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SOY

soy

                                               un alma que flota en la mañana,

                              un espejismo que el viento aleja

                             del volcán de su propia rutina,

                      y arrastra hacia la nave donde perviven sus sueños.

                     Soy

                    un alma que se eleva de entre la vida cotidiana,

                    una mano que arranca a otros las palabras,

                                       para escribir sus propias creaciones.

 

 

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LA PRÓRROGA

La prórroga

 

 

Wera pasó esa noche intranquila, con pesadillas. Víspera de su viaje soñó con unos hombres enmascarados que se le acercaban hasta sus narices, se quitaban sus máscaras en cámara lenta, una y otra, vez burlándose de ella. Solo el despertar los esfumó y, sin embargo, no puso fin a su ahogo. Lo primero que hizo fue tomar el teléfono y tratar de cancelar la reservación de su vuelo; temió que esa pesadilla fuera premonitoria; pero, en ese momento crucial se impuso su profesionalismo y más bien, tomó su máquina fotográfica y salió en busca del avión que la llevaría a su destino.

Wera era fotógrafa profesional. Ya había recorrido gran parte del mundo escudriñando lugares, captando imágenes para sus exposiciones. Pero, aún le quedaba algo pendiente; soñaba con fotografiar la selva amazónica peruana; que ejercía en ella un poder magnético. Consciente de esa atracción rechazaba la idea de regresar; aún le quedaban rezagos del trágico vuelo anterior, cuyas consecuencias persistían en su interior y ni los mejores psicólogos habían logrado aún estabilizarla.

Después de reflexionarlo, y decidida a romper con sus temores, a superar la angustia de los recuerdos del pasado, optó por subirse a ese avión. Al fin y al cabo, “retornaré a casa”, se dijo a sí misma; buscando aliviarse. Terminó de convencerse cuando imaginó las fotografías de la vegetación amazónica, su gente, y sus animales salvajes exhibiéndose en las paredes de la galería. La admiración que se ganaría de sus amigos por su valentía, al haber retornado a ese lugar que tanta angustia le causaba. Además, Wera quería regresar a ver cómo estaba la casa de sus padres, lugar donde había pasado sus vacaciones, y que llevaba abandonada ya algunos años.

Dentro del avión se acomodó para leer y así evitar quedarse dormida, no quería caer en la pesadilla que la perseguía. En vano intentaba escapar de los destellos de los recuerdos que guardaba en su inconsciente de ese trágico vuelo; cada vez que volaba recordaba o soñaba lo mismo, y en esta ocasión temía que fuera peor: estaba yendo por la misma ruta que tomó con sus padres aquel día.

Los pasajeros en el avión iban animados y conversaban entre ellos; Sofía, su compañera de asiento, no era la excepción; en cuanto se sentó le comenzó a hablar; le comentó que en el hospital, situado a las afueras de la ciudad a dónde iban, dos enfermeras más se habían suicidado. Todos aún recordaban a la anterior enfermera que se había ahorcado dos años antes, le dijo. La nota de suicidio que dejó, en la que declaraba que lo hacía por un amor imposible, produjo comentarios. Todos en el pueblo, le dijo Sofía, se preguntaban qué había detrás de esas muertes que involucraban al médico alemán, al director del hospital, a quien todos llamaban “Herrdoktor.”

 

Cuando el vuelo llegó a su fin, y mientras Wera descendía del avión, una ráfaga de calor húmedo y un olor familiar le dio la bienvenida; lo que le animó a tomar fotografías. Ya instalada en su hotel salió de inmediato a pasear por las calles para sacar fotos de la ciudad, de los nativos: fotografió a las mujeres de faldas negras con adornos de figuras geométricas bordadas con hilos multicolores, quienes cubrían sus pechos con sus collares de dientes de animales, piedras y semillas. También, a las que llevaban a sus niños a la espalda y le ofrecían sus flechas y arcos; a los hombres que exigían un dólar por cada fotografía, y pacientes esperaban, unos metros delante de sus mujeres, que les entregara el dinero.

Los días siguientes Wera se dedicó a buscar el lugar ideal, y preciso, para la foto que usaría para la publicidad de la exposición; tenía listo su equipo y conocía la zona. Se internaría en la selva, pero antes tomó fotos al río Ucayali que daba la bienvenida a la ciudad, con sus casas en alto sobre grandes troncos, para que pudieran danzar con las inundaciones; y a los niños que nadaban en esas aguas poco cristalinas junto a las pirañas.

