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OLOR A CACAO 

OLOR A CACAO

José de la Cuadra

El hombre hizo un gesto de asco. Después arrojó la buchada, sin reparar que añadía nuevas manchas al sucio mantel de la mesilla.
La muchacha se acercó, solícita, con el limpión en la mano.
¿Taba caliente?
Se revolvió el hombre, fastidiado.
El que está caliente soy yo, ¡ajo! –Replicó.
De seguida soltó a media voz una colección de palabrotas brutales.
¿Y a esta porquería la llaman cacao? ¿A esta cosa intomable?
Mirábalo la sirvienta, azorada y silenciosa. Desde adentro, de pie tras el mostrador, la patrona espectante.
Continuó el hombre:
¡Y pensar que ésta es la tierra del cacao! A tres horas de aquí ya hay huertas…
Expresó esto en un tono suave, nostálgico, casi dulce… y se quedó contemplando a la muchacha. Después, bruscamente se dirigió a ella otra vez.
Yo no vivo en Guayaquil, ¿sabe? Yo vivo allá, allá, …en las huertas…
Y agregó, absurdamente confidencial:
He venido porque tengo un hijo enfermo, ¿sabe? mordido de culebra… Lo dejé esta tarde en el hospital de ni os… Se morirá, sin duda… Es la mala pata…
La muchacha estaba ahora más cerca, calladita, calladita, jugando con los vuelos del delantal. Quería decir:
Yo soy de allá, también; de allá… de las huertas…
Habría sonreído al decir esto; pero no lo decía. Lo pensaba, sí, vagamente. Y atormentaba los flequillos de randa con los dedos nerviosos.
Gritó la patrona:
¡María! ¡Atiende al señor del reservado!
Era mentira. Sólo una señal convenida de apresurarse era; porque no había señor ni había reservado. No había sino cuatro mesitas entre estas cuatro paredes, bajo la luz angustiosa de la lámpara de keroseno. Y, al fondo, el mostrador, bajo el cual las dos mujeres dormían apelotonadas, abrigándose la una con el cuerpo de la otra. Nada más.
Se levantó el hombre para marcharse.
¿Cuánto es?
La sirvienta aproxímase más aún a él. Tal como estaba ahora, la patrona únicamente la veía de espaldas; no veía el accionar de sus manos nerviosas, lógicas.
¿Cuánto es?
Nada… nada…
¿Eh?
Sí; no es nada… no cuesta nada… Como no le gustó…
Sonreía la muchacha mansamente, miserablemente; lo mismo que, a veces, suelen mirar los perros.
Repitió musitando:
Nada…
Suplicaba casi al hablar.
El hombre rezongó, satisfecho:
Ah, bueno…
Y salió.
Fue al mostrador la muchacha.
Preguntó la patrona:
¿Té dio propina?
No; sólo dos reales de la taza…
Extrajo del bolsillo del delantal las monedas que colocó sobre el zinc del mostrador.
Ahí están.
Se lamentó la mujer:
No se puede vivir. Nadie da propina… No se puede vivir.
La muchacha no la escuchaba ya.
Iba, deprisa, a atender a un cliente recién llegado. Andaba mecánicamente. Tenía en los ojos, obsesiva, la mirada de las huertas, el paisaje cerrado de las arboledas de cacao. Y le acalambraba el corazón un ruego para que Dios no permitiera la muerte del desconocido hijo de aquel hombre entrevisto.

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UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS

Pablo Palacio

“¿Cómo echar al canasto los palpitantes

acontecimientos callejeros?”

“Esclarecer la verdad es acción moralizadora.”

EL COMERCIO de Quito

“Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía Nº 451, que hacía

el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de

apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.

“Esta mañana, el señor Comisario de la 6a ha practicado las diligencias convenientes;

pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez.

Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.

Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.”

No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.

Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción.

¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder.

Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie

se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.

Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un

hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente

que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio

de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.

Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros

que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera

idea, que era esta, de reconstrucción y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. -Esto es esencial, muy esencial.

La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método.

Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de

los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos:

la deducción y la inducción (Véase Aristóteles y Bacon).

El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido.

Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.

La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido…

(¿Cómo es? No lo recuerdo bien… En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?). Si

he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir.

