for 28 noviembre 2012

CON LICENCIA DE FICCIÓN

 

Marisa E. Martínez Pérsico

Universidad de Buenos Aires / Universidad de Salamanca

 

El admirable logro de Voces Amordazadas en un Pueblo lleno de Cruces es la voluntad de concienciar sin dejar de ficcionar. Es una urdimbre perfecta entre el testimonio y el arte de la poiesis. Se construye a partir de un sólido vaivén entre la crudeza de la crónica de los asesinatos ocurridos en la mexicana Ciudad Juárez –calificados aquí de feminicidios– y la aparente superficialidad de algunas elecciones de la vida cotidiana, como pasar una jornada de relax en un spa urbano.

La eficacia de la obra radica en este contraste feroz que, no obstante, refleja las dos caras de la vida humana, a caballo entre el pathos y el eros, entre la cúspide del placer y del dolor. Los horrendos detalles de los crímenes y abusos a mujeres cometidos en una ciudad con los mismos atributos infernales que Rulfo asigna a Comala en Pedro Páramo coexisten con la exacerbación de los placeres sensoriales dignos del mejor realismo mágico, pues numerosas páginas nos exhiben un escaparate de percepciones olfativas, táctiles, gustativas, estimuladas por frutas tropicales y perfumes, cuya lectura nos conduce a experimentar una auténtica orgía sensorial.

No menos interesante es el empleo de diversos recursos constructivos como el fluir de la conciencia, las alusiones metaliterarias –apelaciones al lector potencial, reflexiones sobre la propia obra– así como la combinación de distintos géneros y tipos textuales: conversacional, epistolar, informativo, explicativo, argumentativo, narrativo, más algunas pinceladas de prosa poética. En síntesis, una obra total.

 

 

RESUMEN

 

Luzrosario Araujo G.

 

La novela está estructurada como una “Matrioska” en la que una historia encierra a otras, pero básicamente se trata del dolor por la pérdida de un ser querido como es una hija.

La historia está ubicada tanto en Ciudad Juárez, México, como en Guayaquil. A través de la historia de Quetta, se enfoca la violencia que viven algunas mujeres en nuestros países. La historia de Quetta es contada por su madre, Guadalupe, quien la busca y cree hallarla en cada rostro de mujer joven que ve. Ese es su más grande dolor, el creer que ha encontrado a su hija y la repetición continua de volverla a perder cuando descubre que se ha equivocado.

Ella no sabe lo que realmente le ha pasado a su hija porque simplemente Quetta desapareció mientras iba al paradero a tomar un bus. Por azares de la vida Guadalupe conoce a Clara quien vive en Guayaquil. A ella es a quien cuenta su historia y ésta a su vez a su amiga Mari, quien la escribe.

Hay una historia superpuesta que se narra, vivencias entre la escritora y su amiga, quienes viven situaciones aparentemente superficiales unas veces, pero otras profundas; todo esto de modo informal para darle un poco de levedad y no resulte pesado el tema.

 

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Dedicado a

Tiburcio Lucero     

A la Plaza San Francisco llegamos con dos horas de anticipación y nos instalamos en la primera fila. Fuimos los primeros en esa Plaza que ya tenía preparado su altar. Listo, desde unos días antes, esperaba a la turba que con gritos festejaría su triunfo, el cual trastornaría el espíritu de mi madre, y el de sus hijos.  Yo era muy niña, es verdad. Aún no podía comprender a cabalidad el por qué de aquel ajetreo, ni el por qué del dolor que embargaba a mi madre y a mi familia. Pero mi corta edad no me salvó de poder presentir, en mi fuero interno, que algo abominable, fuera de las leyes de la armonía con la vida, estaba por testificar esa mañana, frente a ese altar.