Poco a poco se fue internando en la selva, y cuando el taxi ya no pudo avanzar más ella continuó a pie. Cuando llegó a la casa, que una vez compartió con sus padres, la embargó la tristeza, se apoderó de ella la soledad, el dolor y finalmente la resignación. Por fuera lucía como una casa abandonada, apolillada. Por dentro, las sábanas con las que cubrieron las pocas cosas que tenían, para subsistir en esa zona, se habían deteriorado, estaban curtidas y percudidas; apenas las tocaba se desasían. No obstante, su osadía de haber atravesado esa selva llena de recuerdos y de los miedos de antaño, le llenaba de orgullo; sabía que estaba enfrentando su pasado y reconciliándose con él y con la selva.

Al día siguiente, aprovechando que quedaba cerca, visitó su cueva preferida. Fotografió a las lechuzas que aún vivían ahí, a los murciélagos que la seguían invadiendo, y a las esculturas de arcilla y piedra que una vez esculpió con su padre. Las estatuas aún estaban intactas, un poco más oscuras y llenas de moho; pero fijas en el mismo sitio donde las habían dejado: a la entrada, como guardianes de la cueva.

De regreso a la ciudad se enteró que aún seguía actual la noticia de los suicidios de las enfermeras. Wera también se contagió de la curiosidad por conocer más sobre ese caso, y se encaminó al hospital. Se sorprendió de haberse olvidado lo bonito que era, lo recóndito que estaba, y del lago de enfrente que servía de puerto para los botes y de pista para los hidroaviones.

Se acordaba, y había tomado nota, de todos los comentarios que había escuchado y leído sobre el caso; las cientos de historias que se entretejían sobre ese doctor y el suicidio de las enfermeras. Sabía que el hospital estaba manejado por una fundación: los jefes eran alemanes y el resto, los demás médicos, enfermeros, y auxiliares, eran nativos de la selva; muchos de ellos trilingües; su lengua nativa, el shipibo, español e inglés.

Con la cámara lista Wera acechó durante ese día el hospital y fotografió a todo aquel que entraba o salía. Quería retratar el rostro de quien se comentaba era el causante de más de tres suicidios ahí. Recordó las historias que le habían contado, que algunos pacientes desaparecían de las salas de operación para ser sometidos a experimentos, que esterilizaban a las mujeres sin su consentimiento y que los suicidios no eran tales, sino que las enfermeras descubrían quién era “Herrdoktor”, lo que ocultaba, su pasado; su verdadera identidad.

 

El mismo día que llegó Wera, y estuvo sacando sus fotografías a los nativos que se le cruzaban, y a la misma ciudad, un helicóptero había sobrevolado la granja de Sofía. Del cielo habían caído volantes que fueron recogidos por los niños de su familia. Todos llevaban el mismo mensaje: “NECESITO ATERRIZAR”. Todos ya estaba familiarizados con a esa solicitud: con señas le mostraron al aviador el lugar de siempre.

Mientras el aparato descendía, ráfagas de viento y polvo azotaba los rostros de los presentes. De la nave descendió Antonio, el aviador, quien era hijo de un notable abogado que se hizo muy allegado a la familia de Sofía. Desde que supo que el padre de Sofía era fanático del ajedrez, acostumbró a visitarlos para jugar con él. Hacía una temporada que estaba visitando esa ciudad, por uno o dos días, llegaba para ayudar a su padre en los asuntos referentes a uno de sus clientes importante; eso les dijo. Llegaba en su avioneta que acuatizaba en el lago, al lado del hospital, luego tomaba su helicóptero y se dirigía hacia el centro de la ciudad. Pero, tuvo mala experiencia cuando dejó su aparato en un espacio libre que encontró, era una cancha de fútbol; por eso, prefería la seguridad que le proporcionaba la granja de Sofía.