Induzca, joven.

Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano,

me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.

-Bueno, ¿y cómo aplico este método maravilloso?- me pregunté.

¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los

primeros años.

Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado

nunca de mi mesa el aciago Diario- y dando vigorosos chupetones a mi encendida

y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el

ceño como todo hombre de estudio -¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!

Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.

Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de “Esta mañana, el señor Comisario de

la 6a…” fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos “Lo único que

pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.” Y yo, por una fuerza secreta de intuición que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.

Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era… No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras…

Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.

Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a quien podía darme los datos

reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:

-¡Ah!. sí… El asunto ese de un tal Ramírez… Mire que ya nos habíamos desalentado…

¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor… Como Ud. Tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció… el pobre.

Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso… algún deudo… ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame… mi más sincero…

-No, señor -dije yo indignado-, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más…

Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? “Soy un hombre que se

interesa por la justicia” ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle

más, apresuréme:

-Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas…

El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles.

Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró

al fin.

Y se portó muy culto:

-Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero… Eso sí, con cargo de devolución -me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos-.

Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.

-Y dígame usted, señor Comisario, ¿no, podría recordar alguna seña particular del

difunto, algún dato que pudiera revelar algo?

-Una seña particular… un dato… No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar.

Así más o menos de mi estatura -el Comisario era un poco alto-; grueso y de carnes flojas.

Pero; una seña particular… no… al menos que yo recuerde…

Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.

Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las

fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.

Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la

fortuna había puesto a mi alcance.

Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra.

Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo.

Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir

sus misterios.

Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.

Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a

un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.

Cogí un papel, tracé las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego,

cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos

no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable… ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.

Después… después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se

pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de

los santos.

¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!

Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba… trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué

lo mataron…

Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:

El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto

no puede llamarse de otra manera);

Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años; Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;

Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.

Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.

Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenía que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.

¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido

enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no

tener dudas, o, si no constó por descuido del reporter, el señor Comisario me lo habría

revelado, sin vacilación alguna.

¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto

nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones:

“Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira;

le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado” o “Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él,

más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí” o “Tuve unos líos con

una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos”. Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.

También era muy fácil declarar:

“Tuvimos una reyerta”.

Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los

dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el

cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado

hasta los nombres de los agresores.

Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo

evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:

Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años

de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.

Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.

Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días

antes a la ciudad, teatro del suceso.

La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya

conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.

Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos

un vacío doloroso.

Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa,

deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.

Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas…

Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al

muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba

casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquél estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.

Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.

-¡Pst! ¡Pst!

El muchacho se detuvo.

-Hola rico… ¿Qué haces por aquí a estas horas?

-Me voy a mi casa… ¿Qué quiere?

-Nada, nada… Pero no te vayas tan pronto, hermoso…

Y lo cogió del brazo.

El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.

-¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa. Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto

y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:

-¡Papá! ¡Papá!

Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una

claridad sobre la una calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.

Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con

ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.

-¿Qué quiere usted, so sucio?

Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un

largo hipo doloroso.

Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró

que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.

¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!

Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el

caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una

nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra

otra nariz!

Así:

¡Chaj!

con un gran espacio sabroso.

¡Chaj!

Y después: ¡como se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad

que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!

{

¡Como batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

¡Chaj!

¡Chaj! vertiginosamente,

¡Chaj!

en tanto que mil lucesitas, como agujas, cosían las tinieblas

LA CARACOLA

José de la Cuadra

 

Samuel Morales era dueño de una canoa vivandera, en la cual navegaba, en plan de comercio, por los ríos montuvios. Se le conocía venir, desde lejos, por el prolongado grito de su caracola, que sonaba como un cuerno de caza.

Las patronas ricas se agitaban en sus cocinas:

-Hay que renovar la provisión.

-Ahá.

-Harinas. Sobre todo, harinas. Y víveres serranos. Llámenlo.

-¿Para qué? Ya apegará. Siempre lo hace. En efecto. Jamás Samuel Morales dejaba siquiera de acercarse a alguna casa, por humilde que fuese.

Aquí decía:

-¿No se les ofrece nada?

-Nada, mismo.

El vendedor ambulante recitaba de corrido la retahíla de sus artículos.