Muy pronto, la Plaza San Francisco se comenzó a llenar con aquellos fanáticos que impacientes exigían puntualidad del acto. A través del tiempo intenté, pero nunca pude, borrar esa imagen, y menos, arrancar de mí el miedo que había experimentado la víspera de ese veinte de abril de mil ochocientos cincuenta y siete. La furia con la que el cielo arrojaba el granizo, que retumbaba sobre la cabeza de la choza donde vivíamos, que nos hacía temblar de terror, y el miedo presagiar una catástrofe, siempre estuvo a mi lado. Ese día Cuenca amaneció húmeda y fría. Cada quien vivía aquella experiencia a su manera, pero en cada uno se comenzaba a acuñar la sensación de que esa explosión de piedras congeladas era en realidad navajas pesadas que caían para perforarnos, mutilarnos, o multiplicar nuestros pedazos. Y a pesar de sentir la amenaza cerca, auscultando hasta sus huesos, mi madre se levantó muy temprano, y se dedicó con esmero a arreglar a sus hijos. Luego, cuando nos tuvo medio abrigados, y con su pena a cuestas, nos empujó a todos a la calle.

Desde aquel momento en que por primera vez vi el rostro de la mujer que estuvo parada a mi lado, en esa Plaza, su imagen se quedó impresa en mi mente y permaneció en mí junto al recuerdo borroso de mi padre. Crecí escuchando de la boca del pueblo y de mi madre los rumores de su historia, los detalles de su vida. Pero nada, ni eso, me ayudaron a comprender el por qué la enterraron junto a los restos de mi padre.

En esa Plaza envuelta con el murmullo del tumulto de la gente fue que escuché por primera vez su nombre. ¡Dolores!, le había gritado llamándole la atención una de sus amigas, cuando intentaba acercarse a nosotros. Me di cuenta de que aquella Dolores no quería perderse ni uno solo de los detalle de lo que  iba a pasar sobre ese altillo. Mi madre me tenía aferrada a su regazo, y cuando la sensación de una mirada fija, detrás de mi nuca, me hizo voltear la cabeza, di cara a cara con el rostro de esa mujer joven, alta, de no más de treinta años. Percibí dentro de su mirada, en sus condolidos ojos se vislumbraba su curiosidad. Con detenimiento observaba y auscultaba a cada uno de los hijos que estaban aferrados a las piernas de mi madre, o escondidos dentro de sus polleras. Dolores se había instalado tan cerca de mí que hasta pude escuchar claramente su voz cuando susurró que éramos cinco los hijos; en el oído de su amiga.

Siempre me hizo suspirar el recuerdo de las manos ásperas de mi padre cuando rozaba mis mejillas, o cuando me levantaba por los aires. Lejos se encontraba, entonces, aquella futura pesadilla. También, perduraba en mí el sabor del mote con habas serranas y chochos que preparaba mi madre. Se levantaba de madrugada y ponía a cocinar los granos que había dejado remojando la noche anterior. Cuando estaban listos los mezclaba y aderezaba con cebolla cortada en cuadros muy finos. Le agregaba yerbita y un poco de ají. El preparado lo ponía en una bandeja que metía dentro de una canasta, y salía a la calle con la cesta colgada en uno de sus brazos. El aroma del cuero de chancho que tostaba para acompañar, dar sabor y decorar cada porción de los granos nos despertaba a todos con un apetito gigante. Pero teníamos que contentarnos con una pequeña porción para probar; solo eso, para que no se nos brotaran los ojos de las ganas, el resto era para convertirlo en más granos, leña, papas y pan.

Desde aquella mañana que nuestras miradas se encontraron Dolores y yo fuimos inseparables. Durante todo un mes fui la hija que nunca tuvo. Es verdad que su hijo Santiago le llenaba el corazón de alegrías, pero mi nombre, Esperanza, le proporcionaba la  fuerza y el coraje que necesitaba para luchar por un futuro digno para los de mi raza. El día que me enterraron aún llevaba impregnado en mí el recuerdo que conservaba de mi madre, temblando impotente en esa Plaza de San Francisco. Y lo último que vi fue la imagen de su rostro desfigurado por la angustia, y el de mi padre quien al descubrirnos en esa Plaza llena de gente alborotada intentó arrojarse desde esa plataforma para recibir y darnos el último abrazo, o el beso del adiós. Ese gesto angustió más a mi madre, y desgarró el corazón de Dolores. Porque al primer intento de mi padre de ir a nuestro encuentro fue represado por muchos brazos armados.