Wera, después de un par de meses de fotografiar todo lo que pudo y complacida con los resultados, pero agotada del trabajo, y luego de utilizar los últimos tres rollos que tenía, cayó en cuenta de que le quedaba en su último día la tarde libre. Recordó la invitación que le hizo Sofía de visitarla, lo amable que fue al invitarla a conocer la granja de su padre, para que admirara los peces ornamentales que nadaban en las acercas de la casa, y los gallos de pelea que criaban; que según Sofía eran de postal; así decidió aprovechar el tiempo que le quedaba.

Al llegar Wera a la granja, y tocar el portón, un muchacho robusto le abrió y la acompañó hasta el interior de la casa. Ahí se encontraba también Antonio, Sofía se lo presentó. Al escuchar voces que se acercaban a la sala, Antonio dirigió la mirada hacia donde provenían y se unió a los dos hombres que salían de la habitación contigua; quienes siguieron conversando y se encaminaron, de inmediato, en dirección a la puerta de salida; Sofía se les unió.

Wera supuso que uno de ellos era el padre de Sofía, por el parecido; porque el otro hombre era muy diferente a ellos. Era alto, y demasiado blanco, tenía la nariz aguileña y mirada enigmática. Cuando este personaje descubrió a Wera se interesó en ella; observó, desde lejos, pero con detenimiento, y en forma intimidante, la cámara fotográfica que colgaba de su cuello. Wera, al sospechar la identidad del personaje, tomó su cámara fotográfica y buscó en vano en sus bolsillos, y en su bolso, un rollo nuevo. La frustración se apoderó de ella cuando no lo encontró. Sin pensarlo dos veces se acercó al grupo, pero ellos ya se habían subido al helicóptero.

Antonio, antes de perderse en la nave, sacó la cabeza y extendiendo sus brazos les hizo un adiós. Wera, se sintió decepcionada al ver cómo se alejaba la nave con sus tripulantes se. Mientras el helicóptero ascendía los que estaban en tierra se protegían del viento y del polvo. Y cuando entraron a la casa Sofía le confirmó a Wera la identidad del visitante: era “Herrdoktor”. Y le contó que su padre ese día había amanecido algo adolorido, enfermo, y Antonio fue en busca del doctor alemán; debía a su padre muchos favores.

Un poco antes, Sofía, observando el cielo, en dirección por donde se alejaba el helicóptero, comentó que le parecía rara la ruta que había tomado Antonio. Ella se había dado cuenta que cuando él se dirigía hacia el lago, para ir al hospital, se iba por el este, y cuando se dirigía al pueblo tomaba el sur. Por eso, ella no entendía hacia qué dirección se dirigían en ese momento al haber tomado la ruta del norte.

Wera sabía que la experiencia que acababa de vivir no quedaría como una simple anécdota. Este personaje, del “Herrdoktor”, le atraía; demasiado llamaba su atención el misterio que envolvía su vida; ella también era alemana.

Ya en el avión que le regresaba a Lima, desde dónde iba a tomar su vuelo al extranjero, se consternó cuando leyendo el periódico se enteró que “Herrdoktor” no había acudido, ese día, 10 de febrero de 1975,  a testificar en el juicio en el caso de los suicidios; y que nadie conocía sobre su paradero. Eso le motivó aún más a querer investigar el caso por su cuenta. Tenía grabado en la memoria el rostro del “doktor”; sabía, además, a dónde dirigirse.

 

En Alemania, la exposición estaba por inaugurarse y todo se mostraba como un gran éxito. Sin embargo, a pesar de sus ocupaciones profesionales, Wera no había olvidado a “Herrdoktor”. Se había comunicado con unos investigadores privados que rastreaban a los nazis fugitivos, escondidos en Sudamérica. Ella quería descartar esta posibilidad antes de definir el caso de las enfermeras como un problema sentimental.

La cita con uno de los investigadores privados se concretó para ese día a las 18h00, al atardecer; empezarían revisando y comparando fotografías. Wera salió con tiempo de su casa hacia la dirección que le habían dado. Manejaba distraída por la ancha avenida, apreciando el manto blanco y ondulado que había formado la nieve. Y, de repente, se encontró con un camión que circulaba en contravía y a gran velocidad. Las luces de sus faros la enceguecieron, e instintivamente giró el timón tratando de esquivar el impacto. Desesperada presionó el freno hasta el fondo. Escuchó su chirriar y el claxon del otro carro.