-Nada, don Morales; no queremos nada. Samuel Morales meditaba un momento. Luego, decía a la compradora remolona:

-Si necesita, lleve no más lo que sea, patrona. No importa que no tenga platita. Me pagará otra vez cuando mismo pueda…

Le compraban.

Él conocía a su gente miserable, a su gente ´que no tenía platita´.

Por supuesto que cobraba después, casi siempre. No sabía leer. Contaba, apenas. Pero tenía una memoria maravillosa:

-¿Se acuerda, doña Angelita? El día del aguacero grande del mes pasado, le dejé…

Y seguía una lista de menudencias, con precios en centavos y medios centavos. Más, no exigía. Cuando advertía que era menester, daba más crédito, todavía:

-Lleve, no más. Me pagará cuando venda el arroz. No se preocupe. Referíase a que, en ocasiones, hasta ayudaba a sus clientes con pequeños préstamos y, en toda forma que le era factible.

Cierta vez, la viuda Moreno, que le debía diez sucres, lo llamó:

-¿Podría dejarme, don Samuel, cuatro velitas?

-¿Y comida? ¿No quiere comida?

-No; sólo las velitas.

-¿Y para qué, ah? ¿Para qué?

La viuda se echó a llorar. Morales subió a la casa. En media sala, en el piso de tablas, estaba tendido un cadáver infantil.

La viuda explicaba absurdamente:

-Se me murió, ¿Sabe? ¡era mi hijo y se me murió! Y necesito cuatro velitas. ¡Le pagaré lo más breve!

Samuel Morales bajó hasta su canoa. Volvió luego con un paquete de cirios y unas varas de tela blanca.

-Aquí están las velas, señora. No le cuestan nada, mismo. Y este rúan… P el ataucito, ¿sabe?

Así era Samuel Morales, comerciante montuvio.

Sólo en las novelas el amor principia desde un límite fijo y determinado. En la vida real, la cuestión sucede de manera distinta. Va naciendo sin saberse cómo. Se va formando -eso es- como las nubes tupidas en el cielo claro; empieza claro; empieza por ser apenas una mancha turbia contra el azul hasta preñarse de negrura y de amenaza.

Nadie podría decir, y mucho menos ellos mismos, pues jamás supieron exactamente si se amaban; nadie podría decir, ni siquiera las bravías comadres de la orilla, cómo se iniciaron los amores de Samuel Morales y la muchacha guayaquileña.

Ella pasaba vacaciones en la hacienda de unos parientes -´El Tesoro´- en las riberas del Vinces.

El frecuentaba aquellas zonas con su canoa vivandera, anunciando su ambulante comercio con el canto de la caracola.

Desde Vuelta Perdida -una curva inútil del río-, Samuel Morales sonaba su caracola. Se detenía en el muelle de la hacienda, y negociaba con las gentes de ´El Tesoro´. Luego se alejaba a remo lento. En la Vuelta de los Tamarindos, hacia el norte, antes de perderse detrás de los árboles solemnes, sonaba otra vez la caracola.

Ella, asomada en la gran galería de la casa, lo miraba. Volvía él luego por la noche, hacia el sur, para rehacer su camino en la mañana. Y esto ocurría cada día.

En propiedad, aquí cabria concluir la historia de estos vagos amores, en los que no acaeció nada de extraordinario. Más, como también es de buena técnica anular incidentes en la narración antes de arribar al desenlace, procuraré recordar alguno y relatarlo.

Cierta ocasión ella se sentiría un poco niña. Lo era, después de todo, con sus diecisiete años alocados, sus trajes de organdí y su melena en alboroto. Quiso comer caramelos de color, y bajó hasta la rambla a comprarlos de la canoa vivandera.

Samuel Morales sintió algo muy extraño en su cuerpo y en su espíritu, al contemplarla tan cerca de él. Habría querido no recibir la moneda que le extendía; pero, no juzgó prudente hacerlo. Se desquitó entregándole más caramelos de la cuenta: del doble, el triple del valor de la compra. Luego, de improviso, le inquirió:

-Usted, señorita, ¿sabe nadar?

Ella contestó que sí, que sí sabía nadar y agregó:

-¿Por qué me lo pregunta?