A un indio que había nacido y crecido con la tradición histórica de respetar y venerar a sus mayores, tanto como a la tierra; que sabía que lo más sagrado que se tiene son los seres que te han dado la vida. A ese indio haberlo acusado de parricidio, siempre me pareció una burla. Pero así fue. A Tiburcio Lucero le acusaron de haber matado a su padre. Y lograron mandarlo ante Dios, El Gran-Todo ya ejecutado; argumentando que todo crimen debe ser juzgado por Dios y por los hombres. Luego de presenciar lo que habían hecho a mi padre, Dolores escribió su Necrología y con ese papel, y con ese Gran Todo impreso, incomodó a la sociedad que ávida de venganza, hizo todo para que ella también pereciera.

Ella tenía dieciocho años cuando se casó con el doctor Galindo, pero la mañana que la conocí, ya habían transcurrido tres que él la había abandonado. No faltaron quienes comentaron que lo que había destruido a la pareja fue el desmedido amor de Dolores por el doctor. Nadie puede negar lo inmenso de su sentimiento y la pasión vertida a su esposo. Pero tampoco se puede afirmar que la insatisfacción que sentía ella en su corazón, por el hecho de saber que no era amada en la misma medida, y que él le era infiel, fuese la causa de la separación.

Por ese El Gran-Todo, impreso en su Necrología, Dolores fue acusada de panteísta. Se armó en su contra una campaña de desprestigio. Atea, inmoral, mujer abandonada, fue lo más venial que se le dijo. Con esos adjetivos la sociedad cuencana se traicionó. Y ella en su desesperación al verse acorralada, y al constatar que no era apoyada ni comprendida en su lucha contra la injusta ley buscó una alternativa con la cual  expresarse con libertad.

Sé que a mi padre, como a Dolores, le toco vivir en una época difícil.  No es su culpa el que hubiera nacido en un tiempo en que a los de su raza no se los consideraba con valor alguno, o con derecho a reivindicaciones. Por su condición de indio mi padre vivía sujeto a normas que consagraban la desigualdad y sometimiento. Tiburcio Lucero se encontraba desvalido, sin el apoyo ni de los representantes de Dios en la tierra. Por eso, Dolores se apiadó de él y de la suerte de sus hijos. Vio en nosotros la cara del futuro de las nuevas generaciones de indígenas que seguirían bañando de sangre las Plazas.

Una fría mañana sacaron a Tiburcio Lucero de su celda, y escoltado por uniformados, bien armados, lo llevaron hasta la Plaza San Francisco. Llegó caminado acompañado de algunos sacerdotes que oraban. Cuando lo descubrí me llamó la atención su túnica blanca en la cual destacaba una mancha roja al nivel del corazón, y el crucifijo que sostenía en sus manos. Caminaba erguido con la mirada fija en la multitud, que lo insultaba, pero nos buscaba con los ojos bien abiertos. Sólo cuando estuvo arriba sobre el altillo logró descubrirnos. Entonces, dejó que todos supieran del gran dolor que le embargaba por tener que dejarnos.

Lo perdimos en abril. Y en mi inocencia consideraba que no era una coincidencia el que Dolores escribiera ciertos versos mencionando ese mes. Me llamaba la atención aquel que decía: Sin él, para mí, el campo placentero, en vez de flores me obsequiaba abrojos. Sin él, cuan sombríos a mis ojos del sol los rayos en el mes de abril. Suponía que eran versos dedicados a mi padre. Su Necrología me hacía sospechar que ella había estado enamorada de él. Solo quien amaba con pasión podía decir: No es sobre la tumba de un grande, no es sobre la tumba de un poderoso, no es sobre la de un aristócrata que derramo mis lágrimas. ¡No! Las vierto sobre las de un hombre, sobre la de un esposo, sobre la de un padre de cinco hijos, que no tenía para éstos más patrimonio que el trabajo de sus brazos.

Recuerdo que apenas percibía los sones que hacían las chancletas que arrastraban los pies de mi madre, acercándose a mi cama, sintiéndome culpable escondía rápido, debajo de mi colchón, los poemas de la amante de mi padre. A pesar de que mi madre no sabía leer, dicha catarata no le había impedido darse cuenta de las lágrimas que Dolores había derramado por su Tiburcio. Le habían llenado de orgullo, pero también de celos, los papeles que habían circulado por la ciudad dando fe de la devoción que su marido había podido, al borde de la muerte, producir en aquella joven poetisa. Rodeada de la penumbra de mi habitación, por la poca luz que producía la mecha de la alcuza que me alumbraba, metida en mi lecho había releído una y otra vez los versos que había escrito Dolores y que, por mi corta edad o por mis deseos de niña, había atribuido al amor que le había profesado a mi padre. Y siempre deseé que fuera así.