Se aferró fieramente al timón de su vehículo y cerró los ojos. Se turbó al percibir que ella se duplicaba: veía una Wera asustada, abrazada al timón, y a la otra etérea que volaba. Pudo, además, visualizar el momento en que años atrás su avión, que le llevaba a la selva amazónica, comenzó a corcovear. Las subidas y caídas al vacío arrojaban algunas bandejas al suelo, pero los pasajeros, impasibles, no se movían de sus puestos; estaban acostumbrados a estas sorpresas; en esa zona, y en esa temporada en la selva amazónica, eran normales los vuelos movidos y las tormentas.

Wera sintió cómo el avión continuaba vibrando en la oscuridad cuando atravesó esa larga nube negra y la tempestad llena de rayos y relámpagos. Sintió y vio, otra vez, la mano de su padre tomando la suya para reconfortarla. Revivió el momento cuando el rayo partió su avión y ella fue a caer sobre la copa de un árbol, y luego cuando bajaba, para reencontrarse con sus padres.

Pero se fijó que permanecía abrazada al timón y que de sus ojos cerrados escapaban lágrimas de dolor. Finalmente, escuchó un sonido fuerte; como el que hacía un huevo al caer sobre una piedra, o el de un perro callejero, hambriento, cuando mastica los huesos que encuentra.

Wera no pudo evitarlo. Su auto impactó estrepitosamente y se incrustó en ese camión sin chofer. Un adormecimiento grato invadió todo su cuerpo. Estallaron luces y destellos que la envolvieron en ondas multicolores. Una fuerza extraña la levantó y la llevó a gran velocidad. Se vio etérea, fusionadas ya las dos Weras. Y como un solo ser  las dos alejándose del accidente hasta arribar a un lugar con antesalas, pasillos y múltiples puertas, justo en el preciso momento para responder:<< PRESENTE>>; cuando alguien, con una lista en la mano, preguntaba  por Wera.

 

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SOLEDAD

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                                         La soledad protege

                                         mi morada,

                                        de las penas e inquietudes.

                     Soledad que voy llenando

                     en la vida,

                                                 con viajes reales e inventados,

                                                con poemas escritos y soñados,

                                                 con amistades reales y virtuales,

                     con la libertad que

                                  ojalá que nunca,

                                   me niegue la palabra.

 

 

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TENGO

tengo

 Tengo

un cuerpo que afectaron las palabras

                    que no se detuvieron,

               salvo para esfumar sus deseos,

          sin aportar jamás nada

con su silencio.

Un cuerpo que exige atención a su vacío

    que le surge al percibir

  que no ha vivido

 en un tiempo real sino en otro,

implacable

        lleno de ausencias de voces

                                         y miradas.

 

Este poema forma parte de una antología: contacto@artelibros.es.

El libro se lo puede adquirir en librerías españolas y también en Amazon.

 

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DÉJAME SER

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Déjame ser tu sueño,

            la luz que te alumbra y se desvanece

al atardecer,

el pájaro que construye un nido,

aquella que se pierde en la palabra.

 

Déjame ser tu amor,

el cometa de colores de Hosseini,

la voz del viento detrás de la montaña,

el dinosaurio que despierta Monteroso.

 

Déjame ser,

la casa y el mundo tagoriano,

la palabra suspendida en la lectura,

y el suspiro que se escapa de Sofía.

 

        Déjame ser,  tu sueño lorquiano,

la rosa que perfuma tu mañana,

la sábana en tu lecho de esperanzas.

Déjame ser tu ensueño,

en una noche iluminada de poesía.

 

 

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TU VOZ

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         Tu voz está hecha de ecos de sirenas,

             me atrae como a un navegante

      que se olvida de sí mismo,

que a pesar de aferrarse a las amarras,

                            como en los días de Ulises,

cae a tus pies desvanecido.

Esperanzas guardo de crear

una nueva vida con tu imagen,

pertenecer a tu mundo

de sones y colores,

               y sentir que, por fin,

          redimes mi cuerpo

          de las cenizas del olvido.

 

 

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RAMONA

Camino a casa

 

Un día encontré debajo de la puerta de mi casa una esquela con saludos de una pareja amigos de mi ex, Ramón, a quienes no veía desde hacía mucho tiempo. Habían llegado del extranjero y me invitaban a compartir un almuerzo con ellos. Revisé el número telefónico del hotel en el que se hospedaban y traté de contactarlos. Eran pasadas las diez  de la noche cuando los llamé; la recepcionista me indicó que ellos no se encontraban y que no habían regresado al hotel desde la mañana, temprano, que habían salido.