El apenas supo responder:

-Por nada; vea; por nada.

-Ah…

Pero, Samuel Morales mentía. Era que ahora sentía su corazón heroico, vibrante en un hazañoso impulso irrefrenable. Le hubiera gustado, por ejemplo, que ella no supiese nadar y resbalara al rio… Él la habría salvado entre los brazos fornidos, oprimiéndola contra su ancho pecho de remero. Usted regresa de noche, señor, para volver de mañana, ¿no?

-Así es.

-¿Y por qué no suena la caracola?

Nada impidió que él le dijera entonces:

-La sonaré… despacito… para que usted me oiga, no más.

Ella sonrió levemente.

A Samuel Morales le pareció en ese momento que su canoa no se balanceaba en las sucias ondas del Vinces, sino en verdosas aguas de Kananga, su olor favorito.

Desde aquella ocasión, cada noche sonaba su caracola en la Vuelta de los Tamarindos y en la Vuelta Perdida, al rehacer el camino. Ella, desde su cama, bajo el toldo que la defendía de los mosquitos y de los primos resbaladizos, lo escuchaba y, medio dormida, sonreía. Así transcurrieron los meses hasta que la muchacha porteña que se llamaba Perpetua o algo por el estilo, dejó la hacienda para reintegrarse a su colegio de Guayaquil.

Por supuesto, en el río Vinces ha seguido sonando la caracola de Samuel Morales.

Pero ahora su canto es triste, como el de las valdivias, que anuncian la muerte bajo la noche medrosa.

La muchacha no volvió jamás a ´El Tesoro´. Seguramente se habrá casado y tendrá un rondador de chiquitines. Pero hasta mucho tiempo después de su estada en la hacienda, hasta cinco años después, para ser preciso, cada vez que se sentía tomada de melancolía, imitaba con su voz virginal, el canto de la caracola navegante.

Era curioso constatar que ello le traía una plácida consolación. Esta fue la historia de amor que no quisieron entenderme mis paisanos de Pueblo Viejo, minúscula aldea perdida en el agro montuvio.”

NOCHE

 

Levanto mis brazos y de puntillas logro llegar a la repisa que está al lado de mi cama; mis manos vagan, luchan contra las nubes y sombras que todo lo hacen noche.

Por fin la encuentro, me apodero de la lata, comienzo a palparla, doy con la tapa y la abro. Su interior está lleno de hilos y ovillos; recuerdo que una vez tuvieron colores. Las yemas de mis dedos rozan el interior, y sus contornos, investigando sus rincones.

Sé que debería estar ahí, en algún lado, en el cartón en el que lo prendí la última vez que cosí este mismo botón de mi bata. Me provoca voltear su contenido sobre la cama, pero la experiencia me enseñó que así complicaba las cosas.

Tomo uno a uno los canutos y los reviso. La niebla que cubre mis ojos, y que siento como si me llegara desde algún lugar del fondo de mi cerebro, lo oscurece todo; me impide divisar sus formas, y al tantearlos descubro que no la esconden; los dejo de lado.

Cuando atrapo uno de los ovillos de lana me viene el recuerdo de su color turquesa, con filos dorados: suave y esponjoso. Lo tomo entre las manos y presiono suavemente con precaución, un hincón me alerta y me hace saber que la encontré. Comienza un suave pero insistente dolor en el lugar del pinchazo, mis dedos me confirman que quedó prendida en mi palma. De un solo jalón la quito y el brusco, e inconsciente movimiento que hago, para facilitar el desprendimiento y así evitar el dolor, hace que la aguja escape de mis manos.

Sospecho que fue a caer sobre la cama, no escuché el sonido de su contacto con el piso. La gota de sangre que corre sobre mi palma la siento espesa y caliente; la imagino granate resbalándose hasta caer sobre las sábanas rosadas que la camuflarán.

Con mi pañuelo presiono la herida para evitar que siga sangrando. Me pongo a imaginar, a adivinar, me pregunto dónde pudo haber caído la aguja. Comienzo a rozar, a dar golpes sobre las sábanas, para tratar de encontrarla; mientras hago todo eso, mi bata se entreabre por la falta de un botón.