Había creído ver todo ese amor en la forma cómo se descompuso en el momento en que mi padre fue acribillado. Su quejido se fusionó con el grito que lanzó mi madre en el momento cuando mi padre cayó al vacío. En ese mismo instante que perforaron su cuerpo habíamos sentido la potencia de sus brazos. Éstos se habían extendido y se habían cerrado fuerte abrigando en su seno a toda la familia Lucero. Ella fue quien enjugó nuestras lágrimas, y a partir de ese momento se convirtió en nuestro escudo. Al día siguiente del fusilamiento comenzó a circular su Necrología.  Mi madre conservó para nosotros un ejemplar y todos los que salieron de parte de ella o de sus enemigos. En contra de Dolores comenzaron a salir volantes, notas desde el periódico La Escoba donde se habían atrincherado sus rivales. Papeles que servirían luego no solo como constancia de los agravios que ella tuvo que soportar, sino también para que sirvan para demostrar que sus rivales al no tener argumentos para defender su posición, a favor a la pena de muerte, no encontraron otro recurso que convertir la confrontación en un asunto personal. Sus enemigos conocían sus puntos más débiles, y por ahí lanzaron su artillería. La juzgaron por haber sido abandonada por Galindo, y por organizar y por recibir en su casa a caballeros para sus tertulias literarias. Agravó su situación el hecho de que ella se atreviera a usar la escritura como arma para atacar a las fuerzas del poder. Siendo mujer, sin derecho a hacerlo,  se tomó su osadía como una afrenta.

Una vez me dijeron que fue el odio, por un amor no correspondido, lo que hizo actuar de esa manera a uno de sus enemigos. Me dijeron que se puso en contra de Dolores, de quien estaba enamorado, por venganza por su desdén. Que llevado por el rencor, amargado por no ser correspondido, por no ser capaz de producir en ella los sentimientos para crear los versos que vertía por el ingrato que la había abandonado, es que prefirió provocarle la muerte a imaginarla deseando al otro. Me dijeron que adolorido por no poder escuchar de sus labios ¡Y amarle pude! Al sol de la existencia; es que se convirtió en su enemigo. Y muchos consideran que aquellos últimos versos de su poema Quejas ¡Y si olvidar no alcanzas al ingrato ¡Te arrancaré del pecho corazón! fue demasiado doloroso para él, porque le hizo comprender que ella nunca cambiaría la dirección de su mirada, la que estaba puesta fijamente en su marido.

Todo eso dijeron pero yo nunca me lo creí. Consideré que la verdad radicaba en el hecho de que al haber sido Dolores una mujer inteligente, de pensamientos de avanzada, permaneció siempre bajo la sombra de la incomprensión de la época en que vivió. El siglo XIX hizo que Dolores pagara con su vida por adelantársele tanto en pensamiento, como por la libertad que hizo gala; por atreverse a enfrentársele y desafiarlo.

Nadie sospechaba el desenlace que tal enfrentamiento iba a ocasionar. Unos pocos días antes de que se vistiera de blanco, se encerrara en su habitación, lejos de la vista de su hijo, con el sabor del cianuro en la boca, había manifestado que le daba mucha risa la bulla que causaban sus papeles. En su casa en la reunión del chocolate de los jueves, que sería el último, donde reunió por coincidencia a la mayoría de sus amigos intelectuales, había dicho que estaba segura de que más que sus palabras afectaba el hecho de que fueran vertidos por una mujer, cuya condición en la sociedad estaba al nivel de un semi-animal. Lo dijo con gran tristeza, como si se diera cuenta de que para luchar contra la ley de la pena de muerte y enfrentarse con una sociedad que no la comprendía, debía caer en contradicción con sus principios.