Al día siguiente intenté nuevamente comunicarme con ellos y la recepcionista del hotel me repitió las palabras de la noche anterior, ellos no estaban; pero habían dejado indicado que si yo llamaba que me dijeran que me invitaban a almorzar.

Antes de pasar por el hotel a visitarlos, aproveché la mañana para recorrer almacenes, tratando de encontrar un regalo para la pareja, finalmente caí en lo de siempre; me decidí por los libros.

Llegué al hotel a la hora en que me habían citado, un conserje me hizo pasar y esperar a la pareja bajo la sombra de un parasol, al lado de la piscina. Mientras me servían el aperitivo dejé el paquete con los libros a un costado de la mesa, y mi atención se dirigió a la piscina. Me fijé en la sombra que estaba sumergida al fondo, en su ritmo delicado de pez humano que apenas movía la superficie del agua, y en el ovillo de colores que refractaba la luz; el cual se veía como un nudo enmarañado de brillos rojos, azules, amarillos y morados, que perseguían los bordes de la piscina.

Distrajo mi atención y mi mirada a ese fenómeno óptico la llegada de la pareja. Estaban irreconocibles, diferentes a la imagen que guardaba de ellos; él había perdido casi todo el cabello y ambos habían ganado varios kilos.

Me sorprendió saber que sería la única invitada a ese almuerzo, los abrazos que les di no disimularon mi extrañeza, y recordé que Ramón, de quien llevaba separada varios años, me los había presentado; él era el amigo de ellos, no yo. Y para romper el hielo de ese raro encuentro entregué a la mujer el paquete con los libros, le dije que había vuelto a caer en la rutina, que no sabía obsequiar otra cosa.

Se sentaron junto a mí, pero casi de inmediato sonó el celular de él. Luego de excusarse, para contestarlo, se alejó de la mesa sosteniendo en la mano uno de los libros que yo acababa de entregárselos, se acercó hasta el borde de la piscina, y se puso a hablar dándome la espalda.

Mientras yo observaba al hombre, su mujer no dejaba de hablarme. Advertí, sin querer, el aleteo de sus pestañas y capté los golpecitos que con sus uñas daba sobre la mesa: sin disimular intentaba evitar que siguiera observando a su marido.

El hombre intercalaba su conversación: dialogaba algunas veces con la sombra, que de rato en rato emergía de la piscina, que hacía poco yo había estado observando y, otras, con ese otro alguien a través del celular. Cuando terminó de hablar se acercó hasta la mesa donde yo acompañaba a su mujer y se excusó. De inmediato abandonó el hotel sin dar ninguna explicación.

Después del almuerzo, que finalmente lo compartimos las dos mujeres, me despedí para dirigirme a mi casa. Salí algo confundida por la situación, convencida de que algo se traían entre manos esa pareja.

Me dirigí a mi casa, pero para llegar a ella se tiene que atravesar un largo camino desolado que queda en pleno campo. Después de mi separación de Ramón me alejé también de la ciudad, busqué un lugar tranquilo, apacible donde vivir y dedicar mi tiempo a la escritura. Y cuando di con uno ideal, armé mi biblioteca, me llené de hojas, lápices y plumas. Pero en vano trasnochaba con las tasas repletas de café, los ojos fijos en el papel y la pluma pendiente de unas cuantas palabras coherentes; sin embargo, sólo lograba pequeñas anécdotas, líneas sin valor alguno; y a pesar de toda esa experiencia, literariamente improductiva, era feliz.

Salí de la ciudad y apenas me adentré en el camino desolado, divisé a unos metros a un grupo de personas merodeando por los alrededores, y a unos cuantos uniformados rodeando a un hombre tirado en el suelo. Pasé con dificultad bordeándolos, por un lado del camino, y aceleré lo más que pude para alejarme de ese lugar; no quería entorpecer el paso de la ambulancia que se la escuchaba llegar y estaba cerca.