 

 

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Abrí la quejumbrosa puerta de mi casa y me alejé casi corriendo; llevaba prisa y una cesta llena de viandas. Cubría mi cuerpo con un paraguas tratando de protegerme de la incesante garúa que estaba cayendo.

En cuanto llegué al carro, comencé a buscar a tientas en los bolsillos de mi pantalón la llave del jeep, debía dirigirme a la cabaña de Pascal. Supuse que él ya estaría esperándome impaciente, probablemente contrariado con la llovizna que no se mostraba generosa con nuestros planes de salir a pescar.

Llegué antes de las tres de la mañana; puntual; pero me sorprendió el no encontrar a mi amigo en la embarcación gritándome su habitual: << ¡vamos, vamos!, ¡apúrate!…>>

Encendí un cigarrillo y, mientras lo fumaba, aproveché para dar algunas vueltas por la casa hasta que decidí encaminarme hasta el pequeño muelle desde donde partíamos de pesca. La casa, cabaña, que Pascal había heredado de sus padres estaba escondida, a propósito, dentro de un bosque agreste al lado de un tranquilo y rico río, el cual estaba provisto de un muelle que habíamos construido los dos.

La cabaña continuaba como en sus viejos tiempos llena de jardines, pero ahora algo descuidados y desordenados; las plantas y árboles proliferaban voluntariosos; la vegetación se expandía hasta las inmediaciones del río, y los cañaverales, que antes bordeaban solo sus orillas, ahora nos cerraban el paso: muy cerca de la orilla se habían formado islotes; templos de sapos y culebras.

Sorprendido por la impuntualidad de Pascal me puse a silbar, para llamar su atención; como respuesta escuché los ladridos y quejas que desde la cocina me lanzaba la pareja de “dobermann” de mi amigo. Curioso me acerqué a la casa y para mi sorpresa encontré la puerta de la cocina abierta. Entré y descubrí a los perros; Rómulo y Remo, encadenados a una de las patas de la mesa.

Estuve en la cocina haciendo ruido para que mis amigos supieran que estaba adentro. Descubrí, también, que sobre la mesa había tres tazas con café, a medio beber. Toqué una de ellas y sentí su tibieza; significaba que mis amigos ya se habían despertado y que no hacía mucho se habían servido café y habían recibido visita. Me senté paciente a esperarlos, tomé una de las galletas del plato y mientras la comía me puse a reflexionar sobre dónde podría estar la pareja.

Pascal vivía normalmente en la ciudad, pero pasaba los fines de semana con Céline en la cabaña; llevaban juntos ya algunos años. El hecho de que ella y yo hubiéramos estado enamorados en la adolescencia no afectó jamás nuestra amistad; sin embargo mantenía con ella una distancia prudente.

Intrigado por el silencio de mi amigo, me dirigí hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones y continué hasta el piso superior. Mientras subía los escalones los llamaba por sus nombres; los perros eran los únicos que me respondían. Al fondo del ancho corredor me sorprendió descubrir el reflejo de una imagen, fijé mi mirada en esa figura disfrazada de pescador y percibí un hálito acechador el cual se había movido como una estrella fugaz; alguien se había ocultado para no ser reflejado en el espejo.

No estaba seguro de si lo que había percibido era real, pero ante esa situación, o ilusión óptica, comencé a sentir como si mis órganos internos fueran de espinas y se erizaran para clavarse en mis carnes y las perforaran. Mi cuerpo quedó inmóvil y mis piernas pesadas no lograban dar ni un solo paso más.

Me mantuve un momento congelado, como si aquel corredor fuera un cementerio, sin embargo, finalmente, con gran esfuerzo pude comenzar a moverme; llegué hasta la habitación matrimonial, y llamé a mis amigos. Entre gemidos y susurros me llegó un: “entra, entra”, distorsionado por el sonido que producen las cañas al rozarse entre ellas; ruido que se filtraba hasta la habitación por una ventana abierta. De inmediato me aseguré del pomo y entreabrí la puerta. Antes de introducir la cabeza volví a pronunciar los nombres de Pascal y Céline, pero desde el interior amarillo grisáceo de la penumbra percibí nuevos gemidos. Cerré la puerta y me alisté a descender presuroso: temí haber cometido una imprudencia; un delito contra la intimidad de mis amigos.