Luego de que fusilaron a mi padre, mi madre, apoyada por esa mujer desconocida para ella, luchó con todas sus garras por su derecho a recoger lo que quedaba de mi padre de la Quebrada Supay-Guayco, donde lo habían arrojado. Antes de que los buitres se lo arrebataran recibió de manos de Dolores el papel con la orden de enterrar al fondo del barranco lo que quedaba del fusilado. Un mes después, el cuerpo de la mujer que hasta entonces había luchado por el derecho a la vida era enterrado justo a su lado.  Nosotros no dejamos un domingo de ir a esa quebrada. Íbamos a visitar a mi padre llevándole un ramo de flores que mi madre lo conseguía por un puñado de sus habas, una que otra flor iba destinada para Dolores.

Yo viví convencida de que Dolores cayó en contradicción al buscar otro camino para expresarse. Ella bien sabía que con ese acto de rebeldía, por mandato de la Iglesia Católica, iba a perder su derecho a ser enterrada en el cementerio como los demás, y no le importó. Y la injusticia que con la pena de muerte cometió la sociedad contra mi padre se la resarció al enterrar a Dolores a su lado. Le reivindicó al regalarle más de lo que hubiera conseguido en la vida. Le dio el privilegio de la inmortalidad, de permanecer acompañado por alguien que se ofrendó por su causa. Ahora, a Tiburcio Lucero nadie puede desligarlo de la existencia de Dolores Veintimilla, ni de su obra. Yo, me despedí de la vida estando segura de que todos esos higos que adornaban esa Quebrada de Supay-Guayco, y que nosotros arrancábamos para comerlos con avidez, estaban llenas del amor de mi padre, así como de la genialidad de Dolores.

 

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Un cuerpo como imagen, texto con voz propia, que habla y narra a pesar de sus limitaciones, es con el que nos encontramos y llegamos a conocer, al revisar este trabajo de Pablo Palacio. Un moribundo, un cuerpo golpeado y una escueta noticia en un periódico sobre su agresión llevan a un lector de crónica roja a escribir esta historia y a muchos de los lectores a recordar a García Lorca y sus Bodas de sangre. Estas dos coincidencias invitan a considerar la teoría de que a la hora de escribir literatura hay un pacto sellado entre lo real y la ficción. La ficción a veces necesita de un detonante de la vida real para mostrar la versatilidad de la imaginación. Y el mundo de lo real al entrar en contacto con la ficción pierde su carácter de real, sus muros se desvanecen; cuando entra en contacto con ella ya no puede demarcar su territorio, la ficción resulta más poderosa y se filtra delicadamente.

¿Cómo echar al canasto los palpitantes acontecimientos callejeros? Esta pregunta, según el cuento,  aparece en El Comercio de Quito. Esclarecer la verdad es acción moralizadora, se afirma ahí mismo. Esta nota da comienzo a la historia de la víctima Ramírez, de quién se sabe, casi desde un principio, por un dato accidental, que era un vicioso. En el texto de Un hombre muerto a puntapiés, el personaje principal dice: Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.” Y yo, por una fuerza secreta de intuición, que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes. Pero nunca llega a esclarecer el cómo ni el por qué de esta deducción, en todo el texto no muestra ningún interés real por indagarlo; sólo habla sobre su intención de querer hacerlo y de querer comprobar que clase de vicio tenía el difunto Ramírez. 

La curiosidad, madre de la escritura, es lo que lleva a un lector de crónica roja a esbozar el perfil y a construir la historia de aquel hombre que un policía encontró tirado en la calle, y que falleció al poco tiempo en la comisaría, por los puntapiés recibidos. A cualquier lector suspicaz llamará la atención el hecho de cómo este personaje apenas se entera de la noticia de Ramírez se apropia de él, y de su caso. Y frente a la frustración de no encontrar nada más sobre este particular, diga: Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Ante esta afirmación, y gozando del privilegio que se tiene como lector, libertad irreverente para “abusar” con la imaginación e interpretación, se podría concluir que ese “mi” posesivo fue un lapsus que se le escapó de su inconsciente y lo que lo llevó a determinar cuál era el vicio de la víctima, y a querer comprobarlo. Este personaje reconoce que el caso Ramírez le llegó a obsesionar, se convirtió casi en una necesidad el querer reconstruir, y averiguar las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, obsesión que hace recordar a aquellas que atribuye a la víctima Ramírez, porque él afirma: Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.