Ya dentro de mi casa decidí olvidar ese día lleno de situaciones absurdas, incomprensibles, y me propuse ponerme a descansar; pero no pude. No pasó mucho tiempo que me había recostado en la cama para intentar leer a Cortázar cuando el timbre del teléfono, y de mi casa, me sacó de la concentración. Era la policía que llamaba a mi puerta para pedirme que, por favor, me acercara a la morgue para identificar un cuerpo que sospechaban era el de Ramón.

Me quedé petrificada, al escucharlos, sin cerrar la puerta corrí a lavarme la cara tratando de escapar de lo que suponía era un sueño, una pesadilla; pero fue inútil, no soñaba; dos policías estaban en mi casa. Ellos mismos se ofrecieron conducirme y acompañarme a la morgue.

Cuando llegamos, los policías me escoltaron hasta la sala de la morgue donde se encontraba el cuerpo que tenía que identificar. Recorrimos un pasadizo sombrío, que me pareció me llevaba hacia un patíbulo. Los agentes caminaban silenciosos expeliendo de sus cuerpos el olor de las docenas de cigarrillos que habían fumado en todo el día. Y yo caminaba como una sonámbula sin poder dilucidar qué había pasado con Ramón.

Cuando llegamos a una habitación, me hicieron pasar y acercar hasta una camilla, donde cubierto con una sábana estaba un cadáver. La sala estaba congelada, pero yo no notaba la diferencia que tenía con la temperatura de mi cuerpo. Mi corazón se inquietó mucho más, como bárbaro daba golpes dentro de mi pecho. Cuando dirigí la mirada al cadáver, mis vísceras se removieron porque reconocí en ese cuerpo acostado a mi ex; a Ramón.

Confirmé a los policías la identidad del muerto y ellos de inmediato me dijeron que Ramón había sido asesinado y que yo debía presentarme a sus oficinas para contestarles algunas preguntas y  hacer mi declaración. Estuve de acuerdo y les seguí.

Recién en la comisaría se me confirmó que era sospechosa de ese asesinato, se me acusaba de haber contratado a unos sicarios para asesinar a Ramón, pues yo era la única beneficiaria de su póliza de vida. Ramón, a pesar de nuestra separación, y de vivir con otra, nunca cambió el nombre de la beneficiaria de su póliza de novecientos mil dólares.

Me dijeron, además, que habían encontrado en poder de Ramón un libro con huellas digitales mías. Cuando me lo mostraron resultó ser uno de los libros que había acabado de comprar esa mañana para regalárselo a la pareja, amiga de Ramón, a la que había ido a buscar a ese hotel para almorzar.

Supe, de inmediato, que estaba en apuros. Ramón y yo no estábamos realmente divorciados, solo separados; y yo era la única beneficiaria de su póliza de vida, de casi un millón de dólares. Contesté a los policías todas las preguntas que me hicieron respecto a mis movimientos de esa mañana, de mi relación con aquella pareja a quién había obsequiado el libro, pasé la prueba del polígrafo; pero, aún así, se me prohibió abandonar el país.

Volví a casa abrumada, con miles de preguntas en la cabeza; no sabía explicarme quién me odiaba tanto como para involucrarme en ese asesinato, o quién odiaba a Ramón de esa manera. Por qué la policía creía que yo había contratado sicarios para matar a Ramón,  por qué me creía capaz de contratar a asesinos profesionales cuando mi ex y yo ya estábamos separados y llevábamos una buena relación: los dos, con el tiempo, habíamos olvidado esa famosa póliza de vida que yo terminé pagando.

Pero eso no era todo; durante mi ausencia alguien había deslizado por debajo de la puerta una nueva esquela. La recogí, e impaciente, me puse a leerla. Ésta decía: “Querida Ramona”. Me estremecí al reconocer ese apelativo tan personal; Ramón era el único que lo había usado durante nuestros años felices. Volví la mirada a la esquela para continuar con la lectura:

“Querida Ramona:

Te extrañará que te llame Ramona, pero no tengo otro apelativo para ti…”.

Pero cuando intenté seguir leyendo, lo que yo ya había escrito para la esquela, con el fin de continuar con este cuento, no pude…, un corte de energía había borrado toda la continuación del texto.

 

 

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A-Preciado Juan

http://www.amazon.com/dp/B01CUIT6XG?ref_=pe_2427780_160035660

 

A-Continuación

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