Al descender me enfrenté nuevamente con el mismo corredor. El espejo una vez más reflejó el cuerpo íntegro del fantasma que también descendía por las escaleras. Sentí la incertidumbre de ser acechado desde el fondo ilusorio de ese marco, y enfrenté a ese alguien con valentía.

Vi, o creí ver, que se escondía de mí apadrinado por la oscuridad, y el espejo.  En cuanto se descuidó intenté apoderarme de su rostro también desfigurado por el terror. Pude captar sus manos cubiertas con colores rojos vivos, granates y renegridos. Como un alucinado me arrojé cuantas veces pude contra él. Hasta que se escuchó el golpe de mi cuerpo contra el espejo cuando éste se rompía.

Entonces, mis manos enloquecidas comenzaron a buscar al fondo del marco, ya vacío, el cuello de ese ser para estrangularlo. Escudriñé todos los rincones del espejo tratando de apoderarme de él. Y al no lograrlo, aún con mis manos ensangrentadas, olvidándome de mis heridas, regresé a la habitación. Esta vez abrí la puerta de par en par y entré. Detrás de la cama encontré a mis amigos tirados en el suelo, con los ojos medio abiertos: los dos habían recibido puntapiés en todo el cuerpo y puñaladas mortales.

La ventana me mostró que afuera ya clareaba más, pero que la garúa continuaba. Y con el fin de reanimar a mis amigos comencé, como un enloquecido, a sacudir sus cuerpos; fue así cómo sus coágulos se mezclaron con los míos. Pascal y Céline agonizaban y estábamos aislados, en esa lejanía no iba a encontrar ayuda inmediata. Por eso, antes del fin, debían aclararme lo sucedido; darme el nombre del agresor o los agresores, por eso insistí; seguí forzándolos a hablar.

En la cama, en cuanto tosió Céline, Pascal comenzó a moverse. Y a mí me empezó a invadir un vahído premonitorio; mareado, antes del desvanecimiento, me apoyé en la cama, y conciencié mi efímera existencia. En cuanto Celine tosió una vez más Pascal estiró los brazos y se levantó. Fue ahí cuando conocí el verdadero terror, vergüenza y humillación ante lo evidente: sólo cuando Céline despertó completamente, yo dejé de existir.

 

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Hace una semana terminé de leer los cuentos de “Mariposas negras”, libro de Melanie Márquez  y más de uno se me ha quedado revoloteando en la cabeza. Pero es “El público manda”, el que se ha incorporado con sagacidad y persistencia en mi memoria. Y con la misma audacia de los personajes de Pirandello, “ha exigido” un espacio y mi comentario en este blog.

Este cuento corto, que me ayudó a maximizar la imaginación al exigirme descifrar su simbolismo, y los elementos fantásticos con los que su autora lo ha creado, fue elaborado a partir de imágenes que llevan al lector a reflexionar sobre lo real en la ficción: la vida del ser humano en sociedad.

El cuento presenta a un mago que es capaz de sacar de su sombrero a seres humanos, y a cazadores para que los cacen. Éstos repudian su trabajo, sin embargo, cumplen su tarea a pesar del fastidio y de lo “repulsivo” que les pueden parecer las víctimas y el olor peculiar que expelen. Son cazadores que están bajo el mando del mago cuya única tarea consiste en proporcionarles presas, para la diversión de los espectadores.

Y a pesar de que los cazadores tratan de convencer al público de ingeniarse y solicitar otra forma de diversión; ellos, el público, son como siempre los que mandan.

 

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Lo que es tu vida

 

                                                                          Lo que es tu vida

                                                             se perfila en tu figura,

                                                  con claridad a través de tus pies,

                                           que caminan moldeando

                                  los pesares en tu poesía.

                     Me aferro y abrazo tu deseo,

                          de que tus pies nunca pisen el infierno,

                              ni te abandone la luz en el túnel de tu angustia,

                                              que con frenesí atrae  tu mirada

                                                  cuando avanzas aferrada a los versos                                                                que destruyes.

 

 

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