Cuando el personaje visita la comisaría en busca de información sobre la víctima se entera de que ésta no quiso referir ningún dato sobre su agresor, ni el motivo de la agresión. En la comisaría los policías le entregan algunas fotos que le dan una idea sobre el físico de Ramírez. Pero, ¿existe una justificación lógica para que a un hombre con: Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado, se le haga un busto y además se juegue con éste agregándole un pecho de mujer? Uno como lector está en su pleno derecho a preguntarse, también ¿pretendió este personaje, al colocarlo una Aureola de santo, como se pegan en las iglesias, presentar el asesinato de Ramírez como un sacrificio que terminó convirtiéndolo en santo? ¿O su intención fue la de presentar a la escritura como un fenómeno en el cual se da esa combinación de rasgos femeninos y masculinos?

… reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridículase le presenta a este personaje como un imperativo, parecido a la fuerza del deseo carnal que atribuye a Ramírez. Cuando se conoce poco hay que intuir, dice, y recrea los acontecimientos. Echa mano a su intuición, deducción y a su imaginación y arma una historia que llegará a atribuir a la víctima. Enlaza de esta manera la fuerza del deseo sexual, con el poder y la necesidad de crear en la escritura. Al sacar de su escondite su yo creativo, el personaje delata al narrador que es; quien con igual pasión que la carnal recrea la historia que terminamos leyendo los lectores, que nos encontramos fuera del texto.

Muchos aseguran que no se puede escribir lo que no se conoce, así resulta fácil suponer que este personaje proyecta en Ramírez su propia pasión: su necesidad de goce, y los deseos escondidos de su carne. Describe lo que conoce bien: desde pequeño experimentó la desviación de sus instintos, que lo depravaron y, en lo sucesivo, convirtieron sus tormentos y sus deseos en una necesidad; discurso que puede servir bien para explicar el deseo y pasión por la ficción que experimenta él mismo.

El lector de crónica roja sabe que en una ciudad desconocida a todo extranjero le resulta difícil satisfacer las necesidades de su cuerpo, ya sea por desconocimiento del lugar o por falta de recursos. Y Ramírez es un desconocido en ese sitio, nadie da cuenta de él.

El hecho de que la víctima callara el motivo de su agresión, y que no quisiera delatar a su agresor abre el camino a la especulación sobre su vicio, o la aberración sexual que padece. Da pie para que el personaje especule sobre los tormentos de Ramírez, y la forma cómo esos deseos carnales arrojan a sus ojos al vacío de dolor. Cómo tiembla su cuerpo por la necesidad de sentir otro cuerpo junto al suyo. Expone la frustración de Ramírez ocasionada al no poder hacer realidad su deseo de sentirse deseado y amado por otro, aunque sea momentáneamente. Revela su deseo ya maximizado por la frustración, el cual como un inmenso torturador, le ha llevado a fijar sus ojos anhelosamente brillantes, sobre las espaldas de los hombres que encontraba en la calle. Este personaje asegura hasta que: Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. Y que al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Su necesidad de otro cuerpo acariciando el suyo le producía deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara, sólo para lloriquear, quejarse lastimeramente, y hablarle sobre las torturas de su carne. Que son éstos los mismos sentires que se experimentan ante la frustración que producen las palabras que no llegan, cuando no responden a los deseos más profundos, no satisfacen, ni sirven para dar explicaciones claras a las ideas que se quiere exponer. Esta reflexión me recordó las palabras de un personaje de Entre Marx y una mujer desnuda, de Adoum: en todo caso, como en esa obra se afirma: también se escribe llevando a cuestas los libros leídos.

Se me mira con desconfianza cada vez que manifiesto que soy asidua espectadora de los combates de UFC, con el box me enganché con Cortázar, pero con el combate de artes marciales con las Olimpiadas y por pura pasión. Y la mirada es mucho más penetrante cuando aseguro que yo también me uno a la voz de la esquina cuando grita: ¡nice, nice, nice!, ante una buena patada de Kung fu. Lógicamente que no hay punto de comparación entre estos dos casos. En el UFC son deportistas entrenados para resistir golpes y propinar los suyos. Pero, el contacto con esta lucha me lleva a considerar a Pablo Palacio vanguardista en este deporte, porque luego de leer este texto de Un hombre muerto a puntapiés,  no se podrá juzgar a ningún maestro de artes marciales, que diga a su pupilo: se debe escuchar: Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!

 

¡Chaj! ¡Chaj!

 

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